Capítulo diecinueve #2
Cuando se separaron, Tillia rio y noté que varias lágrimas se deslizaban por sus mejillas. La expresión del guerrero se suavizó cuando las atrapó con sus pulgares. Luego apoyó la frente sobre la de Tillia y murmuró algo que no pude oír.
Estaban tan centrados en sí mismos que no notaron que los estábamos mirando.
—Vamos —les dije a Brielle y Jocelyn, señalando con la cabeza hacia donde se había marchado el resto—. Sigamos avanzando.
Me siguieron, no sin mirar por última vez a Tillia y su guerrero.
Le dio un beso suave en la boca. Fue tierno. Hermoso. La amaba. Ella era su universo. A su lado, estaba en casa.
Tillia se acurrucó sobre él y envolvió sus brazos alrededor de su cintura mientras él absorbía su aroma.
Sentí un nudo en el pecho cuando miré hacia delante. Ni en cien años Banner me habría besado de esa manera. Ni en mil años yo habría llorado si nos separábamos.
No sería diferente con Zavier, ¿verdad? Él no me adoraría, no me veneraría. Había cambiado un compromiso sin amor por un matrimonio sin amor.
Nunca había tenido a un hombre que me mirara de esa manera. Y nunca lo tendría.
¿Por qué pensaba todo eso ahora? ¿Por qué no me había molestado antes?
Quizá porque no había tenido tiempo para pensar en ello, porque no había tenido el tiempo para sentir la pérdida de un romance. La pasión. El amor.
La envidia que sentí por Tillia en ese momento me golpeó el pecho como un martillo, junto a la tristeza que sentí por ese beso.
—Su Alteza —dijo Brielle—. ¿Está bien?
Me toqué suavemente el ojo, conteniendo una lágrima que no dejaría caer.
—Sí.
—Ha estado comiendo demasiado poco.
Me encogí de hombros.
—No tengo hambre.
—Tiene que descansar.
—Todas tenemos que descansar. —Quizá cuando llegáramos a Treow, donde fuera que quedara. Miré hacia atrás, buscando a Tillia. Todavía estaba con su guerrero y aquellos que pasaban junto a ellos los saludaban con asentimientos y sonrisas.
—¿Alguna vez has estado enamorada, Brielle? —pregunté.
—Sí —una tristeza llenó sus ojos—. Me rompió el corazón, pero aun así lo amo. Siempre lo haré.
¿Qué? La miré boquiabierta. ¿Cuándo había ocurrido? ¿Hacía poco? No tenía idea de que le habían roto el corazón. Nunca se lo había preguntado.
—Lo siento mucho. No lo sabía.
—¿Por qué debería? Usted es una princesa y yo su criada. Mi vida amorosa apenas es de su incumbencia.
Pero lo sería si fuéramos amigas.
—Los títulos y los roles no parecen importar mucho en Turah.
—No deja de ser una princesa, Su Alteza. Sin importar a dónde vayamos, es parte de la realeza. Y yo no.
¿Y si no quería ser parte de la realeza? ¿Y si solo quería tener la oportunidad de que me besaran como a Tillia?
Cabalgamos un rato más hasta que Tillia regresó a mi lado. Una sonrisa sorprendente iluminaba su rostro y era imposible no sonreír.
—Es mi marido —dijo—. Halston. Ha estado viajando con Zavier. El Guardián me dijo la otra noche que abandonaría Perris para reunirse con nosotras, pero siempre me preocupa cuando estamos separados.
Su esposo. Halston.
El Guardián le había hablado sobre su marido. Por eso habían estado hablando tan cerca. No porque estuvieran juntos.
El alivio fue instantáneo. El aire abandonó mis pulmones. Y, junto a este, una culpa tan tóxica y horrible que bien podría haber sido veneno de fének.
No debería sentirme aliviada. No debería importarme nada.
El esposo de Tillia pasó a toda prisa por un lado del grupo, galopando junto a otros jinetes. Levantó una mano para saludarla y ella le lanzó un beso.
Una vez que Halston tomó la delantera de la procesión, empezamos a avanzar a un nuevo ritmo; la marcha lenta se convirtió en un trote rápido que me sacudió los huesos.
De algún modo, los árboles parecían volverse más altos. Más anchos. Más fuertes.
—¿Alguna vez has visto árboles tan altos? —le pregunté a Brielle.
—No, Su Alteza.
—Podéis tutearme y llamarme Odessa.
—Esto… —sacudió la cabeza—. Lo intentaré. Pero será un hábito difícil de romper.
Y, por el sonido de su voz, no parecía que lo fuera a intentar. Mantendría los roles en su lugar. Quizá era lo más sabio.
Finalmente se marcharía. Y yo tendría otra cosa más por la que sufrir.
—Escuchad —dijo Tillia—. ¿Habéis oído eso?
Tardé un momento en oír a lo que se refería, a pesar de prestarle toda mi atención. Al cabo de unos segundos, oí algo entre los árboles.
Un silbido. Parecía el canto de un ave, pero tenía algo distintivo.
—Vamos —dijo, apurando a su caballo—. Estamos cerca.
Solté un quejido ante la idea de seguir cabalgando, pero hice que Freya la siguiera, esperando que, una vez en Treow, hubiera una superficie plana sobre la que pudiera derrumbarme.
Avanzamos entre los demás jinetes hacia la parte delantera del grupo, donde Halston cabalgaba junto a otros dos guerreros de Zavier.
¿Y mi marido? No aparecía por ningún lado.
¿Debería preocuparme? Si le había pasado algo al príncipe heredero, alguien me lo habría dicho, ¿verdad?
—Ja —reí para mí misma. Como si me contaran esas cosas. Sería la última en enterarme de mi destino.
—¿Qué? —preguntó Jocelyn.
—Nada —sacudí la mano—. Solo recordaba mi completa y total insignificancia —dije, y ella me miró de reojo—. Es una broma —añadí en un susurro. Pero en realidad no lo era.
Halston se acercó para acariciar la mano de Tillia cuando pasamos a su lado y los guerreros nos permitieron tomar la delantera cuando aparecimos en un claro.
Era un óvalo perfecto en el bosque y estaba rodeado por una cerca de madera sencilla.
Un corral o una especie de prado para los caballos.
En uno de los extremos había una construcción de madera que parecía ser un establo.
Mientras admiraba el lugar, oí otro silbido.
Miré hacia el corral, intentando encontrar la fuente del sonido, pero no vi a nadie.
—Ahí —dijo Tillia, señalando más y más arriba, a un puesto de vigilancia construido en un árbol—. Bienvenidas a Treow. —Se detuvo en medio del claro y desmontó.
Hice lo mismo, aunque, a diferencia de ella, prácticamente salté de Freya y aterricé con fuerza sobre mis pies. Sentía que mis piernas estaban en la más absoluta miseria. La espalda también. Hice una mueca de dolor cuando estiré mis brazos rígidos.
—Ahora podrás descansar, Odessa —dijo Tillia, entregando las riendas de Freya a un muchacho que apareció entre los árboles.
Más personas aparecieron por detrás de él. Todas tenían una amplia sonrisa, mientras se acercaban a toda prisa a nuestro grupo. Estaban vestidas con las mismas túnicas y pantalones que había usado desde hacía días, aunque se veían considerablemente menos arrugados.
—Vamos —dijo Tillia.
—¿Qué hay de Brielle y Jocelyn? —Las dos se habían quedado un poco atrasadas y acababan de llegar al claro.
—Ya se encargarán de ellas. No te preocupes, no van a ir lejos. A menos que necesites su ayuda.
—No.
No había nada que no pudiera hacer sola. Y eso me hizo sentir más culpable.
No las había necesitado desde que partimos de Quentis. No hacía falta que estuvieran aquí. Cuanto antes pudiera enviarlas de regreso a casa con la información para mi padre, mejor.
Tillia me guio por el claro hacia los árboles. Pasamos del sol a la sombra de las ramas y entramos en un lugar que no se parecía en nada a algo que hubiera visto antes. Fue como entrar en un reino diferente.
Cuando le había preguntado si Treow era un pueblo, ella había dicho «Sí y no».
Ahora lo entendía.
Treow no era un pueblo con calles o caminos, tiendas o plazas. Era un pueblo construido en un bosque.
Las casas se encontraban en lo alto de los árboles. Algunas estaban conectadas mediante puentes colgantes y otras parecían aisladas, conectadas al suelo por escaleras de soga.
Cuatro niñas pequeñas pasaron corriendo por una pasarela de madera por encima de nosotras y se asomaron por la barandilla para mirarnos, riendo. Dos de ellas eran mellizas y las cuatro mostraban una piel de color oliváceo, con el cabello negro sedoso.
Tillia llevó dos dedos a sus labios y silbó. Fue un sonido punzante y fuerte, el mismo que había escuchado antes de llegar a Treow.
Las niñas se llevaron los dedos a la boca para devolverle el silbido, pero no salió como esperaban, sino más bien como si estuvieran escupiendo, y eso las hizo reír más fuerte.
—Tenemos centinelas en todo el perímetro —explicó—. Silbamos para que no nos disparen una flecha.
—Ah —asentí—. No sé silbar.
—No es necesario que aprendas.
¿Porque no me quedaría? ¿O porque no tendría permitido salir del perímetro? Preguntas para Zavier, si es que mi esposo alguna vez dejaba de evitarme. De todos modos, aprendería a silbar, solo por si acaso.
—¿Por qué las casas están en los árboles? —pregunté.
—Es más seguro. Estamos en territorio de flagris.
De vez en cuando, aparece alguna jauría de ulfernos que se atreve a acercarse.
A los pardures les gusta más la costa y las llanuras, pero son impredecibles.
Se sabe que han estado deambulando en esta dirección.
La mayoría de las aldeas de Turah tuvieron que encontrar maneras de resguardarse de los monstruos.
Esta —movió una mano hacia las estructuras en los árboles— es la nuestra.
—¿Vives aquí?
—No permanentemente, pero pasamos una gran parte del año en Treow. —Se giró hacia atrás y señaló una casa arriba—. Ahí es donde nos quedamos Halston y yo.
Desde abajo no podía distinguir las casas. Eran solo… plataformas de madera.
—La que tiene el techo de paja y la escalera de soga —dijo.
¿Era broma?
—Todas tienen escaleras de soga.
—Pero la nuestra es la más nueva —rio mientras se giraba, manteniendo el paso.
¿Nos habíamos adentrado mucho en el bosque? Miré hacia atrás, esperando ver el claro, pero ya no estaba a la vista.
—La mayoría pasamos los días aquí —dijo—. Cocinando, cabalgando, entrenando. Comemos en la sala comunitaria. Te mostraré el lugar mañana, cuando hayas descansado.
—¿Los caballos están bien? ¿Mi yegua…? —Me frené antes de terminar la pregunta.