Capítulo treinta
Mi habitación en la posada estaba sumida en un silencio sepulcral. El resplandor de las lunas gemelas atravesaba la ventana y no había nubes ni nada en el cielo que obstruyeran esa luz. Era como si Ama y Oda supieran que Ashmore necesitaba una noche brillante.
Todavía tenía el cabello húmedo por el baño que tomé después del ataque.
Estaba tan sucia que la sirvienta me preguntó si podía lavarme afuera con una manguera antes de meterme en la bañera.
Mi ropa estaba asquerosa y no valía la pena lavar la túnica.
Se la llevó para quemarla y me prestó una túnica para dormir que me quedaba demasiado grande.
Murieron diecisiete personas, incluyendo la mujer rubia que era dueña de la taberna.
Sariah . Su nombre era Sariah.
Había heredado la taberna de sus padres, que habían muerto seis meses atrás en un viaje a Perris.
Habían ido a buscar provisiones y nunca más regresaron.
Sus cuerpos nunca fueron hallados. Cualquiera que fuera el monstruo que los había devorado no había dejado ningún rastro de ellos, ni piel ni huesos.
Ahora su hija estaba enterrada en una tumba que yo había ayudado a cavar. Ya no quedaba más espacio en el cementerio de Ashmore, así que la colocamos debajo de un árbol cercano.
La enfermería estaba llena de supervivientes heridos y el aire apestaba a los cadáveres chamuscados que los ulfernos habían dejado tras de sí.
Estaba limpia, me había lavado la cara, pero todavía sentía el olor de esa sangre verde y putrefacta. Todavía podía sentirla sobre mis mejillas y, cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de un monstruo.
Entonces me quedé mirando el techo, jugando ensimismada con mi collar, ya que su peso y calidez eran un consuelo familiar mientras esperaba el amanecer.
Asumía que ese sería el momento en que vendría el Guardián a buscarme. A menos que ya hubiera abandonado Ashmore. No lo veía desde el incidente en la taberna, desde que me había desafiado a dispararle.
¿Qué nos quedaba? ¿Qué ocurriría de ahora en adelante?
Ya había pasado un mes desde que puse un pie en Turah. A veces sentía que apenas había pasado tiempo desde que conocí a Zavier y al Guardián en la sala del trono. Mientras que otras veces, las menos, como esta, sentía que había pasado toda una vida entera desde que partí de las costas de Quentis.
¿Y ahora qué? ¿Qué me depararía el destino?
Se suponía que debía esperar a recibir órdenes de alguien. No me hacía ninguna ilusión acerca de que me perdonasen y me concedieran algo de libertad después de este viaje tonto y ridículo.
Mi viaje a Ashmore había sido un error épico. De no ser por mí, Sariah no habría abierto la puerta de la taberna y no habría puesto en riesgo su refugio.
Puede que las otras dieciséis personas no hubiesen sobrevivido, pero ella sí. Su muerte no era culpa mía, pero no podía evitar sentirme responsable. Me sentiría así el resto de mi vida.
—Lo siento, Sariah. —La culpa era tan apabullante que apenas podía respirar.
El arrepentimiento me aplastaba el pecho con tanta fuerza que me mantenía anclada a la cama.
Me dolía todo el cuerpo por la caída desde el balcón, y estaba segura de que, en los próximos días, tendría muchos moretones en los costados, las caderas y las piernas.
Y el brazo.
Pero nada me dolía más que el corazón.
La puerta se abrió de golpe y me asusté cuando se estrelló contra la pared. El Guardián entró con cierta dificultad, meciéndose de un lado a otro con cada paso que daba.
—¿Hablando con los muertos?
Arrastró cada una de las palabras y sus movimientos parecían inestables.
—¿Estás borracho?
Se encogió de hombros. Puede que sí, y también que no.
Llevaba ropa limpia y su cabello parecía húmedo. No había ningún rastro de las heridas que tenía hacía un rato. El corte en el brazo parecía haber desaparecido, al igual que los arañazos y rasguños en la cara. Ya no se taponaba un lado del cuerpo como había hecho durante la pelea.
¿Era ese otro de sus poderes? ¿Su capacidad de curación de heridas que habrían invalidado a cualquier hombre mortal?
Avanzó a tientas y se desplomó en el suelo, desde donde soltó un quejido.
—No creí que te encontraría aquí.
—¿Y dónde más iba a estar?
—De regreso a Quentisssss —alargó la s durante demasiado tiempo—. Volviendo a tu precioso reino.
—Estás borracho. —Me acosté boca arriba y me crucé de brazos. Pero en cuanto apoyé la cabeza sobre la almohada, la culpa regresó.
Él conocía a Sariah. Por lo que sabía, la quería. Le había quitado a alguien especial y la culpa no dejaba de crecer.
—Toma. —Levanté la almohada y la arrojé al suelo.
—Qué generosa, mi reina.
No debería llamarme así. No era una reina.
Las reinas no se escapaban. Las reinas no ponían a otros en peligro. Se suponía que las reinas ayudaban a las personas, que no las lastimaban.
No debía estar aquí. Yo no era la persona indicada para ser el Gorrión. No era fuerte ni valiente para estar en Turah. Este era un lugar para alguien como Mae. Una mujer feroz y audaz. Una mujer irrompible.
—Lamento mucho lo de Sariah. Ha sido culpa mía.
El Guardián resopló.
—¿Tú le partiste la columna con los dientes? No sabía que tenías una mordida tan letal. Tendré más cuidado cuando esté cerca de ti.
—Sabes a lo que me refiero. Si no hubiera ido a la taberna, ella seguiría con vida.
Se sentó, acomodó la almohada y la colocó debajo de su cabeza.
—Todas las personas de Ashmore saben los riesgos de permanecer en este pueblo. Es su decisión. Y eso es lo que hizo Sariah. No quieras ir de mártir, Cross. Ella lo habría odiado.
—De todas formas, lo siento.
—Yo también. —Su respiración se calmó y, cuando me levanté del colchón para mirar el suelo, vi que tenía los ojos cerrados. Pero no estaba dormido, no todavía. Cruzaba y separaba las piernas, quizá intentando encontrar una posición cómoda.
—Deja de mirarme, Gorrión. Duérmete de una vez.
Me acosté de lado para intentar dormir, pero estaba demasiado acelerada y agobiada como para arriesgarme a cerrar los ojos. Me quedé mirando el hermoso tapiz de la pared, mientras mantenía las manos juntas debajo de mi mejilla.
—¿Por qué me llamas Gorrión?
¿Por qué no usaba mi nombre?
—Porque eres un ave.
—¿Qué? —¿Porque quería escapar de esta jaula? ¿O porque era pequeña?
Estaba segura de que, en su cerebro neblinoso, esa respuesta tenía sentido. Tal vez tenía que escoger preguntas más sencillas esta noche.
—¿Iremos a Allesaria antes de la migración?
—No.
Era lo que esperaba. Pero no lo que quería.
—Había algo raro en esos ulfernos, ¿no? Tenían la sangre verde.
Esas bestias estaban enfermas.
—Sí.
Se me retorció el estómago.
—¿Qué les pasa?
Se quedó en silencio durante un largo rato y luego susurró:
—La lyssa.
—¿Qué es la lyssa? Nunca he oído hablar de eso.
Silencio.
Cuando me asomé por el borde de la cama para mirarlo, el Guardián estaba dormido.