Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

Odessa .

El sonido de la voz de mi padre me hizo salir de la pesadilla.

Estaba en la sala del trono, arrodillada, con el cuchillo de Mae presionado contra mi cuello.

Le había ordenado matarme. Ese era el castigo por regresar a Roslo sin información sobre Allesaria. A mi lado, en el suelo de mármol, con sangre que se vertía de sus gargantas degolladas, estaban Brielle y Jocelyn.

Intenté apartar la imagen de mi cabeza, parpadeando para esclarecer la neblina de mi mente, y observé a mi alrededor.

La temprana luz del amanecer pintaba sus colores en el cielo. Me había quedado dormida toda la noche en el regazo del Guardián.

Nos habíamos detenido sobre una colina empinada. Él estaba sentado inmóvil detrás de mí, al igual que su caballo justo debajo.

A un lado había un acantilado, cuyas rocas escarpadas llegaban hasta un río furioso abajo. El agua se veía agitada y, por un momento, cerré los ojos y me permití escuchar. Imaginé que ese sonido eran las olas del mar y estaba en mi acantilado en Roslo.

Algo apareció en mi pecho mientras admiraba la escena. Una sensación de maravilla. Paz.

Podía no estar en mi lugar especial, pero había tanta belleza aquí que era difícil abarcarla por completo.

Al otro lado del río había un bosque interminable, tupido y verde. Ocupaba todo el terreno que nos separaba de las montañas de color índigo, con sus picos inmaculados y nevados. Los colores eran tan intensos que me sentía como si hubiera llegado a un sueño.

—Cuando era niño, mi madre me trajo aquí por primera vez.

Hizo que me sentara a su lado durante una hora, pero yo lo único que quería hacer era correr y recoger frutos.

En ese momento, lo viví como un castigo.

Pero ahora entiendo lo que intentaba hacer.

Era una de esas lecciones que no apreciaría hasta ser más mayor.

Solo había mencionado a su madre una vez. ¿Y su padre? ¿Tenía hermanos o hermanas?

Era una sensación extraña conocer a este hombre y aun así no saber nada sobre él.

Conocía sus expresiones, conocía su manera de moverse. Cómo cambiaba el aire cuando estaba furioso y el reino se nublaba cuando estaba cerca.

Tenía una lealtad inquebrantable con su gente. Amaba su reino. Era fuerte e inquebrantable, pero a veces dejaba que algo de ternura se filtrara a través de esa corteza férrea: en su manera de abrazar a Cathlin, en su manera de tratar a Evangeline. Incluso en el afecto que le mostraba a su caballo.

No sabía si su madre estaba viva. No sabía nada sobre su familia, su educación o su hogar de la infancia. No sabía si había nacido con esos poderes, esos dones, o si había sido maldecido por un dios vengativo.

Me molestaba, más de lo que debería, que solo pudiera considerarlo un conocido como mucho.

El Guardián tenía la mirada fija en la lejanía y noté que sus ojos eran de un tono diferente de verde. Era un color nuevo, no el verde esmeralda intenso que había visto incontables veces cuando estaba de humor para tratarme con misericordia. No, era un verde profundo de cazador.

El color de los bosques turanos.

—Es hermoso. —El bosque. Esos ojos.

Bajó la mirada y me miró a los ojos.

Todavía estaba acostada sobre él, después de quedarme dormida sobre el brazo que él había pasado sobre mis hombros. Debería moverme, enderezarme, bajar del caballo y poner algo de distancia entre nosotros.

Pero la verdad era que estaba aterrada de confesar, incluso a mí misma, que no quería moverme.

A menos que él me hiciera a un lado, no iría a ninguna parte.

Su expresión decía que era accesible y parecía mantener la guardia baja. Era totalmente cautivadora, más magnífica que incluso este paisaje turano. Buscó mis ojos de la misma manera que yo busqué los suyos. Para obtener respuestas. La salvación. Un poco de piedad.

Había un hilo que nos unía.

Solo los dioses podrían salvarnos cuando se rompiera.

¿Por qué no podía sentirme así por el hombre que me había reclamado?

Nuestras bocas estaban muy cerca. Lo único que hacía falta era girar y encontrarnos. Encontrar su boca y dejar que la conmoción nos destruyera.

Necesitaba que dijera algo malvado, que me molestara, que aplastara mi corazón. Necesitaba que me lastimara tanto que nunca pudiese perdonarlo.

—Te odio.

Debería haber roto el momento, debería haberlo hecho enfadar, pero tan solo me miró como si fuera algo digno de admirar, algo digno de apreciar.

Algo digno de proteger.

—Sí, lo sé —dijo—. No me olvido.

—Nunca.

No había manera de olvidar a un hombre como el Guardián. Al menos, yo no podía.

Aun así, una vez que llegáramos a Ellder, lo intentaría.

—Tenemos que ponernos en marcha.

Asentí y me incorporé. Luego miré por última vez al otro lado del acantilado.

—Gracias por traerme aquí.

—Un placer, mi reina.

No hablamos durante el resto del largo viaje, ni siquiera cuando nos comimos los frutos secos que recogimos nosotros mismos, y algo de carne, y compartimos el agua de una cantimplora.

El sendero que se abría paso por el bosque era bastante tupido.

La lluvia de una tormenta reciente todavía estaba aferrada a las ramas y, siempre que una de ellas rozaba mi vestido, el agua empapaba la tela.

La noche caía sobre nosotros y, debajo de los árboles, se hacía más difícil ver el sendero angosto.

De pronto, se escuchó un aullido en algún lugar del bosque y me puse tensa.

Pero el Guardián apenas se inmutó.

Para cuando llegamos a la fortaleza, estaba empapada y tenía mucho frío. Una parte de mí agradecía haber llegado y poder bajarme del caballo, pero otra no estaba lista para terminar el viaje.

Las antorchas montadas sobre la muralla ardían con intensidad en la oscuridad.

La muralla era tan alta como los árboles circundantes, tanto que ningún monstruo se atrevería a subirla.

Consistía en cientos y cientos de troncos pelados que estaban apilados uno encima del otro y formaban una barricada de superficie suave.

Se extendía tan alta que se perdía en la profunda oscuridad.

El Guardián detuvo el caballo en la entrada y se llevó dos dedos a los labios. Soltó un silbido estridente, diferente a los que había oído en Treow.

—¡Abrid las puertas! —gritó un hombre desde la parte superior de la muralla.

Las bisagras chirriaron cuando los hombres levantaron la pesada puerta doble de madera para permitirnos el paso. En cuanto cruzamos el umbral, los soldados se acercaron a nosotros.

El patio estaba iluminado por varias fogatas que ardían con intensidad en pequeños cuencos.

Los hombres estaban vestidos con cuero de pardur, similar al que usaba el Guardián, y todos asintieron y bajaron la cabeza cuando nos detuvimos. Varios susurros llenaron el aire a nuestro alrededor cuando desmontó.

Es el Guardián.

Está aquí.

El Guardián. El Guardián. El Guardián.

¿No venía a menudo a Ellder? Los ojos abiertos y las miradas intensas respondieron a mi pregunta.

Un joven se acercó a toda prisa y tomó las riendas del caballo.

—Asegúrate de que reciba mucha agua y comida —dijo el Guardián—. Y no le gusta compartir establo con otros caballos.

—Lo pondré en uno separado, señor.

—Bien. —Le dio una palmada en la espalda, luego se ubicó a mi lado y extendió una mano para ayudarme a desmontar.

Intenté bajar con elegancia, pero después de la caída del día anterior y un día entero cabalgando, mis piernas no cooperaron. Me desplomé sobre su pecho cuando caí de la montura.

Me cogió de la cintura y me ayudó a ponerme de pie, y no me soltó hasta asegurarse de que había recuperado el equilibrio por completo.

Luego, mientras desenganchaba sus alforjas, alisé mi falda y acomodé el morral sobre mi hombro, manteniendo ocupadas las manos mientras la gente a nuestro alrededor nos miraba y susurraba cosas.

¿Quién es ella?

¿La conoces?

¿Quién es esa que ha venido con el Guardián?

Se colgó las alforjas sobre un hombro, me tomó de la muñeca y me sacó del patio hacia un camino que parecía dividir la fortaleza por la mitad.

En gran medida, las calles estaban organizadas de forma similar a Ashmore, en líneas rectas y manzanas ordenadas, salvo por algunos agujeros en el centro de todas las calles que parecían tan anchos como mi cintura y tan profundos como para que pudiera entrar erguida sin problemas.

—¿Para qué son esos agujeros? —pregunté.

—Para la migración. Ponemos estacas de madera en cada uno de ellos en todas las calles para que los crux no puedan aterrizar. Cuando terminen de hacer todos los pozos, añadirán las estacas. Las clavarán tan profundo como su propia altura, al igual que las murallas exteriores.

—Vaya. —Otra protección contra los monstruos. Otra manera en la que los turanos se protegían.

Todos los edificios tenían techos de madera, pero había algunos con estacas de metal que sobresalían en ángulos irregulares, probablemente otra medida para protegerse de los crux. Una luz dorada brotaba de las ventanas, pero nos movíamos tan deprisa que no tuve tiempo de ver en su interior.

—Podrás explorar mañana —dijo—. ¿Crees que podrás permanecer dentro de la fortaleza?

No podía hacerle una promesa como esa y, como no quería mentirle, decidí robarle la estrategia a Zavier y me quedé en silencio.

El Guardián gruñó por lo bajo.

Cruzamos tres calles laterales y finalmente nos apartamos del camino principal.

No me soltó la muñeca mientras nos dirigíamos a una casa amplia con la parte delantera cuadrada.

Era un edificio sencillo y, al igual que el resto de los que habíamos pasado, su fachada exterior estaba cubierta por unos paneles de madera de un color rojizo intenso.

Todas las ventanas estaban a oscuras, ya que la casa estaba vacía o todos dormían en su interior.

Una pasarela se extendía por la parte frontal del primer piso.

Las casas en Turah parecían estar construidas para ser funcionales, no pomposas. Lo único extravagante en esta era la puerta delantera, que tenía un lobo tallado en la madera. El emblema turano.

Esta era la casa de Zavier.

El Guardián me soltó y me guio hacia una escalera que rodeaba el edificio y llevaba a la pasarela.

Mantuve la mano en la barandilla mientras subíamos y sentía cómo el corazón se me subía a la garganta con cada paso que daba. ¿Zavier estaba arriba? ¿Este era su cuarto? ¿Estaba llevándome al apartamento de mi marido?

Las botas del Guardián resonaron sobre las tablas de la pasarela con un ritmo que igualaba los latidos acelerados de mi corazón, hasta que se detuvo frente a una puerta y giró el picaporte.

Me quedé afuera todavía aferrada a la barandilla, mientras él entraba y encendía un farol, y luego otro. Bueno, si Zavier hubiera estado allí adentro, no habría entrado sin llamar. Por eso decidí soltarme de la barandilla y crucé la puerta.

Parecía ser un apartamento privado. El salón contaba con dos sillones de cuero junto a una chimenea, sobre una alfombra tejida de colores intensos: borgoña, chocolate y verde pino.

El Guardián se agachó frente a la chimenea y usó un pedernal para encender el fuego.

Pasando el área de asueto, tras una puerta abierta, había una enorme cama cubierta con una manta gris gruesa y almohadas mullidas.

Contra la pared, acomodados con simpleza, estaban mis baúles abiertos.

La mayoría contenía mis vestidos y en otro pude ver un frasco de vidrio con mi tintura en la parte superior.

¿Cuándo los habían ido a buscar?

—No voy a volver a Treow, ¿verdad?

—No. —El fuego se encendió y, al levantarse, se frotó las manos para limpiarlas.

Se me hizo un nudo en el pecho al recordar con nostalgia esa pequeña casa del árbol.

—¿Y Brielle y Jocelyn?

—Se quedarán en el campamento por ahora.

¿Era mi castigo por haber escapado a Ashmore? ¿Separarnos como niñas que se habían portado mal?

—Descansa —dijo, encaminándose hacia la puerta.

—Guardián. —Lo agarré de la muñeca con firmeza, justo sobre el brazalete de cuero que cubría su brazo.

Cerró la mano, pero no la apartó.

—¿Qué?

—Yo… — No sé .

No estaba lista para estar sola.

No estaba lista para que se marchara.

Una vez que cruzara esa puerta, tendría que dejarlo ir.

Y no estaba preparada.

Su mano libre me tocó el brazo, justo en el mismo lugar en el que me había sujetado el día anterior en la puerta de la taberna, e hice una mueca de dolor.

—Lo siento.

—No me has hecho daño. —Sí, la zona estaba sensible y me dolía todo el cuerpo, pero no me había dejado ninguna marca, ningún moretón con la forma de sus dedos.

—Puede ser. —La tristeza en sus ojos verdes me rompió el corazón—. Pero podría haberlo hecho.

¿Era esa la razón por la que se había embriagado? ¿La razón por la que había perdido el control? ¿La razón era que yo podría haber sido víctima de su ira?

Su mirada se posó sobre mi nariz como si estuviera contando las pecas que espolvoreaban la delgada línea divisoria. Levantó una mano para apartar un rizo de mi frente y trazó una espiral con la punta de su dedo.

—No tienes que ocultar quién eres, Cross. Aquí no.

No en Turah.

No con él.

El Guardián abrió la boca como si estuviera a punto de decir algo más, pero debió de cambiar de parecer, porque apartó la mano enseguida y, antes de que pudiera parpadear, desapareció en la oscuridad de la noche.

Me di un momento para respirar, para cerrar los ojos y saborear el aroma que quedó flotando en el aire tras su partida. Por la mañana ese olor habría desaparecido.

Y me arriesgaba a creer que él también.

Era mejor así. Me repetí esa mentira una y otra vez, mientras sacaba mis cosas de los baúles y me acomodaba en este nuevo hogar.

Mientras vaciaba el frasco de tintura por la ventana de la habitación.