Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo dieciséis #2
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Capítulo dieciséis #2

Su silencio me dio un momento para estudiar su rostro, buscar fallos.

Pero no había ninguno. En cierta manera, se parecía un poco a Zavier, aunque más alto.

Sus facciones eran más pronunciadas, más duras, pero había algunas similitudes: la nariz recta, las mejillas apenas hundidas debajo de sus pómulos, la mandíbula angulosa. ¿Cómo no lo había notado antes?

¿Serían parientes? ¿Primos quizá? ¿Hermanos?

—Un pardur —dijo—. Este es su territorio.

Eso explicaba el fuego. Sentí escalofríos.

Los pardures eran monstruos que solo había visto en los libros. Eran mitos, leyendas. En mi mundo, no existían más allá de las páginas.

Pero ya no estaba en mi mundo, ¿verdad?

—¿Lo mataste? —pregunté.

La mirada que me devolvió dejó clara su respuesta: «¿Necesitas preguntarlo?».

Tenía algunas manchas y salpicaduras en la túnica. No las había notado antes porque había estado detrás de mí. Pero tenían que ser de sangre.

Incluso tenía una mancha en la muñeca y una gota en la garganta.

—¿Alguien salió herido?

Resopló.

Claro, el grandioso y poderoso Guardián nunca dejaría que nada lastimara a su gente. Tonta de mí.

—¿Lo puedo ver? —pregunté—. ¿Al pardur?

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Solo he leído sobre ellos en los libros.

—Qué curiosa, mi reina.

Sí, lo era.

—Quiero saber a qué me enfrento.

A los monstruos.

A él.

Quería ver a la bestia que había matado.

Sin decir nada, pasó a mi lado y me rozó el codo con el suyo.

Lo seguí por el campamento. Sus pasos eran tan largos que tenía que correr para seguirle el ritmo. Mis músculos gritaban de dolor, pero era una persona demasiado curiosa, y orgullosa, como para pedirle que aminorara la marcha.

Cuando nos detuvimos, vi al pardur.

Era como un oso y estaba tendido sobre la panza.

Su cuerpo inmenso estaba cubierto por un pelaje áspero de color canela y de su espalda brotaban unas púas tan largas como mis brazos.

Eran blancas como la nieve y puntiagudas como la espada del Guardián.

Salían en todas direcciones; algunas se curvaban hacia los lados y otras apuntaban directo hacia arriba.

¿Así sobrevivían a la migración de los crux? No había manera de levantar a un pardur desde el aire, no con esas púas.

Sus patas con garras afiladas eran tan anchas como mis hombros. Erguido sobre las cuatro patas, debía medir al menos un metro ochenta de altura y, si se levantaba sobre sus patas traseras, unos tres metros.

La cabeza del pardur yacía sobre una de sus orejas, una posición que dejaba al descubierto la herida en su garganta.

No, no era solo una herida. Era un corte tan profundo que había dejado la cabeza del monstruo apenas conectada al cuerpo. Colgaba apenas por un trozo de su pelaje.

Estaba conmocionada.

—¿Le has cortado la cabeza?

El Guardián se encogió de hombros.

—Casi.

—¿Cómo? —Antes de que pudiera responder, levanté la mano—. De hecho, no quiero saberlo.

Mi imaginación podía llenar ese vacío.

De depredador a depredador, el pardur había encontrado a un contrincante digno.

El hocico del monstruo era más largo que el de cualquier oso, del doble de su tamaño.

Su nariz negra parecía brillante por la humedad.

Tenía la boca abierta y revelaba una serie de dientes que no crecían de manera ordenada, sino que más bien, al igual que las púas de su espalda, brotaban en ángulos extraños.

¿Podían cerrar la boca o solo desgarraban a sus víctimas y se las tragaban a pedazos?

Había un rastro en la tierra que iba desde el cuerpo hasta más allá de las fogatas. ¿Por qué lo habían traído al campamento? ¿Para que la sangre no atrajera a otros monstruos?

Sus ojos negros y vidriosos estaban abiertos, sin vida. Y, cuando nos acercamos a la cabeza, sentía que seguían mis pasos, aunque estuviera muerto.

Un río de sangre roja oscura brotaba de sus fosas nasales, formando un charco debajo de su boca abierta.

Pluc. Pluc. Pluc .

El sonido me retorcía el estómago.

Zavier me había advertido en el Segador que Turah no era gentil ni amable. Que su reino no mostraría piedad. Esta tierra, estos monstruos, harían todo lo necesario para deshacerme en pedazos.

Verterían mi sangre en su tierra.

—Quiero mi espada.

El Guardián suspiró como si hubiera escuchado esa petición cientos de veces desde hacía cientos de años y no solo dos veces en los últimos días.

—Aceptaste darme una.

—Es verdad. —Se frotó la barba con una mano—. Te ves muy cansada, Gorrión. Descansa. Mañana entrenaremos. Prepárate para el amanecer.

¿Qué les pasaba a los turanos con el amanecer? Siempre sucedía algo al amanecer.

—Está bien.

—No te alejes de las fogatas. —Me apuntó a la nariz con uno de sus dedos largos.

¿Y meterme en territorio de los monstruos?

—Por supuesto.

—¿Sabes cómo volver a tu tienda?

Tal vez. Aunque seguro tardaría una hora hasta encontrarla.

—Sí.

Y entonces se marchó, dejándome sola con el pardur.

Pluc. Pluc. Pluc.

Me quedé mirando al monstruo un buen rato, maravillándome por su tamaño. No debería resultarme hermosa una bestia tan aterradora. Aun así, no podía apartar la mirada de su cuerpo inerte.

No hasta que escuché las pisadas de un caballo, sus cascos sobre la tierra, ocultando el crepitar del fuego.

Zavier y tres de sus guerreros se alejaron a toda velocidad del campamento. Un minuto más tarde, otro jinete cruzó el fuego a toda prisa para alcanzarlos.

El Guardián. Su semental negro como el carbón parecía volar sobre la planicie. El jinete era tan hábil como el animal mismo.

¿A dónde estaban yendo?

Una espía decente buscaría un caballo y los seguiría. Pero yo no era una espía decente. Me aparté del pardur y emprendí una lenta retirada hacia mi tienda. Solo me perdí dos veces.

Cuando llegué, Brielle se había ido, probablemente a su propia cama, y entonces pude acostarme en la mía.

Cuando oí otro rugido, cuando el cielo y la tierra parecieron sacudirse, me tapé la cabeza con la almohada.

Y fingí dormir hasta el amanecer.