Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Dormir fue imposible. No solo había mucha luz, sino que Brielle se había desmayado en mi cama. Y yo seguía esperando más rugidos.

Cuando salí de la bañera y me puse ropa limpia, me acosté junto a Brielle para descansar. Pero, cada vez que cerraba los ojos, mis oídos percibían los sonidos más leves (el zumbido de una mosca, algunas pisadas) y abría los ojos.

Algo había rugido, ¿verdad? No me lo había inventado.

Solo se había escuchado una vez y, a esas alturas, no estaba segura de qué era real. ¿Estaba delirando? ¿Estaba soñando? Quizá todavía estaba cabalgando dormida e imaginaba baños de agua caliente, rugidos y tiendas.

—Te extraño —murmuró Brielle, acurrucándose más cerca de mí. Su brazo envolvió mi cintura.

Me aparté, asegurándome de que siguiera dormida. Sí, muerta en este plano de la realidad.

¿A quién extrañaba? ¿A su madre? ¿A un amante? Brielle había sido mi criada desde hacía años, pero no la conocía realmente. No éramos amigas.

Yo no tenía amigas.

Siempre había habido mucha actividad en el castillo, muchos requisitos que cumplir, como clases, presentaciones en sociedad y, lo último, una boda. Cuando tenía tiempo libre, prefería estar sola en mi cuarto, leer un libro en la biblioteca o pasear por el acantilado.

Pero no era solo un calendario ajustado lo que me mantenía recluida. También era por elección propia.

Era una princesa de Quentis. La gente esperaba que supiera cosas, que estuviera al tanto de los planes y las aspiraciones de mi padre.

Cuando era más pequeña, tenía un grupo de amigas, la mayoría hijas de nobles adinerados de la ciudad. Las chicas iban al castillo a tomar el té y jugábamos con las muñecas. A medida que crecíamos, íbamos juntas a bailes y fiestas.

Y luego no dejaban de cotillear a mis espaldas.

Fingían nuestra amistad para conseguir información sobre mi padre para llevársela a los suyos. O fingían nuestra amistad porque creían que mejoraría su situación.

Odiaba las falsedades. Odiaba las mentiras.

Así que dejé de hacer «amigas».

Mae, por otro lado, disfrutaba mucho de ese lado social.

Tenía toda una ristra de amigas y les robaba secretos a todas ellas, reuniendo escándalos como quien colecciona cuchillos.

Usaba los tropiezos y errores de sus amigas para mantenerlas a raya.

Para asegurarse de que siguieran siendo leales a ella.

La prensa de Quentis babeaba con la cantidad de secretos que acumulaba.

A mi hermana no le importaba que esas mismas amigas no hubieran dudado en clavarle un puñal por la espalda. Ni parecía molestarle que muchas de ellas la llamaran puta o perra a sus espaldas.

Pero yo no era Mae.

A mí sí me importaba.

Por eso, durante las fiestas, me quedaba un tiempo prudencial para que mi padre y Margot notaran mi presencia y después me escabullía sola hacia mi cuarto.

Después de comprometerme con Banner, se esperaba que pasara las veladas a su lado.

Mi momento favorito de las fiestas era cuando los hombres abandonaban a las mujeres para conversar en privado y beber whisky de centeno.

En cuanto Banner me daba la espalda, yo me escabullía.

Pero aquí, en Turah, no quería estar sola. Quizá Jocelyn y Brielle podían ser mis amigas, al menos hasta que las enviara a casa. Los roles y el estatus no parecían importar tanto aquí.

La lona de la puerta de la tienda se abrió y Jocelyn se asomó al interior con un plato de comida. Se quedó congelada cuando vio a Brielle dormida.

Apoyé un dedo sobre la boca y, cuidando no mover la cama, salí de debajo del brazo de Brielle y me puse de pie. Me calcé las botas en silencio y seguí a Jocelyn afuera.

—Aquí tiene, Su Alteza. —Colocó el plato sobre mis manos. Era carne asada y un trozo de pan con la corteza dura—. Voy a despertar a Brielle. Lamento que se haya quedado dormida en su cama. Se sentirá tan avergonzada cuando…

—Déjala —dije—. Ha sido un viaje difícil para todas. Y yo no puedo dormir, no durante el día.

—Pero…

—Voy a caminar por el campamento un rato. —Levanté el plato—. Y te prometo que comeré.

—Su Alteza. —Hizo una leve reverencia y me dejó sola.

La luz radiante del sol hizo que entrecerrara los ojos, así que les di un momento para que se acostumbraran al resplandor, inclinando la cabeza hacia el cielo y dejando que el calor del día me calentara la cara.

El cielo era de un azul neblinoso, ya que el humo de todas las fogatas cubría el aire como un manto. El aroma a madera quemada y carne dulce invadió mi nariz.

Cuando di un mordisco, sentí una explosión de sabor en la boca y dejé escapar un gemido de placer. Mi estómago rugió y el hambre se hizo patente de repente. No fue una escena refinada, pero devoré la comida y dejé el plato dentro de la tienda una vez vacío. Luego empecé a caminar.

Mientras yo estaba en la bañera, los turanos habían estado ocupados.

Caminé por un mar de tiendas marrones que se extendían en todas direcciones.

Elegí un camino que se abría paso hacia el círculo exterior del campamento.

Cada turano que me cruzaba, bajaba la mirada hacia el suelo. La mayoría fruncía el ceño.

Las mujeres parecían haber desaparecido. Quizá les habían dado la oportunidad de descansar.

Seguí mi olfato, ya que el aroma punzante del humo se volvía más intenso a medida que me acercaba al borde del campamento. Cuando pasé la última serie de tiendas, me encontré con una amplia extensión de césped que iba desde las fogatas hasta el río.

Desde las fogatas subía un chisporroteo que flotaba en el aire y luego se desvanecía en pequeñas motas de ceniza. El crepitar del fuego provenía de todas direcciones y, si bien el olor del humo era fuerte, el sonido no me molestaba. Era casi un reemplazo de las olas del mar.

—Su Alteza —dijo Tillia cuando apareció por detrás de mí, con las manos juntas por delante.

—Odessa —la corregí. Si no llamaban a Zavier Su Alteza en su propio país, entonces yo tampoco quería ese título para mí.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted?

—No, solo estaba caminando.

No se movió. No hasta que me acerqué al fuego. Entonces ella también se acercó.

Obvio. ¿Por qué creía que podría caminar sola?

—Zavier te pidió que me siguieras, ¿no? Te prometo que no me voy a escapar. Es solo que no podía dormir.

Asintió.

—Por supuesto.

Pero ¿me dejó a mi aire de todas formas? No.

Mientras caminaba por el césped, siguiendo el círculo de fogatas, se mantuvo cinco pasos detrás de mí en todo momento. Estaba acostumbrada a llevar guardias conmigo todo el tiempo. Había sido así toda mi vida. La presencia de Tillia no debería haberme molestado.

Pero los días pasados en el Segador me habían dado cierta ilusión de libertad. No había ni un solo guardia en el barco. No era necesario. Tonta de mí por haber creído que quizá no fuera necesario en Turah.

Que podría caminar sin una sombra siguiéndome a todos lados. Que podría tener un poco de espacio.

—Zavier dijo que estaremos aquí algunos días —dije, girándome hacia ella—. ¿Me vas a seguir todo el tiempo?

—Sí, mi tienda está junto a la suya.

Entonces era mi leal niñera.

—¿A dónde iremos después?

—Viajaremos a Ellder.

Ellder. Me sonaba familiar. Creía recordarlo de la lección apresurada que me dio mi padre la noche de mi boda.

Era una fortaleza, una de las más grandes del reino, si la memoria no me fallaba.

Pero no tenía ni idea de lo lejos que estaba del campamento.

Podía ser un viaje de un día o de siete, y no me daría cuenta.

—Creo que estoy un poco desorientada. ¿Cuán lejos está Ellder?

—Lejos. Y no es un viaje sencillo. Deberemos acampar algunas veces durante el trayecto. Iremos montando campamentos temporales como este.

—Ya. ¿Nos aprovisionaremos en Ellder antes de continuar hacia Allesaria?

En cuanto el nombre de la capital brotó de mi boca, me arrepentí de haber hecho esa pregunta. Porque los ojos castaños de Tillia de inmediato se volvieron precavidos y su expresión se endureció.

—Puede que sí.

Eso significaba que no.

Maldición . Supongo que no podía contar con Tillia para que compartiera detalles sobre la capital.

—¿Puede ser que haya escuchado un rugido hace un rato? —pregunté, esperando que cambiar el tema suavizara su mirada.

Abrió la boca, pero antes de responder, su atención se posó por encima de mi cabeza.

No había necesidad de girarme para saber quién estaba detrás de mí. Sentí su presencia. Era tan evidente como el calor que brotaba de las fogatas.

Tillia bajó la frente y desapareció entre las tiendas, cediéndole el lugar a otra niñera.

—¿Así que no puedo estar sola? —pregunté cuando me giré hacia el Guardián.

—Estarás a salvo en tu tienda. —Había cierto tono burlón en su comentario. Nadie, ni siquiera mi esposo, se atrevería a entrar.

—¿No tienes a nadie más que molestar?

—Hoy no.

Cerré la boca con fuerza hasta que era solo una línea delgada y pasé a su lado. Le gustara o no, iba a seguir caminando.

No me mantuve dentro del perímetro de fogatas, sino que entraba y salía de entre las tiendas.

Pasé junto a hombres que cortaban troncos o afilaban sus cuchillos y, cada vez que cambiaba hacia una dirección, el Guardián me seguía.

Incluso cuando me arriesgaba a girarme, sus ojos siempre me esperaban, siempre de color verde esmeralda.

Cuando llegué a la otra punta del campamento, el agotamiento que había sentido hacía un rato regresó, al igual que los dolores que el baño había suavizado momentáneamente.

Solo esperaba poder encontrar mi tienda. Mi orgullo había recibido suficientes azotes por parte del Guardián ese día y no estaba segura de poder aguantar uno más si tenía que pedirle que me llevara a mi cama.

El Guardián se paró a mi lado de brazos cruzados con las piernas separadas mientras yo miraba cómo las llamas de la fogata más cercana chisporroteaban en el aire.

—Ese rugido que escuché antes —dije.

—Sí, ¿qué pasa con él?

Era confirmación suficiente: al menos no estaba delirando.

—¿Qué era?

—Un monstruo.

Puse los ojos en blanco.

—Eso no responde a mi pregunta.

—¿Importa?

—Sí. —Miré su perfil, expectante.