Capítulo veintiuno
Odiaba Treow.
El entrenamiento del día anterior había sido un juego para niños comparado con la tortura que tuve que soportar desde el amanecer.
Me iba a morir. Hasta aquí había llegado. Este era el final de mi vida. Perecería bajo estos árboles y los turanos abandonarían mis restos como carroña para los cuervos.
Me incliné hacia delante y apoyé las manos sobre las rodillas. Respiré profundamente, desesperada por llenar los pulmones. El bastardo me había quitado el aire por segunda vez desde que vino a despertarme.
Aunque, si era honesta, la primera vez no había sido culpa suya. Me resbalé con un peldaño de la escalera de soga y caí desde un metro y medio al suelo de espaldas. El hijo de perra podría haberme atrapado, pero, en vez de eso, se quedó quieto viendo cómo caía.
Pero la segunda vez fue definitivamente culpa suya.
Me dio un codazo justo en el estómago.
Aunque también podría haber sido yo misma cuando me caí sobre su codo al tropezar conmigo misma. No importaba. Como era su maldito codo huesudo, era por su culpa.
Lo odiaba.
Lo odiaba por quitarme la escalera la noche anterior, por dejarme atrapada en mi casa en el árbol. Lo odiaba por lanzarme una almohada a la cara esta mañana. Lo odiaba por sus codos huesudos.
Lo odiaba.
Fin.
¿Moriría si se caía del balcón de mi casa en el árbol? Había sobrevivido al salto. Pero ¿y si caía de espaldas? ¿Se rompería la columna? ¿Se quebraría el cuello? Si lo empujaba la próxima vez que invadiera mi privacidad, ¿moriría?
Soñar no costaba nada.
Cerré los ojos, respiré por la nariz y exhalé lentamente por la boca. Repetí esa operación una y otra vez hasta estar bastante segura de que seguía viva. Luego me puse de pie, esperando encontrar al cretino insolente mirándome.
Pero estaba sola.
Se había ido.
—¿Hola? —pregunté, girando en círculos, lentamente.
Sola. Nada.
¿A dónde rayos había ido? ¿Era un truco? ¿Estaba tramando un ataque sorpresa para darme una lección?
Ni siquiera había llevado la espada esta mañana. Había peleado contra mí completamente desarmado (excepto por sus codos), mientras yo me lanzaba hacia él con mis cuchillos.
—¡Hey! —grité.
Silencio. Me quejé y miré al cielo, donde la oscuridad lentamente le cedía su lugar a la luz del sol.
Éramos las únicas personas en la zona de entrenamiento. Los otros guerreros probablemente seguían durmiendo.
—Guardián —grité, furiosa. Odiaba llamarlo Guardián . Ese no podía ser su nombre real. ¿Quién llamaba a su hijo Guardián?
A menos que no tuviera padres. A menos que hubiera descendido del cielo de Izzac.
Cada uno de los Seis vivían en una porción del cielo, un tono distinguible de luz que era su hogar.
Un lugar en el que las almas perduraban toda la eternidad.
Los corazones más puros le eran entregados a Arabella, ya que la porción del cielo de la diosa del amor era la más brillante. El blanco intenso de las lunas gemelas.
El paraíso.
A partir de ahí, el cielo se volvía más y más oscuro, hasta llegar a la parte que le correspondía a Izzac, el dios de la muerte.
El infierno.
Las almas que eran entregadas a Izzac eran castigadas a la oscuridad y nunca volvían a ver la luz, ya que eran atormentadas, hasta la eternidad, por sus monstruos.
¿El Guardián era uno de esos seres aterradores? Un augurio de la muerte.
A estas alturas, no me sorprendería.
—¿Significa eso que hemos acabado por hoy? —le pregunté a la nada.
Me giré una vez más e inspeccioné el bosque. Un escalofrío intenso se posó sobre mis hombros cuando entendí que estaba sola. Me había abandonado.
No lo habría hecho si hubiera un peligro cerca, ¿verdad? Más allá de todos los fallos que tuviera, el Guardián no parecía querer que muriera. O, en todo caso, Zavier no me quería muerta y el Guardián solo acataba sus órdenes.
Bueno, si él no iba a quedarse aquí, yo tampoco.
—Ya me voy.
Se oyó el canto de un pájaro.
—Como estabas tan apurado esta mañana, no tuve tiempo de hacer la cama. —De verdad esperaba que pudiera oírme.
Teniendo cuidado de no cortarme el pelo, guardé los cuchillos en sus fundas a mi espalda.
Luego empecé a caminar por el bosque, intentando encontrar el camino de regreso a mi casa en el árbol.
Iba a tardar un tiempo en aprender a moverme por Treow.
Los senderos serpenteantes eran muy difíciles de ver y algunos no eran más que un rastro sobre la hierba aplastada.
Después de perderme dos veces y retroceder, encontré mi casa. Subí a toda prisa a mi cuarto, me puse un pantalón y una túnica limpia, bajé por la escalera (al parecer solo desaparecía por la noche) y fui a la zona comunitaria.
Sola. Sin compañía.
Libre.
¿Qué había pasado con Tillia, que ya no me seguía a todas partes? ¿Ya no necesitaba una escolta o un guardia? ¿Por qué mi escalera desaparecía por la noche, pero seguía disponible para que fuera y viniera durante el día?
¿El Guardián estaba preocupado de que intentara escapar, de que me escabullera en la oscuridad?
Bueno, si le preocupaba eso, no debería. No solo no iría a ninguna parte de noche en una tierra infestada de monstruos del doble de mi tamaño, sino que estaba allí para cumplir con la voluntad de mi padre.
Turah sería mi hogar hasta que se me indicara lo contrario.
Para mí, al menos.
Tampoco había visto a Brielle y Jocelyn desde que llegamos a Treow.
El día anterior, después del entrenamiento, había estado demasiado cansada como para ir en su busca.
Y estaba muy cansada para regresar a la biblioteca.
Tillia me llevó la cena a mi casa y, después de devorar la comida, me desplomé sobre la almohada hasta que el Guardián invadió mi privacidad. Otra vez.
Estaba yendo a la zona comunitaria con la esperanza de encontrar a mis criadas en el comedor, cuando una mujer de tez morena y cabello canoso atado en un moño se me cruzó en el camino.
Se detuvo de una manera abrupta para hacer una reverencia cuando pasé a su lado.
—Princesa Odessa Wolfe.
¿Otra vez con las formalidades?
—Buenos días —dije—. Puedes llamarme Odessa, por favor.
Entornó la vista y frunció el ceño. Luego, resoplando, se marchó pisando con fuerza.
—Vaaaale —dije, arrastrando la palabra. ¿Qué ha sido todo eso? Fruncí la nariz y continué hacia la zona común, girándome de vez en cuando hasta que ya no vi más a la mujer.
¿No estaba bien que me hiciera llamar por mi primer nombre? Zavier lo hacía.
—No te preocupes por Mariette. Es terca, pero buena.
—Una mujer apareció a mi lado de entre los árboles.
Tenía una nariz delicada y estrecha, con algunas arrugas suaves en los ojos y la boca, como si riera a menudo.
Su cabello canoso reluciente caía sobre sus hombros y las puntas casi le llegaban a la cintura—.
Mariette es la cuidadora de Treow. Y es bastante… tradicional.
—¿Tradicional significa que insistirá en usar mi nombre oficial?
—Y en no dejar de lado tu nuevo apellido .
—Ya. —Entonces, haberle pedido que me llamara Odessa fue un desprecio hacia su familia real porque había obviado el apellido Wolfe.
Bueno, pero no quería llamarme Wolfe. No fue idea mía. En Treow, en Turah, hasta que estuviera más cómoda en esta tierra y con su gente, solo sería Odessa.
—Soy Cathlin. —La mujer extendió una mano y, cuando nuestras palmas se tocaron, envolvió la mía con sus dos manos. Lo sentí como un abrazo para mi mano.
Extrañaba los abrazos. Extrañaba abrazar a Mae, aunque ella no quisiera. Extrañaba abrazar a Arthy.
—Odessa —dije.
—Un placer conocerte. —Sus ojos castaños relucían y sus destellos verdes se intensificaban cuando sonreía. Me acompañó al comedor.
Cathlin llevaba un vestido sencillo de color canela y mangas largas. No era muy diferente a los vestidos grises que todavía tenía guardados en mis baúles. Al parecer, Brielle no sería la única persona en Treow con un vestido, dado que se negaba a probarse los pantalones.
El comedor estaba tranquilo y solo había unas mesas ocupadas. Sin embargo, tampoco encontré a Jocelyn o a Brielle allí.
—¿No vas a comer? —me preguntó al cruzar la puerta.
—Estoy buscando a mis criadas. No las veo desde que llegamos. Creo que iré a la biblioteca mientras las espero.
—Falta una hora para que abra.
—Vaya. — Rayos .
Metió la mano en el bolsillo y sacó un juego de llaves.
—Por suerte para ti, resulta que soy la bibliotecaria. Vamos.
Sí, vaya suerte la mía . Era extraño que me considerara más afortunada desde que abandonamos Quentis que en, bueno, años. Si Daria, la diosa de la suerte, se ponía de mi lado, no iba a pedirle explicaciones.
Necesitaría suerte para encontrar el camino a Allesaria antes del invierno. Habíamos partido de Quentis casi tres semanas antes. El tiempo no estaba de mi lado. Apresuré el paso.
—Esta biblioteca es mi proyecto personal favorito —dijo Cathlin, siguiéndome el ritmo—. No es que sea gran cosa, pero está tomando forma. Cada vez que vengo a Treow, añado más libros a la colección.
Entonces, ¿ella tampoco vivía aquí? ¿Había alguien que considerase Treow su hogar realmente? Quizá Mariette, la cuidadora. ¿O ella también era una nómada y solo estaba aquí de paso?
La puerta de la biblioteca estaba al fondo de la enfermería. Incluso desde fuera, era obvio que el espacio solo tenía el tamaño de un armario. Quizá solía ser eso hasta que Cathlin se lo apropió.
—¿De dónde eres? —pregunté mientras metía la llave en la cerradura y la abría.
—He vivido en muchos lugares de Turah. Nací en Perris y pasé muchos años en Allesaria. —Empujó la puerta y me hizo pasar.
Mi corazón se detuvo un instante y tropecé con el umbral.
Era la única persona, además del Guardián, que había mencionado la capital desde que llegué a Turah. Quizá ella sí respondería a algunas de mis preguntas.
—Ay, querida —dijo Cathlin, sujetándome del brazo mientras recuperaba el equilibrio—. ¿Estás bien?
—Sí, lo siento. Soy un poco… torpe.
Soltó una risa suave, fácil, que había hecho muchas veces.
—Yo también tengo mis momentos.