Capítulo treinta y siete #2
Lo dije casi en broma, pero Brielle balbuceó algo y frunció el ceño.
—Interesante. Claramente es elusiva para los reyes extranjeros. Para atraer su curiosidad, como lo hizo con su padre.
—Puede ser —murmuré. De todas maneras, parecía una exageración.
Si Allesaria era un mito, la gente de Turah había mantenido la farsa durante muchísimo tiempo.
¿Y si todos creemos en una ciudad que no existe?
El dolor de cabeza se intensificó y, aunque era una teoría interesante para seguir profundizando en ella, estaba demasiado cansada.
—Creo que regresaré a la casa en el árbol ahora. Me vendría bien un poco de descanso.
—Claro —dijo Brielle, poniéndose de pie y acompañándome a la sala común—. Jocelyn y yo le llevaremos la cena y el agua para el baño. No sé a dónde ha ido, pero se muere de ganas de verla.
—Gracias. —La abracé otra vez y luego me dirigí hacia mi casa en el árbol.
Un guerrero me empezó a seguir cuando abandoné la zona común. Sin duda, cumpliendo órdenes de Tillia o del Guardián. Pero agradecía la compañía cuando llegué a mi casa.
La escalera de soga había sido reemplazada. El cuerpo del flagris había desaparecido y la tierra había sido rastrillada para ocultar cualquier rastro de su sangre.
Apoyé un pie en el primer peldaño y me quedé congelada. Mi corazón empezó a acelerarse. De repente, sentí que mis brazos y mis piernas eran demasiado pesados. Cuando cerré los ojos, el rugido se reprodujo en mi mente. Vi las garras y los dientes.
—¿Está bien? —preguntó el guerrero.
—Sí. —Me obligué a abrir los ojos y cogí con fuerza la escalera.
Subí.
Los tres guardias de Evie estaban esperando en el balcón cuando llegué arriba. Al parecer, no era la única que necesitaba dormir. Debió haberlos convencido para que la dejaran sola un momento.
Uno de los guardias extendió una mano hacia mí para ayudarme a subir. Luego entré en mi habitación y encontré a Evie dormida en la cama, debajo de las almohadas.
Las aparté y me acosté a su lado, manteniendo nuestros cuerpos juntos. Nos quedamos acostadas hasta que Brielle y Jocelyn nos trajeron la cena.
Evie estuvo bastante callada mientras comíamos, toqueteando su plato con la mirada perdida.
—¿Tienes miedo? —le pregunté, y se encogió de hombros—. Yo también.
—¿Esos monstruos estaban enfermos?
—Sí.
Pensó en ello durante un instante.
—Cuando crezca, voy a tener un monstruo de mascota. Y si un monstruo enfermo viene a atacarme, me protegerá. Y luego voy a convertirme en una cazadora de monstruos como papá.
Dudo que su padre, el Guardián o Luella le dejaran tener un monstruo de mascota. Y mucho menos convertirse en una cazadora de monstruos.
—¿Qué nombre le pondrás a esa mascota?
—No sé —dijo, jugueteando con una zanahoria. Luego me miró con sus ojos grises suplicantes y los destellos azules de sus iris parecieron volverse más brillantes, como siempre que quería algo—. Dess, ¿puedo dormir contigo esta noche?
—¿Alguien te ha dicho que no alguna vez? —pregunté, y ella sacudió la cabeza—. Puedes dormir conmigo si te comes la comida, estrellita.
Frunció el ceño cuando oyó el apodo.
—¿Por qué estrellita?
—Porque eres brillante y hermosa. Porque eres valiente, incluso por la noche.
Su rostro se ruborizó cuando esbozó una sonrisa tímida. Luego devoró la cena, dando bocados tan grandes que se le inflaron los carrillos.
Margot la habría regañado por su comportamiento poco refinado. Pero yo también me metí un bocado gigante en la boca.
Jugamos y contamos historias. Cuando Brielle y Jocelyn regresaron con agua para el baño, dejé que Evie la usara.
Una vez bañada y con un camisón limpio para dormir, la peiné y le hice una trenza.
Luego nos acostamos sobre mis almohadas entre bostezos y nos hicimos compañía mientras la noche caía sobre Treow. Finalmente, se quedó dormida.
Las estrellas brillaban en el cielo cuando salí al balcón.
El Guardián estaba en su balcón. Y se veía… miserable. Su piel parecía amarillenta y tenía ojeras oscuras debajo de los ojos. Aunque el castaño no era mi color favorito para sus ojos, esta noche lo prefería al gris apagado de sus iris.
—¿Estás bien? —pregunté.
Bajó la barbilla.
—¿Cómo está Evie?
—Dormida.
—Casi siempre me roba la cama cuando está en Treow y Zavier no está. Tengo un catre que traje para ella, pero soy yo el que lo termina usando.
Entonces, ¿había sido ella con quien había estado hablando todas esas noches atrás? No había sido una mujer que compartía su cama, sino una niña que se la había robado.
Sentí un alivio mayor del que debería haber sentido, pero todavía seguía conmocionada por el ataque. Esta noche no tenía fuerzas para luchar contra mis malditos sentimientos.
—Debería haber ido a visitarla antes. —Soltó un largo suspiro—. Estaba ocupado.
—¿Con el Sumo Sacerdote? Yo, esto, te vi. En la enfermería.
—Ah. —Apoyó lo brazos sobre el barandal y se quedó mirando el bosque—. Estaba extrayendo la infección de mi sangre.
—¿Qué? —No era lo que esperaba oír. ¿Se podía hacer eso?—. ¿Por qué? ¿Cree que puede curarla?
—No hay cura, Gorrión. Quítate esa idea de la cabeza.
¿Por qué sonaba como si se hubiera rendido? Su voz sonaba vacía. Era diferente a cuando estábamos en Ashmore. No había solo tristeza y culpa, sino vacío. Desesperanza.
—Está estudiando la infección —dijo—. Intentando averiguar de dónde viene, cómo empezó.
—¿Y? —pregunté—. El Sumo Sacerdote ha encontrado algo —me arriesgué a decir, pero fuera lo que fuese no debía de ser bueno para él.
Asintió.
—Al principio creía que provenía de otro animal.
Una enfermedad que había mutado con el tiempo y terminó consumiendo a su huésped.
Puede que un fének. Decía que a él la lyssa le recordaba a la sangre de alguien envenenado con polvo de colmillo de fének.
Pero a la vez era diferente, así que siguió investigando.
Cuando estábamos en el Krisenth, me extrajo más sangre y la llevó a Laine con la esperanza de hablar con sus curanderos y alquimistas.
Eran conocidos por ser los mejores de Calandra.
En gran medida porque tenían acceso ilimitado a campos de una gran variedad de especias.
Sus alquimistas podían darse el lujo de experimentar, mientras que los otros reinos tenían que pagar generosas cantidades de dinero a cambio de las materias primas para crear los medicamentos.
—¿Averiguaron algo? —pregunté.
—No. —Se quedó mirando el suelo del bosque, sin parpadear—. Solo que tiene una fuerte reacción al korakin. La lyssa y el korakin parecen adherirse. Como si fueran similares.