Capítulo veintiséis
Brielle se sentó al borde de la cama con el ceño fruncido mientras miraba cómo me peinaba el pelo mojado.
—Es una pésima idea.
No se equivocaba.
—Tengo que intentarlo —dije.
—¿Qué va a pasar cuando nos atrapen?
—Quizá me encierren en esta casa del árbol, y a ti, en la tuya. —Era probable que también dejaran de enganchar la escalera todas las mañanas y me tuviese que quedar atrapada en esta habitación para siempre.
Pero no iba a permitir que el miedo me impidiera seguir con mi plan. Podía no ser una gran espía, una princesa o una guerrera, pero si había algo que sabía hacer era escabullirme sin ser vista.
Brielle era mi cómplice, aunque no estuviera tan convencida. Habíamos decidido no involucrar a Jocelyn para que no dijera nada si nos atrapaban (o más bien, cuando lo hicieran).
—¿Y si la devora un aureón o un ulferno? —preguntó.
—Entonces podréis volver a casa.
—Su Alteza —dijo, estremecida—. No diga esas cosas. No lo haga, es demasiado peligroso.
Esbocé una sonrisa triste.
—Tengo que hacerlo. Tengo que intentarlo.
Vaciló un momento.
—Pero ¿por qué?
Porque si me rendía, ¿qué clase de persona era?
Mi padre podría no ser un hombre afectivo. Era duro, estricto e inflexible. Pero era justo y, por encima de todas las cosas, era servicial con su pueblo. Su corona. Su reino.
Podía no conocer todos los detalles, pero confiaba en que me había encomendado esta tarea por una buena causa. Confiaba en que no era un asesino ni un conquistador. En que, si desplegaba sus tropas en Turah, no sería para masacrar salvajemente a gente inocente.
No me había dicho que planeaba librar una guerra contra Turah, sino que necesitaba encontrar Allesaria, que necesitaba encontrar la manera de entrar en la ciudad y así romper con el Escudo de Gorriones y ponerme en libertad.
Si fuera una mejor princesa, una altruista, la noción de la libertad no me resultaría tan atractiva.
¿Qué haría si fuera dueña de mi vida? ¿Qué haría si pudiera librarme de este casamiento con Zavier? ¿Si la clave para salvar a mi gente no descansara sobre mis hombros?
¿En quién me convertiría si no estuviera a la merced de los hombres?
¿Una aventurera? ¿Una viajera? ¿Una escritora? ¿Una artista que recorrería el reino y no se preocuparía porque sus dedos estuvieran manchados con carbonilla o pintura?
Nunca en la vida me había permitido soñar en esas posibilidades. Nunca en la vida había tenido acceso al lujo de los sueños. Si pudiera ser lo que yo quisiera en este mundo, ¿qué sería?
Quería averiguarlo.
Por eso me iría de Treow de inmediato. Encontraría la manera de llegar a Allesaria y averiguaría qué estaba pasando en Turah con esos monstruos enfermos y la quema de los libros.
Al hacerlo, quizá me liberaría.
Ya no sería una mercancía, ya no sería el Gorrión.
¿Fracasaría? Era probable. Pero quizá, solo quizá, encontraría el camino. Para mí y para las futuras princesas que quisieran tener la capacidad de elegir .
Podía lograr más cosas que lo que mi familia esperaba de mí. Era más de lo que me permitía creer. Había una niña en mi interior que una vez había encontrado el coraje para saltar de un acantilado. Esa niña había quedado reprimida y sofocada, oculta salvo por esos momentos robados de valentía.
Era hora de dejar que extendiera sus alas y volara.
Arrojé el peine hacia la cama junto a Brielle.
—Puede que no lo hayan dicho, pero mi familia espera que fracase.
Es por eso que mi padre eligió a Mae y no a mí para que se convirtiera en el Gorrión.
Y creo, desde el fondo de mi corazón, que, cuando abandoné Roslo, yo también esperaba fracasar.
Pero estoy cansada de quedarme a mitad de camino.
Estoy cansada de sentirme descartada. Me gustaría demostrarles, a ellos y a mí misma, que soy más que solo una mercancía que pueden llevar de un lado a otro.
Brielle suavizó su mirada.
—Quiere su amor.
—No creo que ellos puedan amar. —Quizá no como la familia de Brielle la amaba a ella—. Me conformaría con tener su fe y su confianza. Quizá un poco de confianza en que no soy una completa inútil.
En que tal vez podía ser una reina de verdad.
—Si sirve de algo, yo no creo que sea una inútil o una fracasada —dijo Brielle—. Y confío en usted.
Fue un gesto dulce de su parte.
—Gracias. Yo también confío en ti.
Tanto que, en los últimos cuatro días, le había contado mi plan de espía, que mi padre me había pedido encontrar una manera de entrar en Allesaria y que averiguara todo lo que pudiera sobre los poderes del Guardián.
Cuando le conté que me había pedido que matara al Guardián, al menos tuvo la delicadeza de no reírse.
Todavía había secretos entre nosotras. No le había contado que Zavier podía hablar. No le había contado nada sobre Evie. Pero le había confiado todo lo demás.
—¿Está segura de que no quiere esperar? —preguntó—. Quizá en algún momento nos lleven a Allesaria.
Negué con la cabeza.
—No, no lo van a hacer. Pasaremos la migración en Ellder. Además, el Guardián ya sospecha que soy una espía de mi padre.
—Y es verdad.
—Sí, es verdad. Los crux están en camino. Si todavía faltaran años para su llegada, pensaría en otro plan. Pero no creo que vuelva a tener esta oportunidad.
Me acerqué al pequeño espejo montado sobre la pared junto a la bañera e intenté controlar mis rizos rebeldes. Los bucles rojos y anaranjados relucían con intensidad bajo la luz de los tragaluces y se secaban rápido con el calor de la tarde.
Salvo Brielle y Jocelyn, todos en Treow me conocían con el cabello castaño. Y salvo Brielle y Jocelyn, todos los que me conocían en Treow se habían marchado.
Zavier había partido hacía cuatro días con Evangeline y Luella. Tillia y Halston los acompañaron como su guardia personal a donde fuera que hubieran ido.
El Guardián también se había ido.
Incluso Cathlin había abandonado el lugar y su biblioteca vacía. Brielle se encargó de limpiar su casa vacía.
Todos se habían marchado hacía cuatro días, después de que el Guardián regresara de cazar monstruos «enfermos».
Tal vez les parecía que Evie estaría más segura en otro lugar. Quizá Zavier había sorprendido a su hija con unas vacaciones en Perris. Tal vez habían atrapado a un crux y se habían montado en él para ir a las lunas gemelas.
Lo único que sabía era que se habían ido sin despedirse.
No debería haberme sorprendido que me abandonaran. Para los turanos, no era nadie importante. Era solo una forastera. La segunda opción. Una pupila a la que tenían que cuidar.
Un insecto al que debían mantener encerrado en un frasco de vidrio.
Me sorprendía lo mucho que eso se parecía a la vida que había dejado en Quentis.
Me había escabullido cientos de veces del castillo paterno, que estaba lleno de guardias. Podía escabullirme de este maldito campamento.
—Le estoy rezando a Daria para que su suerte esté de nuestro lado —dijo Brielle.
—Yo también.
No me había detenido demasiado en elaborar el plan, solo una noche de insomnio. Tal vez era demasiado sencillo, pero, de todas maneras, iba a intentar ponerlo en práctica. A veces, lo único que se necesitaba era un plan sencillo.
—¿Qué intentará averiguar? —preguntó.
—Lo que sea. —Alguna pista sobre Allesaria. No tenía la paciencia para esperar encontrar un mapa, pero tenía que haber uno en algún lugar de este maldito reino.
Ashmore parecía un buen lugar para comenzar mi búsqueda.
El único problema era que tenía que llegar hasta allí.
Ashmore era el pueblo más cercano y suponía que el proveedor de Treow era mi mejor oportunidad de cruzar las torres de vigilancia sin ser vista.
Me hice una cola y la dejé caer sobre la nuca. Luego cogí una bufanda de satén gris del armario, me la pasé por la frente cubriéndome el pelo y la até alrededor de mi cabello.
—¿No se ve nada?
Brielle asintió y tomó mi bolsa de la cama para alcanzármela.
—¿Lleva dinero?
—Sí. —Suficiente oro para alquilar una habitación en una posada y para sobornar a algún viajero para que me ayudara a regresar a Treow en unos días—. ¿Recuerdas lo que tienes que decir si alguien pregunta dónde estoy?
—Sí, que le llegó el ciclo menstrual y se siente mal, y que me pidió que la dejara descansar.
—Bien. —Cada vez que mencionaba lo del ciclo menstrual a los hombres de Roslo, salían disparados en la dirección opuesta. Esperaba que ocurriera lo mismo en Turah.
—No creo que el Guardián se crea que está enferma —dijo.
Me encogí de hombros.
—Puede ser.
Pero lidiaría con su ira si me atrapaba.
Para ser un hombre que juraba no confiar en mí, dejarme sola era buscarse problemas. Él era el único culpable de todo esto.
Además, había una posibilidad, una muy pequeña, de que volviera en dos o tres días sin que nadie se diera cuenta de que me había ido.
—Puedo hacerlo —le dije a ella… y a mí misma.
La sonrisa de Brielle era dulce y algo incrédula. ¿Hubiera dudado de Mae? Tal vez no.
Me colgué la bolsa en el hombro y luego salimos de la casa del árbol en dirección a la zona comunitaria.
La carreta de provisiones estaba aparcada en la puerta del centro de comercio y ya estaban terminando de descargarlo todo.
Había llegado por la noche y, ahora que ya lo había entregado todo, no se quedaría mucho más tiempo. Llegaba por la noche, descargaba todo por la mañana, y se iba. Siempre era igual. Dado que Ashmore estaba a solo un día de distancia, podría regresar antes del anochecer.
—Desearía que pudiera coger esa yegua que tanto quiere —susurró Brielle—. Así tendría una manera fácil de regresar.
—Yo también lo desearía.
Freya había sido un consuelo desde que llegué a Treow.
Era de lejos mi turana favorita. Pero era probable que notaran su ausencia antes que la mía.
Había aprendido que los caballos eran esenciales para la vida turana.
Cielos, estaba segura de que incluso harían un equipo de búsqueda para rescatar a Freya y dejarme a mí pudriéndome.
Mi plan era subirme a la carreta de provisiones. Estaría oculta a plena vista.
Brielle y yo nos alejamos de la zona comunitaria y seguimos la huella de las ruedas que marcaban el camino que tomaría el proveedor cuando se fuera.