Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y siete #3
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Capítulo treinta y siete #3

—Korakin. O sea, ¿el excremento de los kaverinos?

El Guardián asintió.

Los kaverinos eran uno de los monstruos más pequeños de Calandra. Eran el doble de salvajes que sus primos, los glotones. Los kaverinos vivían en los desiertos de Laine, hacían sus madrigueras en las dunas y cazaban sus presas de noche.

Por qué un alquimista había decidido experimentar con excremento de kaverino estaba fuera de mi comprensión, pero, mucho antes de que yo naciera, alguien había descubierto su uso y lo había llamado korakin.

Cuando el korakin se hervía y se sometía a una reducción, se convertía en un ungüento. Una única dosis mínima y la persona alucinaba durante horas. No sentía dolor, e incluso olvidaba su propio nombre.

La enfermería de Roslo lo usaba para aquellos pacientes que debían ser sometidos a una amputación o una cirugía.

El problema era que era terriblemente adictivo para algunas personas y, como era casi tan caro como el polvo de colmillo de fének, la mayoría de los adictos terminaban arruinados, siempre buscando conseguir más.

¿Por qué una infección tendría similitudes con el polvo de colmillo de fének y el korakin?

Parecía algo creado por la alquimia, no la magia.

El Guardián se mantuvo en silencio y eso me dio tiempo para llegar a esa conclusión por mi cuenta. Cuando lo entendí, mis piernas casi ceden y me hacen caer.

—Cuando me lo contaste, asumí que la lyssa provenía del mundo de la magia. Pero ¿es realmente así? ¿O crees que alguien la creó?

El Guardián suspiró.

—No lo sé.

—Solo los Voster tienen magia en Calandra.

—Que nosotros sepamos —sentenció.

Mi corazón se aceleró.

—¿Cómo? ¿Hay otros seres mágicos?

—Puede ser. No estoy seguro. Pero tengo intención de averiguarlo. Y si alguien lo creó, entonces le voy a arrancar las entrañas a ese bastardo y me quedaré para ver cómo se pudre mientras los cuervos devoran la carne de sus huesos.

Hice una mueca de incomodidad. Qué asco. Pero la persona que hubiera hecho esto merecía recibir un castigo acorde.

—Bueno, yo te ayudo. No con lo de arrancarle las entrañas a nadie. Sino a encontrar la fuente.

El Guardián ahogó una risa.

—Olvídalo.

—Sí. —Levanté la frente—. Insisto.

—Insistes. —Se apartó de la barandilla e hizo una reverencia a modo de burla—. Le pido disculpas, Su Alteza, pero me importa una mierda. No te vas a meter en esto.

—Entonces no deberías haberme contado nada, en primer lugar. Es culpa tuya. —Frunció el ceño, más dirigido a sí mismo que a mí—. Por favor, no me pidas que me quede sentada sin hacer nada. No mientras hay vidas en juego.

—Es muy peligroso.

—¿Incluso si estoy acompañada por el gran y poderoso Guardián?

Resopló por la nariz.

—No me vuelvas a llamar así.

—Entonces dime tu verdadero nombre y dejaré de hacerlo.

Se cruzó de brazos.

—Escucha, ya sé que no confías en mí.

—Es verdad.

Me dolió oír la confirmación, pero al menos era honesto.

—Margot siempre me decía que yo tenía facilidad para encontrar problemas. Bueno, si hay una persona que ha creado la lyssa, entonces esa persona es un problema. Considérame un imán.

—Cross —dijo con un tono de advertencia.

—Por favor. —Junté las manos. Esta noche no me molestaba suplicar—.

Déjame ayudarte. Ocho personas han muerto hoy.

Otras diecisiete en Ashmore. ¿Cuántas más morirán hasta que esto termine?

No puedo quedarme esperando que todo mejore.

Prometo que me comportaré. Cuando estábamos en el Segador , dijiste «Si te digo que corras, corres.

Si te digo que te escondas, te escondes».

—Y me respondiste que no.

—Cierto. ¿Puedo cambiar mi respuesta? Prometo escucharte.

Y ahora sé que cuando me das una orden, es para mantenerme a salvo.

Por favor, déjame ayudarte. No me dejes de lado.

Estoy cansada de ser la última en enterarme de las cosas que todos ya saben.

No soy una guerrera. No soy una académica ni una curandera, ni tampoco una princesa decente.

Pero soy una persona capaz. Aprendí a silbar, a disparar una ballesta con cierta precisión.

No me he cortado con mi propio cuchillo o mi propia espada.

Puedo ayudarte. Quiero ayudarte. Por favor…

El Guardián cerró los ojos y se pasó una mano por la mandíbula, que estaba cubierta con una barba incipiente. Parecía exhausto, como si el peso de todo el reino descansara sobre sus hombros.

Y aquí estaba yo, ofreciéndole compartir la carga.

—Está bien.

Me quedé boquiabierta. ¿Era en serio? ¿De verdad había funcionado? Junté las manos y contuve una sonrisa.

—Gracias.

—Voy a arrepentirme de esto.

—Puede ser. —Retrocedí hacia la puerta, ansiosa por entrar antes de que cambiara de parecer.

—Odessa, espera.

No fue su orden lo que me hizo detener.

Fue mi nombre.

Siempre había sido Cross o Gorrión o mi reina . Pero pocas veces Odessa.

Nunca había amado tanto mi nombre.

—Gracias. Por salvar a esos niños. —Apoyó las dos manos sobre su corazón e hizo una reverencia. Luego entró en su casa y cerró la puerta.

¿Y mi escalera? Estaba enganchada. Y lo estaría toda la noche.