Capítulo cuarenta
Ravalli era tan distinto como Ashmore, Treow y Ellder lo eran entre sí. Hasta ahora, cada pueblo turano que había visitado era único.
Quentis no era así. Roslo era la ciudad más grande y lo único que la diferenciaba de las otras ciudades costeras era el castillo.
Las aldeas y los pueblos del interior eran similares, la mayoría con edificios del mismo estilo: paredes blancas o grises y techos de teja grises.
Algunas casas ponían más el acento en el aguamarina para representar el color de la realeza.
Los edificios de Ravalli estaban construidos con troncos sin cepillar, lo que me recordaba más a la muralla de la fortaleza de Ellder que a la casa de una familia.
Estaban construidos completamente con madera y tenían ventanas pequeñas, y todas las casas estaban por debajo del nivel del suelo, de modo que, para entrar, primero tenías que bajar cuatro o cinco escalones.
Los techos estaban casi al nivel de los ojos y tenían estacas de metal apuntando al cielo, igual que en Ellder, para protegerse de los crux.
Casas hundidas en un lugar de refugios subterráneos.
Algo que me resultaba llamativo era que ninguna de las casas estaba construida junto a los caminos de tierra.
Los caminos más bien las rodeaban, como si hubieran construido las casas en medio de ellos.
Todo el pueblo era una serie de cajas largas y oscuras ubicadas en ángulos extraños.
Las tiendas iban desde una punta del pueblo hasta la otra y estaban mezcladas entre las casas.
Cuando empezamos a abrirnos paso por la aldea y encontramos la posada, me perdí bastante. De no ser por las montañas y las colinas al otro lado del pueblo, no tenía ninguna referencia para saber desde dónde habíamos venido.
Ransom desmontó a Aurinda y tomó las riendas de Freya una vez que yo también lo hice.
—Dejaremos a los caballos aquí. —Los ató a los dos a un poste—. Le pediré a algún muchacho que los lleve a los establos.
—Está bien.
Entramos en la posada agachándonos para pasar por la puerta.
Después de pasar la noche anterior durmiendo sobre una manta delgada con una roca clavada en la espalda, no veía el momento de acostarme en una cama de verdad.
El interior de la posada era oscuro. La planta baja era una taberna iluminada por un candelabro de cuernos de alce y un pequeño fuego en la chimenea.
El verano se estaba desvaneciendo y las mañanas frías anticipaban que el otoño estaba en camino.
Sin embargo, las tardes seguían siendo calurosas y ese fuego hacía que el espacio pareciera sofocante y pegajoso.
Ransom se abrió paso entre las mesas y se acercó a la larga barra en la otra punta del salón.
Un hombre con una bufanda roja atada al cuello asintió cuando se detuvo junto a una serie de banquetas de madera.
No había nadie en el lugar, solo el posadero, pero el olor asfixiante de decenas de personas seguía flotando en el aire: sudor, humo y cerveza rancia. No había ni una sola ventana. Ni una sola. Y la puerta era tan gruesa como las paredes.
Ni el pardur más grande podría derribar esa puerta para entrar.
Ransom apoyó una pila de monedas sobre la barra y llamó al posadero. Cuando regresó conmigo, tenía dos llaves de bronce.
—¿No dormirás en el suelo hoy? —pregunté cuando me entregó una de las llaves.
—No hagas que me arrepienta de darte un poco de espacio.
—No, no, por supuesto —resoplé—. No voy a causar ningún problema.
—Lo más preocupante es que de verdad creas eso.
Levanté una mano.
—Hey, los problemas me encuentran a mí. Yo no los busco.
Señaló a Faze con la cabeza.
—Dice la mujer que tiene un flagris pegado al pecho.
—Vale, está bien —balbuceé—. ¿Y ahora qué?
—¿Quieres sentarte? ¿Comer o beber algo?
¿En este salón sofocante y apestoso?
—No.
—Entonces vamos —dijo y me condujo hasta la puerta.
Llené los pulmones con el dulce aire de la tarde, que traía un agradable aroma a césped y agua de un río cercano.
—¿Qué quieres hacer primero?
—Me gustaría encontrar a la persona que mató al aureón. El herrero debería saber algo. Empecemos por ahí.
—Bueno, te sigo.
Empezamos a caminar, uno junto al otro, serpenteando por los caminos y callejones del pueblo. Al cabo de un rato, oímos unos golpes de martillo sobre metal y encontramos la herrería. Al igual que en la taberna, me mantuve detrás de Ransom mientras él saludaba al herrero.
El anciano tenía el cabello canoso a ambos lados de su cabeza, totalmente calva en el medio. Su mirada flotó en mi dirección una sola vez y enseguida se centró en el Guardián cuando le habló.
—Buenos días, Guardián.
Maldición . Esto era lo que me temía. No debería haber venido.
Esta gente no iba a contar nada frente a una extraña de ojos dorados. No importaba lo que Ransom dijera, no confiarían en mí. Cielos, ni siquiera él confiaba en mí.
—Lo mismo digo, herrero.
—¿Y tu compañera? —le preguntó el herrero en voz baja, aunque no tanto como para que no lo escuchara.
—La princesa Odessa Wolfe.
—¿Wolfe? —El herrero se ahogó y tosió para aclararse la garganta.
—Wolfe. Es el Gorrión.
El herrero se giró con los ojos bien abiertos e hizo una reverencia.
Ransom sonrió.
Así que este era el plan. No le preocupaba que desconfiaran de mí porque esta era la primera parada de mi viaje de presentación por Turah. Iba a usar mi título de Gorrión para conseguir información. Realmente no estaba pensando en mi beneficio.
El Guardián ya era una novedad en sí misma para todos. Mi presencia solo haría que fuera un espectáculo mayor, que atraería a más gente de los alrededores.
Astuto el maldito.
—Un placer conocerte —le dije al herrero—. Tienes una herrería muy bonita.
No sabía mucho sobre herrerías, pero había estado leyendo sobre las costumbres y especialidades de los turanos y la herrería era uno de sus fuertes. Era probable que sonara falsa, pero señalé las herramientas que había organizado en varios estantes y ganchos.
—Creo que nunca he visto una colección tan impresionante de cinceles, tinturas y mandriles para el torno.
El hombre enderezó su postura y sonrió, sonrojándose.
—Gracias, Su Alteza. He tardado toda una vida en conseguir todo lo que ve.
—Una vida bien aprovechada —dije, sonriendo.
—Estábamos viajando y nos enteramos de que habéis tenido un desafortunado encuentro con un aureón —dijo Ransom, acercándose a una serie de ganchos que colgaban de una viga—. ¿Algún muerto?
—No, por suerte. Pero hicieron falta seis hombres para derribarlo. Había algo en ese monstruo que no parecía normal.
Como el hecho de que su sangre era verde. La gente podía no saber que era la lyssa, pero era difícil pasar por alto la sangre verde. ¿Cuántos turanos habían empezado a sospechar que algo andaba mal?
—El vendedor de periódicos, que es nuevo en el pueblo, recibió una herida horrible en el brazo —dijo el herrero.
—¿Periódicos? —pregunté con un interés inmediato. Los periódicos significaban información y, con suerte, sería más que la que publicaba el periódico de Ellder.
—Es de su reino, Su Alteza —dijo el herrero—.
Abandonó Quentis después de que su familia partiera a los cielos.
Está en Ravalli desde hace seis meses. Es un sujeto agradable.
Algo reservado. Aunque me temo que todo lo que ocurre en la zona primero llega a la taberna.
Cuando él imprime el periódico, por lo general ya son noticias viejas.
Un vendedor de periódicos de Quentis. ¿Lo conocía? ¿Había leído su trabajo antes?
El herrero se acercó y miró hacia atrás para asegurarse de que nadie lo estuviera espiando.
—Si fuera inteligente, dejaría de imprimir hechos y empezaría a contar historias. No hay muchos cuentistas en este pueblo. Ganaría un buen dinero haciendo eso. Incluso se lo sugerí una vez, pero está obsesionado con sus sospechas sobre la milicia del rey.
Ransom me lanzó una mirada que decía ni se te ocurra .
Pero lo ignoré y me acerqué al herrero.
—Disculpa, soy nueva en el reino. ¿La milicia del rey?
—Sí, Su Alteza. El rey Ramsey está reclutando gente para su milicia. Hace mucho tiempo que no se crea una de ese estilo. Creo que se está preparando para la migración.
—Ah. ¿Y qué es lo que sospecha?
El herrero se encogió de hombros.
—No estoy seguro. Todavía no lo ha publicado en el periódico.
—Ya veo. —Nuestra siguiente parada, sin duda, sería la imprenta.
—Pero creo que simplemente está engañando a los más crédulos —añadió el herrero—. Especulando con malas intenciones. Es como si quisiera asegurarse de que las personas que nos suscribimos al periódico desde el primer día no lo abandonemos. Es todo un hombre de negocios, sin duda.
—Estoy de acuerdo. Aunque no puedo evitar sentirme intrigada. —Esbocé una sonrisa amable—. Gracias por tu tiempo. Ha sido un placer hablar contigo.
—Lo mismo digo, Su Alteza —hizo una reverencia.
¿Así sería a partir de ahora? ¿Reverencias y títulos formales? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que todo Turah se enterara de que yo era el Gorrión? Los secretos tenían que terminar en algún momento. Pero todavía no estaba lista.
—¿Seguimos, mi reina? —dijo Ransom, extendiendo una mano hacia el camino.
Saludé al herrero desde lejos.
Bajó la barbilla y, por primera vez, pareció notar que llevaba algo en el pecho. Pero antes de que pudiera ver qué era, me giré y mantuve a Faze fuera de la vista.
Una vez que nos alejamos, le pregunté a Ransom:
—¿La milicia es para la migración o para otra cosa?
Algo como una invasión.
O para defenderse de una.
—Tengo problemas más grandes que Ramsey —dijo moviendo la muñeca. Tema zanjado.
Nunca había visto tanto rechazo hacia un rey.
—Le acabas de revelar mi identidad al herrero. ¿Así que este era tu plan? ¿Por eso me has traído? ¿Para llamar la atención?
Ransom bajó la mirada y sus ojos verdes encontraron los míos mientras otra sonrisa insolente aparecía en su boca.
—Y ha sido todo un éxito.
Puse los ojos en blanco.
—Podrías haberme avisado.
—Es más divertido así.