Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo veinte #2
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Capítulo veinte #2

Así que esta red de jinetes básicamente estaba a cargo de la comunicación a lo largo de todo el reino.

Quentis era tan pequeño que no necesitábamos esa clase de trabajos.

La mensajería se entregaba en carretas que recorrían el reino por las rutas regulares y hacían las entregas cada uno o dos días.

Si le escribía una carta a una amiga en Kolmberg, la ciudad más alejada de Roslo, situada en la otra punta de Quentis, llegaba en dos días.

O al menos eso creía. No tenía ninguna amiga en Kolmberg.

—¿Cuántos jinetes hay?

—¿En Turah? Cientos. Es un trabajo difícil, pero la paga es buena.

Por lo general, son hombres jóvenes que quieren ganarse un dinero antes de sentar cabeza.

Pero es peligroso. Pasan mucho tiempo solos en la naturaleza y lleva tiempo cruzar el reino.

Es probable que estas cartas se hayan escrito hace semanas.

—¿Y entregan el correo en todo el reino de esta manera?

Tillia asintió.

—En cada ciudad. En cada pueblo. En cada aldea. Incluso en los campamentos como Treow.

Balbuceé algo por lo bajo, sintiendo una chispa de esperanza que se encendía en mi pecho.

¿Sería posible conseguir información sobre Allesaria por parte de uno de estos jinetes de poni? Seguro que sabían cómo entrar y salir de la ciudad.

Mientras se me cruzaba esa idea por la mente, me giré y vi que el jinete pasaba los arreos a otro caballo. Si solo se quedaban unos pocos minutos, no iba a ser fácil acorralar a uno para conseguir esa información y ganarme su confianza.

Tendría que esperar al próximo jinete. Hasta entonces…

—¿Vamos a la biblioteca? —le pregunté a Tillia.

—Claro.

Rodeamos el comedor y, cuando estábamos a punto de cruzar hacia la biblioteca, una enorme sombra molesta se posó sobre mi hombro.

Me negué a cambiar de rumbo y seguí caminando con la mirada fija hacia delante.

—Tillia. —El Guardián estaba tan cerca que sentí su aroma. Un aroma especiado y masculino, a viento, cuero y tierra.

Había dejado ese mismo aroma en mi casa del árbol la noche anterior. No iba a permitirme aceptar que combinaba bien con los perfumes de mi baño.

—Encárgate del correo —agregó él—. Cross y yo tenemos algunos asuntos pendientes.

—¿Qué asuntos? —Mi maldita curiosidad ganó y me giré furiosa para encontrarme con su perfil. Esa sonrisa insolente me esperaba.

—El entrenamiento. Fue idea tuya, ¿lo recuerdas?

—Al parecer no vas a dejar que lo olvide —balbuceé.

Quiero una espada.

Nunca me arrepentiría tanto de esas palabras.

—Puedes abandonar si quieres —dijo.

—No voy a abandonar.

—Bien por ti —dijo Tillia.

Asintió al Guardián y se marchó con los sobres. Por mi parte, lo acompañé a la zona común. Sus pasos eran tan largos que tenía que trotar para poder seguirle el paso.

—¿Puedes caminar más despacio?

Me ignoró.

—Idiota.

Caminó más rápido.

Cuando llegamos al área de entrenamiento, estaba sin aliento.

—Tu resistencia es una mierda —dijo.

Mi resistencia no era tan mala. Nadar siempre me había ayudado a mantenerme en forma, pero después de cruzar todo el continente, comer tan poco y no haber dormido suficiente…

Bueno, sí, tenía sentido que mi resistencia fuera una mierda.

—Gracias —dije, haciendo una reverencia sarcástica—. Muy amable, señor. En serio.

—Siempre tan sarcástica. Veamos si sigues con esa actitud dentro de unas horas.

El comentario me sentó como una patada en el estómago.

¿Horas? Moriría antes si la sesión era como la última.

Al igual que todo en Treow, el área de entrenamiento estaba situada debajo de los árboles.

Sus troncos eran los límites de las distintas zonas de entrenamiento.

Había dos mujeres practicando tiro con sus ballestas.

Un par de hombres entrenaban con sus espadas y un adolescente con trenzas como las de Halston practicaba con su arco y flechas, disparándole a un fardo de heno.

El Guardián se acercó a la base de un árbol donde me esperaban mis cuchillos.

—Podrías haberme pedido que los fuera a buscar y no meterte en mi espacio personal —dije.

—Y tú deberías hacer la cama todas las mañanas. No dejarla deshecha para que la hagan tus criadas. Se espera de ellas que contribuyan más a la comunidad de Treow, no que simplemente te sirvan, Su Alteza .

Me estaba haciendo quedar como una princesa malcriada. Quizá lo era. No había hecho la cama porque tenía pensado volver a dormir. Aunque tampoco era algo que estuviera acostumbrada a hacer. Así que, por Brielle y Jocelyn, empezaría a hacerla.

—Está bien. —Extendí la mano para coger los cuchillos—. ¿Algo más antes de empezar?

—Intenta no caerte sobre tu trasero.

Lo intenté. Lo di todo.

Pero fracasé miserablemente.

Me ponía la zancadilla y me caía. Me empujaba y me caía. Me miraba y me caía.

Una noche de descanso no había sido suficiente. Seguía demasiado cansada y mis movimientos eran muy lentos y, durante casi tres horas, el Guardián no mostró piedad.

Mientras el resto iba y venía, él seguía presionándome. Y yo seguía cayéndome.

Sentía que mis pulmones quemaban. Al igual que mis brazos y piernas. Tenía regusto a sangre en la boca y era un milagro que no hubiera vomitado el almuerzo.

—¿Te rindes? —preguntó.

—¿Ya han pasado tres horas?

—Todavía no.

Mierda .

—Entonces no. No me rindo.

Se lanzó hacia mí con una serie de golpes y estocadas. Logré desviar su espada con los cuchillos, pero, al retroceder, tropecé de nuevo con mis talones y caí al suelo sobre la cadera.

Apoyé el peso de mi cuerpo sobre los brazos y levanté las rodillas, mientras me obligaba a respirar profundo.

—Ay.

Soltó un suspiro exasperado.

—Descansa, Cross. Estás torpe y lenta.

—Bien, gracias. —Fingí una sonrisa.

Se acercó a un árbol y tomó dos vasos de agua. No los había visto antes. Alguien debió de traerlos cuando estábamos entrenando.

En cuanto me entregó el vaso, me lo bebí de un trago.

Levantó una ceja y se llevó el vaso a la boca.

—¿Qué?

—Nada. —Bebió como si no se estuviera muriendo de sed.

¿Cómo entrenaba un hombre como el Guardián? ¿Qué cosas llevaban al límite su resistencia? ¿Matar monstruos? ¿Asesinar personas?

—¿Este es el entrenamiento que hacen todos tus guerreros? —pregunté, esperando conseguir algún respiro mientras preguntaba.

—No solo los guerreros. La mayoría de los turanos saben empuñar un arma. Los leñadores generalmente entrenan con hachas. Otros, con espadas y cuchillos. Los niños aprenden lo básico por parte de sus padres o en la escuela primaria.

—Ya. —Tampoco era tan diferente a Quentis. Todas las personas que vivían en el campo aprendían a pelear, por si un monstruo fuera de control llegaba a su granja. Aunque sospechaba que entrenar en Turah era el doble de exigente y agotador—. ¿Tú aprendiste de niño?

Asintió.

—Sí.

—Apuesto que eras la clase de niño estoico y serio, ¿verdad? El niño que siempre se aseguraba de que todos siguieran las reglas, que siempre llegaba con un cuchillo extra por si alguien olvidaba el suyo. El estudiante favorito del tutor. —Como Mae.

El Guardián resopló.

—No precisamente.

—Entonces, ¿cómo eras? —Aguanté la respiración, esperando que respondiera a mi última pregunta. Ahora que tenía la imagen del niño de cabello oscuro en mi mente, quería saber si lo había imaginado de la manera correcta.

—Era terrible. Mi padre le rezaba a Ama todos los días para que no me rompiera el cuello. Nunca caminaba si podía correr. Nunca usaba las escaleras si podía saltar por la ventana. Me escabullía de las clases para ir a cabalgar. Y lo que menos me importaba eran las reglas.

Esa imagen mental cambió y mutó. No era lo que había imaginado, pero esta versión también encajaba con él. Un niño salvaje e intrépido con agujeros en las rodillas de sus pantalones y una sonrisa despreocupada.

¿Qué había cambiado para que se convirtiera en el hombre que tenía delante de mí? ¿Qué o quién lo había convertido en el Guardián?

Sus ojos se mantuvieron fijos sobre mí, mientras bebía otro trago de su vaso. Hoy tenían un color avellana, una mezcla de musgo, caramelo y chocolate. Sin embargo, noté algunos destellos verde esmeralda. Y algunas estriaciones de plata fundida.

¿Así era cómo funcionaba el cambio de color? No se trataba de que cambiasen por completo, sino que todos los colores estaban ahí y se perseguían según su humor.

Mi atención se centró en el brazalete de cuero que tenía en el brazo. Noté algunos grabados en el cuero de pardur. Símbolos y patrones. Marcas y florituras. ¿Qué significaban? ¿Eran importantes?

Tillia también llevaba brazaletes en los brazos, pero no estaban adornados con grabados.

—¿Qué significan esos grabados? —pregunté, señalando su brazalete.

Giró el brazo para mirarlos.

—Son por las vidas que me he llevado. Para no olvidar.

¿Para no olvidar que era un monstruo? ¿Un asesino? ¿Cuál de todas esas marcas era por el hermano de Banner?

—¿Todos los guerreros de Turah hacen eso?

—Algunos —respondió, tirando al suelo el resto del agua de su vaso.

—¿Qué otras tradiciones tenéis? —pregunté, esperando extender el descanso. No estaba lista para retomar el entrenamiento.

—Ya hemos perdido demasiado tiempo, Cross. —Una leve sonrisa apareció en su rostro—. Ya conocerás nuestras tradiciones. A su debido tiempo. Te resultarán bastante sencillas, mi reina. Pero la lealtad hacia nuestro reino, hacia nuestra gente, la llevamos en la sangre.

Su voz era suave. Profunda y rica. Pero era inevitable notar la amenaza.

Si llegaba a traicionar a su gente (o más bien, cuando lo hiciera), esa espada encontraría su destino en mi garganta llena de mentiras.

Y quizá no podría culparlo.