Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

El déjà vu que tuve al despertarme y ver una almohada tirada en el suelo y una nota en la mesa fue tan intenso que casi esperaba que el día anterior hubiera sido un sueño. Que saldría de la posada y encontraría a Sariah en la taberna.

Pero, cuando me levanté de la cama, tenía puesta la túnica que me habían prestado y mis botas seguían manchadas con esa sangre verde asquerosa.

Salí de la habitación con el morral colgando sobre un hombro, más que lista para abandonar Ashmore. El Guardián no tendría que preocuparse por que me volviera a escapar de Treow. Al menos por ahora, lo único que quería hacer era esconderme en mi casa en el árbol y atender mi herido corazón.

Y mi cuerpo.

No podía creer cuánto me dolía. Cada paso que daba cuando bajaba por la escalera hacia el vestíbulo de la posada era una agonía. Sentía mucho dolor y sensibilidad en todos los músculos, y varios moretones ya empezaban a aparecer en mi piel.

Pero estaba viva para contarlo. Soportaría el dolor. Diecisiete personas no podían decir lo mismo.

—Odessa —dijo Cathlin, deteniéndome cuando pasé junto al pequeño vestíbulo de la posada.

—Buenos días —dije, esbozando una sonrisa triste mientras me envolvía en un abrazo.

Me hacía sentir bien que alguien me abrazara.

—¿Estás bien? —me preguntó cuando me soltó. Me encogí de hombros.

—¿Y tú?

También se encogió de hombros.

—Te marchas hoy.

Fue una afirmación, no una pregunta. Se acercó a la silla donde había estado sentada, cogió un libro y me lo dio.

—Te he traído esto. Es un libro sobre las costumbres turanas. Te daré más cuando te vuelva a ver.

—¿Cuándo?

—Pronto. Me iré de Ashmore esta semana. Primero tengo que despedirme de alguien, aunque no quiero apresurarlo.

—La mujer que viniste a visitar.

Asintió.

—Sí.

—Olvidé preguntarte por ella ayer, lo siento mucho. —Había estado ocupada cavando tumbas—. ¿Ella está… bien?

—Sí, devastada como la mayoría. Pero Turah está llena de supervivientes. Lo superará, al igual que tú. También es fuerte como tú.

—Pero no me siento fuerte —dije, suspirando.

—Aun así, lo eres. —La mirada de Cathlin se suavizó cuando apartó suavemente un rizo rebelde de mi frente. Luego dio un paso hacia atrás y presionó ambas manos sobre su corazón e hizo una pequeña reverencia.

—¿Qué significa eso? ¿Ese gesto?

—Significa que te deseo un buen viaje, princesa Odessa Wolfe.

En cualquier otra circunstancia, me habría molestado escuchar ese nombre formal, pero había algo en su voz que hizo que me detuviera. Una seriedad que decía que tenía que empezar a acostumbrarme a ese título.

Y apropiármelo.

¿Quién era esta mujer? Sobrevivimos lo impensable el día anterior y ni siquiera sabía cuál era su apellido. Puede que no importara.

Llevé las manos a mi corazón e hice una reverencia.

De repente, un par de botas resonaron en el suelo, unos pasos largos y decididos que estaba empezando a reconocer.

El Guardián se detuvo a mi lado y centró toda su atención en Cathlin.

—Te vas.

Otra afirmación.

—Sí.

Esperé que se llevara las manos al corazón, pero, en cambio, le dio un fuerte abrazo.

Un momento, ¿sabía dar abrazos? Se veía tan… dulce. Era algo muy ajeno a él. Cuando la soltó, me hizo un gesto con la barbilla para que lo siguiera. No había dulzura para mí.

—Adiós, Cathlin —dije.

—Buen viaje, Odessa.

Esperaba verla pronto. La vida me parecía muy frágil en este momento. Fugaz.

Una vez que guardé el libro en el morral, me apresuré a alcanzar al Guardián.

Él y su caballo estaban esperando afuera. El pelaje negro del semental brillaba bajo el sol de la mañana.

El Guardián acarició el hocico del animal y le dijo algo con un murmullo. El caballo se inclinó hacia delante al sentir su mano.

Era un día encantador, el cielo estaba despejado y se sentía un aroma dulce en el aire. Era un desperdicio, ya que nadie podría disfrutarlo; al menos, yo no. Las personas caminaban con la cabeza gacha por la calle.

Todo rastro de felicidad había sido aniquilado.

—Deberían haber tenido alguna advertencia. Protección —dije.

El Guardián tensó la mandíbula cuando cogió su espada y la aseguró en la montura.

No lo había dicho con mala intención, pero, al repasar mis palabras, me puse en su piel y me percaté de que había dado a entender que él le había fallado a la gente.

—No lo he dicho por ti.

—¿Quién más los iba a proteger?

—El rey, la corona. ¿Zavier no puede hacer nada? ¿Traer a algunos de sus guerreros a estos pueblos para ayudarlos?

Los ojos del Guardián llenos de ira, pese a que eran de color avellana, se cruzaron con los míos. Su mirada fulminante fue lo único que necesité para saber que había cruzado una línea.

Había sido otro recordatorio de que esta princesa, esta futura reina, este Gorrión, era algo para admirar con los ojos, no para escuchar.

—Solo lo digo. Creo que tengo derecho a proponer algo.

—¿En serio? —dijo levantando una ceja—. ¿Y quién te ha dado ese derecho?

—Mi sangre, cuando firmé el tratado. El día que Zavier me eligió a mí para ser su esposa. Estoy aquí, en Turah. Tengo derechos como cualquier otra persona del reino. No puedo tolerar que pasen estas cosas. Esto no puede seguir así.

—¿Y qué sugieres, mi reina? ¿Qué crees que debemos hacer? ¿Cuál es la solución que Zavier, todos nuestros guerreros y yo no hemos considerado?

Una gran vergüenza me hizo levantar los hombros hasta casi las orejas, deseando poder ser una tortuga para meter la cabeza dentro del caparazón.

No tenía ninguna solución. No sabía nada sobre la política turana.

Y por eso mantuve la boca cerrada.

—Eso creía —balbuceó, y se dio la vuelta para acomodar los estribos.

—Quiero marcar la diferencia —dije—. Quiero hacer lo correcto. Quiero ayudar.

El Guardián se quedó quieto, pero no se giró.

—Súbete al caballo, Cross.

Me acerqué al animal y me levanté la falda para intentar apoyar el pie sobre el estribo, pero era demasiado alto y yo demasiado baja. No podía subirme.

El Guardián soltó un gruñido de frustración, me agarró de la cintura y me sentó sobre la montura.

—¿Gracias? —Me ajusté la falda, deseando haber traído otro par de pantalones—. ¿Qué hay de ti?

—¿Qué hay de mí?

—¿Qué caballo cabalgarás?

—El mío.

Vaya, qué bien .

Apartó mi falda hacia un lado.

—Por favor, quita esto de mi camino.

La levanté lo mejor que pude, abultando la tela sobre mi regazo. Luego se subió detrás de mí, envolviéndome con sus muslos. Su pecho se presionó contra mi espalda cuando tomó las riendas y sus brazos me mantuvieron encerrada delante de él.

Enseguida, el caballo empezó a avanzar por la calle.

El movimiento me obligó a hundirme más entre los brazos del Guardián. El calor de su cuerpo y ese olor tan especiado, a cuero y a viento, eran abrumadores. Cielos, cuánto quería odiar ese olor.

Este viaje sería una agonía. Una absoluta tortura.

Quizá esa era la idea.

—Relájate —me ordenó.

Relajarse significaba tener que recostarme sobre él. Reclinarme sobre su ancho pecho y derretirme sobre su torso. Ni loca lo haría.

—Estoy relajada.

—Sí, ya veo. —Su voz sonó demasiado cerca de mi oído y un escalofrío se extendió por mi espalda.

Y, sin duda, lo sintió.

En cualquier otro momento, probablemente se habría burlado de mi reacción. En otro momento, habría disfrutado con mi incomodidad. Pero hoy no era un día para hacer bromas. No mientras pasábamos por el cementerio en las afueras del pueblo.

Tardé unos segundos en encontrar el lugar donde estaba enterrada Sariah. Levanté la vista hacia el cielo, a la silueta borrosa de las lunas gemelas que, incluso batallando contra el sol, emanaban un resplandor blanquecino.

El color del cielo de Arabella.

Esperaba que el alma de Sariah y del resto de las personas que fallecieron en Ashmore estuvieran descansando en paz con la diosa del amor.

Había personas en Calandra que no adoraban a los dioses. No creían en los Seis ni en sus respectivas partes del cielo. Más bien creían que nuestros cuerpos regresaban a la tierra como polvo y tan solo dejábamos de existir.

También estaban quienes creían que nuestras almas renacían y que, por cada vida perdida, otra nacía. Que, en algún lugar de este reino, el alma de Sariah estaba respirando otra vez.

—¿Crees en los dioses? —le pregunté al Guardián.

—¿Por qué lo preguntas?

—Nadie habría sobrevivido a esa pelea ayer. Tienes poderes que nunca he visto. Supongo que quiero saber si crees que los dioses te dieron esos dones.

Rio por lo bajo de una manera amenazante. Fue más bien un rugido que brotó de su cuerpo y vibró contra el mío.

—Lo que tú llamas dones, para mí es una maldición. Sí, creo en los dioses. Creo que nos observan desde sus preciadas parcelas en el cielo. Y también creo que son unos bastardos vengativos y manipuladores que intentan atormentarnos desde sus tronos.

Nunca en la vida había escuchado a una persona hablar con tanto odio de los dioses. Con tanta maldad. No sabía qué contestar a eso. Era como si estuviéramos atrayendo los problemas, tentándolos.

—¿Alguna otra pregunta, Gorrión?

Sacudí la cabeza.

Cruzamos los límites del pueblo y tomamos el camino que nos llevaría a Treow. Un día de viaje. Eso era todo lo que tenía que soportar. Solo un día.

Pero, con un tirón de las riendas, apartó al caballo del camino. Nos empezamos a alejar del bosque y nos encaminamos hacia una serie de montañas, cuyos picos escarpados estaban nevados. A sus pies parecía haber un valle.

—No vamos a Treow, ¿verdad?

—No.

—¿A dónde vamos entonces?

—A Ellder.

—¿Por qué? ¿Y mis cosas? ¿Qué hay de Brielle y Jocelyn?

—¿Siempre haces tantas preguntas, Cross?

—Sí.

Suspiró.

—Zavier.

Se me hizo un nudo en el estómago. Mi esposo estaba en Ellder. Y me estaba devolviendo a mi cuidador.

—Está bien. —Me senté recta y rígida, intentando mantener el espacio entre nuestros cuerpos. No dejé que ese malestar en mi pecho me aplastara.

Era mejor así. Debería estar con Zavier.

Necesitábamos compartir más caminatas tranquilas, tiempo para estar a solas.

No lo sabía con certeza, pero tenía la sensación de que el Guardián no se quedaría en la fortaleza.

Hasta ahora no había estado detrás de la protección de una muralla, así que ya no necesitaría su protección.

Lo que significaba que, después de este viaje, era probable que no lo volviera a ver más.

Mejor . Necesitaba que así fuera. Que se marchara durante semanas, meses, y me diera tiempo para ordenar la cabeza y el corazón. Desterrarlo de mi mente.

Discutíamos todo el tiempo. Era una molestia. Cuanto antes se marchara, mejor.

Los cascos del caballo eran lo único que se oía mientras cabalgábamos hacia las montañas.

Subimos y bajamos las colinas que rodeaban Ashmore hasta que el pueblo no fue más que un recuerdo lejano.

Mi noche de insomnio hizo de las suyas cuando llegó el mediodía y, cada pocos minutos, me encontraba ocultando un bostezo.

—Deberías dormir. —Es lo primero que había dicho el Guardián en varias horas.

—Estoy bien —mentí, enderezando los hombros al notar que estaba encorvada.

—Como quieras.

Centré la atención en la base de la montaña a lo lejos, obligando a mis ojos a mantenerse abiertos a medida que los árboles se volvían más y más altos con la montaña de fondo.

Cada par de minutos miraba hacia la izquierda y luego hacia la derecha, buscando algún monstruo que estuviera a punto de salir de su escondite y nos atacara.

—La jauría de ayer. ¿Siempre son así de numerosos? —pregunté.

—No, esta era más grande. Por lo general, los ulfernos viajan en grupos de tres o cuatro.

Por todos los dioses . Esa jauría era casi el doble de grande. ¿Fue el tamaño lo que hizo que parecieran tan temerarios como para atacar un pueblo entero?

Los habitantes de Ashmore tuvieron suerte de que el Guardián estuviera ahí para ahuyentar a esa jauría de la zona. Pero tenía el presentimiento de que, si le decía eso, solo resoplaría.

Podía sentirme culpable por la muerte de Sariah, pero él se culpaba por las diecisiete muertes.

Las horas avanzaron con lentitud, y la pesadez de mis párpados se volvió imposible de combatir. Hasta que llegó el punto en que luchar contra ello se convirtió en una batalla inútil.

Así que, en algún lugar de Turah, acurrucada contra el hombre equivocado, quedé sumida en un profundo sueño.