Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo trece
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Capítulo trece

Los sonidos de las aves marinas me despertaron de mi sueño profundo. Me acurruqué entre las sábanas, esperando que Margot no me regañara demasiado por llegar tarde al desayuno.

Pero la cama se movía de lado a lado y las sábanas que tenía sobre el cuerpo no eran mis sábanas.

Abrí los ojos cuando me levanté del colchón y recordé que estaba en un barco.

—¡Aj! —Hundí la cara en la almohada y solté un quejido.

Las aves que oía afuera eran parecidas a las que solían pasar ante la ventana de mi habitación. Sus cantos y graznidos eran tan familiares que, por un bello momento, estuve de regreso en el castillo.

En mi hogar.

A través de la ventana abierta, las voces de la cubierta se mezclaban con el vaivén de las olas y el graznido de las gaviotas.

Era la primera mañana a bordo del Segador en la que me despertaba con el canto de las aves.

Me senté tan rápido que me mareé.

Aves. Eso significaba que estábamos cerca de la costa.

Me quité las sábanas de encima, despejando la neblina del sueño de mi cabeza, y corrí hacia la ventana. Un ave blanca pasó volando frente a esta, con las alas extendidas, mientras giraba y desaparecía de la vista.

—Hay aves afuera —dije, acercándome al armario para buscar algo de ropa. Brielle suspiró con pesadez cuando se levantó de la cama.

—Es temprano.

Jocelyn seguía durmiendo profundamente.

—Arriba. Vestíos —tomé un vestido gris—. Creo que estamos cerca de la costa.

—¿Qué? —Brielle sacó las piernas hacia un lado de la cama y, al igual que yo, se acercó a toda prisa a la ventana—. Jocelyn.

Nada. Dormía como un muerto.

Me quité el camisón y, cuando estaba a punto de ponerme el vestido, algo llamó la atención de mi visión periférica.

Había una montaña de ropa junto a la puerta.

La puerta cerrada.

—¿Has puesto tú eso ahí? —señalé la pila de ropa doblada. Y, aunque sabía que Brielle no lo había hecho, pregunté de todas formas.

—No.

¿La cerradura de mi cuarto en Allesaria sería de mejor calidad? Me acerqué a la pila de ropa.

Otra túnica. Esta tenía un bordado de hojas verdes en las mangas. Había también otro pantalón de cuero, esta vez de color marrón oscuro, y un par de botas secas, hechas del mismo cuero negro extraño con una textura parecida a las escamas.

Al parecer, a Zavier no le había gustado mi vestido gris.

Desde su prueba con la espada, desde que oí la advertencia de Zavier para el Guardián, no había salido del camarote más que para ir al baño al final del pasillo.

Tampoco Brielle. Jocelyn había ido a buscar la comida a la cocina para traerla a la mesa del camarote.

Mientras dormían, bordaban o juraban nunca volver a navegar por el mar, hice algunos bocetos en mi diario, en particular uno de la medularia. Y otro de este barco.

Por todos los dioses, estaba aburrida. Me sentía tan inquieta como mi mente y estaba desesperada por tomar un poco de aire fresco. Sentir el sol en la cara.

Quizá esta ropa era una invitación a que saliera de mi escondite.

Y tal vez la aceptaría.

Así que Zavier y el Guardián sospechaban que intentaría matarlo. ¿Importaba? No. No realmente. Una sospecha no era prueba de nada. Además, era inevitable que sospecharan de mí, sin importar lo que hiciera.

Aun así iría a Allesaria y le diría a mi padre cómo podía acceder a la ciudad. Recabaría toda la información posible sobre los poderes del Guardián y haría todo lo demás en la lista de mi padre.

Pero ¿asesinarlo? No creía que pudiese actuar como una asesina. Pero eso no evitaba que soñara con mil maneras de borrarle para siempre esa sonrisa insolente de la cara.

—No va a usar otra vez esos pantalones, ¿verdad, Su Alteza? —preguntó Brielle, horrorizada, mientras me veía tomar la túnica y pasarla por encima de mi cabeza.

—Si hubiera tenido el vestido el otro día, no habría podido nadar rápido. Además, me gusta.

Su cara dejaba entrever su desaprobación.

—¿En serio? Pero son tan… masculinos.

Ninguno de los hombres en el Segador llevaba túnicas bordadas. Podría percatarse de ello si saliera alguna vez del camarote. De todas formas, tampoco iba a obligarla a que lo hiciera.

Después de pasar varios días juntas, era hora de que nos tomáramos un descanso.

—Voy a subir. ¿Quieres venir? —Sabía cuál sería su respuesta antes de escucharla.

—Claro que no. —Se volvió a acostar y se acomodó sobre la almohada.

No entendía cómo podían dormir tanto, pero ninguna de las dos se había recuperado por completo de los mareos. Brielle apenas había comido desde que nos subimos al Segador . Ocho días ya, así que su rostro parecía demacrado.

Con suerte, cuando llegáramos a tierra, las dos se sentirían mejor.

—¿Necesitas que te traiga algo? —pregunté.

—Yo soy la que debería hacer esa pregunta. —Cerró sus ojos color miel y empezó a dormir en cuanto terminé de vestirme.

Con el cabello trenzado como una soga gruesa castaña, me calcé las botas camino a la puerta y la cerré detrás de mí. Luego subí por la escalera y un aluvión de nervios se asentó en mi vientre cuando salí a la cubierta.

La medularia muerta ya había desaparecido. Sin su cadáver en descomposición, el viento traía una brisa salada y fresca. Las gaviotas blancas volaban alto sobre mi cabeza antes de zambullirse en el agua y algunas emergían con pequeños peces plateados en sus picos.

Me acerqué a un hombre que estaba a pocos metros de mí. Era un hombre mayor, de tez morena y con un bigote blanco con las puntas levantadas. La soga que estaba doblando era tan gruesa como mi brazo.

—Disculpa, ¿cuánto falta para que lleguemos a Turah?

Me miró durante un largo momento con los ojos entornados. Por un segundo, su mirada me pareció tan familiar que me sentí otra vez en los muelles de Roslo. Como cuando saludaba al dueño de alguna tienda y se sorprendía porque mis ojos no tuviesen esos destellos ambarinos tan característicos.

A veces, la gente me preguntaba por qué mis ojos eran diferentes. Pero la mayoría de las veces los desconcertaba tanto que solo apartaban la vista.

Sin embargo, este hombre no bajó la vista mientras manipulaba la soga con sus brazos musculosos. Al cabo de un rato, señaló la proa con la barbilla.

—¿Gracias?

¿Habría sido demasiado pedir una respuesta verbal? Los únicos turanos en este barco que me hablaban eran Zavier y el Guardián. ¿Por qué era así? ¿Le habían ordenado a la tripulación que no me dirigieran la palabra?

Como no tenía sentido seguir hablando con este hombre, lo dejé para que siguiera con su trabajo y me dirigí a la proa.

Todos los miembros de la tripulación parecían estar en cubierta preparándose para llegar a la costa. Me abrí paso entre ellos intentando no molestarlos. Cuando llegué a la proa, apoyé los codos sobre la barandilla y entorné los ojos en la distancia.

Nada. Solo había agua a la vista.

—Pronto verás tierra, Gorrión. Llegaremos a Turah antes del mediodía —dijo el Guardián, apareciendo por detrás de mí y reclinándose contra una pared con los tobillos cruzados.

Era como tener una sombra gigante y corpulenta que me seguía a todas partes. ¿No tenía otra cosa que hacer que no fuese molestarme siempre que salía a tomar el aire? ¿No podía tener un segundo de paz?

—Veo que has recibido el paquete que te envié.

—Deja de entrar en mi camarote.

—¿Cuál era esa palabra que te gusta tanto? —Se tocó la barbilla, fingiendo estar pensando—. No.

Mediodía. Solo tenía que aguantar hasta el mediodía. No estaba segura de qué ocurriría una vez que llegáramos a la costa, pero, al menos, no estaríamos atrapados en este maldito barco.

Se apartó de la pared y acortó la distancia entre nosotros con unos pasos deliberados, como un gato acechando a un ratón. Sus ojos esmeralda se veían despiertos y atentos. Su barba era más tupida, cerca ya de verse descuidada.

—Tienes que afeitarte. —Fue un comentario absurdo. Su vello facial no tenía nada que ver con mi misión, pero, como siempre, cuando lo veía preocupado, cualquier pensamiento que se me pasara por la cabeza brotaba de mi boca.

—¿Sí, mi reina? —Tomó la daga que tenía sobre sus costillas y la sacó de su funda. La arrojó hacia arriba, haciéndola girar en el aire antes de tomarla de la hoja afilada. Luego la extendió hacia mí, con la empuñadura en mi dirección para que la sujetara.

¿Sus manos estaban hechas de piedra? ¿Cómo era posible que esas hojas afiladas nunca lo cortaran?

Sujeté el arma y levantó la barbilla, dejando al descubierto su largo cuello. Un extraño escalofrío recorrió mis hombros mientras miraba su piel.

Era solo una garganta. Todas las personas tenían una.

Entonces, ¿por qué me latía tan fuerte el corazón?

¿Qué me resultaba tan atractivo de esa garganta?

Ese músculo tenso. Ese bulto en el centro que subía y bajaba cuando tragaba.

Esa esencia especiada y masculina que parecía envolverme como un lazo de satén.

—Puedes hacerlo. Adelante. Apunta a la garganta.

Tragué con fuerza. ¿De verdad me estaba pidiendo que intentara matarlo? ¿Era otra de sus pruebas?

—¿Vas a afeitarme o no? —preguntó.

Me obligué a apartar los ojos de su cuello mientras mi rostro se sonrojaba.

—No soy tu sirvienta. Hazlo tú mismo.

Bajó la barbilla y nuestras miradas se encontraron: la suya, entusiasmada; la mía, molesta.

—Empezaremos con armas pequeñas. No hay ninguna espada a bordo que puedas empuñar, así que empezaremos tu entrenamiento con esa daga.

—¡Eh, espera! —Levanté la mano libre y extendí la palma hacia delante—. ¿Cómo que «empezaremos»?

—Pediste un arma para defenderte en situaciones de peligro. Podemos darte un arma, pero no te servirá de mucho si no sabes usarla.

—¿ Tú me vas a entrenar? —No. Definitivamente no.

—Alguien tiene que hacerlo.

¿No había un guerrero más viejo y lento que quisiera hacerlo? No necesitaba entrenar con un asesino profesional. Un profesor común y corriente sería suficiente.

—Fue idea tuya —dijo con un tono burlón—. A menos que hayas cambiado de parecer. ¿Estoy interrumpiendo tu hora de la siesta? ¿Quieres que lo reprogramemos para otro momento?

Como había dicho, debería habérsela clavado en la garganta.