Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

La semana posterior a la visita del rey Ramsey a Treow transcurrió tranquila. Pacífica, incluso.

Pero sabía que no duraría mucho. Había demasiada incertidumbre, demasiadas preguntas sin responder, en particular sobre mi todavía ausente marido. De todas maneras, me permití pasar la semana disfrutando de este ambiente simulado de rutina.

Todas las mañanas, Tillia y yo entrenábamos durante horas.

Me enseñó a pelear como mujer, a usar nuestras ventajas contra oponentes más grandes y fuertes.

Me enseñó cómo golpear la entrepierna de los hombres, cómo presionar sus ojos y cómo usar la fuerza de las caderas si caía y me presionaban contra el suelo.

Cada día que pasaba, aumentaba la intensidad del entrenamiento y parecía como si me estuviera preparando para la guerra.

Como si tuviera el presentimiento de que se acercaba una batalla.

Después del entrenamiento con Tillia, volvía a mi casa en el árbol y recibía a Brielle y Jocelyn, que me llevaban el desayuno.

Pasaba un rato dibujando en mi diario hasta el mediodía e incluso practicaba para pulir mis silbidos.

Luego, por la tarde, iba al establo y cabalgaba con Freya.

Si iba a cruzar el reino de una punta a otra, sería mejor que practicara montando a mi yegua.

Una vez que finalizaba esa rutina, exploraba los alrededores del campamento y me tomaba un tiempo para espiar al resto de los habitantes.

Descubrí que Mariette era huraña con todos, que dos cocineras se estaban acostando con un chico que trabajaba en los establos y todos menos ellas sabían que estaba jugando con las dos. Y que los jinetes de poni eran tan esquivos a las preguntas como el resto de los turanos.

El día anterior había decidido hablar con uno de los jinetes y le pregunté de un modo casual si alguna vez había ido a Allesaria, pero el hombre arrojó el correo a mis pies y se marchó.

Ser espía era difícil.

Por la noche, cenaba con Brielle y Jocelyn.

A ninguna de las dos les fascinaba el lugar en el que se estaban quedando, pero insistían con que no les preocupaba.

Le pedí a Tillia que las ubicara más cerca de mi casa, pero, al parecer, la única persona de Calandra a la que Tillia le temía era a Mariette.

Así que tendríamos que esperar a que Zavier regresara.

Un príncipe podría imponerse a una cuidadora, ¿verdad?

Después de cenar con Brielle y Jocelyn, volvía a mi casa y estiraba los brazos y las piernas como Tillia me había enseñado para aliviar los músculos.

Algunas noches en las que no me dormía enseguida, me quedaba acostada en la cama, mirando las estrellas a través de los tragaluces en el techo.

Me preguntaba si mi madre estaba en la parte del cielo que le correspondía a Arabella, observándome.

Otras noches, si estaba demasiado nublado, me quedaba mirando el collar, inspeccionando el ala y el metal detenidamente.

E, invariablemente, todas las noches pensaba. Sobre cualquier tema que encontrase sobre el que pudiese pensar en detalle.

En especial sobre Zavier.

¿Regresaría en algún momento? ¿Abandonarme aquí era su venganza contra mi padre? ¿Había sido idea suya que me quitaran la escalera todas las noches?

Había pasado una semana desde la última vez que vi al Guardián. Se había marchado la mañana siguiente a la visita del rey Ramsey y su casa se mantenía oscura y vacía. De todas maneras, se había asegurado de delegar la tarea de mantenerme cautiva a otra persona.

Todas las noches, entraba a bañarme con la escalera todavía enganchada al balcón y cuando salía, aún mojada, ya no estaba allí. Pero al amanecer, cuando Tillia me pasaba a buscar, ahí estaba otra vez.

Como esta mañana.

Cuando salté del último escalón, me recibió con una sonrisa y nos dirigimos a la zona de entrenamiento.

—¿Has dormido bien?

—Sí, ¿y tú?

Se encogió de hombros.

—Es difícil desde que Halston se marchó.

Se había ido al mismo tiempo que el Guardián. Aunque quería conocer más detalles, me contuve de preguntarle. Halston regresaría en algún momento. ¿Y el Guardián?

Una parte de mí esperaba que no regresara y se mantuviera alejado de Treow, de mí, de una vez por todas. Pero esa era la parte que no admitía que esperaba volver a verlo.

—Hoy entrenaremos con los puños —dijo cuando llegamos a la zona de entrenamiento.

—Genial, lo estoy deseando —dije con muy poco entusiasmo, y las dos empezamos a reír.

Y entonces nos pusimos manos a la obra. Al cabo de una hora de entrenamiento, me convencí de que no me estaba yendo bien. No podía concentrarme. Los pasos y los movimientos que me había enseñado el día anterior habían huido de mi mente como mariposas al viento.

—Estás distraída —dijo, frunciendo el ceño, mientras descansábamos y nos hidratábamos.

—Claro que no.

Sin duda, estaba distraída.

Todos los círculos de entrenamiento estaban ocupados y así había sido toda la semana. El sonido metálico de las espadas y el zumbido de las flechas se mezclaban con los gritos de los hombres y las mujeres que habían venido a entrenar.

Había sido así desde la visita de Ramsey. Todos en Treow parecían tensos, pero ¿por qué? ¿Qué le había dicho a Tillia?

Todavía no había reunido el coraje para preguntárselo. Todavía. Quizá mañana. O el día siguiente.

—Odessa —dijo Tillia, chasqueando los dedos frente a mi cara.

—¿Qué? Te estoy escuchando.

—¿En serio? —apoyó una mano sobre su cintura—. ¿Y qué he dicho?

—¿Que estoy haciendo un excelente trabajo?

Suspiró.

—Te acabo de decir que quiero que empieces a correr.

—Correr. — Joder —. ¿Por qué?

—Tu resistencia es pésima.

Sus palabras me habrían afectado si no las hubiera escuchado antes.

—No eres como el Guardián, pero te aseguro que los dos sonáis igual.

Una pequeña sonrisa se formó en su boca.

—Gracias.

Era obvio que lo había tomado como un cumplido.

—¿Y por dónde quieres que corra?

—Puedes dar algunas vueltas alrededor de Treow. Empieza con una vuelta, sube a dos, luego tres. La mayoría de nosotros damos entre cinco y diez vueltas al día.

Me quedé boquiabierta.

Treow era enorme. Una vuelta era más distancia que la que había corrido en toda mi vida.

Ahora que conocía el lugar, sabía dónde terminaba el territorio y dónde se encontraban las torres de vigilancia. También descubrí dónde habían colocado las trampas para los aureones, así no activaría ninguna por error ni me quedaría atrapada bajo una red.

—¿Es necesario? —pregunté. Tillia levantó una ceja. Eso significaba que sí—. Está bien.

Aunque estaba mejorando, mi resistencia seguía siendo un desastre comparada con la de los turanos.

Después de cada entrenamiento, me sentía como si tuviera fuego en los pulmones y los músculos me quemaban.

Terminaba empapada en sudor y, si bien mi cuerpo se estaba acostumbrando a estas nuevas exigencias físicas, todavía me quedaba un largo trecho por recorrer.

—Puedes empezar a correr hoy. —Dejó a un lado el vaso de agua y regresó al centro del círculo—. Pero antes, unos minutos más de pelea.

Cielos, ¿ya? Los descansos parecían ser cada vez más cortos.

—¿Cómo conociste a Halston?

—¿Vas a seguir perdiendo el tiempo, Odessa?

—Sí —contesté con honestidad, y su sonrisa me dejó claro que iba a mimarme un poco.

—Nos conocemos desde la infancia. Crecimos juntos en una pequeña aldea en la frontera con Ozarth, no lejos de Westor.

—¿Hace mucho que estáis juntos?

—Desde que éramos jóvenes. —Los destellos verdes de sus ojos se hicieron más intensos, como si pensar en su esposo encendiera una luz en su interior—.

Tenía un perro cuando era una niña, Creed.

Era grande y ruidoso, y siempre estaba a mi lado.

Dormía a los pies de mi cama desde que era una bebé.

Mi madre decía que era mi centinela. Creed murió cuando yo tenía trece años.

—Lo siento mucho.

Se encogió de hombros.

—Era viejo. Un día se marchó y nunca regresó.

Había llegado su momento de partir hacia las estrellas.

De todas formas, me rompió el corazón. Un día, Halston me encontró llorando después de la escuela.

Me acompañó a mi casa y me tomó de la mano.

Estamos juntos desde entonces. Me gusta pensar que Creed partió porque sabía que Halston estaría ahí para ocupar su lugar.

Apoyé una mano sobre mi corazón, intentando contener el dolor que me hacía sentir pensar en una niña que había perdido a su compañero solo para encontrar a otro. Su alma gemela.

Tillia parpadeó rápido, como si estuviera intentando contener las lágrimas. Luego me llamó con la mano para que me acercara.

—Bueno, sigamos con lo nuestro.

Solté un quejido y terminé el vaso de agua. Me acerqué, suspirando con pesadez, y levanté los puños. Iba a enseñarme a golpear con los puños, algo que parecía ser diez veces más difícil que bloquear sus golpes.

—Bueno, estoy lista.

—Esta vez intenta golpearme de verdad. No te contengas.

—Pero no está bien pegarle a una amiga.

Me miró sin ninguna expresión.

—Odessa.

—En serio, creo que soy mejor con la defensa —bajé las manos—. No hace falta que sea una guerrera amenazante como tú. Solo quiero mantenerme con vida la próxima vez que una medularia intente comerme.

—Y para que eso no pasara, lo único que tenías que hacer era permanecer en el maldito barco.

Me giré hacia esa voz ronca y encontré a su portador reclinado contra un árbol.

El Guardián tenía los mismos pantalones de cuero que siempre usaba, pero, en lugar de una túnica, esta vez llevaba un jersey de lana.

La tela beige se amoldaba a su cuerpo y hacía que sus hombros se vieran más grandes que de costumbre.

Su cabello caía sobre sus hombros y estaba un poco revuelto por el viento, como si hubiera estado cabalgando a toda velocidad durante horas.

También mostraba una barba rebelde, como si no se hubiera molestado en afeitarse en toda la semana.

El corazón se me detuvo al mismo tiempo que se me formó un nudo en el pecho. Era la sensación más extraña que jamás había sentido, tan rara que me provocó un ahogo y empecé a toser.