Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y tres #3
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Capítulo treinta y tres #3

—No te hagas la ingenua conmigo, Cathlin. Te conozco de toda la vida. Estás tramando algo.

—Son solo libros, Lu. Le estoy dando algo para leer a esa pobre muchacha. Eso es todo.

—¿Eso es todo? Es la última persona que debería estar aquí —dijo Luella, furiosa—. Debería haber sabido que Evie me seguiría. Esa niña.

—Se parece mucho a su madre —dijo Cathlin.

Luella suspiró.

—Si él se entera, pagaremos todas. Y yo ya he pagado suficiente.

Él . ¿Se refería a Ramsey? ¿O Zavier? ¿Zavier castigaría a Luella si se enteraba que su hija había estado aquí?

Empezaron a hablar más bajo y ya no fue posible distinguir el resto de la conversación.

Evie debió haberse dado cuenta de que ya no podíamos seguir espiándolas porque me tomó de la mano y me sacó de la celda.

Salimos del túnel a la luz del día, aunque hubiera preferido quedarme en la oscuridad. Últimamente, parecía que ese era mi lugar.

Iba haciéndome preguntas todo el tiempo, intentando averiguar qué estaba pasando con el rey y todos esos libros. Con Zavier y el Guardián. Con la lyssa y los monstruos «enfermos».

Cuando llegamos a la entrada de la cueva, Evie se asomó para asegurarse de que estuviéramos solas. Luego corrió hacia las barracas más cercanas y empezó a caminar con tranquilidad como si solo hubiéramos salido a dar un paseo.

Sí, sin duda era una pequeña espía.

—¿Quieres jugar con los gatitos? —preguntó cuando regresamos a mi habitación para dejar los libros.

—¿Y tus clases? —pregunté, y luego me sacó la lengua. Bueno, Luella no estaba aquí, ¿verdad?—. A jugar con los gatitos entonces.

—Genial —dijo, sonriendo.

La niña solo tenía cuatro años y sabía leer y escribir. Zavier podía no querer que fuera una princesa, pero la estaba preparando para ello. Mae y yo habíamos convivido con esa misma estructura rígida con respecto a las clases cuando teníamos su edad.

Cuando llegamos al jardín, Evie se acercó directamente al corral donde dormían los gatitos. Abrazó a cada uno de ellos, los dejó en el suelo y empezó a sacar las baratijas de sus bolsillos.

—Este es Ferious. —La figura dorada con la cabeza del dios del engaño resplandeció al sol—. Es mi dios favorito.

—¿Por qué no me sorprende? —balbuceé—. No está bien que tengas un dios favorito.

Se encogió de hombros y besó la cabeza calva de la figura.

—Es lo mismo que dice papá.

—Y puede que algún día me hagas caso. —La voz de barítono nos desconcertó a las dos.

—¿Papá? —La atención de Evie giró hacia la puerta donde estaba Zavier con una sonrisa inmensa—. ¡Papá!

Casi tropieza cuando salió corriendo en su dirección, pero él la atrapó antes de que se cayera al suelo y la envolvió en un fuerte abrazo. Ella se aferraba a su cuerpo como si no hubiera un mañana.

—Te he echado mucho de menos. —Besó su cabello y la meció sobre su pecho—. Hola, Odessa.

—Hola, Zavier.

Debería estar contenta de ver a mi esposo, saber que estaba aquí, a salvo, pero lo que sentí fue un enorme vacío en el estómago, un aluvión de autodesprecio. Deseaba sentirme entusiasmada de ver a Zavier. Pero no me sentía de esa manera.

No, esperaba ver a otro hombre.

Me odiaba por extrañar al Guardián.

Caminé hacia la puerta, lista para salir.

—Os dejaré solos.

Pero Zavier me detuvo con la mirada.

—Tu cabello se ve diferente.

—Ah, sí, eso…

—Es rojo —dijo Evie, anunciando lo obvio y, antes de que pudiera dar una explicación, ella lo hizo por mí—.

Tenía que teñírselo todo el tiempo porque Margot, su madrastra, decía que el castaño le quedaba mejor, pero creo que no es verdad, el rojo es mucho más bonito.

Sobre todo con sus ojos. Son tan brillantes que no se ven los destellos.

La realidad era que no había destellos, pero, al escucharla asumir que tan solo no se veían con facilidad, no la corregí. No quería explicarle que era diferente porque no sabría cómo responder a sus inevitables preguntas.

Zavier esbozó una sonrisa dirigida a su hija.

—A mí también me gusta el rojo. Parece que habéis compartido bastante tiempo para conoceros.

—Sí. —Le guiñé un ojo a Evie—. Tienes una hija muy curiosa y encantadora.

—Lo sé. —Le dio un beso en la frente y luego estudió su rostro—. Has cambiado desde que me fui. Tienes tres pecas nuevas.

—Cinco —lo corrigió.

Balbuceó por lo bajo.

—Me parece que tendré que contarlas de nuevo.

Evie sonrió y se pasó una mano por la cara, como si estuviera asegurándose de que todo esto fuera verdad.

—¿Quieres ver los gatitos?

—Me encantaría —dijo Zavier, y me tocó el brazo antes de que saliera—. ¿Vienes a cenar con nosotros esta noche?

—Claro. —Me despedí de Evie, crucé la casa hacia la puerta y subí al piso de arriba.

Tenía que leer unos cuantos libros.

Pero, cuando llegué a la pasarela del primer piso, mis pies se detuvieron.

El Guardián estaba junto a la puerta de mi habitación, reclinado despreocupadamente contra la pared.

Sus ojos eran de color verde esmeralda. Su cabello estaba mojado en las puntas y necesitaba un corte con urgencia.

Su ropa estaba limpia y, si había tenido problemas durante el viaje, no quedaba ningún rastro que lo confirmara.

Al igual que su barba. Estaba recién afeitado y nunca había visto una mandíbula tan esculpida, con huesos tan afilados como mis cuchillos.

Cielos, era tan bello… Con o sin barba, no me importaba. Había regresado y estaba a salvo. Podía ser el Guardián, pero eso no iba a evitar que me preocupara por él.

—Hola. —Mi maldita voz brotó casi como un suspiro.

Se apartó de la pared y, al acercarse a mí, me lanzó una espada en su funda.

Me acerqué para atraparla, pero se me resbaló de las manos y cayó a mis pies.

—Vaya.

Miró al cielo.

—Oda, sálvame.

—Bueno, no sabía que me la ibas a lanzar. —La levanté, dejando que mi cabello ocultara el rubor de mis mejillas—. ¿Qué hago con esto?

—Mi reina había pedido una espada.

Así que me ha traído una. No se había olvidado. Pasó caminando a mi lado y sentí el roce de su brazo en el mío.

—Vamos.

—¿A dónde? —pregunté, mientras me giraba para seguirlo.

—Alguien tiene que enseñarte a usarla.

La idea de entrenar no debería hacerme sentir mariposas en el estómago.

Pero batieron sus alas en mi interior de todos modos, incluso cuando no deberían hacerlo.