Capítulo veintiuno #2
El olor de los libros, los pergaminos y los clavos de olor se apoderó de mi nariz. Cerré los ojos e inhalé profundamente. La habitación estaba un poco oscura y no tenía ninguna ventana. Detrás de los primeros estantes, no podía distinguir nada en las sombras.
Cathlin se acercó al centro de la habitación y tiró de una larga cuerda que colgaba del techo.
Tenía una cuerda similar en la casa del árbol, conectada a un gancho junto a la puerta.
Cuando tiró de ella, una serie de cortinas en el techo se replegaron sobre sí mismas y se amontonaron a un lado, dejando al descubierto una serie de ventanas en el techo.
La biblioteca quedó completamente iluminada por la luz del sol, que cubrió cada uno de los rincones de la habitación.
Tragaluces. Las cortinas del techo cubrían los tragaluces. Una vez que regresara a mi casa, abriría los míos.
—Mucho mejor —dijo Cathlin, haciendo a un lado la cuerda, y juntó las manos—. ¿Qué estabas buscando?
¿Un mapa detallado de Allesaria?
—No sé, nada en particular. Me encanta leer.
—A mí también. —Acarició los lomos de los libros de un estante cercano y sus ojos parecieron resplandecer cuando los tocó—.
Siéntete libre de mirar lo que quieras, aunque te advierto que esta colección ha sido pensada para niños.
Treow no tiene escuela, así que he ido trayendo todo lo que pudiera ayudar a los padres a enseñar a leer y escribir a los más pequeños.
—No hay escuela. —Fue más una afirmación que una pregunta, mientras repasaba el recorrido que había hecho el día anterior con Tillia. No había mencionado nada sobre escuelas.
—No —dijo Cathlin, suspirando—. No aquí fuera. No en la intemperie.
La intemperie.
La intemperie de Turah.
—Es difícil conseguir buenos maestros que quieran venir a vivir aquí —dijo—.
Es entendible. Es menos probable que se los coma un ulferno si se quedan en una fortaleza o en una ciudad amurallada.
Pero eso deja a los padres a cargo de la educación.
Por eso tengo esta colección. De todos modos, tengo algunos libros para adultos al fondo.
—¿Te molesta si les echo un vistazo?
—Para nada. Adelante.
—Gracias —sonreí, luego pasé junto al estante que tenía enfrente. Apenas había lugar entre este y la pared para llegar a la segunda y tercera fila. Cathlin lo había colocado todo lo más apretado posible.
Pasé junto a una serie de libros para niños, algunos de los cuales reconocí de mis días como alumna. Una vez que llegué a la sección de libros para adultos, tuve que ponerme de puntillas para leer los títulos del estante más alto.
La mayoría de los libros estaban relacionados con Turah y, como ese parecía ser un buen lugar para comenzar, seleccioné un par y formé una pila en mis brazos, mientras leía detenidamente.
Añadí un libro sobre monstruos que tenía ilustraciones a color.
Cuando vi una docena de libros sobre los otros reinos de Calandra, mis manos de inmediato fueron al libro con Quentis estampado sobre su lomo de cuero.
Lo apoyé sobre mi pila de libros y lo abrí. Leí la introducción.
Traidores. Mentirosos. Ladrones. Pasé un año en Quentis y puedo decir con absoluta certeza que son un pueblo despreciable.
Tosí y lo leí dos veces para asegurarme de haber cogido el libro correcto. La introducción sonaba más como un libro sobre Ozarth o Génesis.
UN AÑO EN QUENTIS , POR SAMUEL HAY.
Debería haberlo devuelto. Debería ignorar las opiniones que tenía este autor sobre mi reino, mi hogar, mi pueblo. Pero, antes de poder devolverlo al estante, lo guardé en la parte de abajo de la pila, ya que mi curiosidad se acabó imponiendo.
¿Todo Turah compartía su opinión? Si conservaba mi nombre, mi origen, ¿siempre me mirarían con desdén?
Continué buscando un atlas o un mapa doblado, pero no encontré nada.
Mi única esperanza era que los libros que trataban sobre la historia de Turah tuvieran alguna ilustración en su interior.
Sujetando con fuerza los libros contra mi pecho, regresé a la entrada de la biblioteca, donde Cathlin pasaba un plumero sobre un pequeño escritorio.
—¿Has acabado? —preguntó.
—Sí. ¿Te molesta si me llevo todos estos?
—Para nada.
—Gracias. —Le devolví la sonrisa y entonces salí de la biblioteca. Crucé Treow y regresé a mi casa en el árbol para guardarlos debajo de la cama. Pero cuando estaba a mitad de camino, oí la voz de Brielle entre los árboles.
—Su Alteza.
—Brielle. —Me giré y la encontré corriendo en mi dirección con un canasto en el brazo. Apoyé los libros en el suelo y abrí los brazos para abrazarla—. ¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¿Estás con Jocelyn?
—Estoy bien —dijo, sin aliento—. Jocelyn también. Pero nos han separado. Ella está con una de las cocineras que tiene una cama extra en su casa. Y yo me estoy quedando con la cuidadora.
—¿Mariette?
Asintió.
—Sí. Es bastante reservada. Y no creo que le agrade mucho. Me estoy quedando en la habitación de su hija y creo que me he convertido en un recordatorio constante de su ausencia.
—Te conseguiré un lugar nuevo.
—No, está…
—Insisto. Además, tienes que estar cerca de mí porque eres mi criada. —Si eso era todo lo que podía hacer por ahora para hacer que su estancia en Turah fuera más cómoda, entonces encontraría la manera de hacer que así fuera.
—Gracias. —Relajó los hombros—. Le he traído el desayuno. La esperé en el comedor, pero, como no apareció, les pedí que prepararan algo.
—Ah. —Me había olvidado de la comida. ¿Cuánto tiempo estuve en la biblioteca?—. ¿Quieres venir conmigo a mi casa en el árbol?
—Claro. La ayudaré a llevar eso. Pero luego tengo que ir a la lavandería.
Cierto. Ahora respondía a las órdenes de Mariette. No era diferente a recibir órdenes del mayordomo del castillo. Pero aquí me parecía que ella debería estar bajo mi autoridad.
Otro tema para discutir con Zavier. Si es que Zavier aparecía en Treow.
Mientras tanto, le tendría que preguntar todo a Tillia. O al Guardián como último recurso.
—Ven. —Me agaché y levanté los libros, que apoyé sobre un brazo. Luego, con el brazo libre, tomé el suyo y caminamos juntas hacia mi casa.
Me mostró la polea y el elevador que se me habían pasado por alto, como los tragaluces (de verdad tenía que prestar más atención a los detalles de estas casas), y las dos subimos por la escalera para luego subir nuestras pertenencias por el elevador.
—¿Necesita que le traiga algo más? —preguntó—. Me enseñaron a subir el agua para el baño, pero se necesitan dos personas. Lo haremos luego si quiere.
—Eso sería… — Un momento —. ¿Te has bañado?
—Sí. —Levantó un brazo para olerse la axila—. ¿Por qué?
—Por nada. —Sacudí una mano—. Quería asegurarme de que también hayas descansado.
—Estoy descansada. —Se obligó a sonreír y señaló la pila de libros que había apoyado sobre la cama—. ¿Asumo que pasará el resto del día leyendo?
—Sí. —No era la primera vez que Brielle me encontraba con una montaña de libros. Por lo general, conseguía un montón de novelas subidas de tono que compraba en los muelles sin que Margot se enterara.
—Le traeré la cena. —Retiró la ropa sucia del canasto y se marchó por la escalera de soga, dejándome con mis libros.
Empecé con los de Turah. Luego me zambullí directamente en el libro sobre los monstruos.
Y dejé el libro de Samuel Hay sobre Quentis para el final.
Aunque debería haberlo quemado.
—Maldito bastardo asqueroso —murmuré, mientras me quitaba la túnica.
La noche cayó sobre la casa del árbol. Brielle y Jocelyn me habían traído la cena y me habían preparado la bañera hacía algunas horas. La comida estaba tan fría como el agua.
De todos modos, me saqué la ropa y me sumergí en el agua en un intento por enfriar mi sangre hirviente.
—Vete a la mierda, Samuel Hay.
En su libro, decía que mi reino era una tierra de ladrones y traidores. Decía que Roslo no era más que una fosa séptica de inmoralidad. Y especulaba que mi padre era un asesino, que el Rey Dorado estaba detrás de más de un intento de asesinato, incluyendo la muerte de la reina.
Mi madre.
Mi padre no era perfecto. No afirmaba no tener fallos. Pero estaba segura, con cada fibra de mi ser y cada gramo de mi alma, que no había matado a mi madre.
No era un secreto en Roslo que, el día de su muerte, él se volvió más reservado.
Ella era el amor de su vida. Y su fantasma era la mayor inseguridad de Margot. El recuerdo de mi madre era lo que hacía que Margot exigiera la perfección.
Aun así, todos sabíamos que, sin importar lo estoica que fuera Margot, sin importar cuánto lo intentara, mi padre siempre estaría enamorado de mi madre.
La acusación de que él la había asesinado inflamó tanto mi ira que quería gritar.
Cuando se me erizó la piel por el frío, mis brazos empezaron a temblar y mis dientes castañetearon a causa del agua fría, salí de la bañera y me puse un camisón calentito.
Enseguida me metí entre las mantas y me quedé mirando la oscuridad, mientras las palabras de ese maldito libro seguían repitiéndose en mi cabeza.
Si alguien me hubiera dicho que aquí en Turah había un hombre a quien quería matar más que al Guardián, habría dicho que era mentira.
Pero ¿ahora?
Quería degollar a ese tal Samuel Hay. Arrancarle esa lengua mentirosa y romperle cada uno de los dedos que había usado para escribir esas palabras llenas de odio y mentiras.
—Vete a la mierda, Samuel Hay.
Cuando por fin me quedé dormida, soñé con un pardur.
Observé cómo desgarraba la carne de un hombre sin rostro.
El monstruo le arrancó los brazos y piernas sin el mayor esfuerzo y lo devoró.
De repente, un grito interrumpió la noche.
Pero la bestia siguió destrozándolo, abriéndolo.
De repente, el rostro de la víctima se transformó en el de Brielle.
Gritó y gritó. Sálvame, Odessa. Sálvame.