Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

Jocelyn me sujetó de la mano tan fuerte que me sonaron los nudillos. El asiento del bote era lo suficientemente ancho como para que entráramos las tres sentadas, pero ella estaba tan cerca que casi estaba sobre mí. Brielle estaba sentada en la otra punta con la espalda recta, mirando la orilla.

—Si nunca vuelvo a poner un pie en un bote, voy a morir feliz —dijo Jocelyn.

—No digas eso. Todavía tienes que volver a casa.

La tristeza impregnó sus ojos castaños.

—Volverás a tu casa —le aseguré—. Se lo prometiste a tu madre, ¿recuerdas?

—Sí. —Miró detrás de nosotras, más allá del Segador , del Desollador y del Cañón , los tres barcos anclados en las aguas profundas frente a la costa.

Zavier estaba sentado en la parte delantera del bote con una postura rígida y los hombros tensos.

No habló desde que nos subimos al bote para ir a la orilla. Una vez más, era el príncipe silencioso y taciturno. ¿Era porque mis criadas podían oírle?

Podía ser. No les había contado que podía hablar. No iba a fallar esa prueba de confianza.

Si se quedaba en silencio, entonces yo también.

El hombre que remaba tenía unos aros dorados y un tatuaje serpenteante en un lado del cuello. Llevaba unos brazaletes de cuero alrededor de las muñecas y una bufanda roja alrededor de la cabeza. Sus brazos se tensaban cada vez que los remos empujaban el agua.

Tenía la sensación de que regresaría al Segador una vez que llegáramos a la orilla.

¿A dónde irían los barcos luego? Debía haber un puerto para barcos de ese tamaño. ¿Por qué no habíamos llegado a una ciudad? ¿Por qué nos dejaban aquí, en medio de la nada?

La playa a la que estábamos yendo era una extensión corta de arena gris suave. Los botes del Desollador y el Cañón ya habían llegado a tierra.

Los cuatro guerreros que habían acompañado a Zavier en nuestra boda estaban descargando las cosas de los botes, mientras caminaban afanosamente por el agua poco profunda hacia la playa. No tenían baúles ni cajas. Lo único que tenían era ropa, armas y bolsas colgadas sobre los hombros.

Había cinco baúles en la costa. Los míos, uno de Brielle y otro de Jocelyn. Ni siquiera Zavier tenía tantas cosas. Al igual que sus guerreros, llevaba solo una bolsa.

Quizá debería habernos dicho que el equipaje fuese ligero.

Inspeccioné la playa, buscando al Guardián. Después de su ominosa bienvenida a Turah, lo había perdido de vista cuando me subí al bote. Esperaba que nos acompañara, pero cuando levanté la vista, ya se había marchado.

Dada su tendencia a aparecer como un sarpullido molesto, estaba segura de que estaba deambulando por algún lugar cerca.

—¿Creéis que hay alguna ciudad cerca? —preguntó Brielle en voz baja.

Nuestro remero tatuado frunció el ceño, molesto porque hubiera roto el silencio con una pregunta perfectamente razonable.

—No lo sé. No veo nada.

Si había un pueblo cerca, estaba oculto entre el follaje. No había ningún camino o sendero a la vista en ese bosque.

La playa estaba delimitada por unos juncos cuyas puntas se mecían al viento y unas colinas amenazadoras cubiertas por un bosque denso de pinos y arbustos tupidos. Una leve neblina cubría los picos más altos. El aire era frío, y el viento, punzante.

La playa parecía solitaria y fuera de lugar, como si las rocas grises a cada lado estuvieran consumiéndola lentamente, obligándola a quedar sumergida en el agua para ahogarse.

Era tan diferente de las playas de Quentis que no estaba segura de poder considerarla una playa.

No eran kilómetros y kilómetros de arena blanca bajo el sol. No era cálida ni acogedora.

Pero era hermosa. Escarpada e intimidante, pero hermosa.

Al llegar a las aguas poco profundas, Zavier se puso de pie y saltó hacia el agua, chapoteando con cada paso que daba mientras nos llevaba hacia la orilla.

No esperé a que me ofreciera la mano y bajé por un lado. Mis botas con tacones se hundieron en la arena. No era suave ni cálida como la arena de Quentis, sino más bien rígida y firme, y crujía bajo mis pies con cada paso que daba.

Un mechón suelto quedó atrapado en la brisa y se me metió en la boca, y el sabor amargo de la tintura hizo que lo apartara de inmediato.

Una vez que Brielle y Jocelyn llegaron a la playa, Zavier nos hizo un gesto para que lo siguiéramos hacia los juncos donde nos esperaban sus guerreros inexpresivos.

—¿Y nuestras cosas? —pregunté.

Su mirada se disparó sobre mi hombro con una respuesta silenciosa.

Cinco hombres cargaban nuestros baúles algunos metros por detrás, siguiendo nuestras huellas en la arena.

Fue entonces cuando lo vi.

El Guardián estaba parado en la orilla, recién salido del mar. Tenía la ropa mojada y el cabello empapado colgando sobre sus hombros. Y no estaba solo.

Estaba hablando con el Sumo Sacerdote.

Se me hizo un nudo en la garganta.

No podía sentir su magia. ¿Era porque estaba demasiado lejos? ¿Era por eso que no lo había sentido en el barco?

Ah, por todos los dioses, ¿significaba eso que viajaría a Allesaria con nosotros? Se me empezó a revolver el estómago ante la idea de estar cerca de su magia. No estaba segura de poder lidiar con esa sensación día tras día.

El Sumo Sacerdote y el Guardián estaban cerca el uno del otro mientras hablaban. Entre ellos, había una cierta familiaridad que no había notado antes. Se veía casi afectiva, como si fueran hermanos.

¿Los Voster le habían dado sus poderes al Guardián? ¿Era por eso que podía nadar tan rápido, moverse tan rápido?

Parecía demasiado obvio. Demasiado fácil. Pero ¿podía ser así de sencillo? ¿Podían otorgar magia a los humanos?

Los Voster eran demasiado cautelosos con su magia y sus orígenes, al igual que con el lugar en el que vivían y la cantidad de sacerdotes que conformaban la hermandad. Ese libro que había leído sobre ellos estaba basado en especulaciones. Informes sobre los comentarios de algunos testigos.

Mi padre me había pedido que averiguara la fuente de las habilidades del Guardián. Pero, en lugar de pedírmelo a mí, debería habérselo consultado al hermano Dime.

El Guardián asintió a lo que fuera que el sacerdote le había dicho, luego dio un paso hacia atrás y se llevó las dos manos al corazón e hizo una leve reverencia.

El Sumo Sacerdote hizo el mismo gesto y luego apoyó una mano sobre el hombro del Guardián.

Si me hubiera tocado de esa manera, me habría retorcido de dolor.

El Sumo Sacerdote llevaba una caja negra atada a la espalda que me resultaba familiar.

El Escudo de Gorriones.

Llevaba el tratado consigo. Nunca me había preguntado dónde guardaban esos documentos, pero tenía sentido que los Voster fueran los responsables de su protección. ¿Qué otros tratados y acuerdos protegían? ¿Había registros de la Cadena de las Siete guardados para mantenerla a salvo?

¿Qué pasaba si se perdían esos documentos?

¿O si eran destruidos?

¿Se rompería el tratado si se perdían? ¿El plan de mi padre era… destruir el Escudo de Gorriones? ¿Incautar los depósitos de la hermandad y quemar los tratados hasta que no fueran más que un montón de cenizas?

El sacerdote dejó que el Guardián se marchara y luego caminó por la playa arenosa hacia las rocas. Se subió descalzo a ellas con gran habilidad, levantando su túnica borgoña con una mano. Entonces, el bosque se lo tragó y desapareció de la vista.

¿A dónde había ido? ¿Los Voster vivían en Turah? ¿O estaba yendo hacia la frontera con Ozarth? Quizá el Sumo Sacerdote consideraba Allesaria su hogar.

Pero parecía estar yendo en la dirección opuesta. Si también iba a ir a Allesaria, no nos acompañaría.

Miré hacia delante, mientras mi mente se llenaba de preguntas. Los guerreros que iban por delante de Zavier rompieron filas y cada uno tomó un camino diferente a través de los juncos.

Brielle y Jocelyn se mantuvieron detrás de Zavier y yo me quedé justo por detrás de ellas. Aminoré la marcha un instante para mirar por última vez el lugar por donde el Sumo Sacerdote había desaparecido.

Mis problemas empezaron el día en que me encontré con el hermano Dime en la galería del castillo. El día en que el Sumo Sacerdote entró flotando en la sala del trono de mi padre.

El miedo hizo aparecer un nudo en mi estómago. Esta no sería la última vez que vería al Sumo Sacerdote, ¿verdad? Solo había una manera de estar segura de eso, pero sabía, en el fondo, que todavía no había terminado de arruinarme la vida.

El Guardián empezó a caminar por la arena, mientras pasaba una mano por su cabello húmedo y se lo apartaba del rostro.

Sacudió el agua de su barba con una de sus manos grandes.

Su túnica del mismo color crema que la mía estaba casi transparente.

Estaba pegada a su pecho fornido y contorneaba sus abdominales marcados.

Una sensación cálida empezó a brotar en mi interior y empezó a descender. Por los dioses, no . Me obligué a mantener la vista hacia delante, cerrando los puños y presionando los dientes.

Sí, era atractivo, pero no podía (y no lo haría) dejar que una cara bonita y un cuerpo esculpido me distrajera de mi misión.

Ese hombre era un asesino. Me negaba a permitir que una reacción física espontánea nublara mi juicio.

Bloqueé todo pensamiento sobre el Guardián y oí a los hombres detrás de mí que cargaban con nuestros baúles.

—Creí que Jack estaría aquí —dijo un hombre.

Otro hombre se quejó.

—Se unió a la milicia de Ramsey hace dos meses. No lo veo desde entonces.

Ramsey. ¿El rey Ramsey Wolfe? ¿El padre de Zavier?

¿Tenía una milicia? ¿Por qué? ¿No bastaba con su ejército?

¿O esta milicia era un grupo de guerreros de élite, como los que acompañaban a Zavier? ¿Quizá aquellos que entrenaban para dirigir la seguridad y los refugios durante la migración?

Empecé a quedar rezagada, intentando obtener más información, pero los hombres debieron haberme visto porque dejaron de hablar.