Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y tres #2
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Capítulo treinta y tres #2

Evie aminoró la marcha y, por un momento, creí que se había perdido. Pero entonces vi una abertura en la roca, ubicada de tal manera que solo podías encontrarla si estabas parado justo delante de ella.

—¿Los calabozos están en una cueva? —pregunté.

—Sí, te dije que eran tenebrosos. —Entró sin dudar y la seguí hacia la oscuridad. Me costó un momento acostumbrar la vista a la falta de luz—. Vamos, Dess.

Me tomó de la mano y la sujetó con fuerza.

Algunas noches atrás, Luella me había invitado a cenar con ellas en la casa principal y Evie no había parado de hablar durante toda la cena. Solo comía cuando Luella le recordaba que el pan y el pollo se estaban enfriando.

Me había preguntado si tenía un apodo y entonces le dije el nombre que mi padre usaba en contadas ocasiones. Desde entonces, me empezó a llamar Dess.

Caminamos por el suelo inclinado y descendimos hacia las profundidades por el túnel.

Las rocas eran suaves y algunos escalones ocasionales nos adentraban más en las profundidades de la montaña.

El techo era más alto de lo que había imaginado, tanto que no podía tocarlo, ni siquiera de puntillas.

La luz que se vertía desde fuera se desvaneció bastante rápido.

—Evie, quizá deberíamos regresar antes de que oscurezca.

—No, sigamos.

Instantes después de decirlo, un resplandor anaranjado apareció por delante.

Lentamente, la cueva se iba haciendo cada vez más grande y pronto llegamos a donde había un farol colgado de un gancho en la pared.

A su lado había una celda vacía. Sus barrotes de metal estaban clavados en la roca, pero la puerta estaba abierta y destrabada.

Calabozos sin prisioneros.

—Los malos van a la cárcel en la entrada lateral —dijo, leyéndome la mente—. Pero no me dejan ir ahí.

—No, claro que no.

—Ahora este es el lugar secreto de Luella. —Bajó la voz, como si tuviera miedo de que la atrapara su tutora—. Es donde esconde sus libros especiales.

Mi corazón empezó a latir con más fuerza. ¿Qué era exactamente lo que había en esos libros especiales? Con suerte, más que solo lecturas y lecciones para Evie.

El túnel era un lugar húmedo y, a lo lejos, se podía escuchar el goteo constante del agua. No era el lugar que hubiera elegido para guardar mis libros, pero también era el último sitio donde se me ocurriría mirar si fuera un soldado encargado de quemar libros por orden del rey.

Seguimos avanzando, pasando del resplandor de un farol al siguiente, hasta que Evie se llevó un dedo a los labios y empezó a caminar de puntillas. Cuando llegamos a la siguiente celda, empezó a caminar más lento y señaló al otro lado de los barrotes.

No había estantes en su interior, solo pilas de libros y objetos encima de ellos. Había pequeñas figuras talladas de los dioses, medallones con diferentes emblemas. Bagatelas, tal como Evie había asegurado.

Me tomó del pulgar y me llevó hacia la siguiente celda. Al igual que la anterior, tampoco tenía estantes. Solo un catre vacío contra la pared del fondo y, sobre este, montañas de pergaminos enrollados.

Rogaba que al menos uno de ellos contuviera un mapa.

Tardaría un día entero en revisarlos todos. Tendría que volver sin Evie, cuando Luella no estuviera aquí. Pero, por primera vez en una semana, una chispa de esperanza se encendió en mi interior.

Después de todo, tal vez tendría la oportunidad de encontrar información, incluso aunque estuviera atrapada tras las murallas de Ellder.

Evie siguió llevándome hacia delante y nos cruzamos con más celdas, todas vacías. Había charcos de agua en el suelo producto de las filtraciones en la roca.

El túnel continuaba, celda tras celda, pero antes de que pudiéramos seguir avanzando, alguien se aclaró la garganta.

Asustadas, nos giramos y encontramos a una mujer detrás de nosotras.

—¿Qué haces aquí, Evangeline? —preguntó Luella—. Dijiste que estarías jugando al escondite con Odessa.

—Es culpa mía —dije—. Quería explorar Ellder. Lo siento.

—¿Y elegiste los calabozos? —preguntó Luella; me dio la sensación de que podría enseñarle a Margot cómo fulminar a alguien con la mirada.

Evie se puso triste.

—Lo siento.

Luella sacudió la cabeza, pero soltó una risa exasperada.

—¿Desde cuándo conoces la existencia de los calabozos?

Evie se encogió de hombros.

—No sé.

—Creo que debería haber anticipado que me seguirías en algún momento.

—¿Estoy en problemas? —preguntó Evie—. ¿O no?

—No estás en problemas —dijo Luella, agachándose frente a ella y acomodando un mechón del cabello oscuro de la niña detrás de su oreja—. Pero no quiero que vengas aquí sola. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Evie, asintiendo con firmeza—. ¿Podemos seguir explorando?

—Sí, me encanta explorar. —La voz de la mujer que venía detrás de Luella me sonaba familiar.

—Cathlin —sonreí cuando apareció a la vista y vi que la luz del farol danzaba en sus ojos castaños.

—Hola, querida. —Me abrazó con fuerza y luego le dio un beso en la cabeza a Evie—. Querida, ¿has estado volviendo loca a Luella?

—No más que de costumbre —dijo Luella, mirando a Cathlin de pies a cabeza. El alivio suavizó su mirada cuando vio que la bibliotecaria estaba ilesa.

—He traído algunos libros para tu colección —dijo Cathlin, abriendo el morral que llevaba sobre el hombro. Sacó varios libros con tapas de cuero de su interior, que le entregó a Luella, antes de darle un breve abrazo—. Hola, amiga mía.

—Hola —dijo Luella—. Me alegro de que estés aquí a salvo. Me enteré lo que pasó en Ashmore. Dejando de lado el ataque, ¿cómo te ha ido?

¿Se refería a su amante?

—Te lo contaré más tarde —dijo Cathlin, apoyando una mano sobre mi hombro—. ¿Leíste el libro que te di?

—Sí, gracias. Ha sido muy útil.

Había aprendido bastante sobre las costumbres turanas que describía el libro.

Los distintos tipos de cuero que obtenían de los monstruos y usaban para las armaduras o la ropa.

Cómo se construían los asentamientos y los pueblos, teniendo en consideración el uso de barreras naturales para protegerse.

Los jinetes de poni que entregaban el correo.

El libro había supuesto una enorme fuente de conocimiento.

Había aprendido que la economía turana dependía de la producción de madera, aunque no sabía que sus herreros y fundiciones estaban entre las mejores de todo Calandra.

Los metales que importaban de Ozarth no eran solo para armamento, sino para crear hachas y sierras.

Eran excelentes jinetes, ya que aprendían a cabalgar a una temprana edad.

Los jóvenes adultos a menudo salían a cazar cuando cumplían la mayoría de edad, ya fuera para cazar ulfernos o flagris como rito de pasaje.

Y las mujeres recibían el mismo entrenamiento que los hombres para pelear y usar armas.

—Si ya lo has acabado, déjame que te preste otros —dijo Cathlin, señalando una celda cercana e inclinándose para pasar los dedos por los distintos lomos.

Para cuando salimos de esa celda y pasamos a la siguiente, ya tenía cinco libros para leer. Había elegido algunos sobre la historia de Calandra y otro sobre los animales y los monstruos de Turah. Y un libro sobre los crux y lo que sabíamos de sus migraciones.

Ese era el más delgado de los cinco.

—Uno más —dijo Cathlin, cogiendo un libro rojo con una cinta de cuero del mismo color envuelta alrededor de la tapa—. Este está lleno de viejos mitos y leyendas. Y habla sobre mi favorito de todos.

—¿Cuál? —pregunté.

—El de una mujer llamada Sora que partió por el mar hacia el horizonte.

Estuvo fuera durante cien años y, cuando regresó a Calandra, trajo criaturas y animales que nuestro reino nunca había visto.

Algunos creen que nuestros monstruos vienen de allí.

No de los nuevos dioses, sino de un dios que nunca conocimos.

Un dios más poderoso que cualquier otro.

Siempre me maravilló esa historia. ¿Qué otras hay ahí afuera?

¿Y si algunas son reales? ¿Qué pasará si quemamos demasiados libros?

Tuve la abrumadora necesidad de hacer la señal en honor a los Ocho.

Era solo una historia, pero sentí una punzada de miedo recorrer mis costados, como si este no fuera un tema sobre el que deberíamos hablar. Como si estuviéramos ofendiendo a los dioses.

Una parte de mí quería dejar el libro e ignorarlo por completo. Pero otra se preguntaba qué más contendría su interior.

¿Alguna historia sobre la Cadena de las Siete? ¿Así era cómo los turanos habían descubierto que podían pedir una novia para su príncipe como pago? ¿Había leído este libro Zavier?

—Te encantará. Es mi favorito —dijo Cathlin, mirando la pila de libros que había recuperado para mí y frunció el ceño de un modo exagerado—.

Creo que me he dejado llevar. El rey todavía no ha descubierto este escondite, pero estoy segura de que, cuando lo haga, todos estos libros desaparecerán.

Así que es urgente, en la medida de lo posible, absorber todo este conocimiento mientras tengamos la oportunidad.

—¿Por qué está quemando libros? —pregunté.

—¿Odessa? —dijo Luella, situándose a mi lado y apoyando una mano suave sobre mi muñeca—.

¿Te molestaría llevar a Evie a casa? Tiene los bolsillos llenos de bagatelas para decorar su cuarto.

Me temo que, si se queda más tiempo, no podremos cargar con todo lo que quiere llevarse.

Yo apagaré los faroles y saldré después de vosotras.

Adiós posibilidad de tener una respuesta de por qué el rey Ramsey quemaba libros.

—Sí, claro. —Esbocé una sonrisa y me retiré por el túnel, en busca de Evangeline, a la que encontré en la celda de los pergaminos.

Los bolsillos de su vestido estaban llenos de cosas. La encontré junto a los barrotes con un dedo sobre la boca y señaló en dirección a Luella en la otra punta del pasillo.

Esta niña sería mejor espía que yo.

Entré en la celda y apoyé la espalda contra la pared a un lado de ella. Luego oí las voces susurradas que se escuchaban más de lo que sus portadoras creían.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Luella entre dientes.

—¿A qué te refieres?