Capítulo treinta y siete
El miedo que sembró el ataque del flagris estaba disminuyendo y mi cuerpo empezaba a apagarse. Sentía las piernas débiles y los pasos inseguros. Me hormigueaban los brazos y la cabeza no dejaba de darme vueltas. Y añadir a eso el malestar por la magia de los Voster no ayudaba.
El Sumo Sacerdote estaba parado junto al Guardián mientras inspeccionaba el flagris muerto. La magia de los Voster había terminado de agotar lo último que me quedaba de fuerza.
¿Cómo hacía el Guardián para soportarla? Yo necesitaba hasta el último gramo de energía para no retorcerme del malestar.
Tillia avanzó entre los árboles desde la sala comunitaria. Miró un breve instante al Guardián y al Sumo Sacerdote, se acercó a mí y apoyó una mano sobre mi hombro.
—Odessa, me he enterado de lo que has hecho. ¿Estás bien?
—Sí —mentí—. Estoy bien.
Aunque en realidad estaba a punto de gritar o llorar, o las dos cosas a la vez.
Lo único que quería era meterme en la cama.
El Guardián había mandado a un soldado a buscar una nueva escalera y los postes que usaban para sujetarlas a los balcones de las casas en los árboles, pero estaba tardando una eternidad.
Así que, por ahora, no podía subir y deseaba estar con Evie y no aquí abajo junto al cadáver de un flagris.
El Guardián subió por la escalera de su casa después del ataque y luego saltó hacia mi balcón para encargarse de las niñas. Bajó a la hermana de Marco y la reunió con su madre. Evie fue llevada a su casa del árbol, acompañada por tres guardias que la cuidarían hasta que él acabase con el Voster.
¿Cuánto tiempo más iba a inspeccionar al monstruo? Estaba muerto. ¿No podían quemar el cuerpo y terminar con esto de una vez por todas?
El Voster dijo algo que solo el Guardián pudo oír. Luego los dos se marcharon y finalmente pude respirar. De pronto, sentí como si hubieran abierto las ventanas en un baño de vapor, como si la punzada de la magia hubiera sido apartada y mi cuerpo hubiera empezado a mecerse.
—Te voy a llevar a la enfermería —dijo Tillia, enlazando un brazo con el mío y, al llevarme a su lado, no pude resistirme.
—Pero Evie…
—Está bien. La están cuidando tres guardias, no la dejarán salir hasta que el Guardián llegue para relevarlos.
—No quiero ir a la enfermería. —Al instante siguiente de que esas palabras brotaron de mi boca, un nuevo mareo me golpeó tan fuerte que me tambaleé hacia un lado—. Bueno, está bien. Quizá sí debería ir a la enfermería.
Tillia resopló.
—Lo que yo decía.
Tillia estaba junto a mi cama cuando desperté, todavía confundida, aunque no tan agotada.
—¿Cuánto tiempo he dormido? —pregunté, levantándome.
—No mucho.
El sol se filtraba a través de las ventanas de la enfermería, tan brillante como si todavía fuera el mediodía.
—¿Mejor? —me preguntó.
—Mucho mejor.
—Después de un susto como ese, yo también me habría desmayado. Lo que hiciste por esos niños fue…
—Imprudente. —Utilicé la misma palabra que hubiera usado el Guardián.
Me dio una palmada en el brazo.
—Iba a decir valiente.
Nunca nadie me había llamado valiente antes.
—¿Qué hacían esos niños ahí fuera en medio de un ataque?
—Todos los niños estaban jugando en la zona comunitaria cuando sonó la alarma.
Su madre estaba trabajando con Mariette.
Había dos flagris, un macho y una hembra.
El macho le cortó el camino para que no pudiera regresar a buscarlos.
Quedaron separados del resto y entonces corrieron a buscar un escondite.
Nadie sabía que también había una hembra.
Estábamos demasiado ocupados intentando arrinconar al macho.
—¿Cuánta gente ha muerto? —pregunté, aunque no quería saber la respuesta.
—Cinco soldados de Ellder y tres personas de Treow.
Tragué saliva con fuerza.
—¿Algún niño?
—Un muchacho de diecisiete años que trabajaba en los establos. Una de las cocineras también ha muerto. Y una criada.
—¿Brielle o Jocelyn?
Tillia sacudió la cabeza.
—Están bien. Vinieron a verte mientras dormías. Prometieron regresar pronto.
Quería acurrucarme en la cama y seguir durmiendo, fingir que todo esto era solo una pesadilla.
—¿Cómo ha pasado todo esto? ¿Por qué no los mataron desde las torres de vigilancia?
—Los flagris llegaron a Treow a toda velocidad, con sed de sangre. Con su armadura, es casi imposible derribarlos con una flecha desde arriba. Las tres muertes ocurrieron solo unos minutos después de que el macho llegara a la zona comunitaria. Una vez que nos alertaron, fuimos corriendo, pero…
Pero el monstruo venía con intención de matar.
—El Guardián pudo derribarlo y entonces oímos el grito de Evie —dijo, tragando saliva con fuerza—. Nunca los había visto moverse tan rápido.
La lyssa era la culpable de esa velocidad. Aunque sospechaba que había sido la infección lo que había traído al monstruo a Treow en primer lugar.
—¿El macho estaba infectado?
Tillia abrió los ojos de par en par.
—¿Te ha contado lo de la lyssa?
—Creo que no tenía intención de hacerlo, si sirve de algo.
Miró a su alrededor, asegurándose de que las curanderas no estuvieran cerca para escuchar nuestra conversación.
—Sí, y la hembra también. Por lo general, los flagris son criaturas solitarias, en especial los machos.
Solo buscan a las hembras para aparearse, pero, si no es para eso, son diferentes a las jaurías de ulfernos.
Pero estos dos estoy convencida de que vinieron juntos y uno nos distraía mientras el otro cazaba.
Un escalofrío descendió por mi espalda.
—No es seguro quedarse en Treow, ¿verdad?
—Esta mañana te hubiera dicho que era seguro. Pero ahora ya no estoy tan convencida. —Esbozó una sonrisa triste y luego se puso en pie—. Tengo que ir a quemar los cadáveres de dos monstruos. ¿Vas a estar bien?
—Sí, gracias.
—Mi reina —dijo bajando su frente.
—Venga ya —me quejé—. Has pasado demasiado tiempo con él.
La sonrisa de Tillia era hermosa, aunque un poco malvada.
—Nos vemos pronto.
Esperé a que se fuera antes de sacar las piernas por un lado de la cama. Me tomé un momento para que la cabeza dejara de darme vueltas y me puse de pie. Luego caminé por el pasillo para salir.
Mi cama me llamaba. Si podía convencer a los guardias de pasar a Evie a mi casa en lugar de la del Guardián, quizá ella y yo podríamos abrazarnos y dormir juntas.
Me vendría bien un abrazo. En especial porque todavía tenía la piel irritada por el encuentro con el Voster.
Pero, a medida que me iba acercando a la salida al final del pasillo, la irritación aumentaba. Con cada paso que daba, el hormigueo en mis brazos y piernas empeoraba. Fue entonces cuando oí una voz grave y familiar, y supe exactamente a quién encontraría en la habitación a mi izquierda.
El Guardián estaba sentado en el borde de una mesa alta, mirando la pared de espaldas a la puerta entreabierta. Tenía la túnica sobre su regazo, al igual que el brazalete que cubría la herida de la mordida.
A su lado estaba el Sumo Sacerdote. Noté que sus uñas verdes habían crecido desde la boda y parecían pequeñas serpientes. Tenía una mano flotando sobre el pecho desnudo del Guardián y la otra mano estaba situada por encima de esa cicatriz con forma de luna creciente.
—Cuando estés listo, hermano —dijo el Guardián, presionando los dientes y tensando la mandíbula.
Entonces el Voster apoyó las manos sobre la piel del Guardián y empezó a murmurar algo en un susurro.
El cuerpo del Guardián se tensó, como si hubiera flexionado cada músculo del cuerpo. Cerró las manos con fuerza sobre sus rodillas y los tendones de su cuello se marcaron en su piel. Su cuerpo empezó a vibrar.
Di un paso hacia delante, manteniendo los ojos abiertos mientras el sacerdote seguía hablando. ¿Qué clase de hechicería era esa? ¿Qué estaba haciendo?
La luz de la enfermería parecía atravesar la piel del sacerdote, lo que hacía que pareciera incluso más traslúcida. Era tan pálida que veía cómo latían las venas verdes de su cabeza calva, como si estuviera canalizando la magia de todo el cuerpo hacia sus manos.
El Guardián seguía temblando por el dolor, levantando la cabeza hacia el techo mientras varias lágrimas brotaban de sus ojos.
Tomé una bocanada de aire y me acerqué a la puerta.
Pero el Voster extendió una mano y lanzó una ráfaga de viento hacia mí. Y luego la puerta se cerró ante mi cara.
Me quedé parada ahí, perpleja, boquiabierta.
¿Qué estaba pasando en esa habitación? Era como si el sacerdote hubiera vertido toda su magia retorcida en el cuerpo del Guardián. ¿Por qué?
Di un paso hacia atrás a medida que un nuevo dolor florecía en mi cabeza.
La fe del Guardián en los Voster era inquebrantable. Pero ¿y si el Sumo Sacerdote se equivocaba? ¿Y si la lyssa no era una especie de mutación o enfermedad? ¿Y si ellos la habían creado?
Los ojos de los Voster eran del mismo verde oscuro que la sangre de los monstruos infectados. No podía ser una coincidencia.
Me dirigí a la salida de la enfermería sin saber qué pensar, y casi choco con una mujer.
—Su Alteza —dijo Brielle, envolviéndome con fuerza entre sus brazos—. Está viva. Gracias a los dioses. Estaba tan preocupada.
—Brielle. —La abracé fuerte, y luego la solté y la miré detenidamente, desde la túnica que usaba hasta los pantalones que abrazaban sus generosas curvas—. ¿Y el vestido?
Se encogió de hombros.
—Estamos en Turah, ¿no?
Reí, algo que no creía que fuera posible este día, y la volví a abrazar.
—¿Cómo estás? Cuéntamelo todo. Te he echado mucho de menos.
—Ah, no mienta. Se suponía que regresaría en unos días y han pasado semanas. Es usted la que tiene que darnos explicaciones.
Y entonces se lo conté todo. Durante una hora, nos quedamos sentadas en el comedor mientras le contaba lo que había ocurrido en Ashmore, sobre los ulfernos, y sobre Ellder, donde había pasado semanas. Y sobre cómo regresamos a Treow justo a tiempo para enfrentarnos a los flagris.
Se lo conté casi todo, excepto sobre Evie. Y sobre la lyssa.
—¿Consiguió información sobre Allesaria? —preguntó en un susurro cuando terminé.
—Nada. A estas alturas estoy empezando a creer que no existe —dije—. Puede que sea solo un mito.