Capítulo treinta y ocho #2
Se alejó de mí, pero se detuvo.
—Por si sirve de algo, no creo que estén enfermos.
—¿Por qué?
—Porque dudo que los hayan mordido.
—Pero seguro que han estado en contacto con su saliva. Cuando los lamió para lavarlos.
—Al parecer, no se contagia de esa manera.
—¿Cómo lo sabes? —¿Acaso ya lo había hecho antes? ¿Había matado a una madre y sus crías?
Se pasó una mano por el cabello, una señal de que mis preguntas lo estaban poniendo de mal humor, pero no iba a dejar de hacerlas. Los dos lo sabíamos.
—Después de que me mordieran, después de superar la fiebre, me empecé a sentir diferente.
Pero, como dije, los cambios vinieron con el tiempo.
No me di cuenta de que algo iba mal hasta que pasaron varios meses.
Me sentía diferente, pero asumía que solo eran las secuelas de la fiebre.
Una noche fui a una taberna y conocí a una mujer.
—Ya. — Por todos los dioses . Yo y mi maldita boca.
Los celos se apoderaron de mí de inmediato. Un golpe en el vientre más fuerte que el que Tillia me había dado esa mañana. Quería retirar la pregunta, retirarlas todas, y borrar para siempre la imagen de él con otra mujer.
¿Era la Sariah de Ashmore? ¿Era ella a quien se había llevado a la cama? ¿A quien había besado?
No era una historia que deseara conocer. Ni siquiera un poco.
—No se infectó —dijo.
—Genial —añadí con un tono de voz demasiado entusiasta—. Grandioso. Estoy segura de que tu futura esposa estará contenta de que puedas, eh… —La cosa seguía empeorando—. Sabes a lo que me refiero.
—Que mi futura esposa estará contenta de que pueda besarla y tener sexo con ella.
—Sí, excelentes noticias. —Se me removió el estómago mientras la vergüenza invadía todo mi cuerpo. Si había un flagris cerca, no intentaría evitar que me matara—. Supongo que solo debes vigilar no morderla.
¿Qué demonios me pasaba? ¿Por qué no podía cerrar la maldita boca?
—No me gusta mucho morder a las mujeres.
¿Por qué estábamos hablando de esto?
—Bueno, creo que será mejor que busquemos a esas crías. —Me acerqué a la roca, sintiendo su mirada sobre mi espalda.
—Cross.
Me detuve. Gruñí y me giré.
—¿Qué?
—Eras tú la querías saber más sobre la lyssa.
Entonces, ¿hablar sobre eso era culpa mía? Pues claro . No podía lamentarlo más.
—Sí, bueno, gracias por la información tan esclarecedora.
Sus ojos pasaron de castaño a verde en un instante.
¿Significaba eso que lo estaba divirtiendo otra vez? En esos momentos creí preferir su ira.
—No hace falta sentir vergüenza, mi reina.
Lo miré inexpresivamente.
—Es solo que no me interesa para nada tu vida sexual.
—Entendido —dijo con una sonrisa burlona.
Había pasado un tiempo desde la última vez que vi esa sonrisa. Deseaba seguir odiándola. Deseaba que no lo hiciera parecer más atractivo. Deseaba no estar preguntándome cuántas mujeres habían visto esa sonrisa antes de acostarse con ellas.
—¿Y las crías? —dije, señalando con el pulgar la roca sobre mi hombro.
Su sonrisa creció cuando pasó a mi lado, rozándome el brazo con el suyo, y empezó a trepar por las rocas.
La mayoría eran demasiado escarpadas como para que yo pudiera trepar por ellas, pero las más cercanas tenían una pendiente gradual que llevaba hacia un saliente.
Era tan empinado que tuve que usar las manos para arrastrarme hacia arriba.
Al igual que el Guardián. Él iba delante y, cuando levanté la vista, tuve una excelente imagen de su trasero perfecto. Cielos, tenía un cuerpo increíble. Fuerte y musculoso lo mirases por donde lo mirases. Firme y…
—Joder. —¿Qué me pasaba?
No era el primero con el que tenía esas fantasías. Tampoco sería el último. ¿Por qué no podía dejar de pensar en él de esa manera?
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Me he pinchado la mano —mentí.
Me miró con incredulidad y siguió subiendo hacia el saliente. Cuando llegamos a la cima, se frotó las manos sobre los pantalones y se acercó para ayudarme a ponerme de pie.
De repente, oímos el aullido de un animal desde un rincón oscuro, un sonido similar al maullido de una cría de gato.
El Guardián sacó el cuchillo de la funda en su cintura y avanzó lentamente hacia el sonido.
Yo me mantuve cerca, mirando por encima de su brazo a medida que varias figuras aparecían a la vista.
Tres cuerpos diminutos de flagris estaban acostados de lado, tan escuálidos que se les marcaban las costillas en la piel. Sus ojos sin vida miraban a la nada.
Me invadió la angustia.
—Han muerto de hambre.
El Guardián suspiró y se agachó a su lado.
—Debió haberlos abandonado varios días atrás. Son jóvenes, puede que tengan apenas una semana. Nunca habrían sobrevivido sin leche.
—Pero el sonido… —Giré, buscando la fuente. Y ahí estaba, al otro lado del saliente. Un flagris cuyos ojos no parecían muertos.
Todavía.
Me acerqué para levantarlo, pero el Guardián me cogió del codo y me detuvo.
Tenía el cuchillo agarrado firmemente con la otra mano.
—Gírate, no mires.
—Espera —dije, buscando sus ojos verdes—. No lo mates.
—Se está muriendo. Mi cuchillo será un alivio misericordioso comparado con una muerte lenta y dolorosa.
—¿Por qué tiene que morir de hambre? —Liberé mi brazo y me agaché. Levanté a la pequeña criatura y la apoyé sobre el pliegue de mi brazo.
—¿Qué haces? —preguntó el Guardián—. Es un monstruo.
—¿Tiene que serlo?
Las palabras de Evie de la noche anterior resonaban en mi cabeza.
Cuando crezca, voy a tener un monstruo de mascota .
Mucha gente tenía perros y gatos como mascotas. Llamábamos monstruos a los flagris. Después del ataque del día anterior, tenía sentido. Pero ¿y si no hacía falta que les tuviéramos miedo? ¿y si estas criaturas no eran solo monstruos?
Algo empezó a latir en mi pecho. Algo extraño y desconocido.
Algo que no podía explicar. Solo sabía, al igual que sabía que el Guardián no me haría daño, al igual que sabía que mi nombre era Odessa, al igual que sabía que mis ojos eran dorados y mi cabello rojo, que no podíamos matar a ese monstruo.
—Quiero quedármelo.
—No. —Extendió una mano, pero yo me aparté—. Puede estar infectado.
—Puede ser, pero puedo averiguarlo cuando sea más grande.
—¿Y si te muerde antes?
Puse los ojos en blanco.
—Apenas puede levantar la cabeza. Creo que estoy a salvo por ahora.
—Cross —me advirtió.
—La muerte no es el único alivio misericordioso. —Pasé un dedo por la frente del flagris—. Cuando sea lo suficientemente grande para sobrevivir por su cuenta, lo liberaré.
—No.
Levanté la vista y lo miré.
—Sí.
—¿Y si está infectado?
—Yo misma lo mataré.
—No voy a arriesgarme. —Cogió el cuchillo y lo presionó contra el muslo del flagris.
—Está bien. —Me acerqué y, al hacerle un corte en la pierna a la cría, cerré los ojos con fuerza.
Por favor, que sea roja. Por favor, que sea roja.
Abrí los ojos.
Y encontré un rastro de sangre roja sobre la hoja de su cuchillo.
Uff.
La mirada del Guardián cambió, no al color avellana que esperaba, sino a ese verde bosque intenso.
—¿De verdad lo habrías matado?
—Sí. —Me habría quitado una parte del alma, pero lo habría hecho de todas formas.
—¿Me matarías si fuera necesario?
La pregunta me desconcertó tanto que me quedé en silencio.
Entonces nos quedamos mirando, con un monstruo moribundo en mis brazos, y comprendí que me estaba pidiendo la misma misericordia. Que si él se convertía en un monstruo, si perdía el control, le diese una muerte rápida.
—Sí —susurré—. Si no queda otra opción.
—Júralo. —Había una cierta intensidad en su voz, una especie de angustia que le dificultaba la respiración.
—Lo juro.
—Me aseguraré de que así sea. —Bajó la mirada hacia el flagris—. Odessa.
Tan pocas veces me llamaba por mi nombre que, siempre que lo hacía, le prestaba atención.
—Me preguntaste mi nombre —dijo.
—Me dijiste que me lo tenía que ganar.
Asintió.
—Ransom. Mi nombre es Ransom.