Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y nueve
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Capítulo treinta y nueve

Mi flagris soltó un rugido desde su caja.

—Déjame dormir —enterré la cara en la almohada.

Grrr .

—Acabas de comer.

Grrr .

—Joder. —Doblé la almohada sobre mis orejas para tener un bendito momento de silencio, pero la culpa que sentí fue tan fuerte como uno de sus rugidos.

Hice las sábanas a un lado y me levanté de la cama. Me acerqué lentamente a la caja para levantar al pequeño monstruo y, en cuanto sintió mis brazos, cerró sus ojos violetas.

—Eres un malcriado. —Acaricié las escamas de su espalda.

Solo tenía una hilera angosta de escamas, apenas cuatro filas en total.

No era la armadura completa de un adulto.

Además, las suyas eran duras, pero también algo flexibles, como las uñas.

Su pelaje era mullido y suave como las plumas y el color no era el rojo rubí intenso de su madre, sino un tono más tenue de rosado que algún día serían sus rayas.

Su panza era tan pálida que era casi blanca.

Me acerqué a la cama y me senté en el borde. Luego me acosté sobre las almohadas, apoyando al flagris sobre mi pecho, mientras cerraba los ojos. Se acomodó y enseguida se quedó dormido. Podía sentir sus latidos firmes sobre mi pecho.

En cuatro días, la pequeña bestia había mejorado bastante, gracias a una dieta de leche de cabra, agua y atención constante. Todavía seguía demasiado delgado, pero ya no se le marcaban las costillas en la piel. Sus ojos ya no parecían apagados.

—Adiós a la caja. —La voz de Ransom sonó desde la puerta.

Pese al tiempo que hacía que lo conocía y haberme acostumbrado a llamarlo Guardián, no me había resultado difícil adoptar su nombre en mi mente. Era como si siempre hubiera habido un espacio allí, un hueco, esperando llenarse con su nombre.

Ransom.

Ya no me lo imaginaba con otro nombre.

—Más adelante le enseñaré a Faze a que se quede en la caja. —Bostecé y no me moví.

—¿Cuando sea tan grande que simplemente pueda saltar afuera? ¿O cuando pueda hacerla trizas con sus garras?

—Cuando haya dormido más de dos horas seguidas.

—¿Cansada, mi reina?

Exhausta. No estaba tan agotada desde el viaje por las llanuras desde la costa. Pero me negaba a admitir que estaba cansada y que ese monstruo me estaba chupando todas las energías.

—No estoy cansada. Estoy desanimada. Echo de menos a Evie.

Se la habían llevado de regreso a Ellder con Luella dos días antes. No pude evitar extrañarla de inmediato. Suponía que Faze también la echaba de menos.

Me había ayudado mucho con la nueva mascota. De hecho, fue ella la que le puso el nombre de Faze.

No tenía idea de lo que significaba ni de dónde venía, pero Evie había empezado a llamarlo así y ahora ese era su nombre.

Cuando regresamos de la madriguera, me preocupaba que Evie se asustara con el monstruo, en especial después del ataque reciente. Así que lo mantuve oculto en la casa del árbol, dándole leche con un biberón improvisado.

Ransom le había dicho a Evie que se mantuviera alejada de mi casa, pero eso fue para ella como una invitación. Mi estrellita no era alguien que aceptara un no.

Solo bastó con ver una vez al cachorrito para que gritara de alegría. A partir de ese instante, Faze se convirtió en su monstruo mascota.

El berrinche que montó cuando Ransom fue a buscarla para llevarla de regreso a Ellder y separarla de su bebé fue digno de Mae. La fortaleza era el mejor lugar para ella, ya que estaría a salvo detrás de las murallas y bajo la atenta mirada de Luella.

Estaba segura de que yo la acompañaría pronto, cuando Ransom también se cansara de cuidarme a mí. Me abandonaría en la fortaleza y él seguiría cazando monstruos.

Quizá estaba aquí por eso esta mañana.

Bueno, cuando regresara a Ellder, al menos tendría a esta pequeña bestia para hacerme compañía. Era mío, por ahora. Hasta que llegara la hora de liberarlo.

—¿Cuánto te va a durar este enfurruñamiento? —preguntó Ransom.

—No sé. Un día. Dos. —O hasta dormir una siesta.

—Qué lástima.

Abrí un ojo y levanté la cabeza de la almohada.

—¿Por qué?

Estaba reclinado contra la puerta, con sus brazos robustos cruzados sobre su ancho pecho. Sus ojos mostraban un color verde. Verde oscuro.

Mi color favorito.

—Han asesinado a un aureón en una aldea cercana.

Me incorporé de inmediato, atrapando a Faze antes de que saltara de mi regazo.

—¿La lyssa?

Asintió.

—¿Irás?

Asintió otra vez.

—Es un viaje difícil. Se tarda más de un día y medio.

—¿Puedo ir?

—La única parada será para dormir, y no por mucho tiempo.

—¿Eso es un sí?

—Tú eliges, Gorrión.

—Voy contigo. —Me levanté enseguida y dejé a Faze en su caja, ignorando sus quejidos—. Dame un minuto para que me cambie y meta algunas cosas en el morral.

Fui a toda prisa al baño detrás de la pared divisoria y cambié mi camisón de dormir por unos pantalones y una túnica rubí que probablemente se confundiría con mi cabello, pero era un color tan intenso que no me importaba.

Una vez que me até el cabello con una cinta de cuero en la nuca, guardé un juego adicional de ropa en el morral junto a mi diario. Después de calzarme las botas, colgué la bolsa que había montado para Faze sobre mi pecho.

Cuando Arthy era bebé, su niñera usaba una bolsa como esta. Así que había decidido hacer una parecida con un par de mis vestidos grises.

Faze cabía a la perfección y, una vez que estuvo cómodo después de removerse de un lado a otro, colgué el arnés para los cuchillos sobre los hombros para que estuvieran cruzados en mi espalda. Luego tomé la espada y el biberón.

—Lista.

—No vamos a la guerra, Cross.

—Dice el hombre que siempre está vestido para la batalla. —Extendí una mano hacia la empuñadura de su espada que asomaba por uno de sus hombros—. ¿A dónde vamos exactamente?

—Ravalli.

Nunca había oído hablar de ese lugar.

—Genial. ¿Qué haremos en Ravalli?

—Investigaremos, haremos preguntas, veremos si ha pasado algo de lo que no tuviéramos conocimiento.

—Está bien, vamos. —Crucé la habitación, pero él se movió y me bloqueó el paso por la puerta con su enorme cuerpo—. ¿Qué?

—Deja a la bestia.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque alguien me pidió que lo que mantuviera en secreto. —Le preocupaba que los demás intentaran matarlo y, al hacerlo, Evie terminara con el corazón roto—. Y no hay nadie que lo pueda cuidar. También te llevaste a Brielle y Jocelyn a Ellder, ¿recuerdas?

Aunque dudaba que alguna de ellas lo aceptara en su casa. Las dos sentían terror del pequeño monstruo.

La primera noche que Faze estuvo aquí, la noche que lo rescaté, Jocelyn vino a visitarme. Un solo vistazo bastó para hacerla gritar. Brielle se persignó buscando la protección de los Ocho y me preguntó si tenía pensado suicidarme.

Las dos parecían más que contentas de abandonar Treow. Con suerte, la vida en Ellder sería más sencilla para ellas. Puede que les recordase a Roslo y así podrían asentarse en un nuevo hogar. Al menos hasta que yo pudiera enviarlas de regreso a su verdadero hogar.

Ransom frunció el ceño y miró a Faze.

—No.

—Sí. Ya me has invitado a participar. No puedes echarte atrás ahora.

Se giró y masculló algo por lo bajo. Sonó algo como grano en el culo . Luego salió por la puerta y saltó de mi balcón al suelo, donde Aurinda y Freya esperaban ya ensillados.

—¿Y si hubiera dicho que no a este viaje? —grité desde arriba—. Habrías preparado a Freya en vano.

Los dos sabíamos que no habría dicho que no. Suspiró y levantó la vista, mientras yo bajaba por la escalera.

—¿Cuántas preguntas vas a hacerme en este viaje?

—Averigüémoslo. —Sonreí al bajar de la escalera y me acerqué a Freya.

Nos aventuramos en el bosque, donde el silbido de un guardia en la torre de vigilancia hizo las veces de despedida cuando cruzamos el límite del campamento. Al cabo de cinco minutos ya estaba perdida, pero me mantuve junto a Ransom, rígida y alerta, inspeccionando los alrededores.

Él, por su parte, parecía estar totalmente tranquilo. No me relajé hasta que bajamos en zigzag por una colina y llegamos a un valle con un río y una hierba frondosa.

Por lo menos, en la llanura podríamos ver a los monstruos acercarse.

El paisaje era maravilloso y verde. Unas montañas color índigo trazaban una línea dentada en el horizonte; las flores silvestres, blancas y amarillas, crecían sobre la hierba, y el río relucía con sus tonos azules al abrirse paso por el valle.

A lo lejos, muy a lo lejos, había una cascada que parecía una cortina sobre la ladera de la montaña.

—¿Estás listo para mi primera pregunta? —dije, rompiendo el silencio.

—Si te contesto que no, ¿la vas a hacer de todas formas?

—Sí.

—Entonces, cuando gustes. —Hizo un ademán con la mano, como si me estuviera cediendo el espacio—. Por favor, haz tu pregunta.

—Me has hecho jurar que te mataría. ¿Quién más ha hecho ese juramento?

—¿Qué te hace creer que hay más personas? ¿Una corazonada?

—No, pero es lo que yo habría hecho en tu lugar. —Si existiera la posibilidad de que hiriera a un ser querido, entonces les habría hecho prometer lo mismo a esas personas.

Se pasó una mano por su cabello y sus mechones castaños sedosos se levantaron entre sus dedos.

—Necesitas cortarte el pelo —dije.

—Necesito cortarme el pelo —repitió, mirándome con sus ojos verdes, que me tragaron por completo—. Tillia y Halston. Y todos los guerreros de ese equipo de cacería. Todos juraron hacer lo que sea necesario si pierdo el control.

—¿Y Zavier?

—Él fue el primero en prometérmelo. Y cuando llegue la hora de mi muerte, preferiría que sea por su espada.

Cuando llegue la hora . No hablaba como si fuera una posibilidad lejana, sino una certeza absoluta. Estaba seguro de que solo había un único final posible para esto.

—¿Y si encontramos la cura?

—No hay ninguna cura. Dejaré de ser una molestia para ti antes de que te des cuenta.

No podía concebir la idea de que Turah perdiera al Guardián.

Estaba en este reino desde hacía dos meses y, de algún modo, se había vuelto el centro de esta nueva vida. La estrella alrededor de la que todo parecía orbitar.

Me miraba de una manera como nadie antes me había mirado. No sofocaba mi sarcasmo ni mis comentarios insidiosos. Se burlaba de mí por las preguntas, pero, últimamente, había consentido mi curiosidad del mismo modo que lo hacía con Evie. Me daba la libertad de ser yo misma y dejar de esconderme.

Era un hombre que me seguiría si me lanzaba de un acantilado, alguien que saltaría conmigo y no me apartaría de la cornisa.

No podía morir. Me negaba a creer que ese era su único destino. Él podía haber descartado una cura, pero yo no estaba dispuesta a hacerlo. No todavía.

—Bueno, estamos yendo a Ravalli para investigar. ¿Qué esperas encontrar? —pregunté.

—De hecho, escuchar . Tú creciste en un castillo.

Sabes lo valiosos que pueden ser los rumores.

Si es verdad que hay una persona que creó la lyssa, entonces tiene que existir la posibilidad de que se lo haya contado a alguien.

Hasta ahora, hemos estado más preocupados por rastrear a los monstruos, pero es hora de empezar a escuchar otros rumores también.

Y quizá, entre esos rumores, encontremos un poco de verdad.

—¿Por qué Ravalli?

—Tras el reciente ataque del aureón, asumo que circularán más rumores que de costumbre.

—Ya —asentí—. Quienquiera que haya creado la lyssa no va a ser fácil de encontrar.

No si Ransom había estado cazando monstruos durante años y todavía no había oído nada sobre una fuente. No si tenían una especie de magia única.

—No, es verdad —dijo—. Pero para crear algo así es poco probable que haya trabajado en solitario. Necesitaría atrapar un monstruo, infectarlo. Lo único que quiero es encontrar una pista decente. Dudo que lo consigamos hoy, pero por algún lugar hay que empezar.

—Es probable que la gente se quede callada si te acompaño. —Era una extraña, alguien a quien temer, no alguien en quien se pudiera confiar.

—Puede ser. O quizá aprovechen la oportunidad de ser escuchados por su futura reina.

Resoplé.

—Pero nadie sabe que estoy casada con Zavier. Ni siquiera se lo ha contado a Evie. Además, no soy ninguna reina.

—Aun así, aquí estás, ayudándome a salvar a tu gente.

Me encogí de hombros.

—Es lo correcto. Por el bien de todo Calandra.

Se acercó y me apartó un rizo de la frente.

—Hablas como una reina.

—Basta —dije, enfurecida, y le aparté la mano—. No quiero ser reina.

—Santa paciencia.

Fruncí la nariz.

—Sigamos, ¿has hablado con algún jinete de poni? Recorren todo el reino, y pude que propaguen tantas noticias como las que entregan. Tal vez han oído algún rumor o algo.

Ransom frunció el ceño y su boca se inclinó hacia abajo.

—¿Qué?

—Es una excelente idea.

—Y te molesta que no se te haya ocurrido a ti.

—Sí —admitió.

Sonreí y me senté más recta en la montura.

—Hay un puesto de jinetes de poni pasando Ravalli —dijo—. Iremos cuando terminemos en la aldea.

Faze se movió, despertándose de su siesta matutina, y soltó un chillido. Busqué su biberón en mi morral y se lo acerqué a la boca.

—¿De verdad te vas a quedar con ese gato? —preguntó Ransom.

—¿Creías que iba a cambiar de parecer?

—¿Honestamente? Sí.

Miré a Faze y sonreí.

—Al parecer, siento debilidad por los monstruos.

Quizá había mucho más que lo que dejaban entrever.

O quizá este pequeño flagris me mataría mientras dormía.