Capítulo treinta y cinco
—¿Estamos ya más o menos por la mitad del camino? —preguntó Evie por tercera vez en pocos minutos.
Estaba sentada en la montura del Guardián delante de él, mientras su atención iba en todas direcciones como un diente de león al viento.
—Más —contestó él.
—Por fin —dijo, mirando el cielo y suspirando.
Habíamos estado cabalgando todo el día, siguiendo al grupo que había partido de Ellder antes que nosotros esta mañana para asegurarse de que el camino a Treow fuera seguro.
Como era de esperar, el Guardián se había asegurado de que nos levantáramos al amanecer para llegar a Treow al anochecer.
Nos habíamos mantenido bajo los árboles para evitar el sol abrasador del verano y, aunque habíamos ido a un ritmo lento, tampoco nos habíamos retrasado demasiado.
A juzgar por su inquietud, Evie estaba más que lista para desmontar en cualquier momento. Suspiró, se inclinó hacia un lado del caballo y miró sus patas y su cola.
—¿Puedo ponerle nombre?
—¿Quién dice que no tiene nombre?
—¿En serio? —Se giró hacia el Guardián y apoyó un dedo en su mejilla—. ¿Cuál es?
—No le gusta compartir nombres —dije desde atrás sobre un caballo pardo.
—O puede que no me guste compartir nombres contigo. —Sonrió y luego apoyó una mano sobre la oreja de Evie y susurró algo que hizo que sus ojos grises casi se salieran de sus órbitas.
—¿Aurinda? Es nombre de niña. —Empezó a reír a carcajadas, y se habría caído del caballo de no ser porque el Guardián la sujetaba por la cintura.
El Guardián rio y le tocó la nariz. La ternura que demostraba con ella era mi perdición.
—Aurinda —dije—. ¿Por una de las lunas gemelas?
Aurinda y Aurrellia. Eran casi idénticas, excepto por el enorme cráter gris en la cara de Aurinda.
Asintió mirando su caballo.
—Tenía una gemela que nació antes de lo previsto durante el solsticio de invierno, pero no sobrevivió.
Nadie esperaba que él sobreviviera, pero, contra todo pronóstico, lo logró.
Un sacerdote Voster me dijo que fue porque ella le entregó su espíritu, como Aurinda entregó parte de ella para mantener a Aurrellia.
Acababa de leer la leyenda sobre las lunas gemelas en uno de los libros que Cathlin me había prestado, aunque ya conocía la historia desde que era una niña.
Según la leyenda, Ama y Oda habían creado el cielo para que hubiera una sola luna. Dos serían demasiado pesadas y taparían partes del cielo de los Seis.
Pero, como todas sus creaciones, todo lo que nacía de Ama y Oda tenía un gemelo.
Como no quería perder a su hermana, Aurinda se deshizo de una parte de ella, lo que dejó un cráter en su corazón.
Envió ese fragmento hacia las estrellas, hacia el firmamento, pero no demasiado lejos como para que se desvaneciera, lo suficiente para que Aurrellia pudiera estar a su lado por toda la eternidad.
Ese fragmento era Calandra.
Nacimos del corazón de Aurinda.
Y el Guardián le había puesto ese nombre a su caballo.
Jamás habría adivinado ese nombre, pero ahora que conocía la historia, era exactamente el que yo habría elegido.
—¿Alguna vez has visto a un sacerdote Voster, Dess? —preguntó Evie.
Los temas del viaje habían pasado por nombres de caballos, colores favoritos y apuestas sobre cuán lejos podía lanzar una piña. Para contrarrestar el silencio de Zavier, Evangeline hablaba tanto que, con casi cuatro años, la tranquilidad la hacía sentir inquieta.
—Sí —dije—. La hermandad a menudo enviaba un emisario a mi casa en Quentis.
—¿Qué es un enizario?
—Emi-sa-rio. Es un representante. Los Voster designaron a un sacerdote para ayudar a mi padre.
—Ah —dijo Evie, inclinando la cabeza hacia un lado—. ¿Por qué?
—Mi padre es un hombre importante.
El Guardián resopló.
Puse los ojos en blanco. Podía no agradarle mi padre, pero un rey es un rey, e incluso el grandioso y poderoso Guardián tenía que admitir que mi padre era importante.
—¿Quién es? —preguntó Evie.
—Es el Rey Dorado de Quentis.
Si Zavier hubiera querido que no compartiera mi ascendencia con su hija, debería habérmelo dicho. Pero no iba a ocultarle mi identidad, no a ella. Dejaría que él se encargara de contarle los detalles de nuestro matrimonio, pero estaba orgullosa de ser de Quentis.
—¿Qué? —Abrió la boca—. ¿Es un rey? ¿Eso significa que tú eres una princesa?
—Así es.
Parpadeó mientras iba asimilando la información. Luego frunció el ceño.
—¿Por eso ya no vives en Quentis? ¿Porque te echaron? A mí me echan mucho también, porque soy una princesa… —Se quedó en silencio cuando se dio cuenta de su error. Miró con pánico al Guardián—. Se me ha escapado.
—Está bien. —Acomodó un mechón de su cabello detrás de su oreja—. Puedes decírselo a ella. Pero a nadie más, ¿vale?
Evie asintió, relajando los hombros.
—No se lo tengo que contar a nadie —balbuceó.
Sentí un dolor inmenso en el corazón.
Era muy joven, pero parecía más mayor de la edad que tenía. Había aprendido lecciones que no debería saber todavía: esconderse, fingir, mentir. Eran lecciones para los adultos, no para los niños.
—Tu secreto está a salvo conmigo. —Esbocé una sonrisa suave—. Y algún día te lo contaré todo sobre por qué me fui de Quentis.
Sobre el Escudo de Gorriones. Sobre la Cadena de las Siete. Sobre todo lo que quisiera saber. Odiaba que la mayoría de mis preguntas todavía no tuvieran respuesta. No quería que a Evie le sucediera lo mismo.
—Papá también dice eso, que un día me lo va a contar todo. Algún día voy a saber mucho.
El Guardián se rio y se acercó para darle un beso en la cabeza.
—Serás la princesa más inteligente de todo Calandra.
Evie esbozó una sonrisa, apoyó la cabeza contra su pecho y bostezó.
—¿Y ese collar? ¿Qué es?
El pendiente se asomó por debajo de mi túnica. Lo levanté y dejé que el metal rojo reflejara la luz antes de pasar el pulgar sobre el ala plateada.
—No sé.
—¿Por qué?
—Lo encontré hace mucho tiempo, pero no sé qué significa. Lo uso porque es bonito. —Por una esperanza tonta: porque podía ser que fuera de mi madre.
—Ah. —Bostezó otra vez.
—Creo que te vendría bien dormir un poco —dijo el Guardián acomodándose para que Evie pudiera descansar sobre su brazo mientras sujetaba las riendas de Aurinda con su mano—. Luella me ha dicho que no dormiste mucho anoche.
Probablemente porque había estado demasiado entusiasmada como para dormir. Evie sacudió la cabeza y bostezó otra vez.
—No tengo sueño.
Diez minutos más tarde, estaba dormida. Y eso significaba que era hora de que yo hiciera las preguntas.
—¿Cómo sabes a dónde ir? —No había ningún camino en el bosque, pero estaba segura de que conocía el camino—. Todos los árboles son idénticos. ¿Tienes un mapa o algo que hayas memorizado?
—Una vez que conoces el camino, no es difícil encontrarlo.
Entonces no, no había un mapa. Maldición .
—¿Por qué Luella no ha venido con nosotras? —O la niñera de Evie. ¿Quizá ya había alguien en Treow que la cuidaría?
—No es necesario. Yo la cuidaré.
¿Él también había jurado protegerla? ¿Era también su Guardián? Bueno, ella tendría dos. Yo no había jurado protegerla, pero daría mi vida por ella.
—¿Dónde está Zavier?
—Cazando.
—¿Monstruos?
Asintió.
—Sí.
—¿Por la lyssa?
Me miró con brusquedad.
—¿Quién te ha contado eso?
—Esto, tú mismo. En Ashmore. Cuando estabas ebrio, justo antes de que te desmayaras en el suelo sobre mi almohada.
—Ah. —Frunció el ceño.
Al parecer, Evie no era la única a la que se le escapaban cosas de vez en cuando.
—Entonces, ¿vas a contarme algo o voy a tener que adivinar?
Estaba segura de que la lyssa tenía algo que ver con esa sangre verde putrefacta y los ataques de los monstruos, pero sería agradable que me lo confirmara.
Se mantuvo en silencio con la vista hacia delante.
—Por favor, cuéntamelo. Toda la vida me han ignorado y dejado al margen de todo.
Esta vez, cuando me miró, noté algo de lástima en sus ojos.
No quería su lástima, pero, si tenía que abrir mi corazón para obtener respuestas, entonces le contaría toda la historia de mi vida. Le explicaría lo inútil que era como princesa de Quentis.
—Es una infección —dijo con voz ronca, como si nunca hubiera tenido que explicármelo.
—Por eso Evie cree que están enfermos.
—¿Eso dijo? —Sacudió la cabeza—. Se entera de más de lo que creemos.
—Sí, es verdad.
La acercó más hacia él, como si estuviera intentando protegerla de los terrores de este reino. De nuestra conversación.
—No sabemos mucho sobre la lyssa. No sabemos cómo empezó. Solo estamos intentando evitar que se propague.
—¿Por eso Zavier se van tan a menudo?
—Él dirige uno de los equipos de caza. Son tres. Halston, el esposo de Tillia, se encarga del segundo y el capitán del Segador dirige el tercero. Patrulla el Krisenth y la costa.
Me parecía extraño enviar al príncipe heredero a una cacería, pero había matado siete medularias para reclamarme como esposa. Quizá era necesario. Tal vez prefería arriesgarse él y dejar que el Guardián cuidara a su hija.
Y a su esposa.
—¿Qué hace? La infección, digo.
—Todos los monstruos son letales sin la infección, matan para conseguir alimento, para proteger a sus crías y defender su territorio. En el fondo, no son diferentes a los osos, los leones u otros depredadores. Los Seis simplemente hicieron que sus bestias fueran mejores máquinas de matar.
¿Cómo sería este reino si no hubiera monstruos, si las únicas bestias que deambulasen por los cinco reinos fueran los animales creados por Ama y Oda? ¿Acaso la lyssa era otra maldición de los Seis?
—Cuando un monstruo contrae la lyssa, se vuelve más imprevisible y feroz, ¿no? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí, matan porque pueden, lo aniquilan todo a su paso.
—Como los ulfernos de Ashmore.
—Sí. No es extraño que una jauría ataque un pueblo, en especial después de un invierno largo y duro, pero lo que ocurrió en Ashmore no fue porque buscasen alimento.
Había sido por pura sed de sangre. Era exactamente lo que habíamos aprendido sobre la migración.
—Como los crux.
—Sí.
Mi cabeza empezó a trabajar. La migración era bastante horrible. Las generaciones más viejas que habían sobrevivido a la última les tenían terror a los monstruos. Pero al menos tuvimos un respiro, años para reconstruir y prepararnos para otro ataque.
¿Qué pasaría cuando eso se perdiera? ¿Cómo sobreviviríamos al ataque de monstruos que nunca nos dejarían en paz porque tenían una especie de infección mágica?
—¿Crees que los crux la han causado? —pregunté.
Sacudió la cabeza.
—Es poco probable. La última migración ocurrió hace casi treinta años y acabamos de descubrir la existencia de la lyssa en los últimos cuatro años. Dudo que se haya propagado durante toda una generación. Habríamos visto señales años atrás.
El firme andar de nuestros caballos llenó el silencio, mientras mi mente intentaba encontrar una explicación.
—Pero no sabes cuándo ni cómo empezó. Quizá existía desde antes, quizá estaba inactiva.
—Es posible. Pero los Voster se han pasado años aprendiendo todo lo que podían sobre la infección y descartaron a los crux.
Por supuesto que los Voster estaban en medio de todo esto. Y él había aceptado su palabra.
¿Mi padre lo sabía? ¿O la hermandad había mantenido la infección en secreto?
¿Qué ocurriría cuando cruzara las fronteras? ¿Qué ocurriría cuando más gente inocente muriera porque los Voster y los turanos habían decidido guardarse la información sobre la infección para ellos mismos?
—¿Cómo se propaga? ¿Es por la sangre verde? —Estaba bastante segura de que varias gotas de la sangre del ulferno de Ashmore habían caído demasiado cerca de mi boca.
—Por un mordisco.
—¿No por la sangre?
Sacudió la cabeza.
—Solo por la mordida.
La medularia mostraba una mordida en su cola.
—¿Infecta a otros animales, como perros y gatos?
—No sé. Por lo que sabemos, ningún animal que haya sido mordido por un monstruo infectado ha sobrevivido.
—¿Y las personas? ¿Qué pasa con las personas si las muerden?
Hice la pregunta, pero comprendí, cuando las palabras brotaban de mi boca, que ya sabía la respuesta.
El Guardián.
Noté la vulnerabilidad en sus ojos verdes cuando me miró otra vez.
—Tú has contraído la enfermedad —susurré.
Manteniendo a Evie firme contra su pecho, aflojó el brazalete que cubría su brazo, el que había marcado con las vidas que había segado, para no olvidarlas.
El brazalete que ocultaba una cicatriz.
Su piel estaba perfectamente cicatrizada con una serie de puntos blancos con forma creciente. Una serie de dientes afilados.
—¿Qué animal te mordió?
—Un ulferno. —Volvió a ponerse el brazalete para ocultar la cicatriz—. Hace cuatro años. Llevaba un brazalete parecido a este. Si no lo hubiera llevado, me habría arrancado el brazo.
Se me hizo un nudo en el estómago.
—¿Mordieron a alguien más?
—No, que yo sepa. Es probable que cualquiera que haya sido mordido también haya muerto. Pocos sobreviven a un ataque cuando el monstruo no está infectado.
—¿De verdad eres el único?
—Por lo que sé.
Me froté la sien, mientras mi mente trabajaba a toda velocidad. Era mucho más de lo que había imaginado. Más de lo que podía asimilar así de pronto.
—¿Qué hacemos?
—¿Hacemos?
—Sí. —Ahora formaba parte de ello. De este reino.
Miré a Evie. Y de esta familia.
Me quisieran o no.
—Matamos a los monstruos. Los matamos a todos. Hasta que no quede ninguno.
También a él mismo. Se refería a todos los monstruos.
Y luego a él.
Sonrió con esa fachada arrogante.
—Solo piensa en lo contento que estará tu padre cuando yo esté muerto. Incluso puedes decirle que tú me mataste, tal como te pidió que hicieras. Mi reina, la asesina.