Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veintidós
39%

Capítulo veintidós

Cuando bajé por la escalera la mañana siguiente, no fue el aureón ni el Guardián los que me estaban esperando abajo (aunque había llevado mis cuchillos por si me encontraba con alguno de los dos), sino Tillia.

—Buenos días, Odessa.

—Buenos días.

—El Guardián me pidió que te entrenara hoy, si estás de acuerdo.

—¿Y si digo que no estoy de acuerdo?

—Me dijo que tu próximo entrenamiento con él duraría el doble de tiempo y sería el doble de exigente.

Resoplé.

—Cretino.

Contuvo una sonrisa.

—También dijo que dirías eso.

—Entonces supongo que ya me conoce bastante bien. —Miré su casa en el árbol.

¿Estaba ahí arriba? ¿Durmiendo con quienquiera que hubiera compartido la cama con él esa noche? ¿Estaba escuchando esta conversación?

—Bueno, no me gustaría decepcionar al Guardián —dije, pronunciando su nombre de un modo burlón con la esperanza de que pudiera oírme—. Te sigo.

Caminaba como si estuviera dando un paseo y no dejaba de levantar la vista hacia el cielo. Parecía relajarse cuando el sol besaba sus mejillas.

¿No debería estar nerviosa? ¿El Guardián no le había contado nada sobre el aureón de anoche? Quizá, después de todo, sí lo había matado.

Mis dedos se tensaron a cada lado de mi cuerpo y tenía las manos listas para sacar los cuchillos si nos encontrábamos en peligro. Pero, mientras cruzábamos Treow, cada persona que pasábamos parecía tranquila. Era otro día normal.

—Apareció un aureón anoche. —A menos que lo hubiera soñado. ¿Lo había soñado?

—Sí —dijo Tillia—. Ya se encargaron de él. No tienes por qué preocuparte.

—Ah. —¿Entonces el Guardián lo había matado después de todo?—. ¿Está muerto?

—No. Tenemos trampas. Lo atraparon y lo llevaron a la montaña esta mañana.

No suelen deambular por esta zona, pero, cuando vienen, les encanta pasar a visitarnos por la noche.

Tenemos las trampas por si acaso. Pero no te preocupes.

En todos mis años en Treow, nunca he oído que alguno haya subido a una de las casas.

A menos que sea agresivo, por lo general, los llevamos a otro lugar.

—¿En serio? —Nunca me hubiera imaginado que atraparan un monstruo y lo soltaran. ¿Y si regresaba y mataba a alguien? ¿No les preocupaba eso?

—Son parte de la cadena. Mantienen a la población de ciervos en equilibrio. A menos que la bestia sea una amenaza, evitamos matarla si es posible.

En Quentis, la única manera en que lidiábamos con los monstruos era matándolos. No había considerado que eso tuviera un impacto en otras especies, en otras cadenas.

Como la Cadena de las Siete.

—Todos estamos conectados —dijo Tillia—. Siempre buscamos el equilibrio.

¿Era por eso que los dioses habían creado a los crux? ¿Para equilibrar a la población humana? ¿Para mantener nuestra población bajo control? ¿Para recordarnos que éramos insignificantes? ¿Para mantenernos a merced de los dioses?

Pero, entonces, ¿quién regulaba a los crux? ¿Había otros monstruos ahí fuera más grandes y fuertes que ellos? ¿O morían a causa de alguna infección o enfermedad?

—¿Y si el aureón regresa? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Lo atrapamos otra vez.

—¿Y si no se mantiene alejado? ¿Si viene y hiere a alguien?

—Estás a salvo en la casa en el árbol. —Apoyó una mano sobre mi brazo—. Te lo aseguro.

Quería creerla, realmente quería hacerlo. Pero, hasta ese momento, Turah me había asustado demasiado. Iba a tardar un tiempo en sentirme segura en cualquier parte de este reino.

—¿Y si un pardur entra en Treow? ¿Podrían pararlo las trampas?

—No —sacudió la cabeza—. Hay monstruos que tienes que matar solo verlos. Los pardures y los ulfernos.

—¿Qué más?

—Todo lo que sea… salvaje.

¿Salvaje?

—¿No son todos salvajes?

Eran monstruos, no mascotas. Si hubiera tenido la oportunidad, ese aureón me habría devorado por completo la noche anterior. Eran bestias incontrolables, despiadadas y letales, fascinadas por la carne humana. ¿No?

Era una pregunta que se respondía con un simple sí o no . Pero no me dio ninguna de las dos y siguió caminando. Terminamos el resto del camino en silencio.

Al parecer, había decidido imitar a Zavier ignorando mis preguntas. Bah .

—Empecemos con los cuchillos —dijo Tillia cuando llegamos a la zona de entrenamiento.

—Está bien. —Los saqué y me puse en posición de combate—. Lista.

Una hora más tarde, con la espalda sudorosa, comprendí que había estado muy equivocada al creer que sería más fácil pelear contra Tillia. Prefería mil sesiones de entrenamiento con el Guardián que una sola con ella.

Después de un combate con los cuchillos, decidió que todavía no estaba lista para entrenar con armas. Y entonces me pidió que entrenara con los puños.

Había leído historias sobre torturas más amables que esta.

—Una vez más —dijo, levantando los puños—. Esfuérzate más.

Me limpié la saliva y el sudor de mis labios con el dorso de la mano, más sedienta de lo que había estado en toda la vida, y levanté las manos.

Me lanzó un golpe rápido a la nariz y un puñetazo en la barbilla que logré bloquear con el brazo izquierdo.

Cuando lanzó un ataque hacia mis costillas, bajé el codo, tal como ella me había enseñado, y lo usé junto con el brazo para desviar su mano.

Cuando se lanzó una vez más hacia mí, me moví a la derecha, manteniéndome ligera sobre la punta de los pies, sin apoyar el peso sobre mis talones.

—Más rápido —me ordenó.

Tragué con fuerza mientras lanzaba sus puños hacia mí, otro golpe seguido de un empujón con todo el cuerpo. Cada vez que bloqueaba un ataque, girábamos y empezábamos la rutina otra vez, ahora a mayor velocidad.

Después del sexto combate ya no pude más. Mis músculos doloridos y cansados empezaron a ralentizarse. Dejé de ser lo suficientemente rápida.

Sus nudillos me golpearon en el costado una vez más y desataron una ola de dolor por todo mi torso.

—Uff —resoplé entre dientes y caí de rodillas, tomando una bocanada de aire.

Era horrible. Me estaba pateando el trasero y, para hacer que la situación fuera más humillante, había otros guerreros en el resto de los círculos de entrenamiento. Podía sentir sus miradas y oír cómo hablaban en susurros cuando soltaba algún grito de dolor.

—Mejor —dijo Tillia, para nada cansada.

—¿En serio? —resoplé—. No siento que esté mejorando en nada.

—Ya no mueves los pies con torpeza. Estás mejorando el equilibrio. Tu cuerpo sigue siendo un poco inestable, pero vas por buen camino.

Me limpié el sudor de la frente y me obligué a ponerme de pie.

—¿Debo darte las gracias?

Alguien tenía que enseñarle a estos turanos a hacer cumplidos. A estas alturas, me conformaría con una palmada en la espalda. Aunque apostaría que la persona que estuvo en la cama del Guardián la noche anterior tal vez había obtenido montones y más montones de elogios.

No importaba. No era asunto mío. No era mi problema. Y si pudiese dejar de pensar en él, sería fantástico.

Tillia le hizo señas a un muchacho que llevaba un cubo con agua de círculo en círculo para que se acercara.

Cogió dos vasos de madera y los llenó. Cuando estaba por entregarme uno a mí, cruzamos nuestras miradas y se detuvo, abriendo los ojos de par en par. Miró a Tillia y enseguida retiró el vaso hacia su pecho.

Ella se lo quitó y señaló a los otros hombres que entrenaban a nuestro lado.

—Vete.

No hizo falta que se lo pidiera dos veces.

—Lo siento —me entregó el vaso—. No solemos tener visitas de otros reinos en Treow.

—No hay problema. —Me encogí de hombros, fingiendo que el miedo del chico no me había afectado—. Sé que mis ojos son… diferentes.

No era la primera vez que la falta de destellos en mis iris incomodaba a un joven. Tampoco sería la última.

—Diferentes —dijo Tillia apoyando una mano sobre mi hombro y esbozando una sonrisa suave—. Pero muy hermosos.

—Gracias. —Me tomé otro trago de agua y cambié de tema—. ¿Sabes si Zavier vendrá a Treow pronto? —Era hora de centrar mi atención en mi marido perdido.

—No, lo siento. Lo último que supe de él era que estaba viajando de Perris a Ellder.

Viajando sin una esposa que lo retrasara.

—¿Va a abandonarme aquí para siempre?

Vació el vaso de un trago.

Eso significaba que sí.

Ocupaba la última posición en la lista de prioridades de Zavier. Me había dejado al cuidado de su gente en este campamento y se había olvidado de mí por completo.

¿Por qué? Y, en primer lugar, ¿por qué me buscó a mí?

¿Tillia sabía la verdad? ¿Halston le había contado algo sobre su visita a Roslo?

Pero, a esas alturas, ¿importaba? Me habían reclamado para ser una reina en el futuro. Había cumplido mi parte del tratado, pero Zavier no estaba por ningún lado, al igual que la presión de actuar como una esposa diligente. Quizá debía considerarme agradecida por estar sola. No era nada nuevo.

Siempre había estado sola. La única persona con la que podía contar para entender mi situación, para no ser ignorada, era yo misma .

—Creo que es suficiente por hoy —dijo Tillia mientras terminaba mi último trago de agua—. Descansa. Nos volveremos a ver por la mañana.

Ahogué un quejido.

—No puedo esperar a mañana.

—Eres pésima mintiendo, Odessa.

—Ya me lo han dicho antes. —Levanté los cuchillos y me fui antes de que cambiara de parecer. Tenía la túnica pegada a la piel, el cabello empapado y había una gran probabilidad de que la tintura ya estuviera deslizándose por mi frente.

Como estaba sudando tanto, tenía que teñirme tan a menudo que pronto tendría que pedirle al comerciante que me consiguiera un nuevo frasco. Había pensado conseguir más en Allesaria, pero, a estas alturas, dudaba de llegar a la ciudad antes del invierno.

Suponía que, si no conseguía más tintura, Zavier finalmente descubriría que, ¡oh, sorpresa! , su esposa era pelirroja.

Fui a la zona común para desayunar y visitar la biblioteca. Quizá los próximos libros que encontrara no me darían un ataque de ira y pesadillas. Quizá algún jinete de poni llegaría en cualquier momento y podría hacerle algunas preguntas.

Pero, antes de llegar al comedor, el galope estruendoso de un caballo resonó por todo el bosque.