Capítulo veintinueve
Los chasquidos llegaron en una sucesión rápida, tan veloces que se mezclaban entre sí al rebotar en los edificios, duplicándose y triplicándose con cada eco.
Eran diez veces más fuertes que aquella noche en las llanuras. Diez veces más aterradores.
—¡Entra en la posada! —gritó Cathlin por encima del estruendo—. Es el edificio más seguro de Ashmore.
No hizo falta que me lo dijera dos veces. Mientras ella salía corriendo, yo la seguía bien de cerca por detrás, dejando que el pánico me impulsara más rápido de lo que jamás había corrido en mi vida.
Un grito desgarró el aire. El grito de una mujer.
Luego vino otro, esta vez de un hombre. Se interrumpió tan abruptamente que casi tropiezo con mis propios pies.
Muchos rugidos se mezclaron con gruñidos y más gritos.
—Por todos los dioses. —Hice la señal de los Ocho, rezando para que las almas perdidas encontraran su lugar en el cielo.
Cathlin empezó a correr más rápido, con mayor intensidad, y yo me mantuve firme pisándole los talones.
Estábamos cerca. Ya casi llegábamos. Cinco edificios de distancia. Cuatro. La puerta se cerró, las ventanas fueron oscurecidas, pero recé para que el encargado nos dejara entrar.
Solo teníamos que cruzar tres edificios cuando una mujer salió corriendo a la calle. Era la mujer de cabello gris, corto y puntiagudo que me había vendido el desayuno esa mañana.
Se tropezó al correr y cayó hacia delante. Cuando se levantó, corrió hacia la posada lo más rápido que pudo, pero se sujetaba la pierna y caminaba con una cojera que no había visto por la mañana.
El terror deformó sus facciones cuando miró hacia atrás.
En ese instante, un ulferno apareció en la calle.
Casi me choqué con el cuerpo de Cathlin cuando las dos nos detuvimos en seco, levantando polvo con las botas.
Me cogió del brazo y yo sujeté el suyo.
Mi cuerpo empezó a temblar y el miedo me robó todo el aire del pecho.
Al igual que el resto de los monstruos en Calandra, los ulfernos también habían sido representados en los libros. Sin embargo, en vivo no solo se veían aterradores, sino que parecían totalmente preparados para matar.
Su cabeza se asemejaba a la de un lobo. Su hocico era delgado, con unas orejas puntiagudas, que parecían estar siempre alerta.
Su pelaje era tan negro, tan reluciente, que parecía emanar un resplandor azulino cuando reflejaba la luz del sol.
Pero, mientras que la mitad delantera del monstruo era notablemente hermosa, la parte trasera me provocó un escalofrío aterrador que recorrió mi espalda.
Era tan largo como el poni manchado que mi padre le había regalado a Arthalayus cuando cumplió tres años.
Era más pequeño que un caballo, pero no por mucho.
El pelaje dejaba de crecer en la mitad de la espalda y dejaba a la vista un montón de escamas con puntas tan afiladas como agujas.
Las garras blancas en sus cuatro patas eran inmensas, cada una de ellas mayor que el tamaño de mi mano.
Estaba segura de que un solo golpe de una garra bastaría para hacer trizas a cualquier persona.
El ulferno gruñó y retrajo sus labios para mostrarnos una larga serie de colmillos aterradores.
Colmillos listos para matar.
Levantó la cabeza hacia el cielo y pude ver cómo se movía su garganta cuando emitía los chasquidos. Una vez que terminó, centró su atención en la mujer que todavía caminaba con dificultad hacia la posada.
—No lo va a lograr —dije.
—No podemos hacer nada. Vamos —dijo Cathlin, poniéndose en movimiento y empujándome hacia el edificio más cercano: la taberna. La puerta estaba cerrada y las ventanas oscuras como en el resto de los edificios.
Podríamos escondernos en su interior, ya que el ulferno parecía demasiado concentrado en su presa fácil.
Cathlin corrió hacia el edificio, asumiendo que yo la seguía de cerca.
Pero no podía dejar morir a esa mujer. Esperé a que Cathlin se adelantara.
Esperé a que estuviera cerca de la taberna, cerca de la seguridad.
Y entonces tragué saliva con fuerza y llevé los dedos a mis labios para soltar un único silbido estridente, el silbido que había practicado sin parar en la seguridad de mi casa del árbol.
Nunca me había salido tan fuerte y claro.
El ulferno se giró hacia mí y el gruñido que salió de sus fauces sacudió el suelo con tanta fuerza que no pude contener un grito.
La mujer de cabello canoso ya casi llegaba a la posada. Cuando estaba cerca de la puerta, se abrió y el posadero la llevó al interior.
Cathlin se dio la vuelta con los ojos llenos de pánico.
—¡Corre, Odessa!
Me quedé congelada frente al ulferno, que gruñía y se acercaba cada vez más a mí, levantando pequeñas nubes de polvo con cada paso que daba. Un par de golpes de esas largas y poderosas zarpas y estaríamos muertas. Sin embargo, avanzó lentamente como si estuviera esperando el momento preciso.
Como si estuviera cazando.
Se me erizaron los vellos de la nuca cuando miré hacia atrás.
Allí, lo suficientemente cerca como para ver la sangre en su lengua y los colmillos, había otro ulferno que se acercaba indetectable en mi dirección, con un sigilo perfecto.
Solo tenía un ojo y me dio la impresión de que sonrió cuando me miró con una frialdad eterna.
Había decidido que yo sería su próxima presa.
Bueno, primero tendría que atraparme.
Me moví lo más rápido que pude, como jamás había hecho en toda mi vida, y empecé a correr hacia la taberna.
Los dos monstruos rugieron y empezaron a perseguirme. La bestia tuerta estaba tan cerca que sentí el calor de su aliento rancio cuando se lanzó hacia mí con la boca abierta. Pero, antes de que pudiera atraparme con sus dientes, algo chocó contra su costado.
El Guardián.
Fue tan rápido que lo único que vi fue una mancha negra cuando el monstruo rodó y cayó al suelo.
El otro ulferno cambió de dirección y saltó hacia el Guardián. Abrí la boca para gritar, para advertirle, pero entonces vi un destello metálico: el resplandor de una espada que cortó el aire y separó el hocico del ulferno por la mitad.
En un abrir y cerrar de ojos, el monstruo había perdido la mitad de su cara. La otra mitad cayó al suelo con un sonido sordo y el monstruo empezó a retroceder, parpadeando sin parar, antes de derrumbarse.
—Corre, Cross —gritó—. Vete.
—Odessa —dijo Cathlin, que se acercó a toda prisa a mi lado y me agarró del brazo con tanta fuerza que casi me lo saca de lugar.
El monstruo tuerto había retrocedido y se encontraba fuera del alcance de la espada del Guardián. Miró al cielo una vez más y varios chasquidos brotaron de su garganta.
Por todos los dioses . ¿Estaba pidiendo refuerzos?
Estaban cara a cara, caminando en círculos, buscando un punto débil para atacar.
El Guardián, ligero como el viento, se lanzó hacia el monstruo.
Su espada destelló y, cuando estaba a punto de cortarle la garganta, el ulferno esquivó el ataque antes de que pudiera hacerle daño.
Sin esperar, contraatacó al Guardián lanzando un mordisco que lo hizo retroceder para esquivarlo, aunque casi no lo logra.
Cathlin y yo nos tropezamos en la escalera del pórtico de la taberna, sin soltarnos, y observamos la batalla que se desarrollaba en la calle. Golpeó la puerta y probó el picaporte.
—Abrid.
Mientras seguía golpeando, pidiendo ayuda a gritos, yo miré al Guardián, sin parpadear, mientras bailaba con ese monstruo.
Cada vez que el monstruo lo atacaba, él lo enfrentaba con su espada. Giraba sobre su propio eje con la espada extendida, pero apenas rozaba las escamas y espinas de la bestia. Sin importar lo rápido que se moviera, no parecía poder encontrar una debilidad, un momento para asestarle el golpe final.
De repente, el monstruo se lanzó hacia él con sus garras gigantes y le hizo un corte en el brazo.
—¡No! —grité, dando un paso hacia atrás.
Y fue entonces cuando vi a los otros.
Una gran cantidad de sombras negras emergieron de detrás de los edificios. Siete ulfernos salieron a la calle.
Eran los monstruos que habían respondido a la llamada.
—Mierda —dijo Cathlin, acercándome junto a ella y presionándonos contra la pared de la taberna, mientras la jauría salía al descubierto.
Un ulferno apareció justo por la esquina de la taberna.
Lo único que tenía que hacer era girar y nos acorralaría contra la puerta cerrada.
Estaba a un metro y medio de distancia y tenía los vellos de la nuca erizados. Estaba segura de que era el más grande de la jauría, aunque quizá era porque estaba más cerca, porque el maldito era enorme.
Se me hizo un nudo en la garganta. Me negaba a parpadear. Noté que toda su atención estaba fija en el Guardián, que todavía seguía peleando. Ahora tenía más monstruos que matar.
¿Cómo lo haría? No podía pelear contra nueve monstruos sin ayuda.
La puerta a nuestra espalda se abrió y nos tragó por completo. Ambas caímos hacia atrás, pero ella logró mantener el equilibrio, a diferencia de mí, que caí sentada en el suelo.
La chica rubia curvilínea que había visto el día anterior me arrastró hacia adentro para cerrar la puerta y luego cruzar un tablón para trabarla.
Me acerqué gateando a la ventana más cercana y presioné la cara contra el vidrio justo cuando el ulferno que había estado parado junto a nosotras saltó al pórtico de la taberna. Caí sobre los codos con fuerza cuando me arrojé al suelo.
La mujer se deslizó por la puerta, mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas y se hizo un ovillo en el suelo.
Cathlin se agachó a su lado y me miró a los ojos mientras presionaba un dedo sobre sus labios.
En la calle, los monstruos rugieron. Se oyeron más gritos al otro lado de las paredes de la taberna y podía sentir las vibraciones de las pisadas del enorme ulferno junto a la puerta.
¿Estaba esperando a que saliéramos? ¿Estos monstruos eran tan inteligentes como para saber que no podíamos quedarnos aquí para siempre? ¿Cuánto tardaría en saltar por la ventana?
Estábamos todas escondidas, mientras un único hombre estaba ahí afuera peleando.
Iba a morir, ¿verdad? No podía pelear contra tantos monstruos, no solo.