Capítulo veintinueve #3
Pero el Guardián no le dio oportunidad de atacar.
Con esa velocidad y elegancia sobrenatural tan características, se agachó sobre una de sus rodillas, giró y, con un golpe de espada, le cortó las patas delanteras al monstruo, justo a la altura de las rodillas.
Enseguida le clavó la espada en el pecho.
Justo en su corazón rabioso.
—Madre santa —dije, relajándome y bajando la ballesta. Me empezaron a temblar las rodillas, al igual que los brazos. Las lágrimas cubrieron mis ojos mientras miraba la carnicería abajo.
El Guardián recuperó su espada del cuerpo del monstruo y se giró, respirando con pesadez.
Cambié el peso de mi cuerpo, lista para abandonar el balcón inestable, pero, cuando di un paso hacia atrás, toda la estructura se derrumbó y desapareció debajo de mis pies.
—¡Ah! —Mi grito quedó interrumpido cuando logré sujetarme de la barandilla. Una mitad se mantuvo aferrada al edificio, mientras que la otra cayó sobre el pórtico abajo.
Mis pies colgaban en el aire, mientras sujetaba la ballesta con fuerza para no soltarla.
—¡Odessa! —gritó Cathlin.
Miré hacia abajo y noté que me estaba empezando a resbalar. Esta vez no había agua para amortiguar la caída. No, esto iba a doler. Pero no podía resistir más. No por mucho más.
Entonces sujeté con fuerza la ballesta y conté hasta tres.
Uno. Dos.
Al llegar a tres, la caída ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, y un dolor intenso se disparó por mi pierna, tanto que me incliné hacia un lado y me golpeé la cabeza contra el poste del pórtico.
Unas manchas blancas nublaron mi visión cuando caí de lado y una lluvia de astillas cayó como lluvia sobre mí.
—¡Ay! —Me apoyé sobre un brazo, y el dolor invadió todo mi cuerpo. Sin embargo, logré ponerme de pie, ya que no quería quedarme en ese lugar por si el resto del balcón se derrumbaba.
—¡Cross!
Parpadeé, esclareciendo la neblina en mi visión, y miré a la calle, donde encontré los ojos plateados del Guardián.
Estaban bien abiertos. Llenos de pánico.
Y estaba corriendo.
¿Por qué corría?
Entonces sentí que el pórtico empezaba a moverse, las tablas temblaron debajo de mis botas. Me giré, sabiendo lo que iba a encontrar.
El ulferno que había estado cazándonos dentro de la taberna, el mismo que había matado a esa hermosa mujer rubia, estaba corriendo hacia mí desde el otro lado de la taberna, hacia la ventana que había destrozado.
Levanté la ballesta, mis dedos buscaron con dificultad el gatillo y un destello plateado pasó junto a mi cara.
La espada del Guardián se clavó directo en el cráneo del animal.
El monstruo cayó sobre mí con la cabeza partida en dos y me lanzó fuera del pórtico a la tierra.
Cayó con un ruido estruendoso en el mismo lugar donde yo había estado tumbada.
Mi cara estaba pegajosa y caliente. Levanté una mano, me toqué la mejilla y la punta de mis dedos quedó cubierta por una sustancia verde putrefacta.
Sangre.
La misma sangre verde que tenía la medularia que había intentado matarme en el Krisenth. La misma sangre que había visto en el cuerpo del pardur unas semanas atrás.
Me empezaron a temblar las manos mientras miraba la sangre y comprendía lo cerca que había estado de la muerte. Otra vez.
Me había salvado. Otra vez.
Juró protegerte.
El Guardián.
El asesino legendario.
Cerró la mano sobre mi brazo y tiró de mí para que me pusiera de pie.
Recuperé el equilibrio y, cuando estaba a punto de darle las gracias por haberme salvado (otra vez), al ver su aspecto mi mente se quedó en blanco: la sangre, las entrañas, la suciedad y el sudor cubrían su rostro y manchaban su barba.
Tenía algunos arañazos en la cara y una herida en el brazo. Cada corte estaba cubierto por esa sangre verde horrible.
La ira fluía por su cuerpo, tan intensa que me estaba apretando el brazo con una fuerza tortuosa. El color plateado de sus ojos se movía tan rápido, tan lleno de oscuridad, que parecía las nubes de una tormenta eléctrica.
Yo todavía tenía la ballesta en la mano. Cuando se acercó, el arma quedó atrapada entre los dos y la punta del virote se clavó en su chaleco.
Todavía tenía el dedo sobre el gatillo.
Lo único que tenía que hacer era apretarlo.
—Hazlo —dijo con una voz que fue un susurro terrible. Un desafío. Un reto.
Sus dedos se clavaron en mi piel y sus ojos atravesaron los míos.
Hazlo .
Esa era la oportunidad que nunca volvería a tener. Este era el momento en el que podría demostrar a mi familia que había superado sus expectativas respecto a mí.
Cerré los ojos y bloqueé esos ojos plateados.
Dispara. Mátalo.
Pero mi dedo no respondía.
Su fuerza en mi brazo aumentó.
—Mírame —gruñó.
Abrí los ojos enseguida y lo que vi hizo que mis rodillas cedieran.
No era el mismo hombre con el que había estado discutiendo durante semanas. No era el mismo hombre que no dejaba de molestarme.
Este hombre era un monstruo.
—¡Odessa! —dijo Cathlin, saliendo de la taberna. Casi se tropieza con el ulferno muerto. Saltó por encima del cuerpo y se alejó del pórtico.
Cuando llegó a mi lado, el Guardián ya se había ido.