Capítulo veinticuatro
El comedor era un mar de risas y conversaciones. Todo Treow parecía estar ahí esta noche y el salón parecía vibrar por el entusiasmo de todos, mientras los guerreros de Zavier se reencontraban con sus familias.
Un hombre llamado Rafe estaba sentado a la mesa junto a la mía, con su esposa sobre una rodilla y su bebé rebotando en la otra. Su barba era tan tupida como hacía algunas semanas en la sala del trono y aún la llevaba trenzada por debajo de la barbilla.
Marlowe, otra de las guerreras de Zavier que no había ido a Quentis, estaba sentada junto a Mariette, su madre. Era la primera vez que veía a la cuidadora sonreír desde que llegué a Treow, ya que estaba muy entusiasmada por el regreso de su hija.
Y la tercera guerrera, Hale, había cogido de la mano a su marido. Estaban en una mesa en el centro del salón, pero, por la manera en que se miraban, era como si se sintieran las únicas personas en todo Turah.
—Todo esto me recuerda a casa —dijo Brielle, sentada a mi lado, con cierta tristeza en sus ojos.
Jocelyn apoyó una mano de consuelo sobre su hombro.
Jocelyn se había acostumbrado a la rutina, al igual que yo, adaptándose a la vida de Treow, pero Brielle se había replegado más sobre sí misma.
Cada día que pasaba, parecía más melancólica y nostálgica.
Ver a estas familias reunidas la había llevado al borde de las lágrimas.
—Extraño tanto mi casa que duele —dijo—. ¿Usted no?
—Sí.
No .
Quizá debería estar triste. Sentirme sola sin mi familia.
Pero no extrañaba Quentis. No precisamente. Echaba de menos el sonido del mar, las pastas que la cocinera del castillo preparaba cada mañana. Extrañaba la risa de Arthy cuando le llevaba alguna golosina a la enfermería.
Pero no el resto. ¿El castillo, la ciudad, mi padre y Margot? Cada día que pasaba, aparecían menos en mi mente. Y cuando lo hacían, lo único que sentía era el peso de la responsabilidad sobre mis hombros.
Espiar para mi padre, matar y encontrar Allesaria para él.
Pero ¿cómo lo haría? Estaba atrapada, completamente atrapada.
Quizá la razón por la que no extrañaba mi casa era porque todo me recordaba a mi padre. Cuando pensaba en él, imaginaba su expresión de decepción cuando fracasara por completo.
—Su Alteza —dijo Jocelyn, empujándome el brazo y señalando la puerta con la barbilla.
Todo el comedor parecía haber quedado en silencio. Un silencio provocado por un hombre silencioso.
Zavier estaba en la puerta con los brazos en la espalda y una postura rígida. Hizo un gesto de asentimiento hacia su gente y luego me miró a mí.
Me estaba llamando.
Todavía no había terminado de cenar, pero no tenía demasiado apetito. No desde que había visto a Evangeline lanzarse en los brazos de Zavier.
Los brazos de su padre.
Había pasado menos de un día con él. Era un extraño para mí, tanto como la mayoría de las personas en este salón. Aun así, me dolía que no me hubiera contado nada sobre su hija.
—Creo que será mejor que me vaya —les dije a Brielle y Jocelyn, poniéndome de pie—. Os veo mañana.
Brielle forzó una sonrisa.
—Buenas noches, Su Alteza.
—Odessa. —No tenía sentido corregirla, pero lo hice de todos modos.
Nadie dijo nada mientras avanzaba entre las mesas hacia Zavier. Eso sí tenía que concedérselo: los turanos eran discretos con sus cotilleos. En Roslo, los chismes y los rumores habrían circulado en todas direcciones antes de que siquiera me levantara de la silla.
Zavier volvió a hacer un gesto de asentimiento a todos los de la sala, como si les diera permiso para que retomaran sus conversaciones. Entonces abrió la puerta y me acompañó hacia la tenue oscuridad de la noche.
No me habló mientras nos alejábamos de la zona comunitaria, así como tampoco habíamos hablado en el claro. Toda su atención fue para Evangeline, a quien se llevó después de saludarnos a mí y al Guardián con la cabeza.
Este encuentro era inevitable. Pero, de todos modos, no quería hablar. Todas esas preguntas, todos esos pensamientos. Era mi oportunidad para conseguir respuestas, pero aun así quería postergar el momento uno, diez o veinte días más.
Tenía el presentimiento de que no estaba lista para la verdad.
—¿Cómo estás, Odessa? —me preguntó mientras avanzábamos por un sendero angosto y vacío que llevaba hacia la zona de entrenamiento, lejos de las casas en los árboles.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien.
Abrí la boca. La cerré. Lo intenté otra vez. Y cambié de parecer.
Incómodo no era la palabra adecuada para describir esto. Y aunque estábamos en movimiento, empecé a impacientarme.
—Entonces… —dije—. Tienes una hija.
—Sí.
—Me hubiera gustado saberlo antes.
Pasó una mano por su mandíbula. Era la mano que se había vendado en la boda. ¿Tenía una cicatriz como la mía, rosada y cada vez más tenue con cada día que pasaba?
—No hemos pasado demasiado tiempo juntos.
—No, es verdad. Aunque ha sido decisión tuya, no mía.
Nunca le había pedido que se mantuviera alejado. Nunca había pedido nada de esto. Todo era obra de él. Desde aquel día en la sala del trono, todo era responsabilidad de Zavier.
Y ahora no era solo una esposa, sino también una madrastra.
Cuando mi padre se casó con Margot, ella sabía que era padre. Sabía que tendría que ser la responsable de su hija.
¿Era esa la razón por la que Zavier se casó conmigo? ¿Porque había decidido que yo sería una mejor madrastra para Evangeline que Mae?
Bueno, no se equivocaba. Mae no tenía mucho instinto maternal. Pero no dejaba de ser otra sorpresa. Otro secreto. Estaba tan, tan cansada de ser la última persona en enterarme de todo.
—Evie tiene cuatro años —dijo—. Muy poca gente sabe que es mi hija.
—Entendido, no se lo diré a nadie —balbuceé—. Si no la hubiera seguido hoy, ¿me lo habrías contado?
—No. —Fue una respuesta brutal. Honesta. Intenté ocultar mi malestar—. No quiero involucrarla en la vida de la corte —agregó.
Me parecía sensato. Siendo una mujer a la que habían obligado a casarse sin su consentimiento y la habían obligado a firmar un tratado mágico, sin duda no recomendaba ser una princesa .
¿Turah era la próxima que seguía en el Escudo de Gorriones? Si las familias de la realeza de Calandra sabían sobre Evangeline, ¿sería ella la próxima princesa a la que obligarían a casarse para mantener el tratado?
Todo dependía de la siguiente generación de miembros de la realeza. Si ella era la única princesa, entonces Turah la entregaría sin pensarlo dos veces.
Zavier la entregaría. A menos que nadie supiera de su existencia. Ni siquiera los Voster.
—¿Y su madre? —¿Era esa tal Luella?
Vaya por Dios. ¿Era por eso que no habíamos consumado nuestro matrimonio? ¿Estaba enamorado de la madre de su hija?
En lo que respectaba al Escudo de Gorriones, el amor no importaba. Él sabía desde siempre que se vería obligado a casarse. Quizá él había creído que yo sería más comprensiva con esta situación que Mae.
—Murió —dijo—. Cuando dio a luz.
—Lo siento. —Estaba más confundida que nunca.
—Evie ha pasado la mayor parte de su vida en Treow y Ellder. Estoy con ella siempre que puedo, pero…
Pero él era un príncipe con obligaciones. Y si pasaba demasiado tiempo con ella, la gente empezaría a sospechar.
—¿Cómo has conseguido mantenerla oculta? —pregunté.
—Ella aprendió bastante joven a mantener el secreto.
—Pero hoy te ha llamado papá.
Se puso serio.
—Y luego le recordé que esos deslices no pueden ocurrir.
—Ya. — Vaya .
Caminamos un poco más, mientras mi mente trabajaba sin parar.
—No sé qué hacer con todo esto —dije.
—No tienes que hacer nada.
¿La ocultaría para siempre? ¿Podría pedir que la reconociera como su hija en algún momento?
Entendía por qué la había mantenido oculta. O bueno, un poco. Pero aun así no dejaba de sentir el corazón roto por ella. Y por él.
—¿Puedo conocerla? —pregunté sin pensarlo dos veces. Quizá era solo porque echaba de menos a mi hermano, pero quería ser amiga de esa niña. De esa hija—. No divulgaré el secreto. Lo entenderé si dices que no, pero me gustaría…
—Sí, puedes conocerla.
—Gracias.
Se detuvo y sus ojos buscaron los míos. Luego se llevó las manos al corazón e hizo una leve reverencia. Era el mismo gesto que habían hecho el Guardián y el Sumo Sacerdote de los Voster. ¿Qué significaba? Antes de poder preguntárselo, se puso en marcha.
—¿Qué te parece Treow?
¿Me lo preguntaba porque me quedaría aquí durante mucho tiempo?
—Un poco inesperado. Pero me gusta.
Era verdad. Me gustaba la casa en el árbol. El tiempo que pasaba con Tillia. Me gustaba tener ciertas libertades.
—Me alegra.
—Mis criadas están en casas separadas. ¿Sería posible mudarlas al mismo lugar? Una de ellas extraña mucho su hogar y creo que le vendría bien pasar tiempo con una amiga. Por favor.
—Veré qué puedo hacer mañana a primera hora.
—Gracias.
Por favor. Gracias. Si podía decir algo sobre nuestro matrimonio era que se basaba en la cordialidad.
—¿Dónde has estado? —pregunté.
—Viajando.
¿Evie también recibía estas no-respuestas vagas? ¿O eran solo para mí?
—¿Alguna vez viajaré contigo? ¿O me tengo que quedar aquí? —pregunté, pero Zavier se mantuvo en silencio—. Solo ignoras las preguntas que no quieres responder, ¿verdad?
—A veces.
—Es bastante molesto.
Sonrió.
—Evie dice lo mismo.
—Es una niña muy inteligente.
—Claro que lo es —asintió—. Es más seguro que Evie se quede aquí. Lo mismo puedo decir sobre ti. Pero dentro de poco iremos a Ellder. Por más que me encante Treow, no es el mejor lugar para cuando empiece la migración de los crux.
Mi corazón, mis esperanzas, se vinieron abajo.
Si tenía intención de que me quedara en Ellder, entonces no llegaríamos a Allesaria antes de la migración.
No tendría manera de enviarle información a mi padre. No mientras estuviera encerrada en una especie de fortaleza. Y si mi padre tenía razón, nuestra gente moriría, al igual que había ocurrido durante generaciones, cuando los crux atacaran.
¿Qué debería hacer? ¿Cómo podía arreglar el asunto? ¿Había alguna manera de hacer que cambiara de parecer?
Mi cabeza no dejaba de trabajar, adentrándome en el terreno de lo imposible, de modo que, cuando llegamos a mi casa en el árbol, tardé un momento en reconocer mi propia escalera.
—Buenas noches, Odessa.
Parpadeé y salí de mi ensimismamiento.
—Esto… Sí, buenas noches, Zavier.
Arréglalo. Haz algo. Lo que sea.
Antes de que se alejara, me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla. Su mandíbula me pareció suave y su piel olía a cedro y jabón.
No se apartó, pero noté que se puso más tenso. Cuando devolví el peso de mi cuerpo a mis talones, vi algo parecido a la lástima en su mirada.
—No sé por qué lo he hecho. —Cerré los ojos y sacudí la cabeza, deseando no haberlo hecho—. Lo siento.
—No te preocupes. —Apoyó una mano sobre mi mejilla. Parecía callosa. No era la típica mano de un príncipe, aunque Zavier no se parecía en nada a ningún otro príncipe que hubiera conocido. No era malcriado ni cruel, pomposo ni arrogante.
Cuando bajó la mano, esperé a escuchar sus pisadas antes de abrir un ojo y, una vez que se marchó, enterré el rostro en mis manos y solté un quejido.
—Joder. —Pisé con fuerza un montículo de tierra y subí por la escalera. Una vez arriba, cuando estaba entrando afanosamente en la casa, lista para sacarme las botas, me quedé congelada cuando vi a un visitante.
—¿Una noche larga, mi reina? —El Guardián estaba acostado en mi cama y tenía los brazos por detrás de la cabeza.
—Saca tu culo de mi cama. Ahora mismo. —Levanté las manos, abriendo y cerrando los dedos, y los imaginé alrededor de su cuello y lo bien que me sentiría estrangulándolo en este preciso instante—. Lárgate.
Cruzó las piernas como si se estuviera preparando para echar una siesta.
—¿De verdad sabes respetar la intimidad de los demás? ¿O solo insistes en invadir la mía? ¿Tienes miedo de estar solo? ¿Por eso siempre estás aquí?
—Creo que algo sabemos ambos sobre estar solos.
¿Era vulnerabilidad lo que noté en su voz? ¿O se estaba burlando de mí?
Su mandíbula seguía tensa y una expresión de malestar cubría su rostro. Pero algo en sus ojos de color avellana traicionaba esa expresión. Algo que decía que había venido aquí para no estar solo.
O para que yo no estuviera sola.
Antes de poder entenderlo, esa mirada desapareció y sus ojos retomaron la seriedad y la furia de siempre.
—¿Cuál es tu hogar?
—¿Otra vez con eso? —Me quité una bota. Si iba a invadir mi cama, entonces también tendría que lidiar con mis pies apestosos—. Roslo. Aunque en este momento, esta encantadora casa del árbol es mi casa. ¿Próxima pregunta?
Los ojos del Guardián cambiaron al color plateado.
—Cuidado.
—¿O qué? —Me quité la otra bota y me vi tentada de lanzársela—. No te tengo miedo.
Era exasperante. Pero no era una amenaza. El Guardián nunca me haría daño.
—¿Alguna otra pregunta? ¿O puedo ir a dormir?
—¿Con cuántos hombres te has acostado? Sé que estás ansiosa por acostarte con Zavier, pero déjame recordarte algo: no le gustan las mujeres que apestan a desesperación.
Abrí la boca. Sentía que echaba fuego por la nariz y mis mejillas se sonrojaban. Era obvio que me había visto quedar como una tonta afuera. Este hombre siempre estaba al acecho, listo para lanzarme cualquier humillación a la cara.
—Lárgate.
Se levantó de la cama y cruzó tan rápido la habitación que, en un abrir y cerrar de ojos, lo tenía frente a mí. Se inclinó tanto hacia delante que nuestras narices casi se tocaron. Cuando habló, su aliento acarició mis mejillas.
—¿Tu padre te envió aquí para que nos espiaras?
—No —respondí demasiado rápido y con demasiada inseguridad. Él resopló y se marchó en otro abrir y cerrar de ojos.
—¿He pasado la prueba? —grité a sus espaldas.
Su respuesta fue arrojar la escalera al suelo. Luego se subió a la barandilla y saltó hasta el suyo.
—Parece que no —balbuceé.
Y cerró de un golpe la puerta de su casa.