Capítulo treinta y ocho
El puño de Tillia se estrelló contra mi vientre.
—Uff. —Me doblé hacia delante, dejando caer los cuchillos al suelo, mientras intentaba recuperar el aire.
—Eso es lo que pasa cuando no prestas atención —dijo chasqueando la lengua y luego dándome una palmada en el hombro antes de acercarse a beber agua—. Extrañaba entrenar contigo.
—¿No querrás decir que extrañabas patearme el trasero?
Esbozó una sonrisa salvaje.
—Exacto.
Me dolía reír, pero lo hice de todas formas.
—Yo también extrañaba entrenar contigo.
El Guardián me había enseñado mucho desde aquellos días en el Segador , pero había algo diferente cuando entrenaba con Tillia.
Ella no se contenía porque yo fuese una mujer.
Me atacaba del mismo modo que lo haría con cualquier oponente, ya que sabía que un enemigo real no mediría la fuerza de sus golpes, ni detendría un puñetazo porque no estaba prestando atención.
Yo misma me había buscado ese golpe en el vientre.
Había estado distraída pensando en su ataque y el hombre que acababa de ver desaparecer entre los árboles.
—¿Ya hemos acabado? —pregunté. Por favor, di que sí.
—Sí. Buen trabajo. Dejando de lado el último minuto, has peleado bien hoy.
—Gracias. —Levanté los cuchillos y me puse más erguida—. ¿Mañana?
—Te espero en la zona comunitaria.
Me despedí y fui hacia los árboles con la esperanza de que el Guardián no fuera con prisas, porque, si ese era el caso, nunca lo alcanzaría. Por suerte, vi un destello blanco adelante, la manga de su camisa, y entonces me acerqué con paso ligero.
Estaba solo con la espada colgada de un hombro y avanzaba hacia los límites del campamento.
¿Dónde estaba Evie? Me había despertado al amanecer con una buena patada en las costillas cuando se giró hacia un lado aún dormida. Había terminado de leer un libro sobre leyendas y monstruos mientras ella se sacudía sin parar y, cuando por fin se despertó, fuimos a la zona común para desayunar.
Tillia me había llamado para ir a entrenar y el Guardián había llevado a Evie a los establos para cabalgar. ¿Estaría jugando con otros niños? No estaba segura de si me agradaba la idea de que se quedase sola.
Tal vez solo estaba yendo a inspeccionar el perímetro, pero había algo en su forma de andar, una cierta decisión y resolución, que me hacía pensar que no se iba a quedar en Treow.
El Guardián aminoró la marcha y, antes de que pudiera girarse y verme, saltó detrás del tronco de un árbol cercano.
—Mierda —balbuceé para mí misma. Luego conté hasta cinco y me asomé desde detrás del árbol.
Seguía caminando hacia delante.
Uff . Pasé de árbol en árbol, zigzagueando por el bosque mientras mantenía la distancia.
Casi habíamos llegado a la primera torre de vigilancia cuando noté que mi corazón estaba latiendo tan fuerte que estaba segura de que lo podía oír.
Un silbido cruzó el aire del bosque, una señal que provino de arriba para advertir que estaba cruzando un límite invisible.
Me puse detrás de otro árbol. ¿Qué probabilidades tenía de que pudiera cruzar sin que me vieran?
Pero entonces se escuchó otro silbido.
Al parecer, ninguna.
—Ya sé que estás ahí, Cross. Eres tan sigilosa como una banda militar.
—¡Ay! —Me golpeé con la corteza de un árbol—. ¡Ay!
Frotándome el codo, salí de detrás del árbol y caminé lentamente hacia donde él esperaba con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Quieres decirme qué haces siguiéndome? —preguntó.
—¿Quieres decirme a dónde estás yendo?
—No —dijo, y mantuvo la boca cerrada, aunque había un leve destello verde en sus ojos. Al parecer, hoy era el hazmerreír de todos.
—¿Dónde está Evie?
—Con los otros niños, en la zona común. Rodeada por un muro de padres y guerreros que no creo que dejen que nadie con menos de dieciséis años quede fuera de su vista.
—Bien.
Asintió.
—¿Qué haces aquí afuera? ¿Puliendo tus habilidades de espía?
—No. —Pateé un poco de tierra. No había ninguna habilidad que pulir. Era la peor espía de Calandra—. Dijiste que podía ayudarte a encontrar la fuente de la lyssa.
—Vaaaaale —dijo arrastrando la palabra.
—Entonces, a donde sea que estés yendo, quiero ir contigo. —¿Sonaba desesperada? Sí . A esas alturas, estaba desesperada.
—¿Qué te hace pensar que voy a un lugar que tiene algo que ver con la lyssa?
Me encogí de hombros.
—Una corazonada.
—¿Y tienes muchas de esas corazonadas?
—No much… De hecho, sí. Son bastante comunes.
En Roslo, siempre había cosas en el castillo que despertaban mi interés, que hacían que me detuviera, que despertaban mi curiosidad sobre las personas que iban y venían.
Los motivos reales de los susurros, pero también de los encuentros inocentes.
Pero nunca había hecho nada con esas corazonadas.
Nunca me había atrevido a seguir a Margot o a Mae o a mi padre para averiguar qué era lo que hacían.
Mi curiosidad no significaba tanto como para correr el riesgo de ser atrapada.
Pero aquí estaba, parada ante el que probablemente era el hombre más peligroso de Calandra, un asesino reconocido. Debería estar aterrada.
Pero estaba segura de que no me haría daño. Sin duda alguna, sabía que el Guardián no me lastimaría. Sí, se burlaría de mí, me regañaría y me ridiculizaría hasta tal punto que querría estrangularlo hasta la muerte. Pero no me haría daño.
—Puedo equivocarme —dije—. Pero sí, mi corazonada es que estás yendo a un lugar para conseguir más información sobre la lyssa.
Entornó la vista.
—Dije que podías ayudar y prometiste escucharme. Si te pido que regreses, ¿lo harás?
—Sí. —¿Montaría un berrinche? Sin duda alguna. Pero, al final, me iría—. Por favor, no me pidas que me vaya.
Se pasó una mano por la mandíbula.
—Eres peor que un grano en el culo, Cross.
Eso significaba que sí. Mi sonrisa fue instantánea.
—¿A dónde vamos?
—Tú siempre lista para ponerte en peligro.
—Esto… ¿es peligroso? —pregunté, y él levantó las cejas—. Cierto, estamos en Turah, todo es peligroso. Pero ¿cuán peligroso es, para ser exactos?
—Apuesto que lo averiguarás. —Se giró y retomó el camino conmigo a su lado. Me vi obligada a trotar en algunas ocasiones para alcanzarlo.
Cuando lo notó, frunció el ceño y una sonrisa apareció en su hermosa boca. Luego aminoró la marcha y caminamos a la par.
—Enviamos grupos de reconocimiento para asegurarnos de que no hubiera otro flagris merodeando por la zona. Encontraron una madriguera. Vamos a verla.
Tropecé y me habría caído de cara sobre un montón de hojas de pino de no ser por un brazo fuerte que me agarró de la cintura.
El aroma del Guardián llenó mis fosas nasales; viento, cuero y musgo que se mezcló con los pinos y la tierra. El calor de su cuerpo se esparció por el mío cuando mi espalda quedó presionada contra su pecho.
Un hormigueo invadió todo mi cuerpo y el bosque a nuestro alrededor se desvaneció hasta no ser más que una imagen borrosa de tonos tostados y verdes.
—¿Todo bien? —Su voz sonó como un suave murmullo en mi oído.
Asentí.
—Soy… torpe.
—Tienes tu propio estilo.
Maldición, esa voz. Áspera y grave, un murmullo en mi oído que me derritió por entero.
Este era el momento en que debería estar sacudiéndome para liberarme. Para poner algo de distancia entre nosotros. Pero no podía moverme. No quería que ese brazo me soltara ni me apartara de su pecho, que subía y bajaba con cada respiración.
No es mi esposo. No es mi esposo. No es mi esposo.
Cerré los ojos e imaginé el rostro de Zavier. Luego me solté de sus brazos y di varios pasos largos para alejarme. Mi rostro estaba completamente rojo y la lujuria se convirtió en vergüenza.
¿Esto era parte del plan de Zavier? ¿Dejarme con el Guardián con la esperanza de que me sedujera con esa voz grave y ese rostro hermoso? ¿Para atraparme cometiendo un error para poder usar la infidelidad en mi contra siempre que necesitara mantener a su esposa bajo control?
O quizá para arrojarle ese amorío en la cara a mi padre.
Era una idea sombría.
Tragué saliva con fuerza y me enderecé, deseando que el color de mis mejillas regresara a su estado normal.
—Por favor, no me vuelvas a tocar así.
—Odessa, yo…
—Nunca he visto una madriguera de flagris. Vamos.
El color verde de sus ojos cambió a castaño en un abrir y cerrar de ojos. Su mandíbula se tensó. Luego pasó a toda prisa a mi lado y se adentró en el bosque, conmigo siguiéndolo con dificultad.
Una parte de mí quería regresar. Olvidar todo este asunto y esconderme en mi casa del árbol. Pero, de la misma forma que había pedido una espada, pedí que me incluyera en esto. Era demasiado obstinada para abandonar.
La verdad era que no podía confiar en él. No podía confiar en Zavier. Diablos, quizá ni siquiera podía confiar en mi propio padre. La única persona en la que podía confiar por el momento era en mí misma.
Solo había una cosa que me permitiría ser libre: el conocimiento.
Cada secreto que dejara al descubierto me acercaría más a la libertad. La libertad de elección, para poder decidir a dónde quería ir, dónde quería vivir, en quién convertirme.
El sudor me cubría la frente cuando llegamos a una formación rocosa alta y gris que parecía haberse abierto paso por la tierra a través del bosque.
El Guardián se detuvo antes de que llegáramos a la roca y se agachó para inspeccionar el suelo. Movió una hoja y dejó al descubierto la huella perfecta de un flagris.
La zona estaba llena de pisadas.
—¿Cuántos vivían aquí?
—Solo uno. La hembra. Estaba amamantando, al parecer había dado a luz hacía poco.
—Hemos venido a buscar a las crías.
Asintió y se puso de pie, inspeccionando la zona.
—Debió de haberlos abandonado en la madriguera.
—¿Crees que también están infectados?
—Es posible.
Y esa era la razón por la que estábamos aquí.
—¿Cómo lo vas a comprobar?
No respondió.
No hacía falta.
—Su sangre. Será verde. —Como la suya, como la sangre que había visto en sus heridas en Ashmore. La sangre que había asumido que provenía de los ulfernos.
—¿Y luego qué? —pregunté—. ¿Los matarás?
—Si no me queda otra opción.
—Debería haberme quedado en Treow —susurré. No quería estar en esta cacería. No para asesinar bebés.