Capítulo trece #3
Bueno, no tenía que preocuparse. Nunca le contaría la verdad al Guardián. Mi prioridad era la misión de mi padre. Ganarme su confianza. Demostrarle que no era su hija inútil. Al hacerlo, esperaba encontrar una manera de salvar a nuestra gente.
Podía parecer una tarea imposible, pero, al diablo, no iba a rendirme.
Miré mis botas y moví los dedos de los pies. Era humillante caminar por la cubierta, pero lo hice de todos modos, una y otra vez.
Cada vez que llegaba a la proa, me detenía y me quedaba mirando el agua. En algún lugar a lo lejos había una ciudad dorada. Mi ciudad dorada.
¿Estaría mi padre preocupado por cómo me estaba yendo en el viaje?
¿Miraba Margot mi lugar vacío en la mesa del desayuno y deseaba que estuviera ahí para poder regañarme por llegar tarde?
¿Se había mudado ya Mae a mi cuarto? ¿Cómo estaba Arthy?
Estaba aprendiendo los números antes de irme.
¿Hasta cuánto podía contar ya? ¿Seguía Banner enfadado porque otro había reclamado a su prometida?
Alguien se aclaró la garganta detrás de mí y luego Zavier apareció a mi lado. Sus ojos parecían cansados y su mandíbula estaba cubierta por una barba incipiente. Él también necesitaba afeitarse. Y descansar.
—Llegaremos pronto a Turah.
—Está bien —asentí—. ¿La tripulación tiene permitido hablarme?
—Sí —frunció el ceño, confundido—. ¿Por qué?
—Porque no lo hacen.
—Ya.
¿Esa iba a ser toda su respuesta? ¿A quién le importaba si me ignoraban? ¿Por qué me molestaba tanto? Era probable que nunca volviera a ver a esta tripulación.
Quizá me molestaba porque tenían una buena razón para ser precavidos. Tal como había dicho Zavier, los turanos solo eran leales con otros turanos.
No importaba cómo me vistiera ni lo que fingiera ser, yo no era una turana.
Pero ¿seguía siendo de Quentis? De hecho, ¿había alguien que me reclamara como propia o, al igual que este barco, estaba varada entre dos reinos?
—¿Cómo ha ido el entrenamiento? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—¿Fue idea tuya que me entrenara él o suya?
—Mía. Es el mejor guerrero de Turah.
Miré su rostro, su tabique nasal recto y la diadema de plata sobre su frente. ¿Siempre tenía que usarla? Parecía casi incrustada en su piel, como si hubiera nacido con ella.
—¿Estás bien? —preguntó—. Te ves… triste.
Me encogí de hombros.
—Solo extraño un poco mi hogar. —No era mentira, pero tampoco era toda la verdad.
—Zavier.
Los dos nos giramos cuando el hombre con el bigote con las puntas levantadas al que le había hablado antes se acercó.
—Te necesitan en el Cañón —dijo.
Zavier asintió, mirando hacia el otro barco que se acercaba por babor. Luego, sin decir nada, siguió al hombre hacia la toldilla, mientras yo miraba una última vez el mar en dirección a Roslo.
Si no extrañaba mi hogar, ¿significaba eso que todos habían seguido sus vidas sin mí? ¿Estaba abrazando Mae a Arthy como me había prometido? ¿Sabía mi hermano siquiera que me había ido?
Las respuestas podrían romperme el corazón. Por eso abandoné la cubierta y dejé que los hombres se encargaran de los últimos preparativos, mientras yo regresaba bajo cubierta con Brielle y Jocelyn para avisarles de que era hora de prepararse.
Las dos se pusieron muy contentas cuando hice el anuncio.
Luego, después de unas horas pasado el mediodía, con el barco anclado y todos preparando los botes que nos llevarían a la costa, regresé a la popa y miré hacia el mar abierto una última vez.
¿Me extrañaba alguien? ¿Los extrañaba yo?
Sí.
Pero no tanto como había supuesto.
—Su Alteza —dijo Jocelyn, desde la base de la escalera de la toldilla—. Es hora.
Le di la espalda a la vida que alguna vez tuve. Y me di la vuelta para afrontar el futuro.
Hacia Turah.
El reino de Zavier me esperaba tras los confines del barco, cruzando aguas poco profundas y playas arenosas.
Me puse en la fila con Brielle y Jocelyn para esperar al siguiente bote, mirando el barco mientras aguardábamos.
El Guardián estaba parado en la proa del Segador , donde habíamos estado anteriormente por la mañana. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula tensa. Parecía estar observando los botes, asegurándose de que llegaran a salvo a la costa.
Pero sus ojos no seguían los botes, sino que estaban fijos sobre la tierra, tensos y sin parpadear.
Como si Turah fuera un enemigo.
O un campo de batalla.
Un escalofrío descendió por mi espalda como si hubieran vertido agua fría sobre mi piel. Por primera vez desde que puse un pie en el Segador , sentí un mareo intenso.
—Su Alteza, ¿quiere ir primero? —preguntó Brielle, señalando hacia un miembro de la tripulación que estaba esperando con la mano estirada para ayudarnos a bajar por la escalera hacia el bote.
—Pasad vosotras primero —contesté.
Asintió y pasó a mi lado. Una vez en el bote, le pedí a Jocelyn que la acompañara. Al parecer, no estaba lista para abandonar el Segador .
Empecé a avanzar y se me hizo un nudo en el estómago cuando lo sentí a mi lado.
—¿Alguna posibilidad de que sea aquí donde nuestros caminos se separan?
—Todavía no. —La sonrisa del Guardián era como la de un lobo. Amenazadora. Y para nada atractiva, ni en lo más mínimo—. Bienvenida a Turah, mi reina.