Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y seis
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Capítulo treinta y seis

—¿A qué te refieres?

El Guardián me miró con inexpresividad.

—Cross.

Bueno, no era la mejor para hacerme la tonta y él siempre iba cinco pasos por delante. No entendía cómo sabía que mi padre me había ordenado matarlo, pero claramente lo sabía. Ya fuera porque tuviera un espía en Roslo o porque lo había adivinado.

Si fuera mejor mintiendo, habría podido salir de este desastre. Pero, como él había resaltado varias veces, era una pésima mentirosa.

—¿Qué te ha hecho? ¿La lyssa? ¿Por eso te puedes mover de esa manera?

—¿Era esa la razón por la que sus ojos cambiaban de color?

¿Había alterado la magia del mismísimo suelo de Calandra para que la gente tuviera sus destellos correspondientes en los iris al nacer?

¿La lyssa había roto esa conexión y creado algo nuevo?

—Intensifica las capacidades naturales —dijo.

—¿Te vuelve más…? —¿Cómo decirlo? ¿Violento? ¿Agresivo?

—¿Monstruoso? —rio—. Sí.

Monstruo contra monstruo. Esa era la razón por la que había podido matar a esas bestias.

—Cuando estábamos yendo a Treow, la noche que acampamos frente a ese acantilado rocoso, ¿el pardur que mataste estaba infectado con la lyssa? ¿Por eso el fuego no lo asustó?

—Sí.

—¿Y los ulfernos esa noche?

—Fueron lo suficientemente astutos como para saber que el pardur los superaría. No estoy seguro, pero tal vez era la misma jauría que atacó Ashmore. —Miró hacia los árboles sin prestarles mucha atención—. Debería haberlos seguido.

La culpa que cargaba por Ashmore era mucho más profunda de lo que pensaba. ¿Qué otras vidas perdidas estaban aferradas a su conciencia? ¿A cuántos otros creía que les había fallado?

—¿Conocías lo de la lyssa antes de ser mordido?

Sacudió la cabeza.

—No. Creo que a raíz de que yo fuese mordido, de que yo… cambiase, empezamos a hacernos más preguntas.

—¿Quiénes?

—Los Voster. Zavier.

—¿Y eso fue hace cuatro años? —No esperaba que respondiera. En algún momento, su indulgencia para con mis preguntas terminaría. Pero, hasta que me dijera que cerrara la boca, seguiría intentándolo.

—Sí. Al poco tiempo de ser mordido, tuve fiebre.

Deliré durante una semana entera y, cuando finalmente terminó, todo volvió a la normalidad.

El resto de los síntomas aparecieron en el transcurso de unos meses.

Un corte que habría tardado días en curarse desapareció en cuestión de horas.

Veía con mayor claridad, oía mucho mejor.

Siempre había sido bueno combatiendo, siempre había sido rápido.

Pero ahora soy mucho más rápido, mucho más fuerte.

—No suena tan monstruoso.

Soltó una risa áspera.

—Estos dones, como tú los llamas, vienen con un precio. Los monstruos no son los únicos que tienen sed de sangre.

Ese día en Ashmore, cuando lo miré, vi al monstruo en su interior. Los días en que el plateado se arremolinaba en sus iris.

—He perdido una parte de mí. De hecho, lo he perdido todo, excepto una pizca de control. —Cuando me miró, había una expresión de advertencia en sus ojos—. No es fácil dejarme ir, y cada vez me es más difícil controlarme.

Llegaría el momento en el que no podría detenerlo y el monstruo en su interior borraría por completo al hombre.

Y, cuando ese momento llegase, quizá no debería estar cerca de él.

—¿De dónde crees que viene la lyssa, si no es de los crux?

—Nadie lo sabe.

—¿Ni siquiera los Voster?

—No —sacudió la cabeza—. Pero ellos pueden sentirlo.

Pueden sentir que hay algo que está mal.

Quizá los Seis sintieron que los humanos se estaban volviendo demasiado fuertes y sus monstruos no bastaban para mantenernos bajo control, así que maldijeron Calandra con la existencia de la lyssa para torturarnos con más sangre y muerte.

Yo había pensado lo mismo.

—El Sumo Sacerdote cree que podría tratarse de una mutación —dijo—. Una enfermedad que ha evolucionado con el tiempo y se ha vuelto más fuerte.

—¿Y tú qué crees?

Suspiró y acomodó a Evie ligeramente sobre su brazo.

—Que nuestra prioridad debe ser evitar que se propague.

Matando a todas las bestias infectadas.

Esa era la misión de Zavier.

—¿Por qué hay solo tres equipos de caza? ¿Por qué no hay más?

—Necesitamos guerreros para vigilar las aldeas y los pueblos. Zavier solo puede disponer de algunos hombres. Sus guerreros son los mejores, así que confiamos en su fuerza y sacrificamos la cantidad por la habilidad.

—¿Qué hay del rey y su ejército? —¿O esa milicia de la que había oído hablar?

Presionó los dientes con tanta fuerza que los escuché rechinar.

—No es una opción.

—¿Por qué no?

—No lo es —repitió con un tono que no daba lugar a discusión. Entonces el rey Ramsey quedaba descartado.

—¿El rey sabe sobre la lyssa?

—Sí.

Abrí los ojos de par en par.

—¿Y no hace nada para ayudar?

El Guardián levantó una ceja.

Eso significaba que no.

—¿No hay una cura? —En lugar de eliminar la lyssa de Turah, ¿por qué no curarla?

—Los Voster lo han intentado, pero me temo que no hay ninguna cura.

—Pero ¿y si…?

—No hay ninguna cura —repitió—. Lo único que podemos hacer es erradicar la lyssa de Turah. Ya se ha propagado por el Krisenth. No podemos permitir que siga haciéndolo. Nos estamos quedando sin tiempo.

—¿Tiempo? —Fruncí el ceño—. ¿Para qué?

—Habrás oído las historias sobre los crux. Son más letales que cualquier otro monstruo de Calandra. ¿Imaginas lo que pasaría si estuvieran infectados con la lyssa? No solo se trata de que el número de muertes sería incontable, sino que podrían propagarla por todo el continente en una semana.

—Sí, por todos los dioses. —Se me revolvió el estómago. Calandra cambiaría para siempre. Aunque quizá ya lo había hecho—. ¿Cómo sabes que no ha cruzado el Krisenth? ¿A otros reinos?

—No lo sabemos. Al menos, no con certeza.

—¿Cuál es el lugar más lejano del que hay constancia que ha llegado?

—Perris.

—¿La costa?

Asintió.

—Por eso el capitán del Segador lidera un equipo de caza. Está pasando, de algún modo, a las medularias.

—¿Cómo es posible?

—Los pardures suelen meterse en el mar para pescar. Son excelentes nadadores. Es probable que alguna medularia se acercara demasiado a la costa y el pardur la atacara, pero la anguila lograra escapar —se encogió de hombros—. Es solo una teoría, nadie lo sabe con certeza.

—Si el Krisenth está infectado, la lyssa podría llegar a Quentis. Mi padre debería enterarse de ello. Debes decírselo, debes enviarle una advertencia.

El Guardián entornó la vista.

—¿Qué te hace creer que no lo sabe?

—¿Lo sabe? —¿Por eso había insistido en que fuera una espía?

—Todos los reyes de Calandra conocen la existencia de la lyssa. Simplemente han decidido que es un problema que Turah tiene que resolver sola.

Me quedé boquiabierta.

—¿No les importa?

—El Escudo de Gorriones evita la guerra, mi reina. No impone ninguna alianza.

Entonces Turah había sido abandonada al sufrimiento, para que su gente muriera.

¿Eso explicaba por qué se habían aislado con el pasar de los años? ¿O por qué habían abandonado los asuntos diplomáticos?

—¿Qué hay de la población? ¿Los turanos saben sobre la lyssa? —Y si ese era el caso, ¿por qué nadie me lo había mencionado antes?

—No muchos lo saben.

—Lo mantenéis en secreto para vuestra propia gente. ¿Por qué?

Sus fosas nasales se ensancharon y entendí que mi pregunta había tocado una fibra sensible.

—El rey decidió que desataría una ola de pánico. No cree que los monstruos infectados sean más salvajes que los monstruos normales.

—¿Qué? ¿Cómo puede creer eso? De todas formas, no debería importar lo que él crea. El pueblo debe saber lo que está pasando si está en peligro, más aún después de lo que ocurrió en Ashmore. No puede seguir en secreto.

—No es una decisión que yo pueda tomar. O pasar por alto. Lo único que puedo hacer por ahora es evitar que se propague.

—¿Cuán lejos crees que ha llegado? —pregunté.

—Creo que más que nada está en esta región.

En el otro extremo de Turah no hay ningún rastro.

El equipo de caza del Segador no había visto ninguna medularia infectada en los meses previos al ataque al barco.

Recorrimos muchos pueblos, preguntando si habían sufrido algún ataque; si habían visto algún monstruo de sangre verde, no roja.

En la zona costera, hubo pocos encuentros y, además, muy dispersos.

Pero, a medida que te acercas a las montañas, empiezan a aumentar.

Entonces, era probable que el problema se hubiera originado en algún lugar de esta zona.

—Si cruza hacia Ozarth, espero que los reyes cambien de opinión.

—Pero para ese entonces, podría ser demasiado tarde para detenerlo —sentenció.

Me aparté un rizo de la frente y cerré los ojos para intentar procesar sus palabras. Mi padre conocía el problema y no había hecho nada. Si la lyssa llegaba a Quentis y la gente moría, sería por su culpa.

—¿Los otros reyes saben que tú estás infectado? ¿Mi padre lo sabe?

—No, muy pocas personas saben la verdad.

—Pero me lo has contado. ¿Por qué? —¿Era otra de sus pruebas? ¿Una manera de controlar mi silencio? No podía contarle el secreto del Guardián a mi padre sin condenarme al mismo tiempo.

Tragó saliva con fuerza y miró a Evie, que todavía dormía sobre su pecho. Cuando levantó la vista hacia mí, sus ojos estaban cambiando: pasaron de verde a castaño. Abrió la boca y la cerró. Enseguida la volvió a abrir. Parecía un poco nervioso.

Se me hizo un nudo en el estómago.

No era el mejor rostro para dar buenas noticias.

—¿Qué? —Tragué saliva con fuerza—. Dime.

Pero antes de que pudiera explicármelo, se oyó un grito a lo lejos. Aunque había sido tenue, el miedo era inconfundible.

Llevaba los cuchillos a la espalda. Por más que hubiera querido traer la espada, los cuchillos eran más pequeños y ligeros. Además, había practicado más con ellos. Pero, cielos, no quería usarlos todavía.

El Guardián entrecerró los ojos y miró entre los árboles que tenía delante. Parecía que veía algo que mi vista no alcanzaba a reconocer. Luego se oyó el galope apagado de un caballo que se fue haciendo más fuerte. Al poco tiempo, dos soldados del equipo de reconocimiento aparecieron por el bosque.