Capítulo doce #2
—Entrené unas cuantas veces con nuestro maestro de armas. —No se parecía en nada al entrenamiento que recibía Mae, posiblemente porque había desistido de poder enseñarme años atrás, pero no dejaba de ser entrenamiento. Seguro que algo quedó grabado en mi mente, ¿no?
—No quiero que te lastimes —dijo Zavier.
¡Ay! Cuánta confianza me tenía mi marido. Habría dolido menos si no hubiera escuchado la misma excusa por parte de mi maestro de armas en Roslo.
Esa había sido la razón por la que había dejado de entrenarme. Le había dicho a mi padre que estaba preocupado porque pudiera lastimarme a mí misma o a alguien más, es decir, a Mae. Aunque en realidad solo quería cambiarme por una mejor estudiante: sí, otra vez Mae.
Bueno, estaba harta de excusas.
—No me pasará nada. —Apoyé las manos sobre la cintura—. Insisto. Me dijiste que Turah era peligroso. Lo mínimo que puedes hacer es darme un arma para que pueda protegerme.
Zavier cerró la boca con tanta fuerza que era solo una línea delgada.
No podría hacer mucho si se negaba. Montar un berrinche y ponerme triste era más del estilo de Mae. Pero lo miré fijamente a esos ojos verdes, esperando que me diera una oportunidad y creyera en mí más que la mayoría de las personas en el pasado.
Di que sí. Por favor.
Me devolvió la mirada con una expresión ilegible.
Maldición . Iba a decir que no.
La empuñadura de una espada apareció frente a mi cara.
El Guardián la sostenía de la hoja con los dedos presionados sobre el metal liso para evitar los bordes afilados.
—Toma.
Alto ahí. ¿Me estaba dando su espada?
—Esto, vale. —El corte en la mano que me había infligido para la boda seguía tapado por una venda, ya que se había abierto el día anterior cuando tuve que sujetarme a la soga.
Por esa razón, al tomar la espada, me aseguré de que no tocara la venda.
Las hendiduras en la empuñadura eran demasiado grandes para mi mano, pero hice todo lo que pude para encajar los dedos en las marcas de uso.
En cuanto el Guardián soltó la espada, esta cayó al suelo y la punta se clavó en la cubierta del barco. Joder .
—Levántala —me ordenó.
La tomé con ambas manos y la levanté apenas a la altura de mi cintura.
—¿Pesa? —preguntó el Guardián.
—Sabes que sí —respondí con desdén, usando toda la fuerza posible para evitar que se me volviera a caer—. ¿Y ahora qué?
—Ahora la sostienes —apoyó un dedo por debajo de la punta y la levantó hasta su cuello—, justo aquí.
Ah. Entonces esto era una especie de prueba.
—¿Eso es todo?
La comisura de sus labios se alzó apenas.
—Por ahora.
Presioné los dientes, aún con la espada en las manos, a medida que sentía que el tiempo se ralentizaba.
La espada era más pesada, más robusta que cualquier otra arma que alguna vez hubiera visto o tocado.
Sí, era verdad que no pasaba mucho tiempo con espadas.
¿Todas eran así de enormes? ¿No sería más fácil usarlas si no fueran tan pesadas?
Al parecer, no. Estaba casi segura de que para el Guardián debía ser como una pluma.
Me miró fijamente con sus ojos avellana entornados desde el otro lado de la hoja afilada.
Su garganta estaba justo ahí. Justo en la punta del arma. Si me lanzaba hacia delante, si hacía un único movimiento rápido, podía atravesarle la tráquea.
¿Esa era la prueba? ¿Que no intentara matarlo?
El corazón me latía con fuerza, los músculos de mis brazos ya empezaban a acalorarse y me sudaban las palmas de las manos.
Sujétala. Solo sujétala . Canalicé toda la energía hacia la espada.
—¿Te estás cansando, Gorrión? —preguntó el Guardián.
—No —mentí.
—Repites mucho esa palabra.
—Acostúmbrate. —El sudor empezó a acumularse en mi frente y me empezaron a temblar los brazos.
—No hace falta que sigas, Odessa —dijo Zavier.
Sacudí la cabeza.
—Puedo hacerlo.
—Se te va a caer sobre los pies.
—Estoy bien.
Por todos los dioses, se me iba a caer sobre los dedos del pie.
Solo un poco más. Podía hacerlo. Lo único que tenía que hacer era sostener esta espada en la garganta del Guardián por otros diez segundos.
Diez. Nueve. Ocho.
Me temblaban tanto los brazos que la espada empezó a bambolearse.
Siete. Seis. Cinco.
Se me iba a caer. Mierda. Iba a fallar esta prueba ridícula.
Cuatro. Tres. Dos.
El Guardián se movió tan rápido que no llegué a verlo hasta que ya era demasiado tarde. En un momento tenía la espada sobre su garganta y, al siguiente, golpeó la espada e hizo que la soltara y saliera disparada por el aire, girando hasta que la atrapó por la empuñadura.
Y entonces la espada estaba sobre otra garganta.
La mía.
Tragué saliva con fuerza cuando sentí el metal frío sobre la barbilla.
—Tu otro prometido no debía tener una espada tan grande. —Los ojos del Guardián destellaron con un color verde esmeralda y la insinuación se hizo evidente en el tono de su voz.
Fruncí el ceño y di un paso hacia atrás, alejándome de la espada. Luego me dirigí a Zavier.
—¿Y bien?
Miró al Guardián para tener otra de sus conversaciones silenciosas. Zavier suspiró y asintió.
—Está bien. Te conseguiremos una espada.
Con suerte sería una que pudiera manejar sin problemas.
—Gracias. —Me marché antes de que cambiara de parecer, ocultando la sonrisa mientras cruzaba la cubierta.
Sí . Sentía los brazos tan débiles como un montón de algas, pero había salido airosa del desafío. Había pasado la prueba y me había defendido.
Quizá debería haber hecho eso mismo hacía mucho, mucho tiempo. Quizá mi padre habría confiado más en mí si me hubiera mostrado más valiente. Si le hubiera dicho no .
O tal vez eso habría hecho que mi vida fuera miserable.
Empecé a bajar por la escalera para contarles a Brielle y Jocelyn que me había ganado una espada, pero me detuve al bajar tres escalones.
No tenía nada que hacer en el camarote. La razón por la que no me había cruzado con Zavier había sido porque había estado escondiéndome.
Sí, la cubierta apestaba a pescado podrido, pero, si me colocaba en la proa, la medularia estaría a mi espalda. En ese momento, me giré y empecé a subir hacia la puerta cuando una voz profunda hizo que me detuviera.
—Se está propagando —decía Zavier en voz baja.
—Lo sé —murmuró el Guardián.
¿Qué se estaba propagando? ¿Las medularias? ¿Eso significaba que la Cadena de las Siete no iba a mantenerlas alejadas del Krisenth? ¿Que los barcos de mi padre seguirían en peligro?
—No creo que darle un arma a ella sea buena idea. — Ella . Yo.
—Puede ser —dijo el Guardián.
Retrocedí, segura de que se girarían y me encontrarían espiándolos. Una buena princesa se habría largado antes de que la atraparan. Pero yo no era una buena princesa.
—Te das cuenta de que va a intentar matarte —dijo Zavier.
Me quedé sin aliento, inmovilizada en la escalera.
¿Sabían que mi padre me había pedido que lo matara? ¿O era solo una conjetura? No importaba. Su sospecha era correcta. Lo que significaba que lo más cerca que estaría de asesinar al Guardián había sido hacía unos minutos con su propia espada.
—¿De verdad crees que es inteligente darle un arma? —preguntó Zavier.
El Guardián rio.
—He tenido peores ideas.
Mientras subían hacia la toldilla, en dirección a la popa, me agaché en la escalera.
Y pasé el resto del día con Brielle y Jocelyn, escondiéndome en el camarote.