Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veintisiete
46%

Capítulo veintisiete

La ira del Guardián flotó sobre la habitación como una nube de tormenta.

En cualquier momento, un rayo partiría el techo en dos y me fulminaría por completo.

Su mirada adquirió el color de la plata fundida.

Antes sospechaba que los colores cambiaban según su humor, pero ahora estaba totalmente segura de eso.

El plateado era malo. Muy, muy malo.

Me apoyé en la puerta con las manos abiertas sobre la superficie, deseando poder atravesarla y escapar.

—¿En qué rayos estabas pensando? —Empezó a deambular de un lado a otro entre la cama y la pared, cerrando los puños con fuerza. Todo su cuerpo vibraba como si estuviera a punto de estallar.

¿Cuán lejos podría llegar si salía corriendo? Mi mano se deslizó por la puerta y envolvió el picaporte.

Se detuvo y me miró a los ojos.

—Ni se te ocurra.

Dejé caer la mano a un lado. ¿Debía pedirle disculpas? ¿Rogar que me perdonara? ¿O inventaba alguna excusa ridícula, como que me había perdido yendo a la zona comunitaria y terminé en Ashmore?

¿Cómo me había encontrado? ¿Cómo había entrado en mi habitación?

A menos que mi intuición hubiera estado en lo cierto y todo esto fuera una trampa. Él la había preparado y yo había mordido el anzuelo sin pensarlo dos veces.

Pero, entonces, ¿de qué iba todo ese espectáculo en la puerta de la taberna? ¿Estaba fingiendo no saber que yo estaba en la calle mientras coqueteaba con esa rubia? ¿Era solo una actuación para aplastarme el alma?

Bueno, funcionó.

No había escapado de Treow.

Los guardias de la torre de vigilancia me habían dejado salir. Era probable que hubieran compartido una buena carcajada cuando vieron mi patético disfraz.

—Mierda. —El Guardián se pasó una mano por el cabello y los mechones más claros en la parte superior reflejaron la luz—. ¿Tienes idea de lo imprudente que es esto?

Levanté las manos, rendida.

—Lo siento.

En realidad, no lo sentía, pero siempre que mi padre estaba con un humor de perros, una disculpa solía calmar su temperamento. Solo un poco.

—¿Lo sientes ? —Dio un paso hacia atrás, como si no confiara en sí mismo para acercarse—.

Maldita sea, Cross. Esto no es Quentis. En Turah, mucha gente muere todos los días.

Todos los malditos días. Personas que han pasado toda su vida en este reino.

Personas mejor equipadas que una maldita princesa malcriada para lidiar con sus peligros.

Gritaba tan fuerte que probablemente todos en la posada, todos en Ashmore, habían oído cómo me llamaba malcriada.

—Entonces, ¿por qué dejaron que me marchara? —Me aparté de la puerta y levanté la voz. Él resopló con fuerza.

—Lo averiguaremos cuando regresemos a Treow mañana.

—Esto… —Parpadeé—. Entonces, ¿los guardias de la torre no sabían que era yo?

Resopló una vez más.

—Al parecer, no, si estás aquí.

Entonces mi plan había funcionado. Había logrado escapar. Me había liberado. El orgullo empezó a crecer en mi interior y bajé la cara para ocultar la sonrisa.

—Me voy cuatro días y no puedes quedarte quieta. Sin duda alguna, eres el peor grano en el culo que jamás he conocido. —Se pasó las manos por el cabello oscuro y esta vez parecía que quisiese arrancárselo de raíz—. Explícame. ¿Qué haces aquí?

Espiando.

Me quedé en silencio.

—Respóndeme —ordenó.

—Pues, ¿explorando mi nuevo reino?

Dejó de caminar.

—Explorando tu nuevo reino.

—¿Sí?

Se suponía que eran respuestas, pero no podía evitar pronunciarlas como si fueran preguntas.

Rio mientras se pasaba una mano por la cara, y luego se dio la vuelta hacia la pared y se quedó mirando el tapiz.

Unas rosas rosadas y moradas enlazadas con una enredadera verde. Las uniones se estaban despegando en algunas partes.

El silencio que siguió fue tenso y horrible, hasta el punto de que me entraron unas enormes ganas de escapar.

Y así se mantuvo, hasta que la luz del exterior empezó a desvanecerse y el resplandor del anochecer suavizó el cielo.

Mantuvo la mirada fija en ese tapiz, sin moverse más que para parpadear.

Esperar mi castigo era una tortura. Peor que su ira. Finalmente, se giró hacia mí.

—Partiremos mañana y nunca volverás a hacer algo como esto o la libertad que te fue garantizada en Treow desaparecerá. ¿Entendido?

¿Esperaba que respondiera sí, señor ? En otra vida, esa habría sido mi respuesta. Es exactamente lo que le habría dicho a mi padre.

—No. —¿Qué rayos estaba diciendo? Esto no era solo un atrevimiento, era sedición. Pero no iba a retractarme. Enderecé mi postura, oculté mis manos temblorosas detrás de mi espalda y repetí—. No, no lo entiendo.

Su mirada parecía la de un homicida.

—¿No?

—No. —Mantuve la mirada fija en sus ojos plateados.

Negándome a ceder a su voluntad.

—Yo no pedí casarme con un extraño, ni que me enviaran a la otra punta del continente.

No pedí venir a Turah. No pedí que me encerraran en una casa en un árbol en medio de la nada.

Todas esas decisiones las tomaron por mí un montón de hombres caprichosos.

Así que puedes amenazarme todo lo que quieras con quitarme la libertad.

Pero voy a defenderme. Tarde lo que tarde.

Hasta mi último aliento. Y no regresaré dócilmente a una jaula.

Mi pecho subía y bajaba con intensidad, mis latidos golpeaban con fuerza, como si hubiera corrido durante horas.

Quería retractarme de todo.

Quería decirlo todo de nuevo.

Quería tragarme las palabras y olvidarlas para siempre.

Quería gritar a todo pulmón.

Pero el Guardián solo me miró con una expresión ilegible.

El silencio insoportable se instaló de nuevo en la habitación. Se volvió tan evidente que incluso oí unos pasos en el pasillo al otro lado de la puerta y el murmullo de unas voces lejanas.

Tuve que reunir todas mis fuerzas para sostener su mirada metálica. Para mantenerme de pie y no desplomarme en el suelo, mientras él me observaba, sin apartar los ojos, sin parpadear.

—¿Por qué no lo pediste?

—¿Que qué? —dije medio tartamudeando.

Su voz sonaba calmada. Serena. El plateado de sus ojos empezó a desvanecerse y dio lugar al color avellana.

—¿No te han dado todo lo que querías? Si querías explorar Ashmore, ¿por qué no lo pediste?

Lo miré fijamente con la mandíbula tensa y la mente revuelta con miles de pensamientos.

—¿Alguna vez te has parado a pensar que la puerta de tu jaula siempre ha estado abierta, Gorrión, que lo único que tenías que hacer era empujarla?

¿Estaba hablando en serio? ¿Solo debería haberlo pedido?

Alguien golpeó la puerta desde el pasillo y me giré tan rápido que me golpeé la cabeza cuando la abrí.

—Hola. —Me froté la cara y recibí a una joven hermosa al otro lado.

Llevaba una bandeja en las manos y miró al gigante taciturno que todavía estaba en mi habitación detrás de mí.

—Su comida, señorita.

—Gracias. —Cogí la bandeja intentando esbozar una sonrisa.

Pero la muchacha estaba demasiado ocupada mirando al Guardián como para importarle. Había algo de reverencia y maravilla en sus ojos. Claramente estaba sorprendida de ver a una leyenda en persona.

Retrocedí con la bandeja en una mano y cerré la puerta con el pie.

Llevé la comida a la pequeña mesa del rincón, me senté y levanté la campana que cubría el tazón de estofado. Luego extendí una servilleta sobre mi regazo mientras el aroma de las hierbas, la carne asada y las patatas impregnaba el aire.

Pero no tenía hambre. Ya no.

¿Alguna vez te has parado a pensar que la puerta de tu jaula siempre ha estado abierta, Gorrión, que lo único que tenías que hacer era empujarla?

¿Por qué repetir eso en mi mente me daba ganas de llorar?

No estaba acostumbrada a probar si las puertas estaban abiertas o no.

Mucho tiempo atrás, aprendí que siempre estaban cerradas.

Levanté una cucharada de estofado y me la llevé a la boca. Estaba tan caliente que me quemé la lengua, pero ¿lo escupí?

Claro que no. Mastiqué con una mueca de dolor, pero mastiqué sin parar, sin llorar.

El Guardián gruñó, pero, antes de entender lo que había dicho, salió por la ventana y me dejó sola con mi estofado.

Me quité la bufanda de la cabeza y la arrojé al suelo junto al morral.

Todavía había suficiente luz para deambular por Ashmore un rato más. Ahora que no me tenía que ocultar del Guardián, podía buscar la biblioteca.

Sin embargo, me quedé en la habitación. Terminé el estofado y dejé la bandeja en el pasillo. Luego abrí el morral y me puse una larga túnica que me llegaba hasta la parte superior de los muslos. Sería lo suficientemente cómoda para dormir esa noche y viajar al día siguiente.

Una vez que me quité las botas y tuve el vestido gris doblado sobre la mesa, me lavé la cara, me acosté en la cama y me quedé mirando el techo.

Después de que el Guardián se marchara, no me había molestado en cerrar la ventana. Los sonidos de la calle llegaban a mi habitación: la risa afable de un hombre, el grito de una mujer.

Por más tentador que fuera cambiarme y unirme a ellos, me quedé en la cama, abrazada a la almohada, sintiéndome más sola de lo que me había sentido en años.

¿Por qué no lo pediste?

Era una pregunta válida. ¿Por qué no había pedido salir de Treow? Zavier me había concedido todo lo que le había pedido sin dudarlo. Bueno, todo menos información. Pero ¿todo lo material? Nunca se había negado a mis deseos. Aunque ¿cómo explicaría este viaje? Obviamente, no podía decir la verdad.

Excepto que esta era una misión para mi padre. El Guardián podía decir que no estaba encerrada, pero no era el único que me había puesto detrás de unos barrotes.

¿Qué pasaría con Brielle y Jocelyn si las mandaba a casa sin información? ¿Las castigaría mi padre por mi fracaso? ¿Por eso las había enviado conmigo? ¿Porque sabía que me preocuparía más por ellas que por mí?

Si tan solo me hubiera dado más información, algo más sustancial. ¿Qué había en Allesaria que podía detener a los crux? Si los turanos tenían un arma secreta, ¿no la usarían ellos mismos?

¿Y si mi padre me había dicho la verdad? ¿Y si estaba jugando con mi empatía? ¿Y si había impulsado mi curiosidad por las migraciones, sabiendo que haría cualquier cosa por nuestra gente? ¿Y si estaba haciendo todo esto con una fe ciega?

Se me hizo un nudo en el estómago y sentí todo el cuerpo extenuado. Me giré hacia el otro lado, deseando poder quedarme dormida y despertarme siendo una persona diferente por la mañana. Pero no podía acallar mi mente.

Debes hacerlo .

Mi padre me había suplicado que lo hiciera.

Los tratados se pueden romper, Odessa. Recuerda eso.

Pero ¿y si se equivocaba? ¿Y si mis acciones desataban una guerra entre los reinos?

Me tapé los oídos con las dos manos, deseando poder bloquear el ruido en el interior de mi cabeza de la misma manera que podía acallar los sonidos del exterior. Enterré la cara en la almohada y cerré los ojos con tanta fuerza que empecé a ver estrellitas negras.

Y entonces la almohada desapareció. Tardé un segundo en darme cuenta de que me la habían arrebatado.

Enseguida me senté y quedé boquiabierta cuando vi al Guardián tirarla al suelo.

—¿Qué crees que estás haciendo?

Se sentó al borde de la cama y se sacó las botas.

—Puedes quedarte en la cama sin la almohada o en el suelo con la almohada. Tú eliges, Cross.

Resoplé.

—No te vas a quedar en mi habitación. Consíguete la tuya.

Sonrió.

—¿Y dejar a mi reina desprotegida? Jamás.

Al diablo con esa sonrisa. Al diablo con la manera en que hacía que mi corazón se acelerara.

El Guardián se acercó, tanto que pude sentir ese olor especiado, a cuero y viento.

—A menos que, bueno, quieras que duerma contigo.

Me quedé sin aliento.

La imagen mental que ocupó mi mente fue tan clara que era como un dibujo. Su peso anclándome al colchón, su piel caliente contra la mía. Su voz en mi oído, sus dedos entrelazados con mi cabello.

—Vete. Ahora —dije a la imagen, al hombre. Lo pateé por debajo de las sábanas. Rio cuando cayó al suelo y quedó tendido de espaldas con la almohada debajo de la cabeza.

—Te odio —dije entre dientes.

—Sí, lo sé. No lo olvido.

—Nunca lo hagas —dije, acostándome boca arriba y cruzándome de brazos mientras miraba furiosa el techo—. ¿Cómo me has encontrado?

—Es la única posada en Ashmore y tu cabello no es lo más sutil del mundo, Gorrión.

Joder . Mi bufanda no sirvió para ocultarlo bien. Pero eso significaba que…

Me levanté y apoyé el peso sobre los codos.

—¿Sabías que este era mi color de pelo real?

—Esa tintura que usas es tan apestosa como un pescado. ¿De verdad creíste que no me daría cuenta?

Sí . A ninguna otra persona parecía importarle, a menos que él fuera el único que podía sentirla. El olor desaparecía después de aplicar la tintura, pero sus sentidos intensificados debían percibir lo que los demás no podían.

—¿Vas a explicarme por qué viniste a Ashmore? —preguntó.

Claro que no. No iba a confesar mi culpabilidad.

—Te lo diré cuando me digas tu verdadero nombre.

Balbuceó algo por lo bajo.

—Entonces creo que la conversación termina aquí.

—Eso parece. —Me desplomé sobre el colchón, echando de menos mi almohada—. Espero que mis ronquidos no te dejen dormir.

Rio.

—Buenas noches, mi reina.

El sonido de su voz, evocadora y hermosa, me siguió hasta mis sueños.