Capítulo veintiocho
La almohada estaba tirada en el suelo cuando desperté, pero el Guardián no estaba por ningún lado y solo me había dejado una nota en la mesa.
Tengo algunos asuntos que terminar antes de partir. No te vayas lejos.
Su letra no era para nada lo que esperaba. Era pulcra y clara, majestuosa. Claramente había muchas horas de práctica detrás.
Mi letra era más inestable que la suya.
¿Qué asuntos tenía que terminar? ¿Otra aventura con la chica rubia?
No importaba. No me importaba.
Su ausencia significaba que tenía la mañana para mí y no iba a desaprovechar la oportunidad de explorar el pueblo.
Después del día anterior, podía haberme dejado encerrada en este cuarto, podía haberme arrastrado nuevamente a Treow al amanecer.
Pero, en vez de eso, me ordenó que no me fuera lejos , dando por sentado que saldría.
Me estaba dejando probar la puerta abierta de mi jaula.
Por eso, con el morral colgado sobre el hombro, vestida con la túnica con la que había dormido y los pantalones que había traído, salí de la habitación cargada de entusiasmo.
Había dejado el arnés para los cuchillos en Treow, pero los llevaba en el morral, con las empuñaduras asomando apenas por un lado.
Incluso aunque no supiera usarlos bien, me sentía mejor teniéndolos cerca.
La mañana estaba fresca y acarreaba una dulzura que atesoré en mis pulmones con cada inhalación desde que salí de la posada a las calles ajetreadas de Ashmore.
Una mujer de cabello canoso, corto y puntiagudo vendía salchichas de salvia y bollos de patata en una carreta frente a la puerta de la taberna oscura y vacía.
El hombre que me había cruzado el día anterior con la lanza avanzaba afanosamente por el camino con los ojos cansados. Su arma improvisada colgaba a un lado. Miró en mi dirección, pero, al parecer, la energía para fruncir el ceño de nuevo se había desvanecido en algún momento de la noche.
Un hombre con un saco aguamarina pasó caminando por el medio de la calle, silbando. El color me recordó tanto a Quentis, a nuestras banderas y uniformes, que sentí una punzada de nostalgia.
No pedí indicaciones para encontrar la biblioteca.
Las miradas de sospecha y los resoplidos exagerados que me otorgaban los residentes bastaban para que me inhibiera.
Además, el pueblo no era tan grande como para necesitar ayuda.
Tan solo caminé por las calles mientras terminaba el desayuno durante el trayecto.
En la tercera calle la encontré.
No había ningún letrero que indicara que era una biblioteca, ninguna marca en la puerta.
Aunque, en realidad, no tenía puerta ni ventanas. De hecho, ni siquiera era un edificio.
Lo que quedaba de la biblioteca no era nada más que una montaña chamuscada de escombros.
Los estantes estaban quemados y rotos, y entre ellos solo quedaba una gruesa capa de cenizas de los cientos y cientos de páginas que fueron devoradas por las llamas.
El rey Ramsey y sus soldados habían pasado por Ashmore. ¿Antes o después de su visita a Treow?
Mi corazón sucumbió al dolor al contemplar tamaño desastre.
Los soldados ni siquiera se habían molestado en sacar los libros del edificio, simplemente incendiaron toda la estructura. ¿Habrían hecho lo mismo en Treow si la biblioteca de Cathlin no estuviera junto a la enfermería? ¿También habían allanado los hogares de Ashmore?
Mi ánimo se tornó amargo y taciturno mientras me alejaba de los escombros.
—¿Por qué querría un rey quemar los libros?
—Buena pregunta.
Me sobresalté cuando una mujer se puso a caminar a mi lado.
—¿Cathlin?
—Hola, Odessa —dijo, apartándose el cabello lacio y blanco sobre el hombro mientras reía—. ¿No te molesta si te acompaño?
—Para nada. Iba de regreso a la posada para reunirme con el Guardián.
—Ah, qué raro que te haya traído aquí.
—Ya, bueno, esto… no lo ha hecho. En realidad, vine por mi cuenta.
Enarcó las cejas.
—¿En serio?
—Sí, ya me ha regañado, hasta el cansancio, por lo imprudente de esa decisión.
—Estoy segura de que sí. —Intentó, sin éxito, disimular una risa tras su mano—. ¿Y dónde está esta mañana?
—No sé. —Me encogí de hombros—. Me dijo que no me alejara demasiado.
—Ya. Por más fastidioso que sea, es sensato hacerle caso. Juró protegerte.
—¿Sí? —¿Cuándo había pasado eso?
Cathlin enlazó un brazo con el mío y me dio unos golpecitos en la muñeca con la mano.
—Vamos, querida, te mostraré Ashmore.
Doblamos en la esquina y avanzamos por la calle hasta que llegamos a una trinchera profunda que nos impidió seguir adelante.
Tenía casi cuatro metros de ancho y era tan larga como tres casas.
Cada pendiente estaba levemente inclinada y se podían ver pisadas en la tierra, como si alguien se hubiera arrastrado para salir.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Túneles para la migración. —Señaló hacia el final de la trinchera, donde un agujero se abría paso bajo tierra—.
Este es el punto de acceso principal al refugio comunitario.
Es para aquellos que no han excavado sus propios refugios para resguardarse durante la migración.
Los túneles se extienden por todo el pueblo.
Algunos de los edificios más grandes, como la posada, tienen una entrada conectada a ellos.
—¿Ashmore no contaba con este sistema durante la última migración? —pregunté.
—Sí, lo tenían. —Había cierta melancolía en su voz—. Pero no eran lo suficientemente profundos. No estaban reforzados. Los crux podían detectar a quienes se escondían, incluso a través de la tierra. Rasgaron el suelo y los mataron a todos.
Me llevé una mano al pecho.
—Es horrible.
—Esperemos que con esto baste. —Se alejó del túnel—. ¿Continuamos?
Caminé a su lado, mirando una última vez hacia atrás.
En Roslo teníamos túneles y refugios construidos en las profundidades de los muros rocosos que rodeaban la ciudad.
No había manera de que los crux encontraran cómo entrar.
Pero aquellos que estaban en el campo cavaban refugios y, al igual que los turanos, ya habían comenzado sus preparativos.
Había sido fácil olvidar, entre todas las actividades de las últimas semanas, que la migración estaba cerca. El recordatorio se asentó con pesadez sobre mi corazón. ¿Cuántas personas en Ashmore sobrevivirían? ¿Cuántas dependían de estos túneles para mantenerse a salvo?
Caminamos en silencio hasta que llegamos a las mismas casas que había cruzado el día anterior cuando llegué al pueblo. El niño que había estado jugando en el patio seguía allí, persiguiendo un monstruo imaginario con un palo que empuñaba como una espada.
—¿Qué haces en Ashmore? —le pregunté a Cathlin.
—Visitando a una vieja amante. Nos volvimos a hablar hace poco y quería ver si quizá había algo que valiera la pena explorar.
—¿Y?
—Es encantadora, pero no creo que tengamos futuro.
—Vaya, lo siento.
Suspiró.
—Está bien. Esperaba ir a la biblioteca mientras estaba aquí, pero, al parecer, llegué demasiado tarde.
—Lamento mucho eso también.
Cathlin presionó los labios.
—Lo mismo digo.
—¿Por qué el rey Ramsey está destruyendo libros y bibliotecas?
Presionó los dientes con tanta fuerza que escuché el choque de sus muelas.
—Porque Ramsey ha perdido la cabeza. Me gustaría tener una mejor explicación.
Ramsey. No el rey Ramsey, ni Su Majestad. Todavía no me acostumbraba a la manera casual con que los turanos se referían a los miembros de la realeza. Pero a pesar de eso, todavía había algunas personas que insistían en llamarme princesa Odessa Wolfe.
Me hacía falta una clase sobre los protocolos de los turanos.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó.
Todos iban a seguir haciéndome esa pregunta y, como no podía decirles la verdad, era hora de pensar una mentira creíble.
—También vine a la biblioteca. No sé mucho sobre Turah —respondí—. No tanto como debería. La verdad es que no estaba preparada para casarme con Zavier.
Frunció el ceño.
—Pero eres el Gorrión.
El Guardián me llamaba Gorrión para burlarse de mí. Pero sentí algo de respeto cuando oí la manera en que Cathlin lo decía. Para ella no era solo un apodo. Era un título importante.
Lo quisiera o no, yo era el Gorrión. Y esta gente tenía expectativas sobre su futura reina.
—Se suponía que la boda sería en el equinoccio.
Pensé que tendría más tiempo para conocer el reino.
—Esperaba que se estuviera creyendo esas mentiras.
No podía decirle por qué había venido a Ashmore y, por alguna razón, no sentía la necesidad de explicarle lo de Mae y la novia como pago—. Lo estoy intentando, pero…
—Es difícil sin libros.
—Exacto. —Dejé que me guiara y me llevó a las afueras del pueblo—. ¿Puedo preguntarte algo? ¿Cómo mantienen alejados a los monstruos en Ashmore? El comerciante que me trajo ayer dijo que no hacían nada. — Ya no .
Cathlin dio un paso hacia delante, mirando las vastas llanuras que se extendían más allá del camino.
—La mayoría de los pueblos y ciudades de Turah están construidos aprovechando barreras naturales. Están tallados en nuestros paisajes para protegernos. Ellder está metida entre las montañas, Perris tiene el océano a sus espaldas. Como has visto, Treow es un refugio entre los árboles.
—Pero no Ashmore.
—No. —Sacudió la cabeza—. Nuestro reino es enorme y por eso nuestras ciudades están tan separadas entre sí.
Hay un largo camino entre Perris y Ellder y todo lo que está más allá.
Los pueblos como Ashmore sirven para darles un respiro a los viajeros.
Aquí pueden encontrar trabajos que no encontrarían en otros lugares.
Un comerciante puede abrir una tienda, una mujer puede administrar una taberna.
Y también hay personas que solo están aquí porque prefieren un estilo de vida más tranquilo.
Pero vivir en medio de la nada tiene sus riesgos.
—¿Monstruos?
—Sí, por supuesto que son uno de los riesgos principales, pero también lo es el clima.
Los inviernos turanos pueden ser tan brutales como cualquier bestia.
Quentis, en cambio, tiene una tierra perfecta para cultivar granos que nunca sobrevivirían aquí, en especial con la sequía de los últimos años.
Nosotros criamos ganado, trabajamos la madera.
Y eso no se puede hacer dentro de los confines de una ciudad.
Aquí fuera, esta gente se encarga de crear algo.
Las personas de las ciudades a menudo dan por sentado que la comida seguirá llegando, así como la madera para sus hogares. Y nuestro rey no es la excepción.
—¿A qué te refieres?
—En el pasado, los pueblos que no tenían ríos o montañas que los protegieran, tenían a su disposición un gran ejército de hombres y mujeres cuya tarea consistía en protegerlos de cualquier monstruo que deambule por ahí. ¿Has visto algún soldado desde que llegaste?
—No. —Ni uno solo.
—Bueno, los habitantes se vieron obligados a llenar ese vacío. La gente monta guardia, además de tener sus propias vidas y dedicarse a sus trabajos.
El hombre que había visto con la lanza probablemente montó guardia toda la noche y ahora estaba yendo a trabajar.
—¿Por qué el rey les quitó la protección?
—Tendrás que preguntárselo a él. —Sus fosas nasales se ensancharon—. Pero sospecho que es porque quiere que las personas se muden a las ciudades.
Ahora que la migración estaba tan cerca, si quería mantener a mi gente a salvo, yo también querría que estuvieran detrás de las murallas de la ciudad.
Estarían más a salvo que en unos túneles excavados a mano.
Los trabajadores de mi padre ya se estaban preparando para recibir el flujo de habitantes en busca de refugio en Roslo cuando llegaran los crux.
Pero, si ese era el caso, ¿por qué el rey Ramsey los dejaba desprotegidos ahora? Incluso si los crux llegaban antes de lo previsto, todavía había tiempo para reubicar a la gente. La migración no ocurriría hasta la próxima primavera.
A menos que todo esto no tuviera nada que ver con la migración.
—¿Quiere que se muden a las ciudades para mantenerlos a salvo o para tenerlos controlados?
Cathlin se tocó la sien.
—Eres inteligente.
¿Tenía algo que ver con la milicia?
—Cathlin, ¿qué es…?
—Shhh. —Se giró rápido y me tomó del brazo, mientras miraba la calle. Yo me di la vuelta, intentando descifrar qué la había puesto en alerta.
Se escucharon unas campanillas desde todas direcciones. Eran las campanillas que estaban junto a todas las puertas. No eran para anunciar visitas. Eran para anunciar algún peligro.
El niño que estaba en el patio arrojó su palo a un lado y corrió hacia la puerta.
—Ven conmigo —dijo Cathlin llevándome del brazo hasta que me soltó y empezó a correr por la calle.
Varias personas corrieron en nuestra dirección y me sentí como si estuviéramos nadando contra la corriente. Todos corrían hacia sus casas y se encerraban en el interior.
—A la posada —dijo—. Rápido.
Corrí con ella, sujetando el morral con fuerza para no perderlo. Si un pueblo entero había entrado en pánico, eso solo podía significar una cosa.
Monstruos.
Una serie de chasquidos resonaron de edificio en edificio, tan fuertes que me tapé los oídos.
Conocía ese sonido. Lo había escuchado una oscura y aterradora noche.
Había ulfernos en Ashmore.