Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo diecisiete
30%

Capítulo diecisiete

La espada del Guardián cortó el espacio que nos separaba a gran velocidad. Esa espada en su mano era como un rayo de plata y solo bastó un giro de su muñeca.

—¿Lista?

¿Estaba lista para entrenar con un hombre que podía romperme el cuello con dos dedos o partirme por la mitad con apenas un movimiento de esa espada?

No. Definitivamente, no estaba lista.

Quiero una espada.

¿En qué diablos estaba pensando? Si moría en esta zona de entrenamiento improvisada sería por mi maldita culpa.

Había un círculo en el césped entre las fogatas y las tiendas. Un claro de hierba aplastada y pisoteada por botas. Probablemente de los guerreros que habían entrenado el día anterior.

Pero esa mañana estábamos solos. Era un alivio que no hubiera nadie para ver cómo tropezaba con mis propios pies y me caía sobre el trasero en el suelo. El único testigo de mi humillación sería el hombre que la provocaría.

El sol se había posado sobre las montañas azuladas hacía unos instantes, bañando las planicies más allá de las fogatas con tonos verdes y dorados.

Unas nubes de tormenta cubrían el horizonte y el viento las traía hacia el campamento.

El paisaje era tan increíble que parecía una pintura, una escena pintoresca que no se parecía a nada que hubiera visto en mi vida.

Pero el destello malvado en los ojos avellana del Guardián me dejaba claro que no tendría oportunidad de disfrutar de la vista.

—¿Qué hago aquí? —murmuré en un susurro.

—Ha sido idea tuya, ¿recuerdas?

Estaba a diez pasos de distancia y, aun así, me oyó. Quizá podía oír el murmullo de un grillo en la otra punta del campamento. O tan solo estaba hurgando en mis pensamientos.

Usó la punta de su espada para apuntarme a los pies.

—Ponte en posición de combate.

Me acomodé. Giré la pierna izquierda hacia un lado y la ubiqué por delante de la derecha. Luego flexioné un poco las rodillas y levanté los dos cuchillos que me había dado antes cuando salí de la tienda.

Eran más largos que una daga y sus hojas afiladas eran tan largas como mi antebrazo, aunque eran más cortos que la espada que Tillia llevaba a su espalda.

El motivo por el que consideraba que sería mejor empezar con un par de cuchillos como estos en lugar de una espada era desconcertante, pero, después de otra noche de insomnio, no tenía energías para desafiar su decisión.

Iba a necesitar toda la fuerza disponible para sobrevivir a este entrenamiento. Guardaría la discusión para otro día.

El Guardián me estaba esperando en la puerta de la tienda, mordiendo despreocupadamente una manzana, con los dos cuchillos debajo del brazo.

Las armas no me parecieron para nada atractivas, pero la visión de la manzana hizo que se me hiciera la boca agua.

La comida del día anterior no había sido suficiente y, cielos, tenía hambre.

Tal vez iría a recoger algunas frutas cuando terminara de entrenar. Eso, claro, si todavía podía caminar.

El Guardián se detuvo en el centro del círculo.

—No tienes posibilidades de escapar de un oponente, ya sea un monstruo o un hombre. Eres demasiado baja y lenta.

—Vaya, muchas gracias —dije sin expresión alguna—. Estaba segura de que no iba a recibir ningún cumplido hoy.

—Los halagos son para la cama, Cross. No para el área de entrenamiento.

La imagen de él en una habitación a oscuras, con el torso desnudo, susurrándome halagos al oído, apareció en mi mente antes de que pudiera evitarlo.

No. No, no, no . Me negaba a dejar que mis pensamientos deambularan en esa dirección. El único hombre que estaría en mi cama sería mi esposo.

Quizá. Algún día. Cielos, mi matrimonio era muy raro.

Concéntrate, Odessa . Sujeté los cuchillos con mayor firmeza.

—Entendido. ¿Y ahora?

Se pasó una mano por el cabello y apartó unos mechones castaños de su frente. Fue… No, para nada atractivo.

El Guardián se acercó, mirándome con sus ojos severos e intimidantes.

Necesité toda mi fuerza de voluntad para no huir.

—Es probable que tu oponente se acerque, que intente matarte.

Tu tarea es encontrar los puntos débiles de tu enemigo.

En el caso de la mayoría de las bestias, tu única esperanza es herirlas.

Apunta a la garganta. Córtales una pata.

Arráncales un ojo. Lo que sea para detenerlas y ganar tiempo para correr y esconderte.

Si estás peleando contra un hombre, tienes que intentar matarlo.

—Usó la mano libre para sujetar el cuchillo en mi mano derecha y apoyó la punta justo sobre su chaleco de cuero.

Yo llevaba la misma ropa que el día anterior: los pantalones de cuero y la túnica sin bordado.

Él iba vestido como el día que lo conocí en la sala del trono: un chaleco, adornado con plata y latón, ajustado a su torso, y una túnica blanca debajo. Creía que los turanos usaban chaleco solo cuando querían vestir de forma elegante, pero, al parecer, era parte de su armadura.

Mis cuchillos eran afilados, pero, para atravesar ese cuero, tendría que usar toda mi fuerza.

—Desliza el cuchillo por las costillas, justo sobre el corazón. ¿Crees que puedes hacerlo? —preguntó.

—No me tientes.

—No estoy bromeando. No tiene sentido llevar esos cuchillos si no los vas a usar. ¿Puedes matar a un hombre, Cross?

Levanté la vista hacia sus ojos.

—Si no tengo otra opción.

Se inclinó hacia mí y mi cuchillo se presionó contra ese chaleco. El material resistía y no parecía mostrar ninguna debilidad.

¿Cuánto tenía que presionarlo para llegar a la piel? ¿Y si aplicaba todo el peso de mi cuerpo? ¿Me detendría? ¿Lo cogería con la guardia baja?

Sus ojos parecían pedirme que lo intentara. Estaba poniéndome a prueba.

Hazlo. Presiona.

Pero mi brazo quedó inmóvil.

¿Podía matar a un hombre? ¿A ese hombre? No. No creía poder segar una vida, ni siquiera la suya.

Alzó la comisura de sus labios levemente, como si me estuviera leyendo la mente.

Retrocedió.

—Pues veamos si puedes bloquear un ataque.

Y, con eso, empezó el entrenamiento.

Los truenos rugían en el cielo. En las horas que estuvimos entrenando, las nubes se asentaron sobre el campamento y, al rato, descargaron un diluvio sobre nosotros.

Tenía esperanzas de que eso diera por concluido el entrenamiento. Pero no fue así.

El Guardián, al parecer, entrenaba sin importar si llovía o estaba despejado.

Las gotas se mezclaban con el sudor en mi cara y, cada vez que caían sobre mi boca, sabían a sal y sangre.

Respiraba con pesadez y mi corazón latía con tanta fuerza que temía que fuera a detenerse. Me incliné hacia delante y me apoyé sobre mis rodillas, mientras intentaba no vomitar.

Esto era el infierno. Izzac me había puesto bajo su cielo para torturarme por todos esos pensamientos violentos que había tenido hacia el Guardián.

—¿Cansada? —El cretino ni siquiera parecía mínimamente cansado.

Cerré los ojos, respiré profundo por la nariz y el oxígeno me quemó los pulmones. Luego presioné los dientes y me puse más erguida, dejando que el agua cayera como una cascada sobre mi rostro, y retomé mi posición de combate.

Tenía los pantalones llenos de barro y la túnica toda cortada por los ataques del Guardián, de manera que varios retazos colgaban a cada lado. Pero no iba a detenerme, no todavía.

—Otra vez.

Bajó la espada con fuerza sobre mi cabeza cuando un trueno partió el cielo.

Esta vez pude frenar el ataque y sujetar la espada con mis dos cuchillos, como me había enseñado antes. Luego, con los brazos extendidos, las muñecas tensas y las piernas cansadas, usé toda mi fuerza para evitar que me clavara la espada en la cabeza.

—Resiste mejor —gritó, mientras presionaba con más fuerza.

Solté un grito desgarrador, acompañado por un montón de saliva, y arrojé su espada a un lado. Habría sido impresionante de no ser porque el suelo estaba resbaladizo y mi posición no era firme. Me resbalé y caí sobre una rodilla.

El Guardián no me dio tiempo para recuperarme. Se lanzó con su espada hacia mi cuello, lo que me obligó a tirarme boca abajo para no perder la cabeza.

Rodé por el lodo, intentando ponerme de pie frenéticamente.

Apenas lo logré, él volvió a atacar, esta vez apuntando al vientre, pero logré desviar el ataque.

El metal de nuestras armas parecía cantar al chocar entre sí.

—Más rápido —gruñó—. Mantén los pies firmes.

Tomé una bocanada de aire con brusquedad justo antes de que volviera a lanzarse sobre mí y me incliné primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Mis movimientos eran lentos y mi agarre de los cuchillos inestable.

Me quitó el cuchillo de la mano izquierda y este salió volando hacia el borde del área de entrenamiento.

—No sueltes los malditos cuchillos —gritó.

—Eso intento —grité por encima del rugir de la tormenta y mi corazón acelerado.

—Inténtalo mejor —dijo entre dientes, y luego se acercó a levantar el cuchillo y me lo lanzó para que lo cogiera de nuevo—. Otra vez.

Presioné los dientes, intentando que mi cuerpo se mantuviera firme, para soportar nuevos ataques. Luego anclé los pies sobre la tierra húmeda.

—No te caigas —me ordenó.

No te caigas, no te caigas, no te caigas .

Se lanzó hacia mí y apuntó otra vez a mi cabeza. En lugar de ponerme más erguida y enfrentarlo, retrocedí y mis malditos pies tropezaron entre sí.

Caí de culo sobre el suelo. Diablos . Era un infierno.

El Guardián me miró furioso y pude notar que su frustración era tan palpable como la lluvia. Levantó la espada hacia mi cara y, por un momento, me pregunté si este sería el fin. Si me había puesto a prueba y ahora, al considerarme indigna, se desharía de una princesa débil para Turah.

La punta de la espada fue un susurro sobre mi frente, ya que la usó para levantar un mechón de mi cabello empapado.

La tintura castaña estaba desapareciendo. Podía sentirla sobre mis mejillas, sobre mi túnica. Se mezclaría con el barro y me haría ver tan sucia como me sentía.

—Te pedí que no te cayeras. —Retiró la espada y el mechón se pegó nuevamente a mi cara—. ¿Lista para rendirte?

No podía rendirme, sin importar cuánto quisiera responder que sí.

—Nunca.

—Bien. —Me hizo un gesto para que me acercara al centro del círculo.