Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo quince
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Capítulo quince

¿Cuánto dolor sentiría si me arrojaba del caballo? ¿Sería equiparable al que sentía ahora en todo el cuerpo?

Cada segundo que pasaba era una agonía. Me dolía la espalda, se me acalambraban las piernas, tenía el trasero entumecido. Sentía que se me partía la cabeza en dos.

En algún momento tendríamos que detenernos, ¿no? No podíamos seguir así para siempre. ¿O esperaban que durmiera sobre la yegua?

Bueno, estaba tan dolorida que dudaba poder dormir.

Habíamos cabalgado toda la noche por el bosque. Nunca había estado en un lugar tan oscuro. Los árboles imponentes y sus ramas pesadas lo oscurecían todo salvo el leve resplandor plateado de las dos lunas de Calandra.

Algunos turanos llevaban una antorcha, pero la luz apenas conseguía ahuyentar las sombras. Solo servían para permitirle al jinete de atrás ver al que iba delante para que la caravana no se dispersara y nadie se perdiera.

Nos manteníamos en un grupo bastante cerrado, con los caballos bastante cerca entre ellos. Las carretas iban atrás. Mi pie rozó con el de Zavier en más de una ocasión mientras avanzábamos entre árboles y arbustos tan tupidos que ni siquiera los caballos podían aplastarlos.

En un momento, el grupo empezó a aminorar la marcha y formamos una única fila para seguir el camino.

Un camino que el Guardián iba abriendo.

No había necesitado una antorcha.

Esos ojos cambiantes debían permitirle ver en la oscuridad.

Repasé la lista mental de sus poderes para decírsela a mi padre.

Considerando que no tenía nada más de valor que entregarle, tendría que ser suficiente. Porque estaba bastante segura de que no podría explicarle dónde estábamos ni cómo habíamos llegado hasta aquí. Estaba… bueno, perdida.

¿Era esa la razón de esta marcha nocturna? ¿Mantenerme en la ignorancia? ¿Destruir mi brújula interna? Aunque tampoco habría sido muy fiable, ni de día ni de noche. Lo único que sabía era que el mar probablemente estaba detrás. Quizá. O eso creía.

Más tarde, cuando tuviera oportunidad de resumir el viaje hasta aquí, mi única instrucción sería: cabalga por el bosque hasta que tu cuerpo no tolere más el dolor . Y también: si no tienes miedo, lo estás haciendo mal .

Bueno, había estado asustada la noche anterior. El miedo me mantuvo despierta toda la noche. Siempre que había una abertura entre la copa de los árboles, miraba hacia el cielo. Y, entonces, rezaba.

A Ama y a Oda, las estrellas.

A los Seis, sus hijos, quienes habían creado los tonos intermedios.

Los árboles empezaron a mermar cerca del amanecer, lo que nos permitió tener más espacio para viajar. Luego, hacía solo unas horas, los árboles dieron lugar a una extensa planicie. Detrás de nosotros, el bosque era una pared verde que se volvía cada vez más pequeña a medida que nos alejábamos.

No tenía idea de cuánto tiempo había pasado desde que salimos del bosque oscuro. Una hora. Dos. Tres. Diez.

El dolor de cabeza, el dolor absoluto, me hacía pensar en casi lo imposible. Incluso me dolía respirar.

—¿Estás bien? —me preguntó Zavier en voz baja.

—Estoy bien. —Si bien significaba que me quería morir, entonces sí, estaba bien.

Era la primera vez que me preguntaba cómo estaba desde que abandonamos la playa. También fue la primera voz que oí desde entonces.

Nadie había dicho ni una sola palabra. Todos seguimos a ciegas al Guardián hasta el amanecer.

A lo lejos, una cadena montañosa cortaba el cielo con una línea dentada.

Sus picos escarpados estaban nevados y empezaban a brillar a medida que el sol se elevaba por el horizonte.

La tierra que nos separaba de ese cordón montañoso parecía extenderse hasta la eternidad.

Nos llevaría días llegar al pie de esas montañas. Si era allí a donde estábamos yendo.

¿Cuánto tiempo más seguiríamos avanzando? Teníamos que detenernos en algún momento, ¿verdad? Si no era por las personas, al menos por los caballos.

Brielle y Jocelyn estaban en algún lugar detrás de mí, cabalgando entre el resto de los turanos.

Quería retroceder para buscarlas entre la multitud, pero la última vez que me había girado, no solo me había encontrado con demasiadas personas bloqueándome el camino, sino que me había causado mucho dolor.

Por eso decidí seguir mirando hacia delante, clavando los ojos en la espalda de nuestro intrépido líder.

El Guardián debió haber sentido mi mirada. Se giró para asegurarse de que todo su rebaño lo estuviera siguiendo y luego hizo galopar a su caballo.

—¡Ay, cielos! —dije, quejándome. ¿Galopar? ¿Ahora teníamos que galopar? El rebote sobre la montura me podría matar.

Escuché el estruendo de un montón de pisadas cuando un grupo de turanos pasó a toda prisa a cada lado, apresurando el paso para seguirle el ritmo al Guardián. Pero, antes de que pudiera hacer que mi yegua hiciera lo mismo, Zavier extendió la mano.

—Van a armar el campamento. No hace falta que nos apresuremos.

Me relajé, aliviada.

—Gracias a los dioses.

—Los bosques costeros están repletos de pardures. No ven bien en la oscuridad, así que es más seguro viajar de noche por esta zona.

—Vaya. —Aparentemente, los monstruos en Turah preferían matar a sus presas durante el día.

Otro grupo de guerreros pasó a nuestro lado, cabalgando rápido, pero no a la misma velocidad que el resto. Detrás de ellos iban dos carretas cargadas con leña y sus ruedas dejaban huellas idénticas en los altos pastizales.

El paisaje había cambiado tan rápido que era casi como estar en Quentis, dando un paseo en carruaje por la pradera.

Sin embargo, no había ninguna granja, casa o pueblo a la vista. En todas direcciones, solo había planicies escabrosas de pastos verdes y dorados que se extendían hasta las montañas.

¿En algún lugar habría un paso para llegar a Allesaria?

No me imaginaba cruzando esas cumbres. Nunca había visto montañas tan inmensas, tan altas, antes. Era como si pudieran besar el cielo.

Turah era el más grande de los cinco reinos, con un tamaño cuatro veces superior al de Quentis, aunque tenía menos de la mitad de los habitantes.

Había estudiado los mapas de Calandra. Tenía una idea general de la geografía del continente.

Pero esos mapas no hacían justicia a la diferencia.

Nunca lograban retratar la magnitud de ese paisaje.

Era vasto, abrumador, magnífico. Y aterrador.

—Nunca había visto la nieve —dije, esperando que una conversación con Zavier me distrajera del dolor—. No nieva en Roslo. Durante los meses más fríos, los peores días son grises y lluviosos.

Balbuceó algo incomprensible y esa fue la única respuesta que obtuve.

Honestamente, debería haberlo anticipado. No era la clase de persona a la que se le pudiera sonsacar una charla.

Me acomodé en la montura, buscando una posición que fuera menos dolorosa. Nunca había sido tan consciente de mi coxis.

A pesar del dolor y la rigidez, me giré. Ahora que el resto se había adelantado, pude ver a Brielle. Estaba desplomada hacia delante, dormida. Tillia cabalgaba a su lado, asegurándose de que no se cayera al suelo.

Cuando Tillia me vio, le hice un gesto: gracias .

Ella asintió a modo de respuesta.

Con el ritmo firme de los caballos, casi me dormí. Sentía los párpados pesados, se iban cerrando hasta que me volvía a enderezar. Pero el dolor impidió que me quedara dormida.

Me mantuve despierta memorizando todo lo que pudiera considerar un punto de referencia, desde un saliente en las rocas hasta un grupo de árboles. Lo que fuera para anotar en mi diario y que pudiera ayudar a las tropas de mi padre a no perderse en estas tierras.

Avanza en dirección a las montañas no era una indicación adecuada ante una cadena montañosa que se extendía prácticamente a todo nuestro alrededor.

De repente, vi una carreta delante que estaba detenida sobre una pendiente suave. A lo lejos, algunas nubes blancas empezaban a brotar del suelo y el olor a humo empezó a impregnar el aire.

—¿Fogatas? —pregunté, enderezándome.

Zavier asintió.

¿Sería así siempre? Asentimientos y respuestas cortas. No había sido particularmente hablador en el Segador , pero, desde que llegamos a Turah, apenas había pronunciado una palabra. A este ritmo, podría tardar una década en llegar a conocer a mi marido.

Cuando miré a Brielle, vi que estaba despierta y su rostro mostraba una expresión de dolor. Jocelyn se le había acercado y también parecía cansada, aunque no tan afectada.

No tardamos mucho en llegar a donde estaba el resto.

Cuando subimos por la pendiente, encontramos una serie de tiendas rodeadas por un gran círculo de fogatas.

Al menos veinte de ellas estaban encendidas y cada una se volvía más y más grande a medida que los hombres añadían la leña de las carretas.

Pasado el campamento, había un río que cruzaba las planicies como una serpiente azul.

Zavier desmontó del caballo con gran habilidad, como si cabalgar toda la noche no fuera nada para él, y extendió una mano para ayudarme a bajar.

Tenía los músculos entumecidos y tensos, pero de algún modo logré quitar los pies de los estribos y bajar de la montura. Casi me desplomo cuando mis pies tocaron el suelo.

¿Caminaríamos el resto del camino hacia Allesaria? La idea de volver a subirme al caballo me daba ganas de gritar.

—Zavier —dijo Tillia, acercándose con una mano extendida—. Yo me encargo de los caballos.

Le pasó las riendas, luego me tomó del codo y me llevó a su lado. Cada paso que daba era rígido. Agonizante.

—Lo siento —murmuró; sus ojos verdes trasmitían su sentimiento de disculpa mientras me llevaba a la tienda en el centro del campamento.

Un hombre clavaba una estaca en el suelo y aseguraba una lona en el suelo.

—Ya casi terminan de montarla.

Zavier asintió una única vez y me miró como si quisiera decir algo.

—¿Qué? —susurré.

—Su Alteza —dijo Jocelyn, acercándose velozmente a mi lado, sufriendo apenas una fracción de mi dolor—. ¿Se encuentra bien?

—Cansada —contesté, forzando una sonrisa.

Zavier suspiró y lo que fuera que quería decir tendría que esperar.