Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y tres
53%

Capítulo treinta y tres

Quien llamara a mi puerta no lo hizo con un golpe normal, sino con unos golpecitos constantes y seguidos.

—¡Ya voy! —dije riendo mientras salía del cuarto.

Los golpecitos se repitieron.

Y así empezaría mi día. Tal como había sucedido todas las mañanas de la última semana desde que había llegado a Ellder.

En cuanto abrí la puerta, mi visita entró a toda velocidad y corrió hacia el salón, donde se lanzó sobre un sillón.

—Buenos días, Evie.

Rio mientras apartaba su cabello oscuro de su rostro.

—¿Jugamos al escondite?

—¿Después de lo que pasó ayer? Olvídalo —dije, cerrando la puerta.

Las reglas que habíamos establecido deberían haber sido fáciles de cumplir.

Ella tenía permitido esconderse en cualquier lugar de mi apartamento o de su casa mientras yo contaba hasta cincuenta.

Pero cambió las reglas durante el tercer juego y salió al jardín para jugar con un montón de pequeños gatitos.

Me pasé casi una hora buscándola, poniendo la casa patas arriba, y tuve un ataque de pánico porque había perdido a la hija de Zavier.

Cuando le dije a Luella que estaba desesperada porque había perdido a Evangeline, frunció el ceño y me ayudó a buscarla. La encontramos a los diez minutos, sentada entre cinco bolas de pelo blancas y grises.

No iba a jugar nunca más al escondite con ella.

—Entonces, ¿qué hacemos? —Sacudía las piernas y golpeaba las botas contra un lado del sillón.

—¿Qué te parece si salimos a explorar?

Se sentó muy recta.

—¿A dónde?

—No sé —me encogí de hombros—. Ellder. Puedes enseñarme el lugar.

Había pasado una semana ocultándome del mundo, ya fuera en este apartamento o en la planta baja de la casa de Zavier. Escondiéndome.

Y castigándome.

Por Ashmore. Por abandonar a Brielle y Jocelyn. Por el Guardián.

Todas las mañanas, Evie venía a visitarme. El primer día, Luella había venido con ella a saludarme. Después de que Evie se invitara sola a pasar al salón, también me propuso ser su nueva compañera de juegos.

Luella parecía no tener ningún problema con disponer de algunas horas para sí misma cada mañana y yo necesitaba las visitas de Evie como los abrazos de Arthy cuando vivía en Roslo. Estaba llenando un vacío en mi corazón, ese lugar que siempre había reservado para mi familia.

La sonrisa de la niña se había convertido en la mejor parte del día.

Llevársela a Luella para el almuerzo y sus clases por la tarde era lo peor.

Cuando no tenía otra cosa que hacer, subía a mi apartamento y me ponía a leer el libro de Cathlin, practicaba con los cuchillos o dibujaba mi versión de un mapa turano en mi diario. Cuando terminaba, me quedaba mirando el techo, pensando en mis errores.

El festival de la lástima había terminado. No sabía con seguridad cómo me adaptaría a la vida en la fortaleza. Era hora de averiguarlo. Tenía la sensación de que estaría en Ellder durante un largo tiempo.

—Vamos —dijo Evie, saltando del sillón y corriendo hacia la puerta, tomándome de la mano al pasar. Me llevó a la pasarela y la escalera.

Estaba bastante oscuro la noche que el Guardián me trajo a este lugar, así que no pude apreciar el verdadero tamaño de la casa de Zavier.

Ocupaba casi toda una manzana y la mayor parte de la casa estaba destinada a albergar a Evangeline y Luella.

También contaba con varias cocinas, un lavadero y algunas recámaras para la niñera de Evie y otros miembros del personal.

El apartamento en el que yo me estaba quedando tenía más espacio del que necesitaba.

Tenía una sala de estar y un comedor, mi habitación y otra más por si acaso.

Incluso tenía un baño con una bomba de agua para llenar la bañera.

El agua no salía caliente, pero si le agregaba suficiente agua hirviendo de la tetera, quedaba divina.

Pero mi parte favorita era el balcón privado. Desde el primer piso, veía el camino que dividía Ellder por la mitad y podía ver a la gente ir y venir.

Había una pastelería al otro lado de la calle y, todas las mañanas, el dueño le llevaba flores frescas a su esposa, que compraba en el mercado del centro.

En la esquina había un puesto donde vendían café en el que trabajaba una adolescente y, hasta ahora, parecía ser la única persona que me había visto mirarla.

Si me veía sentada afuera, me saludaba con cierta timidez y yo le devolvía el gesto.

De vez en cuando, por la tarde, pasaba un joven que entregaba el periódico en todas las casas. Ellder tenía una imprenta. Y aunque solo publicaba noticias de la fortaleza, cuando lo recibía en la puerta de mi casa, devoraba cada palabra.

Los soldados iban de un lado a otro por las calles, saludando a aquellos con los que se cruzaban camino al patio principal. Por lo que podía ver, los turnos en la muralla cambiaban tres veces al día.

Todos los días se instalaban más estacas de madera en las calles y yo no podía evitar notar que sus puntas eran afiladas y puntiagudas.

Ellder era el hogar de comerciantes y vendedores, maestras y enfermeras, familias con hijos de todas las edades. Y esa enorme muralla y sus soldados eran lo único que los mantenía a todos a salvo.

Lo único que mantenía a Evie a salvo.

De todo, excepto de los problemas que ella misma provocaba.

Cinco días atrás, escapó de la mirada atenta de Luella y se escabulló en la cocina, donde robó un puñado de tartas que engulló en lugar de su almuerzo habitual. Luego vomitó en la cama.

El día siguiente, pintó flores en su armario «por accidente». Y el que le siguió a ese, tomó «prestado» un labial rojo del tocador de Luella y se pintarrajeó las mejillas.

Nunca me había enamorado tan rápido de alguien.

Hacía que el dolor de haber sido abandonada en este lugar fuera más llevadero.

A ella también la habían abandonado aquí.

Zavier había partido de Ellder al poco tiempo después de traer a su hija desde Treow. Y el Guardián se había ido la misma noche que me había dejado a mí en mi apartamento.

—¿Avisamos a Luella de que vamos a explorar? —Señalé la puerta tallada de la parte delantera de la casa.

—No está. Me pidió que le prometiera que me quedaría contigo hasta que ella terminara en los calabozos.

—Eh… ¿Ellder tiene calabozos? —¿Por qué Luella iría a los calabozos?

En Quentis encerrábamos a los criminales en un campamento cerca del desfiladero de Evon, aunque también había celdas en las barracas donde los soldados de Banner los custodiaban antes de llevarlos al campamento.

Al parecer, en Turah, los criminales quedaban detenidos en los calabozos de la fortaleza.

—Sí, y son tenebrosos. —El rostro de Evie se iluminó—. Vamos allí.

—Claro que no.

—¿Por qué no? —Su sonrisa se transformó en una expresión suplicante. Era adorable, demasiado adorable. Y empuñaba eso como una espada—. Está lleno de libros y pergaminos y cosas raras. Luella dice que son bagatelas.

—Espera, ¿tienen libros en los calabozos?

—Sí —asintió, y se acercó para susurrarme algo al oído—. No sabe que lo sé, pero es la verdad.

Debía estar ocultándolos para que los soldados de Ramsey no los quemaran.

—Muéstramelos.

—¡Vamos! —exclamó Evie, levantando un puño en el aire y entonces empezó a correr por la calle.

—¡Hey, espera! —dije, riendo y trotando para seguirle el paso por la calle principal.

Evangeline giraba la cabeza sobre el hombro de vez en cuando para asegurarse de que la estuviera siguiendo.

Cada vez que lo hacía, su sonrisa se agrandaba, sus ojos claros se volvían más radiantes y los destellos azules de sus iris se veían tan intensos como el cielo. Azul, el color de la tierra de Ozarth.

¿Por qué Zavier, un príncipe heredero, no se había asegurado de que su hija naciera en suelo turano para que tuviera destellos verdes? Quizá su madre había insistido en que naciera en Ozarth.

Si Zavier y yo tuviéramos hijos en algún momento, o cuando eso ocurriera, ¿qué pasaría con Evie? Zavier no quería que ella fuera parte de la vida de la realeza, pero se esperaba que concibiéramos un heredero en algún momento. ¿Tenía pensado ocultar a todos sus hijos?

¿O solo a sus hijas?

Me sentía como si tuviera una balanza en la mente y en uno de los platillos estuvieran las preguntas y en el otro las respuestas, pero el platillo de las preguntas estaba tan lleno que estas seguían acumulándose y se caían por todos lados.

Mientras tanto, el platillo de las respuestas estaba totalmente vacío.

Tenía la impresión de que no iba a averiguar mucho si seguía encerrada en esta fortaleza.

Como Cathlin me había asegurado, Ellder estaba construida sobre las montañas. Los paredones de piedra inmensos se elevaban ante nosotras como un manto de roca suave y gris. Me recordaba al segundo campamento, donde había dormido en el suelo y casi me ataca un pardur.

Tal vez era posible escalar los acantilados para salir de Ellder, pero no tenía ningún deseo de intentarlo. Una caída desde esa altura significaría una muerte segura.

No había intentado salir por la puerta principal, pero dudaba que los guardias me lo permitieran.

Puede que los calabozos resultasen útiles.

Evie aminoró la marcha y esperó que la alcanzara. Luego me cogió de la mano y seguimos caminando por el centro de la calle principal, admirando los edificios, las casas, los árboles y los pequeños jardines entre ellos.

Las barracas se encontraban en el corazón de Ellder, casi a mitad de camino entre la montaña y la muralla.

Las unidades consistían en cabañas sencillas dispuestas en filas uniformes y ordenadas.

Si eran parecidas a las barracas de los soldados de Banner en Quentis, consistirían en una habitación y un baño.

Era probable que los soldados comieran en un salón comunitario.

Evie me llevó hacia la montaña, luego giró y bordeó los paredones de piedra, mientras acariciaba las rocas con la mano.

Por delante, la muralla de madera se encontraba con las rocas. Los troncos parecían haber sido tallados y moldeados para encajar sobre la superficie rocosa, sin dejar ningún espacio por el que escabullirse, lo que hacía que la única manera de entrar y salir de Ellder fuera por la entrada vigilada.