Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cuarenta #2
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Capítulo cuarenta #2

—Para ti —balbuceé—. Deberíamos hablar con el dueño de la imprenta —dije, y Ransom dejó de caminar—. ¿Qué? ¿No crees que sea una persona importante que tenga información?

Enarcó las cejas. Y esperó hasta que me diera cuenta de que estábamos parados frente a un edificio con un pequeño letrero en la puerta.

Imprenta de Ravalli.

—Ah.

—Después de ti. —Bajó hacia la puerta, la abrió y me hizo un gesto para que entrara.

Estaba más iluminada que la posada gracias a una serie de ventanas pequeñas en los troncos, aunque tampoco es que entrase demasiada luz. Si seguíamos entrando y saliendo de casas así, me iba a empezar a doler la cabeza por tener que acostumbrarme a la iluminación a cada rato.

Una mesa larga y robusta servía de división en la entrada. Al otro lado había más mesas, todas llenas de papeles y tinta. Y, en la pared más alejada, estaba la imprenta, que ocupaba todo el espacio.

Ransom golpeó la mesa con los nudillos y, al cabo de un rato, apareció el dueño de la imprenta por el pasillo.

Sonreía y tenía unas gafas finas con marco de metal. Los destellos ambarinos en sus ojos castaños y su cabello rubio me recordaron a casa. Tenía el brazo izquierdo en cabestrillo y una venda asomaba por la manga de su túnica.

—Hola, ¿en qué puedo ayudarles?

Antes de que Ransom respondiera, un niño apareció corriendo por el pasillo. Tenía las facciones de su padre, pero con los brazos más desgarbados y la clase de movimientos descontrolados que tienen los niños cuando crecen demasiado rápido.

Estaba casi sin aliento, respirando con dificultad, y, cuando llegó al lado de su padre, sujetó su brazo sano.

—Papá. El Guardián. ¡Está en Ravalli! ¿Podemos ir a verlo?

Ransom esbozó una pequeña sonrisa y se aclaró la garganta.

—Es bastante probable.

El niño lo miró dos veces y luego se tambaleó hacia un lado, apenas manteniendo el equilibrio.

—Jonas —dijo el hombre, ayudando a su hijo a no caerse y sacudiendo la cabeza de lado a lado—. Respira.

El niño se quedó mirando a Ransom boquiabierto. Presioné los labios para ocultar una sonrisa.

—Nos honra con su visita —dijo el dueño de la imprenta—. Bienvenidos, ¿en qué puedo ayudarles?

—Me gustaría hacerle algunas preguntas sobre eso —dijo Ransom, y señaló la venda.

El hombre suspiró.

—Soy mejor escritor que guerrero. Quizá no debería haberme inmiscuido, pero el monstruo estaba fuera de control y no podría dormir si alguien hubiera muerto.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Ransom.

—Papá fue el primero que lo vio —dijo Jonas, sin poder contenerse, y luego señaló la ventana junto a la puerta—.

Estaba trabajando y lo vio caminando por la calle.

Tomó su ballesta y salió a buscarlo. Le disparó justo en la panza, pero no se detuvo.

Seis hombres tuvieron que dispararle para derribarlo.

Parecía un alfiletero cuando cayó muerto.

Ransom miró al hombre, esperando una confirmación de la historia del niño.

—Es como dice Jonas —dijo, asintiendo—. Nunca había visto nada parecido.

—¿Cómo le hirió?

—Me atacó después de ese primer disparo.

Pedí ayuda a gritos. Por suerte, el resto ya había salido con sus armas.

Estaba cargando la ballesta, pero tardé demasiado.

Le disparé una segunda flecha y le di justo en el cuello.

Eso lo detuvo un poco, pero luego sacudió la cola y me golpeó el brazo.

Me hizo un corte que llegó hasta el hueso.

Hice una mueca de dolor.

—Por suerte, los curanderos pudieron coser la herida, así que volveré a estar como nuevo en cuestión de días. —Pasó el brazo sano sobre los hombros de su hijo, que estaba pálido, como si estuviera reviviendo el incidente y viendo a su padre herido.

—¿Notó algo raro en el monstruo? —preguntó Ransom.

El hombre miró a su hijo, como si no quisiera seguir hablando del ataque, pero, por el Guardián, lo hizo de todos modos.

—Sus ojos parecían nublados. Y su sangre no era roja, sino verde. Asustó a mucha gente y empezaron a circular rumores. Ah, el olor de ese monstruo… —dijo, temblando—. Nunca olvidaré ese olor tan desagradable. Era como estar en medio de un pantano de jengibre de las cuevas en Ozarth.

—¿Jengibre de las cuevas? ¿Como el dulce? —Tenía un aroma azucarado y picante. Era uno de mis favoritos.

—El olor cuando se cosecha y se cristaliza. Lo cultivan en las ciénagas de lagarsk y por eso tiene el olor más asqueroso y rancio de todos. Si le gusta, le recomiendo que nunca vea cómo lo hacen. No va a querer probarlo nunca más.

—Entendido.

Los lagarsks vivían en pantanos y ciénagas.

Sus cuerpos estaban cubiertos por placas de color verde lima y sus colas eran el doble de largo que sus cuerpos.

Podían caminar por tierra, pero sus patas eran tan cortas que arrastraban la panza por el suelo.

Incluso podían destrabar su inmensa mandíbula y tragarse enteras a sus presas.

—Ha viajado usted mucho, si conoce los pantanos de Ozarth —dijo Ransom.

El hombre se encogió de hombros y sus ojos se volvieron más distantes, mientras mantenía un brazo sobre los hombros huesudos de su hijo.

—Mi esposa era la viajera. Nosotros tan solo éramos sus compañeros de viaje.

—Mamá murió hace dos inviernos —dijo el niño, tragando saliva con fuerza—. La mató un ladrón.

Levanté la mano al corazón.

—Lo siento mucho.

—Vinimos a Turah para empezar desde cero. —El hombre y su hijo compartieron una sonrisa—. Solo nosotros dos.

—¿Por qué Ravalli? —pregunté. Tenía que haber pueblos más grandes en los que podrían vender más periódicos.

—Es el lugar más alejado de Quentis que encontramos.

¡Ay!

Ransom extendió el brazo.

—Olvidé preguntarle su nombre.

—Samuel Hay.

Abrí la boca.

—¿Samuel Hay? ¿El autor de Un año en Quentis ?

—Pues sí —soltó una pequeña risa—. No muchos aquí saben que he escrito ese libro.

¿El libro de las mentiras? La sangre en mis venas estaba a punto de hervir. Una película blanca nubló mi visión.

¿Este era el bastardo que había acusado a mi padre de haber asesinado a mi madre?

—Un placer conocerlo —dijo Ransom—. Ella es Odessa Wol…

—Cross —dije—. Odessa Cross.

La sonrisa de Samuel desapareció de su rostro y parecía que sus ojos se iban a salir de sus cuencas.

—Princesa de Quentis —añadí, cruzándome de brazos.

—Princesa… —dijo Samuel, haciendo una reverencia y obligando a su hijo a hacer lo mismo—. Yo, eh…

Fue un momento incómodo y tenso. Parecía querer meterse debajo de la mesa y esconderse.

Bien .

La tensión debió de haber incomodado a Faze, porque eligió ese momento para despertarse de su siesta y soltar un gruñido agudo.

El niño se levantó y señaló mi bolsa.

—¿Qué es eso?

—Sí, vale… —Mierda. Este niño acababa de ver a su padre asesinar a un aureón. No creía que fuera buena idea que viera una cría de flagris—. Creo que es hora de irnos.

Pero Faze se sacudió tanto que asomó la cabeza y sus ojos violetas.

—¿Es un flagris? —El rostro del niño se iluminó y apoyó las dos manos sobre la mesa y se lanzó hacia delante—. ¿Es suyo? ¿Cuánto hace que lo tiene? ¿Qué come? ¿Cómo se llama?

—Jonas —dijo Samuel entre dientes.

El niño se llevó las manos a su cabello rubio y se tiró de los mechones, mientras su cuerpo parecía vibrar con entusiasmo.

—¿Dónde lo ha conseguido? ¿Cuántos años tiene? ¿Puedo verlo?

El niño se parecía tanto a Evie que lo único que pude hacer fue reír.

—Se llama Faze.

Sujetándolo de la panza, lo saqué de la bolsa y lo apoyé en el suelo.

Jonas se arrodilló, sonriendo, mientras le extendía una mano al monstruo. Parecía maravillado. Faze se estiró y movió la cola.

—Guau.

—Puedes cogerlo, si quieres.

Jonas no dudó en coger a Faze, ponerlo sobre su regazo y acariciar las escamas en el lomo del flagris.

—Es una princesa y una adiestradora legendaria.

Un rubor intenso invadió mis mejillas. Cuando miré a Ransom, me encontré con sus ojos esmeralda y una sonrisa insolente.

—Adiestradora legendaria.

Lo último que necesitaba era otro apodo. Aunque puede que algún día, si volvía a ver a Mae, le dijera que una vez un niño me llamó adiestradora legendaria. Dudaba que me creyera.

—Gracias por su tiempo —le dijo Ransom a Samuel—. Seguiremos nuestro viaje.

—¿Ya se van? —dijo Jonas, presionando a Faze contra su pecho—. ¿Tan pronto?

—¿Qué te parece si me quedo un rato? —sugerí—. Así Jonas puede jugar con Faze.

La verdad era que quería averiguar todo lo que pudiera sobre la milicia y las sospechas que tenía Samuel. Y tampoco me molestaría dejar las cosas claras sobre el asunto de Quentis. En particular, esa difamación que publicó sobre que mi padre había asesinado a mi madre.

Ransom entornó los ojos. Sin duda alguna adivinaba mis intenciones.

—No te vayas de aquí. Vuelvo en un rato.

Asentí y esperé a que se fuera. Luego esbocé una dulce sonrisa y me enfrenté al escritor.

—Bueno… hablemos sobre tu libro.

Al menos Samuel tuvo la decencia de sentirse incómodo.