Capítulo quince #2
Algún día quizá aprendería a tener esas conversaciones silenciosas como las que tenía con el Guardián. Pero todavía no nos conocíamos. Por eso, cuando bajó la barbilla y se marchó, asumí que quería que me quedara en ese lugar.
De todos modos, no podría haber ido muy lejos.
—¿Por qué cree que están encendiendo tantas fogatas? —preguntó Jocelyn, envolviendo un brazo alrededor del mío.
—No tengo idea. —Me incliné sobre su cuerpo, usando su constitución robusta para mantenerme en pie. Todos mis huesos estaban agotados. Me dolía hasta el pelo.
El aroma a carne asada se mezclaba con el humo de las fogatas, pero, aunque me rugía el estómago de hambre, no tenía energía suficiente para comer. Solo quería acostarme y cerrar los ojos.
—Debería comer algo —dijo Jocelyn, soltándome—. Iré a buscar a Brielle. Le llevaremos comida.
—Está bien. —Tampoco tenía energía para discutir.
Cuando se marchó entre las tiendas, me paré frente a la mía y me asomé a su interior. Entonces vi a una mujer acomodando un pequeño catre y…
¿Una bañera? ¿O estaba alucinando?
Uff, me dolía el trasero. Lentamente, empecé a volver a sentir mi cuerpo.
Mis piernas y mi espalda empezaron a sentir un hormigueo mientras la sangre empezaba a circular de nuevo con normalidad.
Me estaba masajeando los muslos por encima de los pantalones, sin preocuparme por cómo me veía desde atrás en esa posición, cuando alguien tiró de mi trenza por detrás.
—¿Acaso no sabes respetar el espacio personal? —Aparté la mano del Guardián.
Sus ojos eran de un color avellana otra vez, una mezcla de los colores turanos que nos rodeaban: castaño, verde y dorado. Pasó su mirada por mi túnica hacia una de las manos que tenía presionada sobre mi trasero.
—¿Dolorida, mi reina? Tendremos que añadir las cabalgatas a tu plan de entrenamiento. Eso, o podemos pedir que alguien te cabalgue. Hablaré con Zavier.
Odiaba la manera en que me sonrojé. Odiaba que pudiera molestarme con tanta facilidad. Nunca en la vida había conocido a alguien tan atrevido, sin ningún filtro. Sabía que Zavier estaba tan poco interesado en mí como yo de volver a montar a la yegua ruana, pero seguía arrojándomelo en la cara.
¿Quería dormir con Zavier? No todavía. Era atractivo y fuerte, pero no dejaba de ser un extraño. No era esa clase de persona que disfrutaba con aventuras de una noche.
—¿No tienes a nadie más que molestar? —pregunté entre dientes.
—Hoy no. —Esbozó una pequeña sonrisa justo cuando el toldo de la entrada de mi tienda se abrió y la mujer que estaba adentro salió de ella.
—Princesa —me hizo un gesto para que pasara—, su tienda está lista.
—Gracias —dije esbozando una sonrisa, luego arrojé la punta de mi trenza hacia atrás para golpear al Guardián en la cara.
Su risa me siguió al interior de la tienda.
Era más espaciosa de lo que esperaba. La cama estaba situada a uno de los lados. No era más que una plataforma y dos mantas, pero la altura evitaría que durmiera en el suelo.
Todavía estaban descargando mis baúles desde la carreta, pero había ropa limpia apilada al pie de la cama. Y, contra la otra pared, había una bañera redonda sencilla que estaba llena de agua caliente. Debían haberla metido por la parte trasera de la tienda.
—Sí —dije con deleite ante la idea de quitarme el olor a caballo y viento.
—¿Necesitas ayuda con tu cabello? —Un susurro me acarició la oreja.
Me giré hacia el Guardián y le apoyé las manos en el pecho para sacarlo de la tienda. O al menos lo intenté. El hijo de perra apenas se movió.
—¿Te molesta?
—Si esa agua se enfría, te juro por Ama y Oda que te mataré con mis propias manos, aquí y ahora.
—Cuánta ira, mi reina. Solo estoy aquí para asegurarme de que estés cómoda.
—Estoy cómoda. ¿Contento?
—¿Quieres comer algo?
—Por ahora no. Adiós.
Su sonrisa se hizo más grande.
—La idea es que hoy y mañana los caballos y los jinetes débiles —o sea, yo— puedan descansar. El viaje al otro lado del río no será fácil.
—¿Más difícil que anoche? Espera —levanté un dedo—, no quiero saberlo.
—Mañana entrenaremos.
Pensar en eso me daba ganas de llorar, pero no le daría el gusto.
—Perfecto. ¿Algo más?
—No vayas más allá de las fogatas. Ni siquiera hacia el río.
Abrí la boca para preguntarle por qué, pero me contuve. ¿Por qué el Guardián siempre era quien entregaba los mensajes? ¿Cuándo dejaría Zavier de esconderse de mí? ¿Cómo íbamos a conocernos si nunca estaba cerca?
—Está bien. ¿Puedes decirle a Zavier que me gustaría hablar con él más tarde? ¿En privado?
El Guardián entornó los ojos.
—¿Por qué?
—Porque me gustaría hablar con mi marido en privado. Lo que discutamos no es de tu incumbencia.
—El príncipe heredero siempre es de mi incumbencia.
—Si no vas a llamarlo, entonces supongo que tendré que ir a buscarlo yo misma a su tienda.
—Siéntete libre de ir a la mía, princesa —se inclinó hacia mí—. A Zavier le gusta compartir.
Me quedé sin aliento cuando ese comentario se clavó directo en mi pecho como una daga. ¿Habían compartido mujeres antes? ¿Zavier esperaba eso de mí?
No quería eso. No quería estar con el Guardián.
Me miró como si estuviera leyendo cada uno de mis pensamientos.
Sus ojos cambiaron de avellana a verde. No ocurrió en un abrir y cerrar de ojos como antes, cuando los colores habían cambiado casi de manera instantánea, sino que el verde empezó a esparcirse lentamente, ahuyentando a los otros tonos.
Floreció como el calor debajo de mi piel.
Mi corazón empezó a latir tan rápido, tan fuerte, que lo sentí en la garganta. Era peligroso sostenerle la mirada a ese hombre, pero no podía evitarlo. No podía parpadear. Me atrapó con esos ojos esmeralda como si fuera su presa y me estuviera atrayendo más y más hacia él.
—No —dije. Tanto a él, como a mí misma.
Di un paso hacia atrás y me crucé de brazos. No era ese tipo de mujer. No era tan débil.
Si esta era otra prueba, podía irse a la mierda.
—Su Alteza, ¿está…? —La pregunta de Brielle fue interrumpida por su sorpresa cuando entró en la tienda y vio que no estaba sola—. Ah. Esto…
—El Guardián ya se iba.
Me miró por otro largo momento y luego se marchó.
El aire de inmediato se empezó a sentir más ligero. Más fresco. Era más fácil respirar.
—Debería tener cuidado con él —dijo, girando la cabeza para asegurarse de que estuviéramos solas—. Es peligroso.
—Lo sé.
El peligro parecía emanar de su cuerpo, como un manto permanente de maldad e ira. Lo había notado antes, pero nunca había sido así de intenso. Quizá porque siempre habíamos hablado en espacios abiertos. Pero, aquí, en esta tienda cerrada, sin espacio…
Vaya que si era peligroso. En muchos sentidos.
Temblé y el movimiento disparó un gran dolor hacia mis extremidades.
—Me duele todo.
—A mí también. —Se acercó a la cama y se sentó en la punta—. Debería tomar un baño.
—¿Tenéis una tienda?
—Jocelyn y yo compartimos una. No está lista todavía, pero están trabajando en ello. Está más cerca de las fogatas. La suya la han puesto en el centro del campamento.
Donde estaría más protegida.
—Jocelyn ha ido a buscar comida.
—Bueno. —Me acerqué a la bañera y cada músculo de mis brazos y hombros gritó de dolor cuando me saqué la túnica por la cabeza—. Ha sido… una… noche extraña.
Cerró los ojos.
—Nunca había estado en un lugar tan oscuro.
—Yo tampoco.
—Tillia dijo que era más seguro viajar de noche por los pardures. ¿Usted la cree?
—No veo por qué nos mentiría. —Me quité los pantalones y la ropa interior, luego me metí en la bañera y me hundí en el agua soltando un quejido grave—. Nunca en mi vida me había dolido tanto el cuerpo.
—Yo solía cabalgar todo el tiempo. En casa, en la granja —dijo—. Pero nada me podría haber preparado para esto.
—Deberías tumbarte mientras esperas.
—Pero es su cama, Su Alteza.
—No me molesta. —Cerré los ojos y me recliné contra el borde de la bañera. Mi trenza asomaba por fuera. Tenía las rodillas presionadas contra el pecho, pero me iba a quedar sentada en el agua hasta que se enfriara.
—Creo que nos hicieron cabalgar toda la noche para que no supiéramos hacia dónde nos dirigíamos —dijo, acostándose de lado con las manos debajo de la mejilla—. No confían en nosotras.
Y no deberían.
—Estaba segura de que nos atacaría un flagris o un ulferno —dijo, bostezando—. ¿Cree que las fogatas los mantendrán alejados del campamento?
—No lo sé.
En este momento no podía pensar en otra cosa más que en los dolores de mi cuerpo y el cansancio de mi alma. Entonces cerré los ojos, saboreando la calidez del agua.
No pude dormir.
Antes que pudiera hacerlo, se oyó un rugido en todo el campamento.
Un rugido salvaje y feroz que me provocó escalofríos en la espalda.
Un rugido que dejó bastante claro que Zavier decía la verdad.
En Turah, la noche era más segura.