Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veintinueve #2
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Capítulo veintinueve #2

Mi corazón se detuvo. Era demasiado obstinado, demasiado monstruoso como para morir. Y además, aún no me había molestado lo suficiente como para morir. No hoy.

Tomé el morral y lo abrí. Saqué los cuchillos y los sujeté con mis manos temblorosas.

No podía quedarme escondida sin hacer nada. No mientras él estaba ahí afuera arriesgando su vida.

Alguien chasqueó los dedos y mi atención se posó sobre Cathlin. La chica rubia estaba acurrucada de lado con la cabeza sobre su regazo. Sacudió la cabeza cuando vio mis cuchillos. Luego señaló algo en la pared más alejada: una ballesta colgada sobre un estante que contenía botellas.

Dejé los cuchillos y el morral a un lado y empecé a arrastrarme en esa dirección. Avancé entre las patas de las mesas y llegué detrás de la barra. Una vez allí, me puse de pie y tomé el arma de la pared. Los virotes estaban sueltos en un frasco de huevos en vinagre.

Una vez que los tuve en la mano, me arriesgué a mirar por la ventana.

El ulferno me devolvió la mirada.

Su aliento empañó la ventana.

Había muerte y hambre en sus ojos desalmados. Cargué la ballesta, presionando los dientes y tensando la cuerda. Entonces, levanté el arma, que era más pesada que la que había estado usando para practicar en Treow, y reuní todas mis fuerzas. Apunté a la cara del monstruo.

¿Cuántas veces había escuchado a mi maestro de armas en Roslo quejarse de mi puntería espantosa? Iba a fallar. No había duda. Iba a fallar.

Pero ¿y si no fallaba? ¿Y si toda esa práctica, disparando a los árboles, me ayudaba a no convertirme en comida de ulferno?

Puse la mano en posición y respiré profundamente cuando el monstruo se alejó de la ventana. En cualquier momento, se lanzaría hacia delante; en cualquier momento, se lanzaría al interior de la taberna.

Pero nunca lo hizo. Esperé, esperé y esperé, hasta que mis brazos empezaron a temblar por el peso del arma.

Cathlin se movió hacia un lado y se puso de pie. Me miró con inquietud cuando se giró hacia la ventana y se asomó para mirar afuera.

Fue entonces cuando oí el estruendo.

No provino de la ventana junto a Cathlin, sino de la que estaba al otro lado, más cerca de la chica rubia.

El ulferno gigante entró en el edificio, desperdigando esquirlas de vidrio en todas direcciones.

El grito de la muchacha quedó ahogado por el rugido de la bestia cuando se dio la vuelta y clavó sus colmillos en la espalda de la joven, levantándola con su mandíbula y arrojándola hacia el otro lado del salón.

En ese instante presioné el gatillo y un virote salió disparado a tanta velocidad que la fuerza del culatazo hizo que me estrellara contra las botellas de licor que estaban detrás de mí. Todas estallaron cuando el ulferno gruñó de dolor.

El virote sobresalía del pecho del monstruo. Estaba herido, pero seguía con vida.

Mierda .

—¡Corre! —gritó Cathlin, yendo a toda prisa al pasillo detrás de la barra.

Empecé a correr por el espacio angosto y la seguí a lo largo de todo el edificio.

El ulferno se sacudió hacia todos lados, derribando mesas y sillas, y estrellándose contra las paredes. Se resbaló con las esquirlas de vidrio justo antes de saltar al pasillo.

Cathlin abrió una puerta con el hombro y salimos a la parte trasera de la taberna, donde la luz del sol nos cegó por un instante.

—Arriba. —Me empujó hacia una escalera que subía por la pared trasera del edificio.

Mientras subíamos, cargué otro virote en la ballesta con el corazón acelerado.

Podía sentir una gran vibración en todo el edificio, como si el ulferno estuviera estrellando la cabeza contra la puerta que habíamos cerrado.

Llegamos al descansillo de la escalera y Cathlin abrió la puerta, luego la cerró y la trabó con una tabla.

Era un apartamento, quizá el hogar de la chica rubia.

Hubo un momento de quietud, aunque mis pulsaciones generaron una tormenta en mis oídos. Me quedé mirando la puerta, esperando que el horror no nos hubiera seguido. Afuera se podían oír rugidos y gritos que provenían de todas direcciones. Apagados. Aterradores.

—La mujer. Abajo —dije, mientras recuperaba el aliento—. ¿Está muerta? —Era probable que sí.

Cathlin tragó saliva con fuerza.

—No lo sé.

La habíamos abandonado. La habíamos abandonado ahí abajo con ese monstruo.

Al igual que habíamos hecho con el Guardián en la calle.

Me di la vuelta y caminé por el apartamento sin poder detenerme, sintiendo que el corazón se me iba a salir del pecho. Era una habitación sencilla: había un florero con flores recién recogidas junto a la cama.

¿Las había traído ella esta mañana?

Se me hizo un nudo en el estómago y lo sentí tan tenso que el desayuno amenazaba con brotar de mi interior. Me acerqué a la ventana y me asomé a la calle.

Había cinco monstruos negruzcos tirados en el suelo. Muertos.

Y el Guardián seguía peleando contra otros tres.

Su cara y sus brazos estaban llenos de sangre. Peleaba con la espada en una mano y mantenía la otra presionada en un costado del cuerpo taponando una herida con los dedos.

¿Cuánto más podría pelear? ¿Cuánto más podría aguantar?

Pese a lo que él quería que todos creyeran en Turah, no era inmortal. Sus movimientos eran lentos, débiles. Y los ulfernos lo atacaban en grupo, moviéndose más como un único ser que como tres.

Iba a morir.

Y yo estaba aquí, mirándolo.

Apoyé la ballesta sobre la cama y abrí la ventana. Con el arma en un brazo, salí al balcón angosto que se extendía por toda la parte delantera de la taberna y la madera crujió bajo mis pies. Entonces me coloqué sobre la barandilla inestable.

—No —dijo Cathlin, intentando tomarme del brazo, pero estaba demasiado lejos.

—Puedo hacerlo.

Puedo hacerlo.

Sus ojos se llenaron de preocupación cuando vio al Guardián abajo pelear solo. Noté que había llegado a la misma conclusión que yo hacía un momento.

Estaba perdiendo la pelea.

Di otro paso hacia delante y el balcón cedió un centímetro, crujiendo bajo mi peso.

—Mierda.

—Odessa —dijo Cathlin, tomando una bocanada de aire, abriendo tanto los ojos que me quedé congelada.

Contuve la respiración y miré las tablas bajo mis pies. Solo necesitaba unos segundos. Lo único que tenían que hacer era resistir unos segundos.

Mack, guía este proyectil.

Era la primera vez que le pedía algo al dios de la guerra.

—Cuidado —dijo Cathlin entre dientes, mientras la vibración del ulferno dentro del edificio todavía sacudía las paredes.

Coloqué la ballesta en posición, respiré profundamente y apunté al combate.

No falles, no falles, no falles .

Presioné el gatillo y escuché un aullido cuando el virote se clavó en la pata trasera de un lobo, inmovilizándola.

El Guardián aprovechó el momento y, con un movimiento hábil de su espada, le cortó la cabeza a la bestia, que cayó con un golpe seco sobre la tierra. Luego sus ojos se encontraron con los míos, apenas el tiempo suficiente para lanzarme una mirada de advertencia.

Se suponía que debía estar escondida.

Pero, en vez de eso, cargué otro virote.

Los ulfernos eran bestias despiadadas. Lo atacaban sin darle un respiro, pero él lograba esquivar y desviar sus colmillos con la espada, que ahora sujetaba con las dos manos.

Eso significaba que la sangre brotaba sin parar de la herida.

Apunté la ballesta y respiré hondo una vez más. Presioné el gatillo, pero esta vez el virote se clavó en la tierra.

—Maldición.

El Guardián soltó un grito cuando saltó y rodó sobre el lomo de uno de los animales. Quedó en el lado opuesto y dejó a ambos lobos a su derecha. Eso los obligó a tener que reubicarse si querían rodearlo.

El monstruo tuerto soltó un gruñido que resonó por toda la calle. Dio un paso hacia atrás y dejó que el otro ulferno se enfrentara al Guardián mientras él se mantenía alejado.

Cargué otro virote y apunté a esa criatura aterradora de un solo ojo. Tenía su corazón justo en la mira. Exhalé. Parpadeé.

Y desapareció.

Se fue corriendo.

Sin esperar, apunté hacia el otro monstruo, pero antes de disparar, el Guardián giró y se colocó justo en la línea de fuego, bloqueando mi ataque.

El animal mostró sus colmillos y se agachó como si estuviera a punto de saltar.