Capítulo diecinueve
Cuando tenía trece años, una criada de la cocina me envenenó con polvo de colmillo de fének.
Lo puso en el té del desayuno y, cuando la atraparon, confesó que la había contratado un noble que estaba retrasado con los pagos de la deuda que había contraído con mi padre.
El señor era un ludópata que esperaba que una muerte en la familia real de Quentis le diera más tiempo para ganar una fortuna con los dados.
Pero, en cambio, él y la criada fueron ahorcados en la plaza pública de Roslo.
Mientras sus cuerpos estaban ahí abandonados para pudrirse, quemándose bajo el sol y siendo devorados por las aves, yo estaba al borde de la muerte.
Según me enteré después, los médicos no sabían cómo había sobrevivido al veneno. El polvo era el doble de tóxico que el veneno de cualquier serpiente, pero mi cuerpo había combatido la fiebre y, de algún modo, logré sobrevivir.
Fue lo peor que había sentido en toda la vida.
Hasta ahora.
Después de tres días cabalgando por territorio turano, aceptaría con gusto una peligrosa dosis de polvo de colmillo de fének.
Pero los féneks eran raros en Calandra. Según mis tutores, estos monstruos parecidos a los zorros habían sido cazados hasta quedar casi al borde de la extinción cien años atrás.
Eran los monstruos más pequeños y, aunque eran igual de salvajes que las bestias más grandes, eran más fáciles de matar que los flagris, los ulfernos o los pardures.
En Calandra, los féneks llegaron casi a desaparecer por completo. Pero alguien descubrió que moler sus colmillos producía el mejor veneno del continente.
Criar estos zorros era ilegal en todos los reinos, pero eso no importaba demasiado. Aquellos que tenían suficiente dinero podían adquirir el polvo en el mercado negro.
¿Había féneks salvajes en Turah?
Estaba demasiado cansada para preguntarle a Tillia.
Cabalgaba a mi lado con una postura perfecta y una expresión relajada.
Era evidente que su montura no le causaba tanto malestar como a mí.
Se la veía tan cómoda en el caballo que tranquilamente podría haber estado sentada en un sofá, mientras que yo probablemente me veía como Brielle y Jocelyn: demacrada, exhausta, al borde del colapso físico y emocional.
¿Cuánto más teníamos que cabalgar? Llegamos al borde de las llanuras cerca del mediodía y ahora estábamos cabalgando por la base de las montañas.
Subíamos y bajábamos, subíamos y bajábamos.
Habíamos cruzado un arroyo hacía poco y nos detuvimos solo el tiempo suficiente para abrevar a los caballos antes de seguir viaje.
A todo nuestro alrededor se podía sentir el aroma punzante de los pinos y la tierra, aunque también era dulce y refrescante. Los árboles y los arbustos no eran tan tupidos como en la costa, lo que dejaba bastante espacio entre los troncos gruesos para que avanzáramos entre ellos sin problemas.
No cabía duda de que Turah exportaba madera a los otros cuatro reinos.
Estos árboles parecían irrompibles. Rígidos.
Perfectos para construir casas o barcos.
También eran más altos que cualquier otro que hubiera visto.
Su copa se extendía hacia el cielo y sus ramas brindaban buena sombra contra el sol castigador de la tarde.
En Roslo siempre había encontrado una razón para abandonar la muralla del castillo y pasar algunas horas fuera. Esos paseos breves eran la mejor parte del día. Amaba el aire fresco y la libertad.
Ahora lo único que quería era una cama y un baño, y olvidarme del exterior para siempre.
Esa mañana, apenas pasado el amanecer, cuando el cielo todavía tenía un color tenue, me pareció ver el destello de un pueblo o de una ciudad.
Lo vi desaparecer a medida que el sol subía.
Esperaba estar cerca ya de nuestro destino.
Pero continuamos avanzando por estas colinas, y ese lugar quedó atrás.
Todas las noches dormíamos sobre el suelo después de cenar carne asada. Todas las mañanas desayunábamos sin dejar de montar a caballo. Unas tiras de carne secas y duras, y pan duro. Sentía que había pasado una eternidad desde que devoré la manzana.
Mi yegua, la ruana a la que había decidido llamar Freya, pasó por encima de una rama en el suelo. El cambio en su andar me sacudió en la montura y el dolor en mi trasero se intensificó. Tomé las riendas y presioné los dientes, conteniendo un quejido.
—¿Está bien? —preguntó Tillia.
No .
—Sí.
—Ya casi llegamos. Este es el último tramo.
—¿A Ellder?
—Todavía no —dijo—. Hubo un leve cambio de planes. Pararemos en Treow.
—Vaya. —¿Por qué el cambio de planes? No me lo dirían si preguntaba, así que no me molesté—. ¿Treow es un pueblo?
No reconocía el nombre y me avergonzaba lo poco que sabía de Turah. Cuántas cosas tenía que preguntar. Así era yo, la nueva adición a la familia real, y no sabía casi nada sobre este reino.
—Sí y no —dijo Tillia—. Lo entenderá cuando lleguemos.
Odiaba las respuestas vagas y los turanos parecían tener afición por responder así.
Da igual . Solo quería bajarme de este maldito caballo.
¿Había estudiado Mae la geografía turana? ¿Se sabía todos los pueblos y ciudades de memoria? ¿Había memorizado mapas? Ni siquiera estaba aquí y, aun así, me estaba superando. Estaba en la otra punta del continente y yo seguía siendo… menos. ¿Conseguiría deshacerme de ese sentimiento alguna vez?
Quizá. Si cumplía la misión de mi padre.
Tenía el diario guardado a salvo en mi bolsa. Había agregado algunas notas la noche anterior en el campamento y tenía pensado dibujar las montañas, pero, en cuanto Tillia me vio dibujando, me dijo que guardara el diario y no dejara que nadie me volviera a ver con él.
No pregunté por qué. La severidad en su tono fue suficiente para que la obedeciera sin rechistar.
Además, todo lo importante estaba en mi cabeza. Cuando llegáramos a algún lugar seguro, en algún lugar en el que pudiera estar sola, empezaría a dibujar el mapa.
—¿Quiere comer algo? —preguntó Tillia.
—No, gracias.
—No ha comido mucho.
Sacudí la mano.
—No tengo hambre.
La comida era sabrosa y nutritiva, pero había perdido el apetito. Sentía un nudo permanente en el estómago y no podía hacer otra cosa más que cabalgar y pensar.
Así que pensaba.
En todo.
Mi mente se había convertido en mi peor enemiga.
No había ni un solo tema seguro. Pensé en mi familia.
Pensé en Brielle y Jocelyn y lo mucho que me odiarían cuando todo esto terminara.
Pensé en Zavier y su desinterés. Pensé en los dioses y lo mucho que al parecer amaban y odiaban a los humanos.
Pensé en mi mal aliento y en lo mal que olía mi cuerpo.
Pensé en la punta de mi barbilla y la estrechez de mi nariz.
Y, sin importar cuánto intentara evitarlo, pensé en el Guardián.
Era un homicida. Un asesino legendario. ¿No debería asustarme? Pero hasta entonces solo lo había visto matar monstruos. Sí, no tenía mucho sentido que peleara contra su propia gente. A juzgar por cómo lo miraban, podía notar que sentían admiración por él. Devoción.
No era cómo esperaba que actuaran cerca de un asesino violento. Sin importar cuánto lo intentara, no podía quitarme de la cabeza la imagen de Tillia y él tan juntos uno de otro.
Me gustaba Tillia. No había sido más que bondadosa y respetuosa conmigo desde que llegué a Turah. Si había una persona en este reino en quien quisiera confiar, era ella. Se preocupaba por el Guardián. Quizá incluso estaba enamorada de él.
No parecía ser la clase de persona que se enamorara de un hombre malvado.
Quizá era una estupidez. No la conocíamos. Pero la razón por la que Margot odiaba mis bocetos era porque eran reales. Dibujaba lo que veía y, cuando miraba a Tillia, veía a una guerrera. Una líder.
Una mujer que no dejaba de ser una extraña, pero a quien admiraba de todos modos.
Sin embargo, no podía olvidar que el Guardián había matado al hermano de Banner de una manera brutal y salvaje. ¿Lo sabía Tillia?
Apoyé las manos una a cada lado de mi cabeza y me froté las sienes en círculos con intensidad. ¿Cómo se apaga la mente? ¿Cómo podía dejar de pensar? Por todos los dioses, quería bajarme de este maldito caballo.
De repente, se oyó algo en la parte delantera del grupo, un grito o una celebración. No podía distinguirlo con claridad rodeada de jinetes.
Tillia se sentó rígidamente y llevó una mano hacia la espada que llevaba en su espalda.
—¿Qué ocurre? —Tenía los cuchillos guardados en las fundas, las hojas cruzadas sobre mi espalda. Desde la noche con el pardur, no me había desprendido de ellos, ni siquiera para dormir. El Guardián nos había abandonado otra vez y no pensaba estar desarmada si nos enfrentábamos a otro monstruo.
Tillia se llevó la mano al corazón y suspiró.
—Gracias, Arabella.
¿Por qué le agradecía a la diosa del amor?
A menos que…
El Guardián hubiera regresado.
Los jinetes frente a nosotras se hicieron a un lado y abrieron un camino para que un hombre galopara hacia nosotras en el centro de la procesión.
Lo recordé de la sala del trono. Era uno de los guerreros de Zavier, el hombre de trenzas largas que había revisado el cofre de monedas de oro de mi padre. Y sus ojos estaban fijos en Tillia.
Ella detuvo su caballo y esperó con la mano todavía presionada sobre su corazón. En cuanto el guerrero se detuvo a su lado, tomó su rostro con sus manos grandes y se acercó hasta que sus labios se encontraron.
Mi cerebro estalló.
¿Quién era? ¿Y el Guardián? ¿Qué estaba pasando?
Fue un beso apasionado, como si se hubieran echado mucho de menos. Sus bocas se movieron con intensidad y sus mejillas se hundieron mientras sus lenguas se entrelazaban.
Como si lo hubieran hecho cientos de veces, la levantó del caballo, sin separarse en ningún momento, y la sentó sobre su regazo. Mientras sujetaba su cuerpo, ella apoyó las manos sobre el cuello de su amado, sintiendo su pulso.
Se besaron como si fueran las únicas personas en el reino, como si el resto de nosotros no estuviéramos mirándolos. Nunca había visto nada así y nunca había sentido un beso como ese. Absorbente. Desesperado.