Capítulo veinte
La escalera estaba otra vez en su lugar.
Cuando salí para pedirle a quien fuera que estuviera abajo que me ayudara a bajar, esperaba encontrar la escalera todavía tirada en el suelo. Pero alguien la había atado nuevamente al balcón, no sé si por la mañana o por la noche.
La noche anterior, después de bañarme y cenar, me metí en la cama y me desmayé.
Me desperté con el canto de los pájaros al otro lado de las ventanas.
De no ser por el dolor de estómago, probablemente hubiera seguido durmiendo.
Era extraño que me sintiera incluso más cansada.
Sentía la cabeza sumida en una neblina y el cuerpo lento.
Tenía pensado ir a buscar el desayuno y luego volver a la cama y no salir por una semana.
Probé el primer peldaño de la escalera para asegurarme de que fuera seguro y bajé con la misma torpeza con la que había subido el día anterior.
¿Cómo lo hacían para enganchar las escaleras? ¿Alguien trepaba por los árboles? ¿O usaban varas o ganchos para colocarlas en su lugar?
Se lo preguntaría a Tillia la próxima vez que la viera. Salté del último peldaño al suelo. Froté las manos sobre los pantalones de color ceniza, que combinaban con mi camisa limpia, que era de un tono azul suave y estaba bordada con estrellas azul marino y blancas.
Había encontrado ropa limpia en el armario, junto a otro par de botas. La persona que Zavier había designado para vestirme con ropa turana estaba haciendo un gran trabajo.
Mis vestidos grises apagados seguían guardados en los baúles. Cuando abrí uno la noche anterior, también encontré mi corona.
Así que Zavier no la había lanzado al mar. Me la devolvió. Dudaba de que la volviera a usar, pero era un recuerdo de mi hogar.
El corte en la palma de mi mano estaba terminando de cerrarse y ya se estaba formando una cicatriz, pero, de todos modos, lo cubrí con una venda nueva.
Me lavé el cabello con champú, me peiné y me lo sequé.
Sentía los brazos demasiado cansados como para molestarme en hacer una trenza, así que dejé los rizos sueltos.
Al mediodía duplicarían el volumen, pero, con suerte, para ese momento, ya estarían enterrados entre mis almohadas.
A diferencia del cadáver asqueroso que había sido la noche anterior, esa mañana me parecía más a un ser humano. Después de comer, quizá también me sentiría de esa manera.
—Odessa —dijo Tillia, apareciendo de entre los árboles con una sonrisa en su hermoso rostro.
Sacudí la mano para saludarla.
—Buenos días.
—Buenas tardes.
Ah.
—Eso explica por qué tengo tanta hambre.
Rio.
—Todos merecemos descansar. Venga, sígueme, te voy a mostrar el lugar y podemos buscar algo de comida.
Me llevó por un camino diferente al que habíamos tomado el día anterior.
Avanzamos entre los árboles, debajo de otras casas, y nos adentramos en lo que asumía que era el centro de Treow.
Había cuatro construcciones de troncos robustos situadas alrededor de una plaza al aire libre llena de mesas y sillas.
—Esta es la zona común. —Señaló la construcción más grande de las cuatro—. Ese es el comedor y allí está la cocina. Es donde sirven las comidas.
—¿Hay que pagar para comer? —Como hacían los vendedores de tazones de arroz, vegetales asados y pescado en los muelles.
—Treow es más un campamento que un pueblo. La mayoría de la gente está aquí solo de paso. Algunos se quedan más tiempo que otros, como Halston y yo, pero la mayoría son soldados que viajan con sus familias entre las distintas fortalezas. Por eso, el rey se encarga de cubrir la comida y esas cosas.
—Ah. —Era similar a los puestos de avanzada de Quentis, en los que mi padre se aseguraba de que sus soldados tuvieran un lugar para refugiarse y comer a cambio de sus servicios.
—Ese lugar que está más cerca es el centro de comercio —dijo—.
Tienen una cantidad reducida de bienes de uso cotidiano, pero si necesitas algo en particular, solo pídeselo al encargado.
Ashmore es el pueblo más cercano. Lo cruzamos cuando veníamos hacia aquí.
Una o dos veces por semana traen provisiones desde allí.
Si los comerciantes no tienen lo que necesitas, pueden pedir que lo traigan de Perris o Ellder.
—¿No de Allesaria?
Su sonrisa se suavizó y sacudió la cabeza.
—No.
Solo… no.
Bueno . ¿Por qué cada vez que mencionaba Allesaria su humor cambiaba?
—Justo frente al centro de comercio está la lavandería —continuó—. Allí encontrarás todos los suministros de limpieza, pero supongo que tus criadas irán a tu casa del árbol todos los días, así que solo deja a la vista todo lo que necesites que laven.
—Está bien. —Señalé la última construcción con la cabeza—. ¿Y esa?
—La enfermería y la biblioteca.
Una biblioteca. ¿Este extraño puesto de avanzada tenía una biblioteca?
—Me gustan las bibliotecas.
En especial cuando tenían libros de historia y mapas. Aunque no esperaba que me dieran un mapa así como así, valía la pena intentarlo. Quizá podía conseguir un poco de información para anotar en mi diario.
Tillia me agarró del codo y me llevó hacia el comedor.
—Primero la comida. Los libros pueden esperar.
El comedor parecía limpio y ordenado. Olía a salvia, ajo y hierbas. Me hizo ponerme a la cola y esperé mi plato de judías, calabaza y carne. Luego me llevó a una mesa larga y vacía, donde devoré la comida sin preocuparme por los modales de princesa.
Margot habría formado un escándalo.
Sonreí y me limpié la boca con el dorso de la mano, aunque tenía una servilleta sobre mi regazo.
Una vez que terminé de comer y llevé los platos a la cocina para lavar, salimos.
—Tillia. —La voz de Halston llegó desde el otro lado de la zona comunitaria, mientras se acercaba trotando hacia su esposa.
—Un segundo —dijo Tillia, esbozando una sonrisa relajada, y se acercó a él.
Había un grupo de niños que jugaban en el césped entre las construcciones de la zona común.
—¡Te tengo! —gritó un niño, cuyo cabello negro parecía una nube, mientras reía cuando atrapó a uno de sus amigos antes de salir corriendo en la dirección opuesta.
No dejaban de sonreír y correr en círculo, jugando y riendo. Todos salvo una niña que estaba apartada del grupo.
Estaba escondida en la esquina trasera del centro de comercio, mirándome con la cabeza inclinada hacia un lado y el ceño fruncido.
Su cabello sedoso era castaño y rizado, y lo llevaba suelto sobre sus hombros. Tenía una piel tan pálida como el resplandor de las estrellas y sus ojos inocentes eran de un color gris con destellos de un azul celeste que me recordaba al mar que solía ver por la ventana de mi habitación.
Eran los destellos de las personas nacidas en Ozarth.
Era la niña más adorable que jamás había visto. Incluso más guapa que Arthy.
¿Cómo estaría mi hermano? Estaba empezando a olvidar el sonido de su risa.
Todos los niños notaron mi presencia casi al mismo tiempo y dejaron de reír. Sus sonrisas se desvanecieron y uno de ellos incluso me mostró los dientes. Luego se fueron corriendo como si hubiera echado a perder su lugar de juego favorito.
Guau. Bueno, al parecer no recibiría una cálida bienvenida por parte de los niños.
—Lo siento —dijo Tillia cuando regresó y se detuvo frente a mí, tapando a la niña de mi vista—. ¿Lista para ver la biblioteca?
—Sí.
Cuando se hizo a un lado, la niña había desaparecido. En un momento estaba ahí y, prácticamente en un abrir y cerrar de ojos, ya no. Escapó tan rápido que se me erizaron los vellos de la nuca. Tenía la sensación de que me estaban observando.
Qué raro . Dejé a un lado esa sensación y, cuando estaba a punto de seguir a Tillia hacia la biblioteca, oí el trote de un caballo por detrás de la zona comunitaria.
Tillia se quedó inmóvil y prestó atención al sonido.
—Seguro que es un jinete de poni. Iremos a verlo al claro.
—Esto… ¿Qué es un jinete de poni?
Me tomó de la mano y me llevó en la dirección opuesta.
—Ya verás.
Cambiamos de dirección y aceleramos el paso hasta que llegamos al corral, donde los caballos pastaban con tranquilidad. Vi a Freya allí, comiendo, y noté que estaba contenta de que no estuviéramos viajando por Turah.
—Había más caballos ayer —dije.
—La mayoría partió hacia Ellder esta mañana.
Cierto . El cambio de planes había sido por mí: para meterme en esa jaula en el árbol.
Un muchacho desgarbado salió a toda prisa del establo y un jinete solitario se detuvo junto a la caballeriza.
El animal parecía agotado y su pelaje brillaba por el sudor.
El jinete desmontó y noté que parecía igual de agotado, como si hubiera estado galopando a toda velocidad por las llanuras desde hacía varias horas.
El muchacho le alcanzó un vaso de agua y el jinete lo vació enseguida con desesperación, dejando que algunas gotas cayeran por su barbilla.
Tenía el rostro bronceado y empapado por el sudor, además de manchado con tierra.
Sus ojos castaños estaban ocultos bajo el ala ancha de un sombrero.
No pude evitar notar que era del mismo estilo que los que usaban los granjeros de Quentis, lo suficientemente grande como para protegerlo del sol y la lluvia.
El jinete se quitó el sombrero, dejando al descubierto su cabello rubio, sucio y aplastado, y se secó la frente con el brazo. Enseguida se lo volvió a poner y abrió una alforja de la que sacó un puñado de sobres.
—¿Has tenido un buen viaje? —preguntó Tillia cuando nos acercamos.
Tocó el ala de su sombrero y bajó la barbilla.
—Agotador, pero sin problemas.
—Me alegra oír eso —dijo, tomando las cartas—. ¿Te quedas a descansar?
—Tengo que seguir mi camino —dijo.
El muchacho que le había alcanzado el agua asintió.
—Te traeré un poni descansado y algo para comer.
—Lo aprecio mucho —dijo el jinete, sonriendo, y empezó a desatar los arreos.
Tillia lo saludó y se giró para marcharse.
—¿Eso es todo? —pregunté.
Se encogió de hombros y levantó las cartas.
—Los jinetes de poni no se suelen quedar. Una vez que han cumplido con su entrega, siguen al siguiente pueblo, y así sucesivamente. Llegan lo más lejos posible en el menor tiempo posible durante el día.