Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

—Evangeline. —El tono paternal de Zavier tenía el equilibrio perfecto entre sutileza y firmeza—. Si sigues escapándote de Luella, va a pensar que no te gustan sus clases.

—Pero es que no me gustan. —Se cruzó de brazos e hizo un puchero con la boca.

—¿Ni siquiera las ciencias?

Sus ojos grises grandes se volvieron suplicantes.

—Quiero quedarme contigo.

Zavier suspiró y levantó la vista hacia el cielo de la tarde.

Iba a ceder. Cuando se trataba de esa niña, no tenía suficiente fuerza de voluntad. Al parecer, nadie la tenía. Tenía a todo Treow comiendo de su mano.

—Está bien —dijo—. Puedes venir con nosotros. Pero después te pondrás a estudiar.

Su sonrisa era contagiosa.

—Está bien.

Hacía calor ese día. El sol se abría paso entre las ramas de los árboles. Casi demasiado calor como para disfrutar de la caminata alrededor de Treow.

Casi.

En los últimos cinco días desde la llegada de Zavier, todas las tardes aparecía en mi casa y me invitaba a dar un paseo.

Siempre tomábamos el mismo camino y paseábamos al mismo ritmo relajado.

Hablábamos sobre los mismos temas seguros: el clima, lo que habíamos comido la noche anterior, mi entrenamiento con Tillia.

Y, cuando agotábamos esos temas, tan solo caminábamos, uno junto al otro, hasta que regresábamos a mi casa.

Este era el primer día que Evangeline había sido tan valiente como para seguirnos. Durante diez minutos, se escabulló por detrás de nosotros, corriendo de árbol en árbol, hasta que Zavier se detuvo, se giró y la atrapó cuando intentaba esconderse.

A partir de entonces, caminó entre ambos, de la mano de su padre, mientras me miraba con cierta inquietud.

Evie todavía no me había hablado. Para ser una niña tan valiente, parecía nerviosa. Y yo preocupada.

¿Era porque sabía que estaba casada con Zavier o porque era una forastera? ¿O más bien porque el Guardián le había advertido que no confiara en mí? Poner a una niña en mi contra parecía muy de su estilo.

No lo veía desde hacía cinco días, y no porque los estuviera contando. Al parecer, no era mi niñero cuando Zavier estaba cerca.

Por mí, mejor.

—Hola —dije, esbozando la sonrisa más amigable—. Soy Odessa.

Se acercó a la pierna de Zavier, dulce y tímida, y, con el rostro más bello del mundo, dijo:

—Hola.

Zavier me guiñó un ojo y cientos de mariposas levantaron el vuelo en mi vientre.

Quizá este casamiento no estaba del todo perdido. Como padre, Zavier era diferente al hombre aburrido e indiferente que había conocido semanas atrás. El semblante protector que se le ponía cuando estaba con esta niña era adorable.

—Pa… —empezó a decir Evangeline, pero se detuvo enseguida—. Zavier. —Me rompió un poco el corazón escucharla llamarlo por su nombre—. ¿Puedo ir contigo cuando te vayas? —preguntó.

—¿Te vas otra vez? —pregunté.

Abrió la boca para responder, pero su atención se centró en el bosque. Levantó una mano para que nos mantuviéramos en silencio y frunció el ceño.

Miré hacia los árboles y busqué qué es lo que había oído. Pero, además de algunos pájaros que cantaban sin parar y algunas ardillas escurridizas, lo único que oí fueron las piñas que caían de vez en cuando de los pinos.

Prestó atención, manteniendo una expresión seria, hasta que suspiró y la preocupación se desvaneció.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Evie entornó la vista, mirando las sombras distantes. Luego su rostro se iluminó con entusiasmo cuando un hombre apareció corriendo entre los árboles casi en silencio.

El Guardián.

Mi niñero estaba de regreso.

Malditas náuseas. Se me hizo un nudo en el estómago.

Acidez. Tenía que ser acidez. Las cocineras habían añadido pimienta a los huevos esta mañana. Estaban picantes y ahora tenía acidez.

Zavier soltó la mano de Evie cuando el Guardián se acercó. Los hombres entrelazaron sus brazos y Zavier le preguntó:

—¿Cómo te ha ido?

Esta vez noté cierta seriedad en el rostro del Guardián. Revestido de gravedad. Miró a Evangeline y su expresión se suavizó un poco. Con un gesto de la barbilla, le pidió a Zavier que hablaran en privado.

Apenas miró en mi dirección.

Bueno, mejor para mí. ¿No era lo que quería?

Se hicieron a un lado y me dieron la espalda para que no los viéramos. Para que yo no los viera.

Evie me llamó con un dedo y me susurró:

—Van a pelear contra los monstruos. Los malos.

¿Los malos?

—¿Los pardures y los aureones?

—No —sacudió la cabeza—. Los enfermos.

Enfermos.

—¿A qué te refieres?

—¡Evangeline! —La voz de una mujer resonó entre los árboles.

La niña abrió los ojos de par en par. Se dio la vuelta y estaba a punto de correr y esconderse detrás de un árbol cuando la mujer la detuvo.

—Te estoy viendo, Evie. No te atrevas a escaparte de mí.

Evie bajó la cabeza y se mordió el labio inferior.

Una mujer avanzó hacia nosotras. Era hermosa.

Tenía una figura esbelta y estilizada. Su largo cabello castaño estaba trenzado como el mío y caía por encima de uno de sus hombros.

Caminaba con una elegancia que me recordó de inmediato a Margot: la espalda recta, los hombros hacia atrás y la frente en alto.

Pero en ella no se veía arrogante ni con aires de superioridad. Era solo que la postura de esta mujer era perfecta.

Se detuvo frente a nosotras y entrecerró sus ojos verdes.

—¿Y bien?

—Lo siento, Luella —balbuceó Evangeline.

Luella suspiró y se agachó frente a su presa.

—Me asustas cuando te escapas.

—Pero si te decía a dónde iba, no me ibas a dejar venir.

Presioné los labios para contener una sonrisa. Recordaba haberles dicho algo parecido a mis tutores en algún momento.

Luella se relajó y el miedo de haber perdido a Evangeline desapareció. Se puso de pie y me miró con una pequeña sonrisa.

—Tú debes ser Odessa. Soy Luella. Un placer conocerte.

—Lo mismo digo. —Hice una leve reverencia.

Nunca les había hecho una reverencia a mis tutores, pero no lo pensé dos veces, como si la elegancia de Luella exigiera ese respeto.

—Odessa. —Me giré al escuchar la voz de Zavier—. Lo siento, pero tendremos que dejar el paseo para otra ocasión. Hay un asunto urgente que necesita mi atención.

—Por supuesto.

Asintió y se agachó para acariciar con un pulgar el rostro de Evangeline.

—Ve con Luella.

Sus pequeños hombros se desplomaron.

—¿Ya te vas?

—Todavía no. —La acercó a su pierna y le dio un breve abrazo.

Mi mirada buscó al Guardián. Sus ojos de color avellana me devolvieron la mirada.

No tenía esa sonrisa insolente. No había burla ni escarnio en su semblante.

Algo andaba mal. Algo había pasado.

Un escalofrío descendió por mi espalda.

—¿Vamos? —dijo Luella señalando el camino, como si nos estuviera pidiendo tanto a Evangeline como a mí que la acompañáramos.

Las seguí a la zona comunitaria antes de separarme de ellas. Luego avancé entre los árboles, mirando los rostros de la gente hasta que encontré el que estaba buscando.

Brielle estaba colgando la ropa mojada en una cuerda. Mi ropa.

Fiel a su palabra, Zavier les había conseguido una casa propia. La privacidad y la compañía de una amiga hicieron maravillas con ella. Parecía menos deprimida, más alegre de lo que había estado desde que llegamos a Treow.

—Su Alteza. —Hizo una reverencia—. ¿Todo bien? ¿Necesita algo?

—No. —Me detuve a su lado y miré a nuestro alrededor para asegurarme de que estuviéramos solas—. ¿Has oído algo sobre unos monstruos enfermos?

Frunció el ceño.

—¿Monstruos enfermos? No. ¿Qué significa?

—No estoy segura. —¿Qué hacía que un monstruo se enfermara?—. Es solo un rumor que he oído hoy.

—No he oído nada sobre monstruos —bajó la voz—, pero sí oí algo anoche en la fogata, después de que usted se fuera a dormir. Estaba volviendo a mi casa y oí a unos hombres hablar sobre algo. Y yo, esto, bueno, los espié.

Desde el regreso de Zavier, parecía que había más movimiento en Treow.

O quizá eran solo sus guerreros. Durante las últimas cinco noches, habían encendido una fogata junto a la zona común.

La gente se reunía allí y bebía mientras contaba historias.

Jocelyn y Brielle iban todas las noches y me lo contaban todo al día siguiente durante el desayuno.

Pero nadie me había invitado a mí. Y tampoco a Tillia.

Después de estar molesta algunas noches porque me habían ignorado por completo, decidí que debía de ser una orden del Guardián. La misma razón por la que me quitaba la escalera todas las noches: para que no pudiera ir a la fogata y escuchar lo que sea que los turanos no querían compartir.

—¿Qué oíste? —pregunté.

—Al parecer, han desaparecido varios hombres de Treow.

—¿Desaparecido? ¿Te refieres a que se han ido? ¿O se los han llevado?

—No sé. —Sacudió la cabeza—. Uno de ellos vio que los estaba espiando y dejaron de hablar.

Bueno, al parecer tampoco cuentan ciertas cosas cerca de Brielle.

Astutos .

—Jocelyn me dijo que oyó hablar sobre la milicia del rey. Parece que está reclutando más hombres. Creo que uno de los jinetes de poni renunció para alistarse. Quizá esos hombres también se alistaron.

¿Para qué necesitaba una milicia? ¿Para la migración? ¿Para una guerra?

Mi padre me había dicho que necesitaba entrar en Allesaria, pero nunca me había aclarado que enviaría tropas. Era una suposición mía. ¿Y si no tenía intención de invadirlos? ¿Y si todo esto era una reacción a algo que Ramsey estaba haciendo en secreto?

Balbuceé algo incomprensible. Cuando estábamos en la playa, los hombres que cargaban los baúles habían mencionado algo sobre la milicia. Ramsey debía estar reclutando personas de todo el reino.

¿Las estaba llevando a Allesaria?

—¿Oíste algo sobre Allesaria?

—No. —Frunció el ceño—. Le pregunté a Mariette sobre la capital una vez y, aunque tampoco es que habláramos mucho antes, me ignoró durante días.

—A mí me pasó lo mismo. —Siempre que mencionaba Allesaria, la conversación terminaba o tomaba otro rumbo.

Era casi como si la ciudad fuera un mito. Una leyenda.

¿Y si Allesaria no existía?

Quizá la razón por la que mi padre no podía acceder a la capital turana era porque no era una ciudad real. Nunca había sido reconstruida. Y si no había ninguna capital, entonces no había nada que mi padre pudiera encontrar para combatir a los crux.

No. Era imposible. A los niños se les enseñaban las capitales de todos los reinos. Sabía sobre la existencia de Allesaria desde que aprendí a leer y escribir.

Existía. En algún lugar.

¿No?

—No vamos a averiguar nada si nos quedamos aquí —dije.

Brielle se agachó para levantar una túnica limpia y colgarla en la cuerda.

—Al parecer, Su Alteza, ese es el motivo de que nos quedemos aquí.

Estábamos atrapadas.

Durante semanas, había aceptado este lugar. Había estado esperando el momento, creyendo que finalmente iríamos a Allesaria. Pero, en vez de eso, Zavier me llevaría a Ellder. Fracasaría por completo. Y mi pueblo pagaría el precio.

Si mi objetivo era encontrar Allesaria, entonces algo tenía que cambiar.

Yo . Tenía que cambiar yo.

Podía hacer preguntas hasta volverme azul y nadie me respondería.

¿A qué se refería exactamente con un monstruo enfermo?

¿Estaba relacionado con la sangre verde de la medularia y el pardur muertos?

¿Por qué el rey Ramsey estaba quemando libros y creando una milicia?

¿Qué ocurría en Turah y qué otros secretos, además de la ubicación de su capital, ocultaban estas personas?

Era hora de dejar de esperar que los turanos me dieran esa información.

Era hora de actuar como una espía.

Era hora de averiguar cómo escapar de Treow.