Capítulo treinta y seis #2
—¿Qué ha sido eso? —preguntó con determinación, con una voz rígida y lo suficientemente fuerte como para despertar a Evie.
La pequeña se despertó desconcertada, despejando el sueño de sus ojos, mientras se enderezaba.
—Un flagris —dijo uno de los soldados con los ojos llenos de pánico—. Nos ha atacado.
—Mierda —dijo el Guardián, pasando una mano por su cara—. ¿Algún muerto?
—Cinco. Puede que más. El equipo se dispersó. Algunos continuaron hacia Treow, pero nosotros regresamos aquí. No estoy seguro, pero creo que el monstruo fue tras los que iban a Treow.
—Maldición. —El Guardián ubicó su caballo junto al mío y pasó a Evie a mi montura. Miró a su alrededor, nervioso—. No podéis quedaros aquí. No si regresa.
—Podemos cabalgar —dije.
Miró a los soldados de un modo que les robó aún más el color a sus rostros ya pálidos.
—Venid con nosotros. Ocupad los flancos externos. Pase lo que pase, no permitáis que nada se acerque a su caballo. ¿Entendido?
—Sí, Guardián.
Cerré los brazos con fuerza alrededor de Evie, sujetándola entre las riendas.
—Sujétate fuerte, estrellita.
Asintió, tomando el cuerno de la silla de montar con las dos manos.
—Quedaos detrás de mí, pase lo que pase —dijo el Guardián, y sus ojos se dirigieron a la niña.
—Yo la cuido —prometí.
—Odio esta mierda. —Sus ojos empezaron a cambiar y el plateado se adueñó del color avellana.
Puede que odiase la situación, pero mantenernos juntos era la mejor opción. Era más seguro estar a su lado, aunque eso significara ir directo al peligro.
Los soldados eran muy jóvenes, no tendrían más de diecinueve o veinte años. Eran demasiado jóvenes e inexpertos como para enfrentarse a un monstruo. En especial si estaba infectado.
—A tu casa del árbol. —Señaló hacia delante y seguí su dedo, trazando un camino invisible. Entonces se marchó sin añadir nada más a toda velocidad.
Mi caballo, que no quería quedarse atrás, solo necesitó un leve toque para seguir al Guardián. Evie y yo nos sacudimos en la montura, mientras nos aferrábamos con todas nuestras fuerzas, pero logramos mantenernos sentadas a medida que avanzábamos entre los árboles y los arbustos.
De repente, sentí algo en la mano que sostenía las riendas.
Una lágrima. Una lágrima de Evie.
—Está bien —dije—. Todo va a ir bien.
Los soldados nos flanquearon cuando nos acercamos a la torre de vigilancia más cercana, obedeciendo las órdenes del Guardián de mantenerse a nuestro lado.
Levanté la vista, esperando ver a un guerrero en la torre, como había visto en todas mis cabalgatas y paseos por Treow, pero no había nadie. Era probable que todos hubieran abandonado sus puestos para luchar contra el flagris.
Incluso por encima del sonido de los cascos del caballo y los latidos estruendosos de mi corazón, podía escuchar gritos desesperados que provenían del campamento.
El caballo del Guardián se paró sobre las patas traseras junto a mi casa del árbol, donde la escalera de soga colgaba sobre el suelo.
Nos detuvimos tan rápido que casi me caigo de la montura y apenas logré pasar una pierna por encima de esta y bajar. Luego, con los brazos extendidos, sujeté a Evie.
—Subid —ordenó el Guardián.
—El caballo…
—Al diablo, Cross. Sube. —No se iría hasta que estuviéramos a salvo arriba.
—Tú primero, Evie.
Subió a toda prisa por la escalera, como si lo hubiera hecho miles de veces. Aunque probablemente sí lo había hecho. Yo solo había estado unas pocas semanas en Treow. Ella quizá había pasado meses aquí, incluso años.
La seguí, mirando hacia abajo mientras subía.
El Guardián desenfundó su espada y la hizo girar con un movimiento de muñeca, cortando el aire con la hoja afilada. Impaciente.
En cuanto mis rodillas tocaron la plataforma, partió en dirección a la zona comunitaria, hacia los gritos.
Los dos soldados se miraron, como si no supieran a dónde ir. Entonces lo siguieron, dejando a mi caballo solo.
El grito de una mujer me erizó los vellos del brazo.
—Dess. —La voz de Evie sonaba débil y asustada.
—Todo va a ir bien. —La abracé, mirando hacia los árboles, deseando no estar tan alejadas del resto para poder ver qué estaba pasando, pero deseando también estar lo suficientemente lejos para que Evie no tuviera que escuchar los gritos.
—Quiero a mi padre —dijo Evie, enterrando la cara en mi cuello.
Acaricié su espalda y escuché un gruñido abajo. Sonó demasiado fuerte, demasiado cerca como para provenir de la conmoción en la zona común.
—Shhh —susurré, levantándola y llevándola al interior de la casa.
No se quedó en la cama cuando la apoyé ahí, sino que se bajó y se metió debajo de ella, desde donde lo miraba todo con sus ojos grises.
Apoyé un dedo sobre mis labios y me acerqué despacio a la puerta, que cerré detrás de mí antes de asomarme por la barandilla del balcón.
Abajo, caminando en silencio, estaba el flagris.
Se me paró el corazón. Despacio y en silencio, cogí mis cuchillos, poniéndome tensa cuando el metal raspó el cuero de la funda.
Desde esta altura, podía ver a la perfección la armadura roja y anaranjada que cubría su lomo. Las escamas eran tan grandes como mi mano y tan gruesas como una lámina de hierro. Se movían al unísono como si fueran un líquido, mientras el monstruo iba de un lado a otro.
Los flagris eran similares a los felinos que habitaban los frondosos humedales de Ozarth.
Su pelaje era tan rojo como un rubí y tenía algunas manchas rosadas.
La única manera de matarlo era clavándole la espada en la garganta o en el corazón.
Esas largas escamas de su espalda eran impenetrables.
Sus colmillos y garras eran tan blancos como la nieve y podían desgarrar la carne humana como si fuera un pergamino mojado.
De todos los monstruos que habitaban Calandra, los flagris eran los más hermosos.
Si un cazador lograba matar uno y hacerse con sus escamas, las podía vender luego en el mercado negro por un valor similar al polvo de colmillo de fének.
Su piel, ese intenso pelaje rojo suave, era el doble de valiosa que la de los aureones.
El monstruo que acechaba abajo no me prestó atención cuando pasó junto a mi casa, moviendo la cola mientras deambulaba por el bosque.
¿Ese era el monstruo que había atacado la zona comunitaria? Se veía tan dócil, impasible. ¿Por qué rayos seguía vivo?
¿Dónde estaba el Guardián y por qué no lo había matado todavía?
A menos que hubiera más de uno. Tal vez el ataque era como el de los ulfernos en Ashmore y, mientras el otro monstruo mantenía al Guardián ocupado, esta criatura buscaba presas fáciles.
No debía de haber encontrado ninguna. Siguió avanzando por el bosque hasta que quedó fuera de mi vista detrás de un árbol.
Mi profundo suspiro parecía más una ráfaga de viento. Estaba girando hacia la puerta, sujetando los cuchillos con menos firmeza, lista para sacar a Evie de debajo de la cama, cuando oí una voz.
—Rápido, Marco.
Giré la cabeza tan rápido que sentí un dolor intenso en el cuello. Una niña de tez morena con rizos llevaba a un joven de la mano, guiándolo hacia mi escalera de soga.
¿Qué rayos estaban haciendo ahí fuera solos? ¿Dónde estaban sus padres? Corrí hacia el otro lado de la casa, buscando al flagris, pero se había ido.
—Gracias, Ama.
Volví a la escalera y dejé los cuchillos a un lado. Me arrodillé para hacerle señas a los niños.
—Rápido, subid.
El rostro de la niña se iluminó, sus mejillas tenían rastros de lágrimas. Abrió los ojos de par en par y trajo al niño con ella.
Casi habían llegado a la escalera cuando sentí la brisa, un cambio en el viento que llevó nuestro olor en la dirección equivocada.
La niña pisó una rama y la partió en dos.
El sonido no fue muy fuerte. En cualquier otra circunstancia, no le habría prestado atención. Pero ese crujido, con el cambio en la dirección del viento, podría sonar como un trueno.
El Guardián se iba a enfadar conmigo. Sin pensarlo, giré y empecé a bajar por la escalera, moviéndome lo más rápido que podía. Llegué casi al mismo tiempo que un gruñido grave y gutural sonó a lo lejos.
Mierda .
La niña soltó un sollozo, pero enseguida se tapó la boca con una mano, ahogando los llantos que brotaban.
—Subid, vamos. —Ahora yo sonaba como el Guardián. Pero me hizo caso y se movió tan rápido como Evie cuando subió por la escalera.
El niño empezó a sacudir la cabeza, con los ojos bien abiertos y llenos de miedo ahora que la niña estaba a mitad de camino.
—Vamos. —Lo levanté, lo apoyé sobre mi cadera y empecé a subir lentamente por la incomodidad que suponía llevar al niño en mis brazos.
Habíamos subido cinco peldaños cuando se me erizaron los vellos de la nuca. Hacía un segundo, el bosque estaba vacío, pero, entonces, el flagris salió de entre los árboles, mostrando los dientes y los colmillos, clavando las garras en el suelo.
—Mierda. Joder. Mierda. —Seguí subiendo, mirando a la niña arriba.
Ya había llegado al balcón.
Y Evie, mi estrellita valiente, había abandonado la seguridad de la habitación para ayudarla.
—¡Marco! —gritó la niña, extendiendo los brazos.
El rugido del flagris hizo que mi piel se agitara. Había empezado a correr tan rápido que era como una nube borrosa, roja y anaranjada. Su cuerpo enorme y musculoso estaba diseñado para correr a toda velocidad. Y para matar.
Iba a saltar hacia nosotros y hacernos caer al suelo. Empecé a subir más rápido y cambié al niño de lugar cuando empezó a gritar e intentar alcanzar a la niña.
—¡Dess! —gritó Evie.
El flagris saltó con las garras extendidas y la boca abierta.
Envolví el brazo con la soga de la escalera, aferrándome a ella y al niño con todas mis fuerzas.
El monstruo alcanzó la escalera y empezamos a mecernos de un lado a otro. Sentí un dolor insoportable en la pierna cuando sus escamas me arañaron la pantorrilla.
Me resbalé y caí al peldaño de abajo, mientras la soga me quemaba la palma de la mano y el brazo. Pero logré mantenerme aferrada y apoyé los dos pies en la escalera.
—Cuidado —gritó Evie cuando el flagris saltó otra vez, esta vez desde abajo.