Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo diecinueve #3
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Capítulo diecinueve #3

Freya no era mía. No realmente. Le había puesto un nombre porque estaba aburrida, no porque me hubiera adueñado de ella. Pero después de estos días difíciles, no quería que muriera.

—Los caballos se quedan en los establos todas las noches. Tu yegua también está a salvo aquí.

—Gracias.

—De nada. —Bajó la barbilla y luego se detuvo junto a una escalera de soga.

Miré hacia arriba y encontré otra casa en el árbol. Quizá porque estaba justo debajo, no parecía estar tan elevada del suelo como las otras. Además, parecía ser el doble de grande.

Tampoco tenía una pasarela o puente a la vista. Estaba separada. Recluida. Privada.

¿Era la casa de Zavier? ¿Finalmente vendría…?

Tragué saliva con fuerza.

Finalmente tendríamos que sufrir una noche de sexo incómodo. Solo esperaba que no fuera hoy.

—Después de ti —dijo Tillia, indicándome que subiera—. Tus baúles te aguardan arriba. Las carretas se adelantaron, así que debería estar todo listo. También te han preparado comida. Por favor, come.

—Gracias.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Tillia.

¿Para subir una escalera? Bueno, nunca había subido una escalera de este estilo, ya fuese de madera, metal o soga.

—Pues supongo que no.

Bueno, si me caía y me mataba, al menos me ahorraría el sexo incómodo.

Suspiré y reuní fuerzas. Empecé a subir tan rápido como una tortuga marina en la arena.

El sudor empezó a deslizarse por mi espalda y, cuando terminé de subir, tenía toda la cara sudada.

Era probable que hubiera una manera más elegante de subir a una casa en un árbol, pero, una vez que llegué al último peldaño, me estiré boca abajo sobre la plataforma y, como un pez fuera del agua, me sacudí y rodé hasta que logré ponerme de rodillas y levantarme.

Me asomé por la barandilla y levanté el pulgar hacia Tillia.

—Lo conseguí.

Me miró como si estuviera conteniendo la risa. Sacudió una mano y se marchó hacia su casa, probablemente para buscar a su esposo y llevárselo a una habitación.

Qué mujer más afortunada.

Inspeccioné la amplia plataforma que rodeaba la casa y, apoyando una mano en la barandilla, caminé por ella.

Las tablas bajo mis pies estaban limpias y secas, y alguien había barrido todas las hojas de los pinos.

Mientras rodeaba la casa, encontré otra construcción oculta detrás.

Estaba a solo tres metros de distancia, lo suficientemente cerca como para lanzar una piña de una puerta a la otra.

¿Era quizá el cuarto de un escolta y estaba cerca para llegar rápido ante alguna emergencia?

No estaba de humor para saludar a mi vecino, así que erguí la espalda y abrí la puerta de mi casa. Si esta también era la casa de Zavier, no podría evitarla para siempre.

El interior consistía en una única habitación con una enorme cama en el centro. El colchón estaba cubierto por una manta suave color avena y unas almohadas mullidas.

—Sí. —Suspiré, relajando los hombros. Si para quedarme con esa cama tenía que soportar una noche de sexo incómodo, que así fuera.

Del techo colgaba una cortina suave de color beige que probablemente servía para envolver la cama y tener algo de privacidad. O para mantener alejados a los insectos.

En un lado de la habitación había un escritorio con una silla de madera. En la otra punta había un armario, también de madera tallada. Mis baúles se encontraban junto a un divisor que iba del suelo al techo.

Me acerqué a ver qué había detrás de este y el gemido que escapó de mi boca hizo vibrar toda la casa.

Un baño completo, con un lavabo y una bañera de cobre.

La bañera estaba llena de agua caliente.

Sujeté el dobladillo de mi túnica, lista para desnudarme, cuando oí unas pisadas afuera.

Se me hizo un nudo en el estómago. Maldición .

Bajé la túnica y me aseguré de que cada centímetro de mi vientre quedara cubierto por la tela. Luego me acerqué al centro de la casa y esperé a que Zavier entrara por la puerta.

Pero tonta de mí por tener esas expectativas. ¿Cuándo iba a aprender a dejar de asumir cosas?

Por supuesto, no era mi esposo quien entró.

Era el Guardián.

Se había afeitado y tenía el cabello húmedo, como si se acabara de bañar. El cuello de su túnica dejaba al descubierto su piel tersa y suave. Sus pantalones se amoldaban a sus muslos robustos y caían alrededor de sus botas desgastadas. Sus ojos eran de ese color esmeralda intenso.

Era el hombre más hermoso que jamás había visto.

Mi mirada cayó al suelo.

—Tú.

—Yo.

—Creí que eras Zavier.

Chasqueó la lengua.

—Lamento decepcionarte, mi reina. Él está… retenido.

—¿En Perris?

—Cuánta curiosidad. —Entró con decisión en la casa y se acercó al escritorio.

El plato que se encontraba allí estaba tapado por una servilleta. Lo destapó y dejó al descubierto una carne asada con vegetales y un bollo de pan denso y oscuro.

Me rugió la barriga y sentí hambre por primera vez en varios días.

—¿Qué haces aquí?

—Nunca he conocido a una mujer que haga tantas preguntas.

—Y tampoco a una que reciba tan pocas respuestas.

Su risa grave llenó la habitación.

—¿Qué te parece si yo hago las preguntas para variar?

—Si contesto que sí, ¿te irás? —Quería meterme en esa bañera antes de que el agua se enfriara.

Volvió a tapar la cena y se reclinó contra la pared, cruzándose de brazos.

—¿Cuál es tu hogar?

—¿Qué sentido tiene esa pregunta cuando ya sabes la respuesta?

—Respóndeme.

—Ros-lo. —Articulé las sílabas con toda mi frustración—. ¿Contento?

—Un poco. ¿Tan difícil ha sido, Gorrión?

—¿Tiene sentido todo esto?

—Claro. Ahora sé cómo suena la verdad de tu boca.

—¿Porque crees que he estado mintiendo todo este tiempo? —Puse los ojos en blanco—. Ya ha quedado claro que nunca confiarás en mí, sin importar lo que diga. ¿Podemos dejar eso atrás? Tengo hambre.

Esbozó una leve sonrisa.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintitrés. ¿Y tú?

Parecía estar en la veintena, como yo. Pero quizá era como los Voster y tenía muchos años, tal vez cien, y conservaba la apariencia de un hombre en su mejor momento.

Chasqueó la lengua.

—Ahí están las preguntas otra vez. No puedes evitarlo, ¿verdad?

—No, supongo que no.

—Tus ojos no emiten destellos.

Él tampoco los emitía. ¿Eso nos hacía iguales de algún modo? ¿Le preocupaba que estuviera cultivando dones como los suyos? ¿Su fuerza o velocidad? Nuestro entrenamiento debería haberle borrado esos miedos. Mis ojos podían ser diferentes, pero no eran nada especial.

—Eso no es una pregunta. ¿Algo más?

—¿Eres virgen?

¿De verdad le importaba? No.

¿Me lo preguntaba porque buscaba una reacción? Sí.

¿Funcionaba? Desafortunadamente.

Me sonrojé y cerré las manos a cada lado de mi cuerpo.

—Siguiente pregunta.

—¿Estás disfrutando de tu estancia en Turah?

—No precisamente.

—¿Te gusta la yegua que has cabalgado?

—Sí.

—¿Te duele mucho el trasero?

—Sí, mucho —respondí entre dientes.

Se apartó de la pared y se acercó tanto a mí que la punta de sus botas casi roza las mías. Podía sentir el calor de su pecho y su piel oliendo a jabón.

—¿Tu padre te envió aquí como espía?

—No.

Fue la mejor mentira que pude ofrecer, pero ni yo la creía.

—Eres pésima para mentir, Cross. —Tomó un rizo de mi sien, un mechón que se había soltado de mi trenza. Le aparté la mano.

—¿Cuánto tiempo me tengo que quedar aquí?

Se encogió de hombros.

—No sé.

—¿Cuándo iré con Zavier a Allesaria?

—¿Ansiosa por ver nuestro bello castillo, mi reina?

Resoplé.

—Ansiosa por alejarme de ti.

—Asumes que no vivo en Allesaria.

—¿Sí? —No podía imaginarlo en una ciudad. El Guardián parecía ser un hombre que estaba más cómodo en plena naturaleza. Una bestia que disfrutaba deambulando libremente.

Un monstruo en todo su esplendor.

—Irás a Allesaria cuando Zavier confíe en ti.

—¿Y si es como tú y nunca confía en mí? ¿Entonces qué? ¿Viviré en esta casa del árbol por el resto de mi vida?

Eso lo hizo sonreír. Era una sonrisa amenazadora, malvada y hermosa.

—Vete —dije con brusquedad, y me giré hacia la pared.

Su risa quedó resonando en mi mente, incluso después de que saliera por la puerta. Esperé un segundo y luego lo seguí, esperando poder cerrar la puerta y dejarlo fuera.

Pero no tenía ninguna cerradura ni pestillo.

Esperaba verlo bajar por la escalera. Pero, en lugar de eso, la descolgó y la dejó caer al suelo.

—Eh, ¿qué estás haciendo…?

Sin darme tiempo de terminar, saltó hacia abajo.

Me acerqué a toda prisa al borde y miré al suelo del bosque, esperando encontrar su cuerpo retorcido y roto. Y, aunque esa casa no parecía estar tan alta como el resto, no dejaba de ser una caída de seis metros.

Pero el Guardián, completamente ileso, se metió las manos en los bolsillos y se marchó.

No parecía muy preocupado por haberme dejado encerrada aquí arriba.

—Idiota —dije, esperando que pudiera oírme.

Siguió caminando, pero empezó a silbar una melodía alegre.

—Joder. —Golpeé la barandilla con las palmas de mis manos, mirándolo furiosa hasta que desapareció de la vista.

Podía no estar tan lejos del suelo como el resto, pero sin duda alguna era demasiado alto como para que yo saltara. Me rompería el maldito cuello.

Estaba atrapada.

En una maldita casa del árbol.