Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veintiséis #3
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Capítulo veintiséis #3

Lo había logrado. Gracias a los dioses. Hice la señal de los Ocho y me llevé una mano al pecho para evitar que el corazón se me escapara.

Jamás me habría imaginado estando en este pueblo, pero mi plan tonto estaba funcionando. Mi risa fue ahogada por el estrépito de otra carreta que avanzaba por la calle.

Caminé sin prisas por el camino, admirando los edificios, en busca de una biblioteca o una escuela. Más adelante, en lo que parecía ser el centro de Ashmore, un letrero colgante indicaba una posada.

Había empezado a cruzar hacia el lado opuesto de la calle, esquivando caballos, carretas y otras personas que paseaban, cuando una risa profunda atrapó mi atención.

Mis piernas se detuvieron enseguida y mis pies se clavaron en la tierra seca. Se me hizo un nudo en el estómago.

Conocía esa risa. La conocía demasiado bien.

Girando en un lento círculo, me preparé para un estallido de furia.

Claro que había sido fácil salir de Treow. Había sido una de las pruebas del Guardián. Una trampa. ¿Nos había seguido hasta Ashmore? ¿Había venido antes para esperarme mientras el conductor me llevaba por las llanuras?

Escuché la risa otra vez, eclipsando cualquier otro sonido.

El Guardián se hallaba en la puerta de la taberna, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho, mientras se reclinaba contra el marco de la puerta abierta. Una sonrisa se extendía por su rostro y sus ojos brillaban con un destello de humor.

Pero ni la risa ni la sonrisa iban dirigidas a mí.

Su atención estaba fija en una mujer hermosa de cabello dorado.

Sus curvas voluptuosas tensaban las costuras de su túnica morada y el escote pronunciado acentuaba su figura.

Batía las pestañas, dedicándole una sonrisa coqueta, mientras se ponía de puntillas para susurrarle al oído algo que hizo que él soltara otra de sus carcajadas.

Su devoción por la chica rubia era tal que el resto del mundo bien podría no existir.

Espera. ¿No estaba aquí por mí?

¿Estaba aquí por ella ?

Estaba parada en medio de la calle y ni siquiera me había mirado. Estaba justo frente a él y…

—Mierda —murmuré, girando rápidamente y bajando la cabeza. Pasé los mechones más largos de mis rizos sobre los hombros con la esperanza de que, desde atrás, lo único que pudiera ver fuera esta bufanda.

Un hombre a caballo pasó a toda prisa y me apresuré a alcanzarlo, moviéndome hacia el otro lado del animal para que me sirviera de parapeto mientras me acercaba apresurada a la posada.

¿Y si el Guardián no tenía ni idea de que yo estaba en Ashmore? ¿Y si esto era solo una coincidencia? ¿Había venido al pueblo para visitar a su amante y yo simplemente había escogido el momento equivocado para escapar?

Mi mente daba vueltas, mi corazón latía con una fuerza desenfrenada, esta vez debido al pánico.

Seguí avanzando, con la cabeza baja hasta que vislumbré un callejón por el rabillo del ojo.

Me lancé hacia el espacio entre los edificios y me escabullí en la oscuridad fuera de la vista.

Luego apoyé la espalda contra una pared y tomé una bocanada de aire.

Me di unos minutos para calmarme, y a continuación me asomé con cautela por la esquina del callejón.

El Guardián seguía en la taberna, aún sonriendo y riendo con la muchacha rubia. Una mezcla de alivio y resentimiento se arremolinó dentro de mí, girando con tal rapidez que me revolvió el estómago. O tal vez era por el exceso de estrés que había acumulado en un solo día.

Con la mano en la parte baja de su espalda, el Guardián llevó a la mujer hacia el interior de la taberna y los dos desaparecieron de mi vista.

Un sabor amargo se extendió por mi lengua.

No eran celos. No por él.

No, estaba enfadada. Era pura irritación. Un enfado tan intenso que me nublaba el juicio. No eran celos.

—Para nada —balbuceé, saliendo del callejón.

Pero el hecho de que no estuviera celosa no significaba que quisiera que me atraparan. Así que entré en la posada al otro lado de la calle, esbozando mi mejor sonrisa al posadero en la recepción.

—¿Tiene una habitación disponible?

Por favor, di que sí.

Me miró de pies a cabeza, frunciendo el ceño con severidad al reparar en mi vestido y mi bufanda.

—¿Cuántas noches?

—Una. —Mañana, pasara lo que pasara, me iría de Ashmore. Cuanto antes, mejor. Si el Guardián estaba tan cerca, solo era cuestión de tiempo que regresara a Treow. No había forma de que me pudiera quedar más tiempo, al menos no ahora.

El posadero anotó algo en su libreta y luego levantó un dedo. Se metió en una habitación detrás del mostrador, tomándose su tiempo antes de regresar con una llave de bronce.

—Habitación cinco, primer piso, tercera puerta a la izquierda.

—Gracias. ¿Sería posible que me enviaran la cena a la habitación?

—Sí —gruñó—. Tiene un coste adicional.

—No hay problema. Gracias. —Le entregué algunas monedas a cambio de la llave y subí las escaleras sin demora.

Cuanto antes estuviera a salvo detrás de la puerta de mi habitación, mejor.

El pasillo estaba tranquilo y mis botas se hundían ligeramente en la alfombra mullida.

Los pelos de la nuca se me erizaron al pasar frente a las otras puertas, como si las personas que habían dentro me estuvieran observando, así que aceleré el paso hasta llegar a la tercera puerta a la izquierda.

Me temblaba tanto la mano que tardé un momento en insertar la llave en la cerradura.

Abrí la puerta de golpe, me deslicé dentro y la cerré enseguida. Luego apoyé la frente contra la superficie de madera, suspirando con los ojos cerrados.

—Esto ha sido una pésima idea.

—Coincido.

—¡Joder! —Solté un grito y me giré de golpe.

El Guardián estaba en el centro de la habitación, con las piernas plantadas con firmeza y los brazos cruzados sobre el pecho.

Una brisa se coló por la ventana abierta.

Y estaba furioso.

—Hola, mi reina.

Vaya mierda .