Capítulo catorce #2
El relincho de un caballo hizo que me pusiera de puntillas para mirar por delante de Brielle mientras subíamos una pendiente.
Una vez que llegamos arriba, me detuve y observé los caballos y la gente que nos separaban de los árboles.
Había cinco carretas, cada una para un equipo. Dos estaban llenas de leña.
Algunas mujeres iban de un lado a otro entre los hombres y su ropa era similar a la mía. Pantalones de cuero, botas robustas y túnicas sueltas. La ropa era sencilla y práctica. La mayoría tenía el cabello trenzado, no muy distinto al mío.
Quizá podría mezclarme bien con esta gente.
No había manera de que supieran que era el Gorrión, mucho menos tan pronto.
Había cierta comodidad en esa invisibilidad.
Había pasado la mayor parte de la vida intentando pasar desapercibida.
Nunca disfrutaba atrayendo la atención y claramente no lo haría en Turah.
Sin embargo, a pesar de estar vestida igual que ellas, muchos ojos me siguieron cuando nos acercamos.
Había muchas personas que me miraban sin disimulo.
Los hombres que cepillaban a sus caballos estudiaban mi perfil.
Las mujeres entornaron la vista, no solo hacia mí, sino también hacia Brielle y Jocelyn.
Sus vestidos azules las hacían sobresalir de la multitud. Todas sobresalíamos.
Los guerreros de Zavier, que ya habían reclamado los caballos con las monturas, debieron haber hecho un anuncio rápido. Las noticias se esparcían enseguida.
Yo era la princesa de Zavier. El Gorrión.
Adiós a la invisibilidad.
Zavier se acercó a la carreta y nos quedamos a su lado mientras cargaban nuestros baúles en la parte trasera.
Entonces, una mujer hermosa de tez bronceada se acercó. Llevaba su cabello negro trenzado a cada lado de la cabeza en tres trenzas fuertemente sujetadas, mientras que el resto de sus rizos caía sobre sus hombros. Tenía una espada a la espalda.
—Zavier.
Zavier bajó la cabeza para saludarla y luego me señaló a mí. Al parecer, esa era toda la presentación que podía dar con Brielle y Jocelyn cerca. La mujer hizo una leve reverencia.
—Princesa Odessa Wolfe.
¿Así era como me iban a llamar ahora? Cielos, no.
—Llámame Odessa, por favor. «Princesa» y «Wolfe» son innecesarios.
Miró a Zavier, levantando las cejas. Sus ojos eran de un castaño intenso y hermoso. Sus destellos verdes eran del color del bosque que se encontraba al otro lado de la playa.
Zavier asintió, dándole permiso para deshacerse de los títulos. Y el apellido. Quizá sabía que seguiría corrigiéndola si seguía llamándome princesa Odessa Wolfe.
—Odessa —dijo la mujer—. Soy Tillia. Bienvenida.
—Gracias.
Llevaba tres bolsas vacías sobre uno de los hombros. Las apoyó en el suelo y me alcanzó una a mí y las otras a Brielle y Jocelyn.
—Si hay algo importante que queráis sacar de los baúles antes de partir, guardadlo aquí.
—¿Q-qué? —preguntó Brielle, tartamudeando, mientras sujetaba la bolsa de cuero—. ¿No vamos a llevar los baúles?
—Partiremos pronto y viajaremos juntas. Pero el cargamento a menudo no suele seguirnos el ritmo. Hay una gran probabilidad de que nos separemos. Es mejor que tengáis a mano cualquier cosa que consideréis importante.
—Pero…
Apoyé la mano sobre el brazo de Brielle, silenciando su protesta.
—Gracias, Tillia.
—Odessa. —Sus ojos castaños suavizaron su expresión antes de girarse y marcharse.
Brielle y Jocelyn parecían al borde del pánico y enseguida se abalanzaron sobre sus baúles, abrieron la tapa y empezaron a guardar cosas en sus bolsas.
Me acerqué a Zavier y bajé la voz.
—Tillia tiene una espada. Parece que es de mi tamaño.
La comisura de sus labios se alzó levemente. Luego su mirada se posó sobre mis baúles, una orden clara y silenciosa para que empezara a guardar las cosas.
—¿Todos aquí saben que puedes hablar? —pregunté en un susurro.
Asintió.
—¿Todos en Turah saben que puedes hablar?
Negó con la cabeza.
Ahí quedaba la lealtad de los turanos hacia otros turanos. Aunque sospechaba que tenía que ver más que nada con una estrategia política. Zavier parecía ser un alma silenciosa. Un hombre al que no le gustaba hablar si no tenía nada que decir.
—Entonces, no debería habérselo contado a Brielle.
Se inclinó y su voz apenas sonó como un susurro cuando se acercó a mi oído.
—No lo has hecho.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estás esforzándote demasiado para ganarte mi confianza.
Toda mi esperanza se vino abajo. Era verdad. La detestable y triste verdad.
Estaba tan metida en mi papel que era casi gracioso. Me habían interpretado como si fuese un libro abierto días atrás, ¿verdad? No se dejaban engañar por cada una de mis fachadas, cada una de mis acciones.
¿Qué diablos hacía aquí? Yo no era una espía.
Me di la vuelta, ocultando un suspiro tembloroso, y empecé a cargar la bolsa.
Lo único que quería era mi diario, pero también guardé un vestido limpio, por si acaso.
Dejé el resto de las cosas en los baúles: libros, zapatos, joyas y frascos, y seguí a Zavier, que se había acercado a un par de caballos con monturas.
El suyo era un caballo castaño, alto e imponente. Me recordaba al caballo de Banner. Un animal digno de un comandante. Un general.
A su lado había una yegua ruana de pelaje grisáceo en un claro y agradable contraste con su crin negra. Me olfateó cuando me acerqué y luego siguió comiendo.
Brielle y Jocelyn fueron asignadas a acompañar a un grupo de guerreros. Al parecer, no viajaríamos juntas.
—¿Sabes cabalgar? —me preguntó Zavier.
—Sí. —No muy bien, pero no me caería. Con suerte—. Asumo que no vamos a acampar aquí.
Me entregó las riendas de la yegua.
Eso significaba que no. Respiré profundamente, apoyé un pie sobre el estribo y pasé una pierna hacia el otro lado. Una vez arriba, me di un momento para encontrar el equilibrio a lomos del caballo.
El sonido de las pisadas de otro caballo fue la única advertencia de que el Guardián se había acercado sobre su enorme semental negro.
—¿Has pasado tiempo a lomos de un caballo, Gorrión? —preguntó.
—¿Me estás preguntando si sé cabalgar? Sí. ¿Lo hacía a menudo? No.
—Qué lástima.
Y con eso quería decir que pasaría muchas, muchas horas sobre esta yegua.
¿Y si lo empujaba para que se cayera? ¿Se rompería el cuello? Sí, sería tan hermoso.
—Estamos listos, Zavier —dijo el Guardián.
Zavier asintió y, sin hacer ningún anuncio, abandonamos el claro. Mi yegua lo siguió hacia los árboles y todos hicieron lo mismo.
Un minuto más tarde, cinco guerreros pasaron galopando a nuestro lado con el Guardián a la cabeza.
Mi corazón empezó a latir con fuerza, más fuerte que las pisadas de los caballos, a medida que nos adentrábamos en el bosque.
Cuando miré hacia atrás, el mar y los barcos habían desaparecido.
Había pasado toda la vida junto al mar. El sonido de las olas había estado siempre presente en mi vida. El susurro de las hojas de los árboles no era lo mismo. Me parecía demasiado tranquilo, tenía un ritmo demasiado aleatorio.
Era como si hubiera cambiado el ritmo de mi corazón. Mis oídos se sentían demasiado vacíos.
El bosque se extendía delante de nosotros como un océano diferente, hecho de troncos y ramas interminables.
No había ningún sendero a la vista, ningún rastro, pero los guerreros parecían conocer el camino.
Mantuve el ritmo junto a Zavier, mirando de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
Buscando algo. Algún punto de referencia. Alguna construcción. Algo que pudiera anotar en mi diario. Podía no haber un camino claro, pero, de todas formas, estaba determinada a encontrar uno. Y era hora de hacer lo que había prometido.
Ganarme la confianza de mi padre. Trabajar para salvar al reino, a mi gente.
Y encontrar el camino a Allesaria.