Capítulo doce
La medularia que casi me devora el día anterior pendía de una cadena gruesa atada al mástil del Segador . Sus ojos lechosos me recibieron al salir de la cubierta, al igual que el olor a pescado podrido.
Quizá debería haberme quedado en la cama. Puede que, si me hubiera quedado acostada el tiempo suficiente, en algún momento me habría quedado dormida.
Pasé la noche mirando el techo oscuro, escuchando a Brielle quejarse en medio de una pesadilla y a Jocelyn moviéndose de un lado a otro sin parar, oyendo los martillazos que daban los marineros que reparaban el casco del barco.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a estar sumergida en el mar. Sentía el cuerpo del monstruo tocándome la pierna, su aliento sobre mis pies y sus alaridos en mis oídos.
Podían pasar mil años y nunca olvidaría ese sonido.
Brielle se negaba a salir del camarote hasta que llegáramos a Turah. Jocelyn iba a la cocina, pero se negaba a poner un pie en la cubierta. Quizá era mejor así.
Pero yo no iba a dejar que el miedo me mantuviera atrapada aquí abajo. Mi vida no había acabado el día anterior. Si el Segador había sobrevivido al ataque, si había seguido navegando, entonces yo también seguiría adelante.
Con eso en mente, crucé la cubierta con la frente en alto y me acerqué a la bestia.
El olor se volvió tan intenso que tuve algunas arcadas y me vi obligada a respirar por la boca en lugar de por la nariz.
La sangre brotaba de sus fosas nasales y caía dentro de un cubo, que estaba casi lleno. El goteo constante me daba a entender que alguien lo vendría a vaciar después.
Tuve más arcadas.
El olor era cien veces peor que la tintura que me había puesto esta mañana en el cabello. Con suerte, nadie recordaría que mi cabello era más pelirrojo que castaño durante los minutos que discutí con el Guardián. No tenía la energía suficiente para mantener la rutina para el cabello ahora.
—¿Tienes hambre? —preguntó una voz, y una rodaja de manzana apareció frente a mí sobre la hoja afilada de una daga.
—No. —Hice a un lado la mano del Guardián, sintiendo un nudo en el estómago.
Se llevó la rodaja a la boca y escuché el crujido de la fruta cuando la empezó a masticar. Sus ojos eran de color avellana. Quizá era el color que indicaba que estaba normal.
Prefería los colores intensos, ya que eso hacía que fuera más fácil recordar que no era un hombre normal.
—¿No me digas que te da asco ver un poco de sangre? —preguntó.
—No creo que un cubo lleno de sangre sea «un poco de sangre».
Cortó otra rodaja de la manzana y luego arrojó el corazón al mar. Al terminarla, guardó la daga en la funda que llevaba envuelta alrededor de sus costillas. Levantó el cubo y lo llevó hasta la borda para vaciarlo.
Esperaba ver un líquido carmesí, pero no era rojo, sino verde oscuro. Enseguida acudió a mi mente la visión de los ojos de los Voster.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Esto … ¿No debería ser roja? Las medularias que vi en el muelle tenían sangre roja. ¿Por qué esta era diferente?
Algunas gotas cayeron de la boca del monstruo y mancharon las tablas de la cubierta, algunas incluso alcanzaron mis zapatos.
Retrocedí de un salto antes de que me mancharan el vestido.
Después del zambullido del día anterior, tenía que lavar bien las botas, los pantalones y la túnica.
Estaban secándose, pero todavía estaban rígidos por la sal.
Por eso decidí usar uno de mis vestidos grises y los zapatos.
Pero no creía que lo fuera a hacer por mucho tiempo.
La ropa turana me había salvado la vida. Quizá les estaba dando demasiado crédito a un par de pantalones y una túnica, pero había nadado muchas veces con un vestido como para darme cuenta de que era mucho más difícil hacerlo con una falda alrededor de las piernas.
El Guardián devolvió el cubo vacío a su posición debajo del monstruo.
—La sangre no es roja.
—Qué observadora, Cross.
Fruncí el ceño.
—Pero la sangre de las medularias hembras que Zavier mató y dejó en Roslo sí era roja. ¿Por qué esta es verde? ¿Por qué tiene los ojos blancos y no negros? ¿Es porque es un macho? ¿O una especie diferente de monstruo?
El Guardián miró el monstruo y se cruzó de brazos.
—Es macho.
Eso explicaba por qué era mucho más grande. Tenía casi el doble de tamaño que las hembras y el hueso que brotaba de su cráneo era el doble de largo. Sus facciones no eran tan estilizadas. Su rostro era anguloso y la nariz era más ancha.
Las hembras eran aterradoras, pero los machos eran espeluznantes.
No tenía sentido que yo siguiera con vida.
—Debería haberme matado —dije—. Cuando estaba en el agua, sentí algo que me rozó la pierna. Debería haberme comido en ese momento. ¿Por qué no lo hizo?
—Mi teoría es que estaba concentrado en el barco. Entre toda la conmoción, ni siquiera se dio cuenta de que estabas en el agua hasta que te tocó con la cola.
—No creo que sea tan afortunada. Daria nunca ha estado de mi lado.
—Entonces agradece que ayer sí lo hiciera.
Gracias, Daria.
—Nadas rápido —dije.
—¿Vas a seguir diciendo cosas obvias? Porque tengo que hacer otras cosas.
Puse los ojos en blanco. Engreído .
—¿Por qué no saltaste al agua para rescatarme? ¿No habría sido más rápido?
Después de haberme pasado toda la noche repasando el evento, al parecer eso era lo que más me molestaba. ¿Por qué eligió lanzar el arpón y quedarse en el barco en lugar de nadar para ir a buscarme?
Podía ser porque no estuviera dispuesto a arriesgar su vida para salvarme. O quizá había estado ocupado con demasiadas cosas a la vez: salvarme y matar al monstruo.
Enarcó las cejas.
—¿Quieres que la próxima vez que estés a punto de ser devorada por una medularia te pregunte qué te parece más aceptable?
—No quise decir eso… —Sacudí la cabeza. Estaba demasiado cansada y extenuada como para articular mis pensamientos con claridad, así que ni siquiera lo iba a intentar—. Lo siento. No quise sonar desagradecida. En serio, gracias por salvarme la vida.
Frunció el ceño, pero asintió una única vez.
—¿Por qué conserváis el cuerpo? ¿Por qué no lo arrojáis por la borda y nos ahorráis a todos ese olor?
—Las escamas son valiosas. Nos desharemos de él una vez las recolectemos.
—Vaya. —Miré hacia el océano—. ¿Debería preocuparme por otro ataque de medularias?
—Es poco probable. Aunque hay otras bestias a las que temer en el Krisenth además de las anguilas.
—¿Cómo tú? —La pregunta brotó de mi boca de manera automática. Casi como un reflejo.
Fue uno de esos comentarios impulsivos y sarcásticos que habría enfurecido a mi padre o a Margot. Era uno de esos pensamientos que, por lo general, me guardaba para mí misma.
Pero cuando se trataba del Guardián, al parecer no podía sofocar mis impulsos. Lo que pasaba por mi cabeza salía por mi boca.
Miró al monstruo y, si mi pregunta lo había ofendido, no lo evidenció.
—No todos los monstruos nacen de los dioses, mi reina. Algunos de nosotros fuimos creados.
Nosotros . Entonces él también se consideraba un monstruo. ¿Quién era su creador?
Este era el momento adecuado para preguntar, el momento para conseguir información para mi padre. Pero no tenía ganas de hurgar en los secretos del Guardián en este momento. Miré a mi alrededor en busca de otro turano.
Mi marido.
—¿Dónde está Zavier?
—En el Desollador .
—¿Ahí es donde se queda? —No se me había ocurrido preguntarlo antes.
Había asumido que su cuarto estaba en algún lugar del Segador , pero, considerando que no había estado en la nave el día anterior durante el ataque y que casi no nos habíamos cruzado desde que zarpamos, tenía sentido que hubiera elegido pasar el tiempo en otro barco.
Lejos de su esposa.
—¿Echas de menos a Zavier, Gorrión? ¿Por qué no le preguntas dónde duerme?
Yo sola me había metido en esta situación.
—Quizá solo estoy esperando que me lo muestre algún día. —Batí las pestañas y esbocé la más dulce de mis sonrisas.
Entonces, alguien se aclaró la garganta detrás de mí y la sonrisa del Guardián me dejó claro que solo podía tratarse de una persona.
Me giré y encontré a Zavier, esperando.
—Mi camarote está al lado del tuyo —dijo—. Mis guerreros se quedan en el Desollador . Ayer estaba entrenando con ellos cuando la medularia atacó.
—Vaya. —Miré el monstruo una vez más, esperando que, si mantenía la vista hacia delante, nadie notaría que estaba roja como un tomate.
El Guardián soltó una risita por lo bajo.
Lo miré con desprecio. Nunca había conocido a nadie que disfrutara tanto humillándome.
Zavier siguió de largo y se acercó a la anguila para inspeccionar el cadáver.
La cola se estrechaba hacia dos aletas iridiscentes de bordes ondulados.
Al igual que las hembras, el macho tenía unas escamas azul zafiro con la punta turquesa.
Incluso sin las facciones estilizadas de las hembras, este monstruo te dejaba sin aliento por su belleza.
No mostraba ningún fallo, salvo una serie de escamas que le faltaban en el lomo.
El corte con forma de U en su armazón se veía gris e inflamado como una cicatriz. ¿Las medularias peleaban entre sí? ¿O quizá otro monstruo había intentado devorar a este espécimen? Quizá habían peleado por el territorio en el Krisenth.
¿Significaba eso que había otro macho acechando en las profundidades, listo para atacar?
Sentí un escalofrío y me envolví la cintura con los brazos.
—No te preocupes, mi reina. Te mantendremos a salvo —dijo el Guardián—. Sobre todo si consigues permanecer… en-el-maldito-barco.
Le creía. Creía que Zavier y sus hombres me mantendrían a salvo. Pero ¿y si estaba cansada de que hicieran eso por mí? ¿Y si no quería confiar en que un hombre fuera mi salvador?
Si de verdad quería tener el control sobre mi destino, entonces no podía esperar que alguien más me salvara todo el tiempo. La única persona que siempre pelearía por mí era yo.
Aunque no era de gran ayuda que no supiera pelear.
—Quiero una espada —dije sin poder contenerme.
El Guardián, predecible como siempre, soltó una risa arrastrada.
—¿Y sabrás qué hacer con ella?
¿Además de soñar con enterrársela en el vientre? No, no realmente.