Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y seis #3
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Capítulo treinta y seis #3

El niño lloraba tan fuerte en mi oreja que no podía oír nada. Lo sujeté con más fuerza por la cintura y seguí subiendo.

Todavía no, Izzac . No estaba lista para entregarme al dios de la muerte. Todavía no.

Pero la fuerza de mis brazos y piernas estaba empezando a menguar. Presionando los dientes con fuerza, subí otro escalón. Luego otro. Y otro más.

Mientras tanto, el flagris se había colgado de la escalera y la hacía girar, la sacudía con tanta fuerza que me obligaba a detenerme a cada rato para aferrarme y no caer.

—¡Ayuda! —El grito de Evie fue fuerte y claro—. ¡Ayuda! ¡Por favor!

Acerqué al niño a la escalera, con la esperanza de que, si yo caía, él al menos pudiera sujetarse.

—Sujétate. Coge la soga —dije. Le temblaba todo el cuerpo mientras lloraba—. Por favor, sujétate.

El niño, Marco, estaba congelado por el miedo.

Intenté subir otro peldaño y, cuando apoyé el pie en la soga, la escalera giró otra vez. Me obligué a subir y solté el aire cuando mis dos pies quedaron firmes sobre la soga.

Todavía no estábamos ni siquiera por la mitad del recorrido. No íbamos a llegar. Si tan solo pudiéramos sujetarnos con fuerza y no caernos, la ayuda llegaría en algún momento. El Guardián nos salvaría.

—¡Ayuda! —gritó Evie otra vez, con las dos manos haciendo altavoz.

La escalera se movía tanto que el miedo se instaló en mi estómago. Me preparé para sentir otro impacto, otro giro, pero nunca sucedió. La escalera empezó a detenerse.

Me arriesgué a mirar abajo.

El flagris estaba agachado, preparándose para dar otro salto, retrayendo sus labios y dejando al descubierto sus colmillos impolutos.

Se me detuvo el corazón.

Hasta ahora, no había podido atraparme. Pero no volvería a fallar.

Diablos, esto iba a doler.

Dio tres pasos largos y se lanzó hacia el aire. Se estrelló contra la escalera con tanta fuerza que se le enredó el cuerpo en la soga.

De repente, la escalera empezó a ceder por el peso.

El lado izquierdo se soltó del gancho en el balcón y la escalera quedó colgada de una única soga.

Y entonces empezamos a deslizarnos por lo que quedaba de la escalera, mientras mantenía las piernas envueltas alrededor de la soga en un intento desesperado por disminuir la velocidad.

No era una caída libre, pero se le acercaba bastante. El impacto contra el suelo fue tan intenso que mis rodillas cedieron y caí de espaldas. Todo el aire abandonó mis pulmones.

Se me nubló la vista y, por un momento, estaba segura de haber escuchado la voz de Izzac. El dios de la muerte me estaba dando la bienvenida al infierno.

Odessa.

Mi nombre nunca había sonado tan dulce.

Pero entonces los bordes borrosos de mi visión empezaron a ganar nitidez y las manchas desaparecieron de mis ojos. Volví en mí en un abrir y cerrar de ojos.

El niño estaba acostado sobre mi pecho. Mi cuerpo había amortiguado el impacto de su caída, pero aun así estaba herido. Soltó un quejido cuando me incorporé sobre uno de mis codos.

Al otro lado de la escalera destruida, vi un par de ojos de color violeta.

El flagris se había caído después del salto y restos de la corteza de uno de los árboles cubrían sus escamas. A pesar de todo, encontró la manera de ponerse de pie.

Y se fijó en sus próximas presas.

Se me hizo un nudo en el estómago. No teníamos ningún lugar a donde ir. Ninguna escapatoria.

Entonces, me acosté sobre el niño y usé mi cuerpo para escudarlo. Cerré los ojos y deseé que, mientras el monstruo devoraba mi carne, llegase la ayuda para salvar a Marco.

El gruñido del flagris era lo único que podía oír, además de la sangre que fluía en mis oídos. Aguanté la respiración y esperé. Pero sus garras y sus dientes nunca se hundieron en mi piel. Lo único que llegó fue un gruñido y la caricia del viento sobre mi cabello.

Después, nada.

Una pacífica nada.

Carine, la diosa de la paz, me había dado la bienvenida a su cielo.

Aunque dudaba que Carine usara botas.

Un par de botas, rayadas y manchadas, aparecieron a mi lado. A continuación, alguien me levantó del suelo, con el niño aún en mis brazos, y me hizo arrodillar. Las manos y los ojos del Guardián recorrieron todo mi cuerpo, buscando una herida, mientras se arrodillaba a mi lado.

—¿Estás herida? —Su voz sonaba frenética.

—Estoy bien. —Estábamos vivos. Suspiré sin soltar al niño.

Estaba segura de que más tarde me dolerían como nunca los brazos y las piernas. Pero por ahora, estábamos vivos. Gracias al Guardián.

Tomó mi rostro entre sus manos y apoyó la frente sobre la mía. Su pulgar acarició mi mejilla y un hormigueo agradable se extendió por mi piel.

—Estás bien.

¿Me lo decía a mí para calmarme o se lo decía él mismo?

—Estoy bien.

Se apartó de mí, pero no me soltó el rostro y siguió acariciándome con los pulgares. No quería que se detuviera nunca, pero, cuando un montón de gritos empezaron a sonar entre los árboles, me soltó.

Me giré y entonces encontré los ojos sin vida del flagris.

El color violeta se estaba empezando a desvanecer en un blanco lechoso.

El Guardián se sentó sobre sus talones.

—Mierda, eres imprudente, mujer. ¿Tu vida no significa nada para ti?

—No cuando la vida de unos niños inocentes está en peligro.

Se pasó una mano por la cara. Los dos sabíamos que él habría hecho lo mismo.

—Marco —dijo una mujer, que se acercó a toda prisa y me quitó al niño de los brazos para envolverlo en un abrazo.

La niña en la casa del árbol gritó:

—¡Mamá!

—Gracias —dijo la mujer entre lágrimas—. Gracias.

No estaba segura de si me estaba hablando a mí o al Guardián, pero de todas formas esbocé una sonrisa insegura y me puse de pie.

El Guardián fue el primero en levantarse, sin soltarme el codo cuando me puse de pie con las piernas temblorosas. No estaba segura de si quería llorar, gritar o reír.

El flagris yacía en el suelo a un metro y medio de nosotros como un saco de pelaje rojo rubí. En sus costillas tenía clavada la espada del Guardián y la sangre se vertía alrededor de la hoja afilada.

Verde oscuro putrefacto.

Pero, antes de que pudiera acercarme para poder verlo mejor, sentí un hormigueo en la piel, una sensación que parecía como si miles de arañas estuvieran subiendo por mis brazos.

Temblé y miré hacia la zona comunitaria.

Entonces me encontré con la mirada insondable del Sumo Sacerdote Voster. Siempre aparecía en los peores momentos, como si saliera de su escondite al que llamara hogar para hacer que mi día fuera incluso peor.

Incliné la cabeza hacia el cielo y cerré los ojos.

Estaba rodeada de monstruos.