Capítulo veintiséis #2
Estábamos convencidas de que estábamos lo suficientemente lejos de las casas de los árboles y las demás construcciones para que nadie nos viera desde la zona común. Luego, a la sombra de un inmenso árbol, esperaríamos hasta que escucháramos el traqueteo de las ruedas.
Enderecé los hombros y estaba a punto de salir al camino cuando Brielle me cogió de la mano.
—Creo que yo debería tomar su lugar.
—No. —Era idea mía. Mi obligación.
Además, dudaba que me mataran si me atrapaban. No se atreverían a matar al Gorrión.
Pero Brielle era prescindible.
—Además, ya es tarde para cambiar de plan. —Señalé su ropa con una mano—. Y ya estás vestida.
Miró sus pantalones y frunció el ceño cuando se ajustó la cinturilla.
—No sé cómo puede usar esto. Son tan ajustados.
—Ya me he acostumbrado. —Me sorprendía lo rápido que me había acostumbrado al estilo turano. Y lo incómodo que me resultaba ahora usar vestido.
Bajé las mangas largas y ajustadas de mi vestido gris, y enseguida eché de menos la tela suelta y ligera de las túnicas que había usado últimamente.
Brielle llevaba puesta una túnica, con el cabello castaño trenzado sobre un hombro, en un estilo similar al que solía usar yo. Hoy ella era la princesa.
—Ahí viene. —Me quité la bufanda de la cabeza y solté las horquillas para que mis rizos cayeran libres.
¿Llamaría la atención de los guardias en la torre de vigilancia una mujer con la cabeza cubierta? Era posible. ¿Y una mujer con el pelo suelto, salvaje y brillante? Por supuesto. Claro que llamaría la atención, sin ninguna duda.
Pero contaba con su curiosidad, no con su sospecha.
Hoy no me parecía en nada a la princesa Odessa Wolfe, la mujer que había pasado cabalgando, corriendo y caminando por cada torre de vigilancia de Treow desde su llegada.
Y, como todos me habían dejado sola, había empezado a llevar una ballesta en mis caminatas diarias.
Si nadie me iba a entrenar para pelear con los cuchillos, decidí optar por la única arma que parecía ser un poco más directa.
Me había pellizcado los dedos más veces de las que podía contar cuando intentaba sujetar los virotes a la cuerda, pero había usado los árboles como blanco de tiro.
Sí, los árboles no se movían como un monstruo o un enemigo, pero cada vez erraba menos.
Y los guardias se reían cada vez menos.
Hoy no me veía para nada como la princesa que saludaba a los guardias antes de empezar a dispararle a un árbol desamparado. La mujer que se llevaba los dedos a los labios e intentaba silbar hasta lograrlo.
Cielos, era un pésimo plan, ¿cierto? Brielle estaba segura de que no lograría salir del bosque. Posiblemente tenía razón.
Debería haberme tomado el tiempo de idear un plan más elaborado y creíble. Pero ¿y si no volvía a tener esta oportunidad? ¿Y si el Guardián, Tillia o Zavier nunca me volvían a dejar sola? ¿Y si me llevaban a Ellder y me dejaban atrapada detrás de las murallas de una fortaleza?
Este era el momento. Tenía que funcionar.
—¿Lista? —le pregunté a Brielle.
—Lista —asintió, luego enderezó la espalda, levantó la nariz y empezó a salir de la sombra del árbol.
Había pasado tantos años con la realeza, observando nuestros comportamientos y costumbres, que sabía cómo llamar la atención. Se movía como si ella misma fuera la reina.
Cuando levantó la mano, el hombre enseguida aminoró la marcha de los caballos que tiraban de la carreta.
—Señor.
—¿Sí? —preguntó.
Se acercó a su lado y sacó una bolsa de monedas del bolsillo de sus pantalones. Tenía suficiente oro como para que el hombre comprara dos caballos más y una carreta tres veces más grande que esta.
—Mi criada necesita viajar a Ashmore. Hay algunas cosas que necesito con urgencia esta semana, pero no la puedo acompañar y le preocupa hacer el viaje sola. ¿No le molestaría que vaya con usted?
El hombre miró la bolsa con intensidad un buen rato antes de hacer lo mismo conmigo.
—No regresaré a Treow hasta dentro de siete días.
Brielle sacudió una mano.
—Solo necesita llegar a Ashmore. Ella se encargará del viaje de regreso.
El sujeto entornó los ojos.
—¿Qué es lo que necesita? ¿Por qué no se lo pide al vendedor de la tienda?
—Es un asunto privado. —La voz de Brielle adquirió una tonalidad que se asemejaba inquietantemente al tono amenazante de Mae. Era evidente que había aprendido varias cosas de mi hermana.
El hombre frunció el ceño y, por un momento, estaba segura de que diría que no. Pero entonces extendió una mano, tomó la bolsa y la apoyó sobre su regazo.
—Sube.
No me lo podía creer.
Por todos los dioses, había funcionado.
Me subí a la carreta a toda prisa y casi tropiezo con la falda cuando me senté junto al hombre.
Frunció el ceño, pero enseguida le dio la orden a sus caballos de que avanzaran y la carreta se lanzó a toda velocidad hacia delante.
Mi corazón latía tan fuerte que me dolía cuando me arriesgaba a mirar a Brielle. La vería en unos días o la vería en una hora cuando me trajeran de regreso por intentar escapar.
El conductor no agregó nada más cuando sacudió las riendas y la carreta fue adquiriendo velocidad.
El repiqueteo de los cascos de los caballos ahogaba el sonido de mi respiración acelerada y en pánico. Delante estaban los límites de Treow. Enseguida encontré la torre de vigilancia más cercana y mantuve la mirada hacia delante.
Respira .
Mi cuerpo empezó a temblar mientras nos acercábamos cada vez más.
Un silbido irrumpió en el aire.
Era el silbido que los guardias hacían para alertar al resto de que alguien estaba saliendo. Era una señal corta y escalofriante.
En cuanto oí el sonido entre los árboles, el aire abandonó mis pulmones.
—Gracias, Daria —susurré.
—¿Cómo dices? —dijo el hombre con brusquedad.
—Nada —balbuceé, manteniendo los labios cerrados para contener una sonrisa. El camino irregular se extendía por delante, más allá de los árboles, hacia las llanuras.
—Llegamos —murmuró el conductor, señalando a la distancia. Fue lo único que dijo desde que salimos de Treow.
Entorné la vista mientras un punto negro en el horizonte se convertía en un montón de tejados y construcciones de madera.
Ashmore.
El viaje me había parecido interminable.
El asiento de la carreta era incómodo y la abrumadora cantidad de huecos en el camino hacía que me castañearan los dientes.
Me había resultado inquietante estar en un lugar tan abierto otra vez, en un lugar tan desprotegido. Expuesta al ataque de algún monstruo.
Incluso a pesar de tener los cuchillos guardados sobre los muslos debajo de mi falda, me pasé todo el viaje mirando las llanuras a mi alrededor en busca de depredadores.
Fue un viaje aterrador y excitante. Era como lanzarse del acantilado. Un salto de fe.
Así sabía la libertad.
Y me volví adicta a ella.
El sol se ocultaba en el horizonte y para hacer el último tramo pareció que tardamos días, pero el camino finalmente se ensanchó cuando nos acercamos al pueblo.
El conductor tiró de las riendas y empezó a aminorar la marcha cuando llegamos a una serie de casas de madera.
Un niño con sombrero de paja levantó la vista desde un patio con césped donde estaba jugando.
Su madre estaba situada en la puerta de brazos cruzados y nos miró con una expresión neutral e inquisidora cuando entramos en el pueblo, no sé si porque no le gustaba el comerciante o porque no le gustaba yo.
Cogí la bufanda y me la até a toda prisa sobre el cabello.
Lentamente, más casas aparecieron a cada lado del camino y, cuanto más nos acercábamos al centro del pueblo, más próximas estaban unas de otras. La mayoría tenían pequeños corrales con cabras y gallinas. Un perro atado a una cadena ladró cuando nos vio pasar.
Tillia me había dicho que los pueblos de Turah habían desarrollado diferentes maneras de protegerse contra los monstruos, pero Ashmore se parecía a los pueblos campestres que ocupaban gran parte de los campos de Quentis. ¿Cómo se suponía que esta gente se mantenía a salvo?
—¿Qué hay de los monstruos? —le pregunté al conductor.
—¿Qué pasa con ellos?
—¿Cómo los mantienen alejados del pueblo?
Tensó la mandíbula.
—No lo hacemos. Ya no.
¿Ya no? ¿Qué significaba eso?
Antes de poder preguntarle, tiró de las riendas con fuerza e hizo que los caballos se detuvieran. Luego señaló el camino con la barbilla.
—Fuera.
Ya había cumplido con su parte y era hora de que me marchara.
En cuanto mis pies tocaron el suelo, sacudió las riendas y los caballos salieron a toda velocidad hacia delante. Las ruedas de la carreta casi me pisan los pies, pero logré quitarme del camino justo a tiempo.
—Gracias por el viaje —balbuceé, mirándolo con el ceño fruncido.
Alisé la falda de mi vestido y luego enderecé mi postura. Me aseguré de que mi morral estuviera cerrado y luego, sujetando una de las cintas que me cruzaba el pecho, empecé a caminar por las calles de Ashmore.
Un hombre con una lanza pasó a mi lado en dirección al camino. ¿Iba a montar guardia esta noche? ¿No debería llevar una mejor arma? La lanza parecía más un bastón de pastor de ovejas y cabras, y la hoja afilada estaba solo sujetada con un cordel. No llevaba cuchillo ni espada.
Cuando se percató de que lo estaba mirando, me devolvió la mirada con una expresión de rechazo, así que seguí caminando.
Ashmore no era un pueblo grande y las casas rápidamente dieron lugar a tiendas y comercios. Las calles eran angostas y los edificios estaban separados por callejones estrechos. Junto a la puerta de cada estructura había una campanilla de latón. ¿Las usaban para llamar en vez de golpear la puerta?
El murmullo de la gente me envolvía como una suave manta, evocándome aquellos días en que deambulaba por los muelles de Roslo. Incluso de noche, con el comedor de Treow rebosante de personas, ese bullicio no se asemejaba al estruendo de un pueblo o una ciudad.
Las calles estaban dispuestas en líneas ordenadas. Respiré profundo y sentí el aroma de la comida, los caballos, la tierra y las fogatas. Unas pocas chimeneas exhalaban humo y mi estómago gruñó, cediéndole finalmente al hambre el espacio que los nervios de mi huida habían ocupado.