Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

—¿Estás bien? —me preguntó Tillia, dándome una palmada en la espalda.

—Sí —contesté, frotándome el pecho.

El Guardián sonrió con insolencia.

—¿Me has echado de menos, Cross?

—Qué dices.

Era pésima para mentir.

—Yo me encargo —dijo el Guardián, alejándose del árbol.

—Ah, rayos —me lamenté.

Ya empezaba a sentirme cómoda con Tillia. Sí, era una tortura, pero una tortura relajada. No hacía que se me acelerara el corazón. No me dificultaba llenar los pulmones de aire.

Este hombre me hacía sentir incómoda.

Eran sus poderes. Esa energía pura que emanaba me ponía nerviosa.

En verdad era pésima para mentir, incluso a mí misma.

Por todos los cielos, esto tenía que terminar de una vez por todas. Quizá ahora que estaba en Treow podría dejar de preguntarme dónde estaba y volver a odiarlo. Volver a tramar su asesinato.

—¿Dónde estabas? —le pregunté cuando se paró frente a mí con los brazos relajados a cada lado de su cuerpo.

—¿Estabas preocupada por mí, mi reina?

Puse los ojos en blanco.

—Lo único que me preocupaba era no poder escupir sobre tu tumba si morías.

Su sonrisa se hizo más grande.

—Bueno, no temas. Estoy bastante vivo y puedo volver a cuidarte.

—¿A cuidarme? —¿Era por eso que Zavier me había abandonado en Treow?

—Alguien tiene que hacerlo.

Vale. ¡Ay! ¿De verdad era una carga?

—¿Dónde está Zavier?

—¿Echas de menos a tu amado, Gorrión?

Resoplé.

—¿Sabes lo molesto que es hacer una pregunta y que te respondan con otra?

—¿En serio?

Había pasado días preguntándome dónde estaba cuando en realidad debería haber estado suplicándoles a Ama y a Oda que mantuvieran a este hijo de perra lejos de mí.

—No importa. —Moví la muñeca—. ¿Vamos a entrenar o qué?

Rio y levantó las manos por encima de su cabeza para quitarse el jersey. Al hacerlo, vi que llevaba una camiseta sin mangas que hacía que sus brazos se vieran más musculosos y fuertes que los de cualquier otro hombre que jamás había visto.

Un escalofrío se extendió por todo mi cuerpo y me obligué a mantener la vista en el suelo.

Era un monstruo. Es un monstruo, es un monstruo, es un monstruo . Un monstruo hermoso, pero un monstruo sin más. Había matado al hermano de Banner. Era un asesino.

Además, yo estaba casada.

Casada. Casada. Casada.

Mierda, tenía la cara roja como un tomate.

El Guardián apoyó un dedo por debajo de mi barbilla y me obligó a mirarlo a los ojos.

—¿Necesitas un momento?

Le aparté la mano con un manotazo y retrocedí un paso, levantando los puños.

—No, terminemos con esto de una vez por todas.

—Como quieras. —Hizo una reverencia burlona y enseguida me dio una bofetada en la cara.

El golpe fue tan rápido que no lo vi venir. No podría haberlo bloqueado ni aunque lo hubiera intentado.

Abrí la boca y apoyé una mano sobre el leve ardor en mi mejilla.

—Me has golpeado.

O bueno, algo así.

Si me hubiera querido lastimar de verdad, habría cerrado el puño. O le habría imprimido un poco más de fuerza a la bofetada. Había sido más bien una palmada, apenas una caricia fuerte para que aprendiera la lección.

—Solo me quería asegurar de que estuvieras alerta. —El cretino sádico tenía un leve destello en sus ojos.

Mis dientes rechinaron con fuerza cuando cerré la boca y, asegurándome de mantenerlos presionados, levanté las manos otra vez.

Esta vez, cuando sus manos se lanzaron hacia mí, estaba preparada. Giré hacia un lado y mis manos desviaron el golpe, lo suficiente para que la punta de sus dedos me rozara la mejilla.

—Ja —dije levantando un puño mientras mi sonrisa florecía. ¿Era estúpido celebrarlo? Sí. ¿Lo haría de todas formas? Por supuesto.

—Has estado practicando. Y no solo con Tillia. —¿Había orgullo en esa mirada? Era probable que no.

Pero mi orgullo bastaba para los dos, porque, definitivamente, había estado practicando. Durante las noches tranquilas, lejos del sonido de las olas del mar, pasaba noches enteras practicando. Bailando.

Tillia me había dicho que pelear era como bailar. Me enseñó a encontrar el ritmo de mi oponente de la misma manera que lo haría con una pareja de baile.

Mi tutor de baile en Roslo había sido uno de los pocos que me había dicho que no estaba del todo perdida.

No era una gran bailarina, pero tampoco era terrible.

Por eso elegía bailar, una y otra vez, hasta que se me despejaba la mente y agotaba el cuerpo.

Luego dormía profundamente hasta el amanecer.

—Otra vez —dijo el Guardián, asintiendo. Pero cuando levanté las manos, sus ojos se posaron por encima de mis hombros y, lentamente, esbozó una sonrisa.

Sus labios suaves, sus dientes blancos y rectos, sus ojos relucientes hacían que esa sonrisa fuera hermosa.

Mi corazón se detuvo apenas un instante hasta que comprendí que esa sonrisa no estaba dirigida a mí. No era para mí.

No debería haber deseado que así fuera.

Por todos los dioses, ¿qué me pasaba? ¿Por qué pensaba tanto en él?

Tenía que irse de Treow otra vez. Y no regresar.

—¿Espiándonos, Evangeline?

Evangeline. Me giré, esperando ver a una mujer tan hermosa como su nombre. Pero, en lugar de eso, encontré a una niña con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

Era la niña que había visto en la zona comunitaria. La niña de cabello castaño y ojos grises enormes.

—No es torpe —dijo Evangeline. Resoplé, volviendo mi atención hacia el Guardián.

—¿Le dijiste que era torpe? —Su respuesta fue encogerse de hombros—. Te odio.

—Sí, lo sé, no lo olvido. —Pasó caminando a mi lado para acercarse a la niña, chocando un hombro contra el mío a propósito.

Debía de tener cuatro o cinco años, apenas un año o dos más que Arthy.

El Guardián se agachó frente a ella y chasqueó la lengua.

—Se supone que debes estar con Luella, estudiando.

Evangeline frunció la nariz.

—Estudiar es aburrido. Solo me gusta la ciencia.

¿Qué era él para ella? ¿Era su hija? Ah, cielos. ¿Tenía familia? ¿Luella era su amante? ¿Su esposa?

Me sentía una cretina. No solo yo estaba casada, sino que seguía mirando con cariño a un hombre que ya era de otra persona. Una culpa amarga, agria y putrefacta se esparció por mi lengua y se metió por debajo de mi piel como algo viscoso y vil.

Basta . Ya había sido suficiente. Era hora de sacar al Guardián de mi cabeza y concentrarme en otro hombre.

Zavier.

—Evie —dijo el Guardián—. Me prometiste que te quedarías con Luella.

—Pero…

—Una promesa es una promesa.

Suspiró con tanta fuerza que pareció sacar todo el aire de sus pulmones. Luego pateó una piña que acabó dentro del círculo de entrenamiento.

—Está bieeeen.

La agarró de los hombros y la giró hacia la zona común, pero, antes de que se marchara, se oyó el galope de un caballo a lo lejos. Enseguida llegó un silbido, claro y espeluznante, anunciándole al visitante que era seguro entrar en Treow.

¿Un jinete de poni?

Con suerte, este se quedaría por más tiempo y estaría más dispuesto a responder a mis preguntas, a diferencia del último.

Evangeline se dio la vuelta con gran entusiasmo.

—¿Es él?

El Guardián asintió.

Una sonrisa radiante iluminó su adorable rostro y partió hacia la dirección opuesta a la que debía ir, directo hacia el claro donde mantenían a los caballos.

—Evie, espera —gritó el Guardián, pero la niña ya se había marchado.

Agitaba los brazos y las piernas, manteniendo la cabeza baja mientras corría a toda velocidad y su cabello salvaje y suelto se mecía a su alrededor.

Rio y empezó a seguirla con un trote tranquilo.

—¿Esto significa que el entrenamiento se ha acabado?

Sí, estaba hablando conmigo misma.

Sola.

¿Quién era esa persona que había llegado? Todo eso despertó mi curiosidad, así que empecé a seguirlos.

No tardé mucho en alcanzarlos. Evangeline corría a toda velocidad, mientras el Guardián la seguía de cerca por detrás para que ella pudiera mantenerse delante.

Una vez en el claro, vi que un grupo de tres guerreros había llegado a Treow.

Y con ellos estaba mi marido.

No pude identificar con certeza cómo me sentí al ver su rostro. Contenta. Aliviada. Molesta. Culpable. Furiosa.

Todo me avasalló y me sentí mareada.

Zavier estaba sentado con orgullo sobre su caballo y mantenía una expresión ilegible. Parecía exactamente como la última vez que lo había visto en el primer campamento: estoico y serio.

Recorrió el claro con la mirada, pasando por el rostro del Guardián, luego el mío, sobre el que se quedó un poco más de tiempo, y finalmente se posó sobre la niña, que captó toda su atención.

Se bajó del caballo y lo dejó deambular libre por el claro. Se arrodilló y extendió los brazos.

Evangeline se lanzó hacia él.

—¡Papá!

Esto…

¿Qué?