Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veintiuno #3
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Capítulo veintiuno #3

El monstruo se convirtió en un crux. Su pelaje se transformó en un montón de plumas. No eran las plumas castaño rojizo del crux macho, sino las plumas negras de las hembras. Partió el cuerpo de Brielle por la mitad y engulló sus entrañas de un solo bocado.

Cuando terminó, fijó sus ojos pequeños y malvados sobre mí.

Me desperté sudada, con el corazón acelerado. Parpadeé y apoyé una mano sobre mi pecho.

—Una pesadilla. —Solo ha sido una pesadilla.

Cerré los ojos, deseando que la visión abandonara mi mente, pero todavía podía escuchar los gritos de Brielle y unas garras que arañaban el suelo. El tronco de mi árbol.

El sonido se repitió: garras arañando la corteza del árbol.

Pero no estaba en mi cabeza. Venía de fuera.

Hice a un lado las mantas y el aire frío de inmediato apuñaló mi piel desnuda. Avancé de puntillas hacia la puerta y salí en silencio.

Cuando me asomé por el balcón, Aurinda y Aurrellia, las lunas mellizas, brillaban tanto como dos faroles en el cielo nocturno despejado. Iluminaban el bosque y proyectaban sus rayos entre las ramas.

Me asomé hacia abajo, presionando el vientre contra la barandilla. En ese momento el corazón se me subió a la garganta.

Un aureón afilaba sus garras de diez centímetros contra el tronco de mi árbol.

Me aparté del borde de la plataforma, conteniendo la respiración.

La escalera no estaba por ningún lado a la vista y, por primera vez, agradecía estar atrapada aquí arriba.

Los aureones también deambulaban por los campos de Quentis. Eran criaturas nocturnas y, cuando el sol se ocultaba, atacaban el ganado provocando verdaderos desastres, ya que masacraban rebaños enteros de vacas, ovejas o cerdos.

Eran parecidos a los leones de montaña, pero, en lugar de tener un pelaje marrón liso, tenían un pelaje suave y curtido que brillaba como si estuviera hecho de oro.

Su piel se usaba para fabricar los más costosos abrigos, guantes y sombreros.

Solo la élite y los poderosos usaban piel de aureón cuando asistían a las fiestas en el castillo.

Sus dientes y garras eran tan negras como las obsidianas del desfiladero de Evon, pero la cola ataviada con largas púas era su característica más notable, además de ser un arma letal. Medía el doble de largo que su cuerpo y la movían como un látigo en el aire.

Eran monstruos siniestros, malvados y despiadados. Eran rápidos y astutos. Se escondían en las copas de los árboles y esperaban a que…

Me quedé sin aliento. Joder .

Los aureones eran excelentes trepadores. Di otro paso hacia atrás para alejarme de la barandilla y apoyé el pie con demasiada fuerza.

—Shhh.

Me giré hacia la voz y encontré a su dueño en la puerta de la casa que estaba junto a la mía.

El Guardián.

Apoyó un dedo sobre sus labios. En la otra mano llevaba la espada. Asentí, conteniendo el miedo que me cerraba la garganta. Se asomó por el borde de su propio balcón, mientras yo me acercaba al mío.

Cualquier otra noche, en cualquier otro lugar, me quedaría encerrada en la casa, escondida debajo de la cama. Pero con el Guardián aquí, con el asesino de monstruos como mi aliado, me arriesgué a asomarme hacia abajo otra vez.

El aureón debió haberse aburrido de mi árbol, ya que pasó al siguiente, olfateando el suelo.

Señalé al monstruo y gesticulé: mátalo .

Pero el Guardián sacudió la cabeza.

—Mátalo tú.

Lo miré inexpresivamente. Sí, claro .

Apoyó la espada contra la puerta y luego se inclinó hacia delante, apoyando los brazos sobre la barandilla, al parecer satisfecho con observar a ese monstruo deambular por Treow.

¿Eso era todo? ¿Iba a dejarlo ir?

Apoyé una mano en mi cintura y señalé al aureón.

Respondió a mi silencioso ¿vas a hacer algo al respecto o no? sin problema.

—No.

Miré al monstruo que deambulaba abajo. Su cola se movía con una pereza y hermosura letal.

—¿Vas a dejarlo vivir? —susurré.

—Por ahora. Estoy ocupado esta noche.

Resoplé.

—¿Haciendo qué?

Esbozó una sonrisa, se alejó de la barandilla, agarró su espada y desapareció en el interior de su casa en el árbol. Se oyó un chasquido cuando cerró la puerta y me dejó afuera.

Miré con ira el lugar donde había estado antes. Luego pasé mi cabello por encima del hombro y me giré hacia mi casa. Ya casi estaba dentro cuando oí su voz.

Estaba hablando con alguien. No estaba solo.

Una creciente incomodidad empezó a avanzar por mis venas como ese monstruo que deambulaba por Treow.

¿Quién era? Aunque no era de mi incumbencia saber con quién pasaba sus noches, a quién invitaba a su cama. En especial, considerando que yo estaba casada .

Pero el nudo que sentí en el pecho me dificultó la respiración. No debería molestarme. No me importaba. Para nada.

Si practicaba lo suficiente, algún día quizá sería una buena mentirosa. Sería como una de esas personas del libro de Samuel Hay.

Entré y cerré la puerta para asegurarme de estar a salvo.

Luego tiré del cordel que colgaba del techo para retraer las cortinas y darle la bienvenida a la luz de la luna.

Los tragaluces eran lo suficientemente resistentes para mantener al aureón fuera, ¿verdad? Por todos los dioses, esperaba que sí.

Una vez que me desplomé sobre la cama, me quedé mirando las estrellas, haciendo todo lo posible para no pensar en autores o monstruos.

O en el hombre de al lado.